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Populismo, Economía y Otros

Se asocia a menudo al fascismo -más todavía que al comunismo- con guerras o épocas de penurias económicas y sociales. Entonces, supuestamente por la mayor escasez de los recursos disponibles, algunos grupos se niegan a compartir sus ingresos o a contribuir de igual medida si advierten o se inventan que otros no los comparten o no contribuyen como ellos quisieran. Así se condena a la miseria y al aislamiento a grandes sectores de la población que han sido estigmatizados de esa manera. En Holanda, por ejemplo, los fascistas y otra gente de extrema derecha y de izquierdas e incluso incautos, creen que los extranjeros -con lo que, en realidad, quieren decir árabes o musulmanes o gentes del Tercer Mundo- no contribuyen lo suficiente al estado y que constituyen cargas por el uso que hacen de las prestaciones sociales. "Los árabes viven del subsidio", es un slogan repetido frecuentemente por algunos. Sin embargo, es enteramente falso. Por ejemplo, del millón de personas acogidas a la ley de incapacidad laboral sólo veinte mil son extranjeros -y debiesen ser, según creo, muchos miles más, habida cuenta que son en su mayoría obreros que realizan muchas labores peligrosas que los holandeses hace muchos años dejaron de aceptar. Por ejemplo, la mayoría de las personas acogidas a la seguridad social en Amsterdam son nativos -sin embargo, los extranjeros constituyen el 50 por ciento de la población.
Esas afirmaciones insensatas y mal intencionadas quieren engañar a la opinión pública, primero, exagerando y distorsionando salvajemente las cifras y las estadísticas y, segundo, creada esa falsa impresión, proponiendo planes para solucionar lo que ha sido definido como problema. La solución de esos problemas imaginarios se ubica normalmente en el área de la represión: por ejemplo, que se limiten esos servicios a cotizantes de origen extranjero, que pierdan incluso los derechos si no satisfacen criterios siempre nuevos y más excluyentes. Es muy difícil argumentar que un trabajador tiene menos derecho que otro por el solo hecho de pertenecer a la raza o la nacionalidad equivocada, así que se buscarán los fascistas argumentos que han de creer que son razonables, pues los proponen sin dar muestras de tener escrúpulos. Buscarán atajos. Así, proponen obligar a trabajar a desempleados de largo tiempo y que no aprueben el examen de integración, para empresas privadas, por un salario menor al salario mínimo. ¿Qué se soluciona con eso? Su explicación es que sacan a los holgazanes de sus casas y ahorran dinero, al estado y a las empresas. No entiende uno por qué han de ganar esos trabajadores menos que otros. Pero ganan las grandes empresas, y entonces, para el fascista, todo está bien. Que con eso se crea prácticamente una clase de esclavos -no pueden rechazar los trabajos que se les ofrecen y que estando en condiciones mucho más desventajosas que los otros, viven en la inseguridad, porque pueden ser despedidos en cualquier momento y perder todo derecho a la ayuda del estado o de los ayuntamientos- no preocupa en lo más mínimo al fascista. En realidad, parece que es su objetivo.

¿Por qué no le parece a un fascista que esto sea insuficiente? ¿Por qué, además de reducir a esos trabajadores al nivel de esclavos, se les agobia y amenaza con ponerlos en la calle, sin medio de vida alguno? ¿Imaginan los políticos holandeses realmente que es deseable que las calles se llenen de familias de indigentes, muchos de ellos árabes; que los hospitales se llenen de enfermos que no pueden disfrutar de servicios médicos porque no cotizan; que aumente la criminalidad en las calles? Porque esas ciertamente serán algunas de las consecuencias más inmediatas. También para ello tiene el fascista ‘soluciones' igualmente estúpidas. "Si aumenta la criminalidad, les meteremos más policías y más leyes", dirá el fascista. ¿No se da cuenta de que empuja las cosas a un callejón sin salida -quizás sin otra salida que la violencia, porque la gente oprimida y maltratada así puede reaccionar violentamente, sobre todo si no tiene otras alternativas? ¿O es lo que persigue el fascismo?

Los ministros neo-fascistas reprochan que supuestamente los extranjeros imponen una carga muy alta al estado y que muchos -afirman que es la mayoría, lo que es una monstruosa falsedad- viven de la seguridad social y las medidas tienen por intención incentivarlos a buscar un trabajo pagado. Al mismo tiempo, se persigue a los extranjeros, se cortan o reducen todos los subsidios de fundaciones sociales o culturales -donde trabajan muchos inmigrantes-, se desalienta oficialmente su contratación en servicios del estado (porque no son confiables, dijo el jefe de la policía de Amsterdam, "debido a que tienen lealtades dobles", que es lo que decían los policías de la segregación norteamericana y del apartheid de Sudáfrica) y se amenaza abiertamente a la empresa privada que contrata a extranjeros. Naturalmente, el resultado es que las cifras de desempleo entre extranjeros son proporcionalmente más altas y eso significará a la larga, naturalmente, que su contribución al estado es cada vez menor. Todo esto en el marco de la mayor ilegalidad e inconstitucionalidad, simplemente porque la ley y la Constitución prohíbe que se discrimine sobre de la religión, la raza, el género, las opiniones y otros derechos del estado democrático. Así, para comenzar, en teoría el estado no puede siquiera hacer como si sus súbditos son de origen extranjero. No puede suponer que tiene súbditos holandeses que son en realidad extranjeros. No puede llevar listas de holandeses extranjeros. Estas medidas absurdas exigen y requieren que el estado maneje esos criterios discriminatorios. Así, un gobierno fascista logrará que su afirmación al principio irracional -"los extranjeros no trabajan"- se transformen en realidad a medida que se implementen sus políticas de exclusión de los extranjeros de la vida laboral, social y cultural del país.

