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Descenso al Infierno

[Recientemente llegaron a tribunales argentinos fotografías de detenidos argentinos que, durante la dictadura, eran arrojados, maniatados y amarrados, al mar. Uno de los cadáveres recuperados llevaba un tatuaje.]

[Amado de Mérici] No deja uno de asombrarse sobre las terribles torturas y malos tratos a que fueron sometidos los perseguidos por las policías secretas durante las dictaduras de inspiración norteamericana en el continente en los años setenta. Torturas y confinamiento en condiciones inhumanas de vida. Persistentes humillaciones. Aniquilación de la personalidad. Despersonalización. ¿Qué esperar de un ejército que viola a las detenidas para dejarlas embarazadas y luego, tras dar a luz, asesinarlas para traficar con los bebés, que terminaron muchos siendo apropiados ilegalmente, como hijos adoptivos, por parejas de fascistas estériles? Eso es lo que sabemos. La realidad puede ser peor. Y este espantoso régimen de terror iba unido a la terrible banalidad del mal que ejercían. Por ejemplo, muchos ciudadanos fueron acusados falsamente de estar implicados en actividades subversivas simplemente para robarles. Y eso tampoco les impedía asesinarlos con torturas igual de atroces que injustificadas, como si hubiesen sido los enemigos a los que odiaban.
A veces, agentes se peleaban hasta la muerte por el botín. En una ocasión, tras descubrir en un allanamiento varios miles de dólares, luego de asesinar a sus moradores se agarraron a balazos entre ellos. Y estas barbaries no eran casos aislados ni eran cometidos por las tropas o agentes de bajo rango. Durante la dictadura argentina –que es la que describimos- incluso un grupo de ministros tenía su propio escuadrón de la muerte que se especializaba en secuestros extorsivos.

Hace unos días leí el caso del prisionero Mario Villani que cuenta que salvó la vida porque los militares y los agentes civiles lo usaban para que reparara los electrodomésticos que robaban en las casas de los detenidos que, posteriormente, serían asesinados. Los artefactos “tenían que ponerlos en condiciones para llevárselos a sus casas o venderlos”.
En la cárcel secreta donde estuvo retenido, vio morir a muchos, militantes y no militantes, no por motivos políticos ni ideológicos, sino simplemente para sepultar los robos y otros actos ilícitos. Como los nazis, un objetivo de la represión era hacerse con los bienes y propiedades de los perseguidos. Sus jefes autorizaban este pillaje como botín de guerra, razón por la que algunos allanamientos se hacían con camiones, para trasladar los muebles y otras pertenencias a depósitos del ejército. Como en la Alemania nazi, un grupo se especializaba en la reducción de los objetos.

Se conoce el caso del llamado “Cura del Infierno”, el capellán de policía Christian von Wernick, que, con un grupo de agentes de seguridad, secuestraba a chicos católicos, les acusaba falsamente de ser subversivos y encarcelaba. Luego se acercaba a las familias ofreciéndose a trasladarlos a Uruguay y otros países para que iniciaran una nueva vida, todo ello naturalmente a cambio de dinero. Recibido el dinero, los hacía asesinar. Se sabe que también llegó a participar él mismo en el asesinato de uno de los chicos. Tras matarlos, quemaban sus cadáveres y celebraban la victoria con un asado.

Otro caso impresionante es de unos sobrevivientes que contaron que, en la cárcel clandestina donde estaban recluidos, los agentes no les alimentaban. Encerrados a oscuras durante días sin bebida ni comida, eran liberados de vez en vez para que salieran a un patio, donde debían luchar por la comida, que eran repollos podridos que les arrojaban sus celadores y que no alcanzaban para todos. ¿Se puede imaginar algo más inhumano? En otros campos se alimentaba a los prisioneros cada dos o tres días con agua con harina y vísceras de animales crudas

Hace unos días la prensa informó sobre el hallazgo de algunos detenidos que fueron arrojados al mar en el Río de la Plata. Las fotos muestran pies amarrados con cuerdas, cuerpos maniatados. Este método de eliminación –con los reos sedados- había sido aprobados por la demoníaca iglesia católica argentina (la que, como ven, en nada se parece a la iglesia chilena, que asumió la defensa de los perseguidos desde el primer día de la dictadura), que lo calificó de humanitario. Era lo que decía el cura von Wernick. Pero un impresionante detalle en las fotos revela que aparentemente a algunos prisioneros los tatuaban, como hacían los nazis con los prisioneros judíos. El cadáver de una víctima que apareció en una playa de Uruguay en 1976, llevaba tatuadas las letras “FA”, que el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) cree que corresponde con Floreal Avellaneda. Por lo general, los detenido recibían un número de identidad, que debían aprender de memoria. El uso del nombre les quedaba prohibido.

Parece establecido que aunque los militares, o muchos de ellos, se pretendían católicos, y lograron conseguir el apoyo de la jerarquía de la iglesia argentina, en realidad eran nazis. Los agentes encargados de la represión recibían instrucción ideológica y debían leer y comentar “obras de Adolfo Hitler y otros autores nazis y fascistas”. Es difícil entender cómo personas que pretendían ser católicas, instruían a sus subalternos con literatura nazi. Pero la usurpación ideológica es un fenómeno conocido. En Chile el partido de la extrema derecha pinochetista, UDI, también se declara católico (falsamente, creo yo), aunque se originó en una milicia neo-nazi (Patria y Libertad) financiada por Estados Unidos.

Por otro lado, los discursos de Hitler eran también usados como un instrumento de tortura psicológica, obligando a los prisioneros, especialmente a detenidos judíos, a escucharlos interminablemente.
Los agentes argentinos se ensañaban con los presos judíos. En un espeluznante caso, un guardia obligaba a un detenido judío a salir de su celda y “le hacía mover la cola, que ladrara como un perro, que le chupara las botas. Era impresionante lo bien que lo hacía, imitaba al perro igual que si lo fuera, porque si no satisfacía al guardia, este le seguía pegando. Después cambió y le hacía hacer de gato”.

Violencias similares ejercieron los agentes chilenos contra sus detenidos. El general Contreras, jefe de la policía secreta y al mismo tiempo agente de la CIA, acostumbraba sacar los ojos de los prisioneros en un ritual que todavía no ha sido explicado, pero que puede ser satánico. Arrancaba a los prisioneros las tapaduras y dientes de oro para reducir las piezas en el mercado.

Es doloroso pensar que todavía muchos ciudadanos, pese a todo lo que sabemos sobre esos regímenes, persistan en justificar esos horrores y en defender a sus autores, a los que se atreven incluso a rendir homenaje. Resulta igualmente increíble que esos militares, de una indecible cobardía, exijan todavía trato de héroes, como si ignoráramos lo que hicieron. Y sigue siendo urgente empujarles de vuelta al infierno.

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