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El Diablo en la Historia

Hace algunos días, en respuesta a una insólita declaración de las autoridades católicas de Argentina, de que llevar a tribunales a los militares implicados en violaciones de los derechos humanos era exacerbar o sembrar el odio en ese país, el presidente Kirchner dijo tres cosas sorprendentes: 1) que Dios era de todos; 2) que el Diablo estaba en todas partes; y 3) que el Diablo llevaba pantalones y sotana. Es evidente, creo, que quiso implicar que la iglesia católica o su jerarquía no tiene el monopolio de la interpretación de la presencia divina en la Tierra y que, como el bien, el mal también estaba presente en la historia y hoy en día y que, de hecho, se había también infiltrado no solamente en las fuerzas armadas y policía culpables de los más espantosos crímenes durante las dictaduras de ese país (el Diablo con pantalones, en el discurso del presidente) sino también en el seno de la jerarquía católica (el Diablo con sotana).
En estos días en Argentina se suceden hechos de suma gravedad. Ha desaparecido un importante testigo y se teme lo peor: que haya sido secuestrado y asesinado por individuos vinculados a los militares implicados en violaciones a los derechos humanos en ese país. Además, un deleznable grupo de argentinos se ha manifestado defendiendo los crímenes de las dictaduras y una de sus dirigentes, esposa de un militar en servicio activo, ha defendido incluso el asesinato de mujeres embarazadas para distribuir a sus hijos entre familiares de los militares asesinos. No creía que esto fuera posible, pero lo es. Esa gentuza infrahumana ha sido autorizada para manifestarse.
El presidente Kirchner deberá pues demostrar que es él y las instituciones legítimas de la república las que controlan el país y no las gárgolas fascistas que causaron la muerte de más de 30 mil ciudadanos argentinos. Las bestias antiguamente uniformadas han de ser llevadas a tribunales y encerradas antes de emprender su regreso al infierno.
Pues se eso se trata: que regresen al infierno.
De un tiempo acá asistimos a lo que creo es el nacimiento o renacimiento de una ideología política popular, todavía no expresada cabalmente, que funde o vuelve a fundir antiguos ideales de justicia social, bondad rousseauniana y piedad católica con el reconocimiento de la presencia del Mal en la historia, es decir, entre nosotros. Yo mismo he escrito sobre el tema, en una crónica de noviembre de 2004 (El Odio Como Factor en la Historia ). Según me parece, creo que este reconocimiento del Mal en la historia se produce después del largo período de crueles dictaduras fascistas y racistas en América del Sur y Central. Creo que este reconocimiento se deriva de la constatación de la extrema e inhumana crueldad e irracionalidad de la violencia autoritaria. Se deriva también de la constatación de que, esencialmente y en última instancia, esa violencia, ese odio y ese terror son injustificados, incomprensibles y a veces hasta alejados de los objetivos explícitos de algunos regímenes.
Según me parece, una característica del Mal demoníaco, en oposición o contraste con el mal humano, es su absoluta irracionalidad y arbitrariedad. Mientras el mal que causan los humanos tiene a menudo un objetivo que se puede comprender de algún modo (la codicia es muy habitual como motivo, por ejemplo), el mal demoníaco no tiene otro fin que causar el mal y el dolor de los humanos de manera arbitraria e incoherente. Y el Mal que viene del infierno no castiga ni se ataca solamente a sus opositores, el pueblo de Dios, sino incluso a sus propias huestes, pues necesita siempre sangre de que alimentarse. Ejemplos notables, obviamente, han sido la dictadura comunista en la Unión Soviética, el régimen comunista de los Kmer Rouge en Camboya, Hitler en Alemania, Franco en España, Idi Amin en Uganda, Pinochet en Chile, y, claro, los numerosos dictadores de Argentina.
En Chile, por ejemplo, Pinochet dio órdenes, en los primeros años de la dictadura, de detener y torturar sin motivo alguno ni explicación a cientos de miles de chilenos aprehendidos en las calles arbitrariamente. Los cuarteles policiales y militares recibían simplemente cuotas de personas a las que debían detener y torturar. (Algo similar ocurrió en la Rusia de Stalin). Los detenidos eran torturados y acusados de incoherencias, pero no se registraba su detención y eran dejados en libertad, normalmente, en la mañana. Si se considera que para entonces, según se calcula, un cuarenta por ciento de la población justificaba la intervención militar, eso quiere decir que Pinochet mandó a torturar a sus propios partidarios.