Algunos parecen comprender, y hasta sentir compasión por esa visión que dice que el fascismo es una de las respuestas a tiempos difíciles y que son, en el fondo, "buenos jóvenes" un poquitín asustados. La verdad, son la escoria de la sociedad, porque esas medidas discriminatorias buscan de hecho excluir a grupos de la población -porque no quieren compartir lo que ven como sus logros- sin pensar siquiera en el dolor que causa a cientos de miles de personas y en la injusticia que representa, según no ya para principios, sino para emociones que creíamos comunes a los occidentales. Lo que pase con un árabe, si lo deportan a casa y allá lo encarcelan o torturan o matan, les da un carajo. Que se muera de hambre en la calle, que viva bajo puentes, que muera en invierno, y que reviente sin cuidados médicos, le tiene sin cuidado. Dirá que no es problema suyo. Se lo dirá incluso a gente nacida aquí, que tienen a Holanda como patria, que hablan su lengua como la materna. De hecho, le alegrará. Ha decidido que son enemigos.

Quería escribir sobre la economía y el fascismo y parece que me ido desviando. Lo que ocurre es en el fascismo la economía está íntimamente unida a la política; más bien, la economía no existe para el fascista. Así, será inútil argumentar con cifras, porque al fascista, si no le sirven de apoyo a sus aseveraciones imbéciles, no le interesan. Los estudios económicos no sirven para nada. Ni siquiera los sondeos. No le interesan en absoluto. Si es necesario, hará escribir informes que justifiquen sus medidas. Ni siquiera se parará a la hora de hacer prisioneros -para demostrar que hay enemigos. De otro modo -y este axioma sirve para entender muchas acciones de los fascistas y otros de esa canalla- no se entendería que el mismo gobierno que reproche a los inmigrantes no trabajar, por otro lado acose y persiga a los inmigrantes y los señale como elementos peligrosos de dobles lealtades y haga así imposible que haya empresarios que se atrevan a no seguirle el amén por temor a perder licitaciones, subvenciones y préstamos. Aquí, evidentemente, hay mala voluntad.

El año pasado sufrió Amsterdam -y todo el país- una fuerte recesión. Ha habido un notorio descenso del turismo -obviamente, hay menos interés en Europa por visitar la que era antiguamente la ciudad de la tolerancia- y las quiebras y el paro en la hostelería subieron a un ritmo desproporcionado. Justo en esos momentos, ministros del gobierno comentaban abiertamente que el país estaba en crisis y que se acercaban tiempos difíciles. A raíz de las proyecciones del gobierno, la bolsa y la inversión experimentaron fuertes descensos. Obviamente, si el gobierno mismo decía que las perspectivas eran sombrías, los capitales fueron retirados apresuradamente de los mercados locales. (En Estados Unidos, en medio de la recesión que causaron los atentados el llamado de Bush a la opinión pública a consumir fue quizás la declaración más cuera del presidente ese año). No es tampoco la única manera en que el gobierno contribuyó a una baja de las actividades económicas. Al mismo tiempo canceló todos los programas y proyectos locales contra el desempleo, en ramas en que trabaja un gran número de extranjeros. No son soluciones. Cuando un país necesita que el público recupere la confianza en la habilidad de los gobiernos de dirigir procesos económicos, el gobierno llama prácticamente a retirar los capitales. Cuando reclama que el desempleo es un problema, anula al mismo tiempo los proyectos de empleo y pone más gente en la calle que cuando asumió. No es de extrañar que haya cada vez más extranjeros y nativos que se quieren marchar del país. Existe la sensación de que no vale la pena. Y es un sentimiento negativo.

El problema es aparentemente simple. El fascismo se origina en una falsedad y en muchas falsedades que deben ser mantenidas vivas. Las penurias no son tanto el caldo de cultivo del fascismo -aunque algo habrá- sino más bien su propia creación, porque el fascismo adquiere legitimidad sólo en la medida en que puede demostrar que cumple una función útil: la de poner orden. El fascismo necesita la penuria y el casos, necesita la amenaza. Y para mantenerse en el poder, su única opción es recrear esa penuria, causarla mismo, y hacer creer a los ciudadanos que estamos en peligro y que vivimos momentos en los que sin su ayuda -sin las fuerzas de orden, las leyes especiales, las cárceles clandestinas, las desapariciones, las detenciones arbitrarias, los despidos racistas, la discriminación, la segregación- el país se arruinaría.
Por supuesto, es falso que el país atraviese o esté a punto de atravesar una grave crisis económica. Una bajas de las actividades ha habido y sus efectos han sido notorios, pero, una parte es un producto natural factores contingentes -como la menor exportación debida al aumento del valor del euro-, y otra es el producto de las propias políticas del gobierno (cierre de fundaciones, talleres, escuelas, institutos, pequeñas empresas).

