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mérici

El Proyecto Social Paramilitar


columna de mérici
¿Qué sabemos de las milicias paramilitares colombianas? La opinión general es que se trata de grupos armados contratados o formados por grandes hacendados, comerciantes y políticos de extrema derecha determinados a poner fin a las guerrillas de izquierda que amenazaban sus propiedades y negocios y su propia seguridad, usurpando las funciones del Estado en los territorios en los que eran activas. Políticos y hacendados implicados en la formación de estas milicias ofrecieron a los paramilitares la posibilidad de hacerse con tierras de los campesinos de las zonas que irían liberando de las guerrillas -campesinos que, de acuerdo a sus informaciones, podrían ser izquierdistas, comunistas o colaboradores de la guerrilla. Los campesinos eran simplemente asesinados o expulsados y sus tierras pasaban a ser propiedad de los jefes de las milicias.
No todos los hacendados estaban implicados en la lucha contra las guerrillas. Para muchos, la lucha contra la subversión que representaban los ejércitos guerrilleros fue utilizada como un pretexto para ampliar sus propiedades, como lo demuestra el caso de la familia Uribe, cuya hacienda fue acrecentada asesinando a los campesinos que reclamaban parte de la propiedad. Santiago Uribe, hermano del ex presidente Álvaro Uribe, formó la milicia llamada de Los Doce Apóstoles, que cometió numerosos crímenes, todavía impunes. Posteriormente los miembros de esta milicia fueron asesinados sistemáticamente, sobreviviendo solamente uno de ellos -un ex capitán de la policía que escapó a Venezuela para salvar la vida.
Muchas de estas milicias limpiaron algunas zonas que estaban bajo control de la guerrilla simplemente despoblándolas, asesinando arbitrariamente a los campesinos que allí residían y justificando las atroces masacres que cometieron acusando a los campesinos, falsamente, de colaborar con las guerrillas. Estas zonas despobladas les permitieron al mismo tiempo utilizarlas para el transporte de cocaína, una de sus fuentes de ingreso.
Los paramilitares surgieron prácticamente en todo el territorio colombiano. Algunos de sus jefes -no todos- fueron hombres de extrema derecha o derechamente fascistas y neonazis. En la mayoría de los casos los jefes eran simplemente delincuentes o mercenarios sin formación ni propósito político alguno. Los reclutas rasos de las milicias eran habitualmente delincuentes violentos, reclutados en los bajos fondos de zonas rurales y ciudades. Muchas milicias fueron formadas por individuos que podrían ser llamados empresarios, que reclutaban a sus propios hombres con el fin declarado de hacerse con tierras y territorios e imponer su propia versión de lo que debía ser un orden social nuevo. Esas tierras así adquiridas eran y son consideradas por los paramilitares como un botín de guerra legítimo. Los paramilitares contaban para estas campañas de aniquilamiento y apropiación con el beneplácito y complicidad del ejército y de la fuerza pública de Colombia.
En realidad, el conflicto colombiano se parece mucho a la descripción de la conquista de América que proponía el historiador chileno Néstor Meza, que suponía que los capitanes y avanzados españoles habían formado sus propias empresas militares o ejércitos privados, reclutando a sus miembros incluso en cárceles (recuperaban los presos la libertad si se marchaban a América), para avanzar por territorio indígena, sometiendo a los nativos y reduciéndolos en encomiendas que eran luego reconocidas por la Corona española como botín de guerra o encomiendas. Aquí se encuentra el origen de las actuales sociedades americanas, con unos pocos descendientes de esos criminales como dueños de la tierra y la enorme masa de descendientes de indios reducidos y obligados a vender su fuerza de trabajo para sobrevivir. En este orden social no hay exactamente nada de espontáneo ni es el resultado de ninguna evolución social natural, sino de la violenta usurpación e imposición del imperio español.
Pero de estos planes de los paramilitares sabemos muy poco. Por eso es valioso el reciente artículo publicado por verdadabierta, titulado Las calvas de Puerto Gaitán, Meta, que ofrece una mirada en las aberrantes utopías de los jefes paramilitares. En Meta y Vichada las milicias paramilitares impusieron un nuevo orden social en el que incluía la esclavitud, el trabajo obligatorio y otras formas de servidumbre igualmente perimidas. Decenas de mujeres acusadas de ser "prostitutas, chismosas o rebeldes" eran sometidas a esclavitud y enviadas a trabajar en haciendas y proyectos empresariales. Muchas de ellas eran rapadas, a modo de castigo. Este nuevo orden social se mantuvo vigente en esas zonas de 1997 a 2004.
En la Sierra Nevada de Santa Marta, Hernán Giraldo impuso el derecho de pernada, que obligaba a los campesinos a entregar a las muchachas y muchachos vírgenes al jefe paramilitar, so pena de expropiaciones y otras formas de violencia.
Pero en un régimen social y político paramilitar no hay nunca ninguna certeza de nada, porque los jefes, haciendo honor a la tradición fascista, no respetan ni su propia palabra. Su creencia en su superioridad sobre los demás, que se deriva de su idea de que la superioridad física o militar otorga a los fuertes el derecho a hacer lo que quieran, les permitía cosas como cerrar acuerdos con los campesinos, incluso en algunos casos pagarles por sus tierras, para volver luego, asesinarlos y recuperar el dinero.

Los paramilitares nunca tuvieron, ni pueden tener, un proyecto social específico. Como milicianos pagados por hacendados y políticos de derecha, sus funciones terminaban con el asesinato de campesinos. Cuando adquirieron autonomía (porque la codicia les llevó a atacar a sus propios patrones), llevaron a la práctica planes e ideas estúpidas, como los descritos arriba, más propios de psicópatas que de combatientes. Ninguna de esas estructuras sobrevivió. Hoy la mayoría de sus jefes se encuentra en prisión, junto con sus aliados en la clase política. Muchos de sus secuaces continúan asolando el campo colombiano.


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