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Torturas, Derechos Humanos y Pena de Muerte

Desde los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington, hay cada vez más gente que pide la reintroducción de la pena de muerte para los acusados de terrorismo. Pero los delitos de terrorismo son difíciles de demostrar. En las actuales circunstancias, con juicios secretos, jueces secretos, acusaciones secretas, cárceles secretas y torturas, sería fácil condenar a muerte a un buen montón de sospechosos. Agréguese a eso que muchos de los nuevos delitos terroristas, como en Holanda el delito de denostar "contra las sociedades occidentales", son francamente estrafalarios.
Es dudoso que la pena de muerte solucione algún problema. Lo más probable es que los empeore.
Pero la pena de muerte se exige para terroristas árabes. Los terroristas fascistas y de extrema derecha, igualmente merecedores de castigos drásticos, en muchos países no son considerados terroristas ni criminales -en Holanda la ministro llamada la ‘hija de Hitler'‘, los llama "nuestros jóvenes enojados".

En Estados Unidos, no hace mucho tiempo, se aprobó un nuevo reglamento en cuestiones de derechos humanos para el ejército. Las nuevas reglas penalizan a los soldados y otro personal del ejército que participen o presencien sin intervenir o no denuncien violaciones a los derechos humanos cometidas por otros militares de mayor o menor jerarquía.
Esta es ciertamente una medida necesaria. Las leyes deben ofrecer garantías al personal subalterno para que puedan oponerse con autoridad a órdenes dictadas por oficiales de rango superior. A los mismos soldados debe dejárseles en claro que callar frente a hechos de esa naturaleza será constitutivo de delito. Y debiésemos llegar a una figura jurídica en que el silencio sea sinónimo de complicidad. El mensaje es muy claro: si eres testigo de alguna violación y la callas, tendrás el mismo grado de culpabilidad que los autores.
También debería eximirse de proceso a los militares que, en protección de la vida de civiles o detenidos, deban eliminar o neutralizar a sus oficiales superiores.

En esta época es indispensable aplicar los castigos más severos a los violadores de los derechos humanos -y los terroristas fundamentalistas son sólo uno de los grupos empecinados en atormentarnos. También están los fascistas, los neo-nazis, los nacionalistas y otros. Quizás la opinión pública apreciaría que las condenas fueran simplemente efectivas.
Los delitos de violación de los derechos humanos no son redimibles, aunque lo afirme nuestro Catholic Insider. Personajes como Pinochet y otros dictadores, Karimov y otros tiranos, los soldados que mataron aplicando tortura a sus prisioneros en Afganistán e Iraq y otros países debiesen recibir las condenas máximas que permiten las leyes: la muerte o la prisión perpetua efectiva.
A pesar de las campañas en pro de la pena de la muerte, la opinión pública europea es contraria a la pena de muerte. Aparentemente el respeto por la vida se ha extendido por Europa y echado raíces. Pero nos tranquilizaría con que la prisión perpetua fuese realmente efectiva y los condenados muriesen en prisión, a menos que se les permitiese suicidarse.
Pero en este contexto histórico histérico no es exactamente deseable discutir sobre la pena de muerte.

1 comentario

sebastian dossow -

mm.........
demonios.......