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El Milagro y la Causa Animalista


columna de mérici
Hace unos años, hablando con la conocida activista Aída Rerequeo sobre el allanamiento del recinto de la Sociedad Protectora de Animales de Santiago durante el cual se había descubierto una habitación con perros con enfermedades terminales, nos preguntábamos por qué no habían sido sometidos a eutanasia. "Tal vez porque no estaban sufriendo", dijo Aída. Y agregó: "También hay mucha gente que cree en los milagros".
Otros consideran que es delito de maltrato no aplicar eutanasia a animales que sufren enfermedades terminales, tengan o no una agonía dolorosa. Para estos, el milagro no existe. O, si existiese, debiese ser reservado sólo para humanos. En el caso mencionado, por este hecho (maltrato por omisión) se quiso llevar a juicio al director de esa entidad. Pero la acusación no prosperó, por encontrar el juez insuficientes las pruebas aportadas.
Durante ese allanamiento, uno o dos médicos veterinarios que participaban en este como presentadores de un programa de televisión, aplicaron eutanasia, frente a las cámaras, a cerca de cuarenta cachorros, privándoles así de la posibilidad de una curación milagrosa. Para los que piensan como ellos, el sacrificio de cachorros enfermos no es un delito, ni viola ningún precepto moral significativo.

Los que cuentan entre sus muertos también a las mascotas que han perdido, saben lo doloroso y difícil que es tomar la decisión de someterlas a eutanasia cuando sufren alguna enfermedad grave. Entre mis conocidos, existe un cierto consenso de que la eutanasia sólo debe aplicarse cuando el paciente sufre una enfermedad incurable dolorosa. En ausencia del dolor, se debería permitir que el paciente muera de muerte natural. No es una opción ética razonable aplicar eutanasia a mascotas con enfermedades curables o incurables pero no dolorosas. También lo piensan autores como Nathan J. Winograd, el ideólogo del movimiento No Kill (Sacrificio Cero), que escribe: "No creo que sea aceptable matar a un animal porque se le hace un diagnóstico grave o cuando la muerte no es inminente" (Irreconcilables Differences. The Batlle for the Heart and Soul of America’s Animal Shelters, p.109). Pero no nos dice por qué esperar el término natural de sus vidas es una mejor opción ética que terminarlas precozmente.

En realidad, ¿por qué esperar esos minutos, horas, días o semanas? ¿Qué es un milagro? Es, dice la entrada inglesa en Wikipedia, "un acontecimiento atribuido a la intervención divina. A veces un acontecimiento es también atribuido (en parte) a un obrador de milagros, un santo o un profeta.  A veces se define milagro como la interrupción perceptible de las leyes de la naturaleza para efectuar lo que la gente percibe como milagros". Milagro puede ser también cualquier evento inesperado, o estadísticamente improbable. Muchos, sin embargo, rechazan incluso hasta su mera posibilidad.

Son milagros acontecimientos que no pueden explicarse con nuestro concepto de leyes naturales, que pueden ser asociados a fuerzas sobrenaturales. Muchos creyentes creen que en la ausencia de una teoría científica plausible, "la mejor explicación de estos acontecimientos es que fueron realizados por un ser sobrenatural".
Para los católicos, estos eventos inexplicables o inesperados "son obras de Dios, sea directamente, o mediante oraciones e intercesiones de santos específicos". En la versión en español en Wikipedia, el milagro se define como "un hecho sobrenatural en el cual se manifiesta el amor de Dios hacia los seres humanos".
Entre cristianos, se considera que el milagro más grande conocido en su fe, es la resurrección de Jesucristo. Es coherente que el don de la vida esté asociado con la idea de que no se puede intervenir en un proceso iniciado por razones que no pueden ser formuladas o conocidas. Como don recibido, la vida no puede ser rechazada ni intervenida ni abreviada. Los que creen en los milagros, no solo esperan una intervención que prolongue la vida de sus seres queridos aquí o de sus mascotas. Tampoco pueden, aplicando eutanasia de manera arbitraria sin la certeza de una muerte inminente, privar a los dioses de la posibilidad de su intervención -impidiendo la ocurrencia de un evento estadísticamente improbable.

Yo creo que los mismos motivos que solemos esgrimir para no acelerar arbitrariamente la muerte de un familiar humano, son válidos a la hora de decidir sobre la vida de un familiar no humano.

¿Por qué sería un acto inmoral, o ilegal incluso, renunciar a acelerar la muerte de una mascota y esperar esperanzados hasta el último aliento? Se conocen miles de casos de curaciones imposibles en humanos y animales. Eso que llamamos milagro no es nada imaginario. Ocurre todos los días en todas partes. Los que creen en ellos no son nada más que viejas locas o palurdos supersticiosos. ¿Qué hay que tener en el alma para considerar perversas a las personas que creen en dioses, que creen que estos dioses y otras fuerzas sobrenaturales pueden intervenir en nuestra vida y provocar curaciones milagrosas en humanos y animales y que se horrorizan ante la idea de interrumpir un proceso -el don de la vida- que no fue iniciado por ellos y cuyo propósito desconocen? Los milagros ocurren, sea que nos parezcan intervención divina o alguna otra cosa.

Visto desde esta perspectiva, acelerar la muerte de un paciente humano o animal es un espeluznante acto de impiedad, porque lo priva, y a los suyos, de una intervención sobrenatural o, de cualquier modo, no explicable en términos de las leyes naturales que conocemos, que podría prolongar su vida. Y priva a los creyentes de una epifanía siempre esperada de sus divinidades.

Los animalistas, que defienden el derecho a la vida de los animales, no pueden suspender este derecho, que se deriva de consideraciones morales, por razones ajenas a estas consideraciones. Si tienen los animales derecho a la vida, no puede esta ser terminada cuando convenga o sea más práctico o porque crea uno que los milagros no existen. Si viven sus últimas horas sin dolor y en condiciones que podamos llamar de buena muerte, si no rodeados de sus seres queridos al menos en paz, no tenemos ninguna autoridad para impedir este proceso. El derecho a la vida, y a la esperanza, se han de defender hasta el último aliento.

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