Bien, ese es un signo de que estamos frente al mal ontológico, al mal demoníaco, al mal que huele a azufre. Es un mal sin causa, sin origen, sin objetivo, sin punto. No quiere dar explicaciones, no quiere ser interrogado, cambia constantemente. Te mata por ser comunista lo mismo que por llamarte Pérez o vender maní. O por no llamarte Pérez. Es el Mal absoluto. Para ese Mal, los avatares de la historia son simplemente una excusa para ejercer su reino de terror.
Aquellos que se dejaron engañar, aquellos que no comprendieron la naturaleza del demonio, aquellos que quizás no se dieron cuenta de que estaban frente al Diablo, incluso accedieron a colaborar con el mal, como hicieron los demócrata-cristianos chilenos que cooperaron con la dictadura de Pinochet en los primeros años. La dictadura se volvió contra ellos al poco tiempo, y eliminó a su dirigente más importante, el ex presidente Eduardo Frei, y atacó e intentó eliminar a otros políticos de ese partido. Y muchos de ese partido sigue, sin embargo, defendiendo el pacto que sellaron entonces con el demonio que se volvió contra ellos.
El presidente Chávez es otro de los líderes políticos latinoamericanos que menciona frecuentemente al Diablo en sus discursos. Como Chávez, creo que el presidente Bush es un demonio (según las últimas leyes aprobadas por el congreso norteamericano, él determinará si los acusados de terrorismo, que puede ser cualquiera que se oponga a él, serán o no torturados, encarcelados o no, juzgados o no; el arbitrio absoluto que caracteriza, según creo, la presencia del Mal). Pero tengo dudas de que haya olido a azufre en Naciones Unidas el día que Chávez estuvo allá. No es lo crea imposible; simplemente tengo la impresión de que el presidente se fue de banda y quiso subrayar una verdad esencial: la humanidad se encuentra en peligro, y Bush es uno de sus enemigos. (Lo mismo que es bin Laden un enemigo de la humanidad. Lo mismo que el presidente de Corea del Norte, que es también un demonio. Y otros más).
La fragilidad de esta nueva ideología, ciertamente, es que no se puede probar la presencia del mal científicamente. Bush y Blair no tienen cara de gárgolas ni braman ni chillan ni hieden ni despiden humos sulfurosos, y sólo sabemos que son demonios por sus hechos: el asesinato masivo de decenas de miles de vidas inocentes. Pero a pesar de esta fragilidad, de la constatación de que tenemos que vernóslas con demonios, se deriva otra verdad, que es traducible en términos de acción política: siendo el Mal arbitrario e incoherente, dialogar o negociar con él es una idiotez, una pérdida de tiempo, un error que puede ser fatal para las fuerzas del Bien. Con el Mal no se negocia. Es lo que deben haber aprendido los que negociaron con la Bestia chilena, que terminó asesinando a su patriarca. Al Mal se ha combatir siempre, sin excusas ni claudicaciones. En todo lugar, y en todo momento.
Ejemplo de esto último es la alianza de la decencia política sellada por los partidos de la derecha e izquierda tradicionales en Francia y Bélgica de no aliarse ni negociar, nunca, por ningún motivo, con partidos o grupos de extrema derecha, ni gremialistas ni fascistas ni como se llamen o disfracen -los más reconocibles representantes del Mal en la Tierra hoy en día.
No pretendo sentar cátedra con estas reflexiones. El Mal es una materia de difícil interpretación. Y en la historia ha tendido a vestirse con las ropas de nuestros hombres más probos. De ahí esa manía de disfrazarse de curas y obispos, como en Argentina, cuya iglesia católica es una de las instituciones más despreciables y repugnantes que ha conocido el pueblo católico en América Latina. Un antro de fascistas y otros esperpentos venidos del infierno, esa iglesia ha defendido los crímenes más espeluznantes cometidos por los militares, ha justificado el secuestro y asesinato de incontables hombres y mujeres de bien e incluso ha defendido y protegido a demonios con sotana que participaron activamente en secuestros, torturas y asesinatos cometidos con las bestias uniformadas.
Al Mal tampoco se le ha de perdonar. El Diablo no entiende de perdones. Para el Mal, el perdón es un signo de debilidad. La petición de piedad es un truco para seguir arremetiendo contra la humanidad y los pueblos de Dios. El Mal ha de ser reconocido y erradicado. Radical y definitivamente.
Pero aunque se oculta, porque es experto en decepciones y engaños, gracias a Dios hay hombres de bien, como los presidentes Chávez y Kirchner, que empiezan a reconocer la presencia del Mal en la Tierra.

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