Es por razones de este orden que el fascismo enfatiza el peligro del terrorismo musulmán. Para el gobierno, nueve terroristas tienen al país en vilo y le han declarado la guerra. Ahora vivimos un estado de excepción porque todavía hay que identificar y detectar a otros amigos y simpatizantes de los terroristas -que no sabremos quiénes son, kafkaniamente hablando, sino cuando los apresemos. ¡Nueve enemigos tiene Holanda! Y así el fascista va acumulando más y más medidas, cual de todas más estúpida y enervante pero cuyas intenciones son claras. Pues, ¿qué pretenderá el diputado fascista Wilders con su plan de deportar de 50.000 árabesestadísticamente sospechosos de tener simpatías por el fundamentalismo?¿Qué solución tienen en mente los políticos de La Haya que propusieron crear guetos en las ciudades con árabes para poder controlarlos mejor. "Los árabes son todos iguales y es difícil identificarlos. En un gueto se puede controlar quién entra y quién sale", se leía en una revista de prestigio de esa ciudad.
¿Es posible que se hable en estos términos en Holanda y nadie diga nada? Estas políticas -si alguna vez llegan a aplicarse- no solucionarán nada. No han sido pensadas con la intención de solucionar nada, sino con la intención de castigar a un grupo de la población culpable de ser de origen árabe. Todo árabe es un posible terrorista, dice el fascista de estos días. Y este tratamiento, o medidas similares, van seguramente a provocar estallidos sociales, quizás incluso más terrorismo, que los que pretenden evitar. Y así el fascista podrá justificar -en caso de que haya resistencia- medidas todavía más estrictas contra los supuestos enemigos árabes o extranjeros. La solución última, inscrita en la naturaleza del pensamiento del fascista es la eliminación del otro -social, económica, política, cultural- del paisaje social. Lo intentarán primero con las deportaciones. La creación de guetos. Los campos de trabajo o el trabajo obligatorio. Las tarjetas de integración. Los nazis utilizaron todas estas técnicas, y terminaron decretando el exterminio de los judíos.
El ánimo de destrucción, el odio del fascista no tiene origen ni explicación. Es la voluntad de causar el mal, de hacer sufrir, de causar dolor y miserias. Es la presencia del demonio. Su propósito es causar aflicción. Sus medidas económicas no van destinadas a solucionar problemas económicos, sino a crear problemas que puedan solucionar de manera bruta y violenta. Piénsese en la postura fascista, que caracteriza el discurso del führer platinado de Holanda: exige que los musulmanes se integren a la sociedad, y afirma al mismo tiempo que el islam y el occidente son incompatibles, que nunca lo serán. Piénsese en la ‘hija de Hitler', que dice respetar el deseo del Parlamento de revisar la deportación de 26.000 refugiados y luego deporta a una parte en secreto e ilegalmente a Nigeria y otros países de África que no son sus países de origen -a los que los refugiados obviamente se han negado a volver, pues de ellos vienen justamente escapando. Quiero decir, el fascista no tiene escrúpulos, miente, distorsiona, tuerce, inventa, fabula, monta falsedades.
Para el fascismo la economía sirve objetivos políticos. Ahora hay que destruirla, porque hay que llegar a los extranjeros. Pero si es posible hacerlos útiles, se les pondrá en régimen de apartheid o de semi-esclavitud. Si protestan y se resisten, serán considerados terroristas y encarcelados. Se les medirá. Se inventarán "valores nacionales" que nadie conocía y en los que nadie cree que existan. Se amenazará a los nativos que se opongan. Entretanto, para explotar esa fuerza de trabajo, los podrán trabajar por menos salario que las personas normales. Se les robará en la frontera, al entrar, por concepto de establecimiento o alguna otra falacia. Se les acosará. Hasta que se vayan. O hasta que acepten a la nueva raza o grupo superior. La economía y los recursos del estado se ponen al servicio de planes estúpidos ni que redactados por simios.
Por eso, entre otras cosas, es tan irritante que los partidos de derechas, e incluso algunos de izquierda, consideren a los fascistas como "nuestros jóvenes". Son, en realidad, los enemigos. Son el Mal, enemigos de Dios y del pueblo. Todos seremos sus víctimas: conservadores, liberales, demócratas, comunistas, musulmanes, judíos, árabes, refugiados, viejos, enfermos terminales. Los fascistas y neo-nazis no son "nuestros jóvenes". Son la canalla, son los enemigos de la libertad y de la moral, son los corruptos e imbéciles. Representan la pequeñez, la maldad, la codicia. Satanás en la Tierra.

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