Holanda no es el único país donde la policía, a la hora de combatir el terrorismo, ha demostrado una espantosa incompetencia.
Los ejemplos abundan: el detenido en Utrecht, que supuestamente había transportado explosivos y que, además, según declaró tan rocambolescamente el ministro de Justicia, había escondido en casa de conocidos sin que estos se enteraran, era un bocón. Al bocón, quizás por lo mismo, el servicio secreto le había pinchado el teléfono. Y como aparentemente pretendiera por teléfono ante un interlocutor desconocido, que era un terrible terrorista, la policía le detuvo. Le detuvo a él, a un pariente de Bruselas y a toda una familia, que debió permanecer en las mazmorras policiales nada menos que dos días, sólo para volver a casa y encontrarla completamente destruida. El vil y soez esperpento llamado ministro de Justicia se apareció por televisión luego para decir que los destrozos los habían causado la misma familia. Los vecinos -holandeses, no marr
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