El Atentado de Londres 2
Que los servicios de inteligencia no hayan detectado este atentado, no exculpa a los terroristas. Son crímenes atroces, y banales. Contamos con un buen montón de leyes para esos delitos. Los crímenes que cometen los asesinos en serie son también atroces. También hay leyes para eso. A la hora de juzgar las atrocidades de BTK -el asesino en serie de Bond, Torture, Kill- no se toma en cuenta que dice que estaba poseído por el demonio. Igual de estrafalarias son las teorías de los fundamentalistas, y sus referencias a profetas oscuros de hace varios siglos. Tampoco debiesen interesarnos. Tampoco interesan las teorías de los serbios para justificar sus crímenes en la antigua Yugoslavia. Ahí están los hechos: una enorme cantidad de víctimas civiles -vidas terminadas por las alucinaciones de imbéciles. El terrorismo no tiene justificación. Nadie puede adoptarlo como legítimo. En ninguna parte. Por ninguna razón.
Para los terroristas somo moneda de cambio. También nos usan así nuestros gobiernos. La guerra empezó con el bombardeo de un edificio civil, cuando Bush adelantó su ultimátum e hizo arrasar un restaurante donde se suponía que cenaba Saddam Hussein. En ese atentado no murió el dictador, sino incontables civiles iraquíes que estaban en sus casas. Esa decisión realmente no tiene nombre. Ha marcado la guerra americana con un total desprecio por normas elementales que regulan a la mayoría de las sociedades democráticas de Occidente -donde democracia, derechos humanos y estado de derecho están inextricablemente unidos. Tampoco han mostrado los terroristas respeto alguno por esas normas -que no han suscrito nunca. Todo lo que sabemos es que los terroristas nos pagarán con la misma moneda. Quieren que presionemos a nuestros gobiernos para retirarse de Iraq. Si acaso, que no lo sabremos sino cuando se atrape a los autores.
Si a veces se carga contra las autoridades es porque ellas están jurídica y moralmente obligadas a actuar guiadas por nuestras constituciones y leyes. No tiene ningún sentido pedir a un terrorista que respete los derechos humanos -sí lo podemos exigir de ministros, de funcionarios, de policías y de soldados. No exigimos que los terroristas sean eficientes; exigimos que nuestras policías sean eficientes. Tan eficientes que no pretendan que, incapaces ellas de prevenir el terrorismo, encerremos a los árabes en campos de concentración para evitar que los terroristas ocultos entre ellos cometan atentados. Necesitamos dirigentes responsables que no pretendan que el estado de derecho se puede defender desmantelándolo -como los norteamericanos que mataron a la gente de Milay para salvarla del comunismo. Así piensan los mediocres, la mala calaña, el demonio. El terrorismo se acaba encarcelando a sus autores, y dejando de matar a sus parientes.
Para los terroristas somo moneda de cambio. También nos usan así nuestros gobiernos. La guerra empezó con el bombardeo de un edificio civil, cuando Bush adelantó su ultimátum e hizo arrasar un restaurante donde se suponía que cenaba Saddam Hussein. En ese atentado no murió el dictador, sino incontables civiles iraquíes que estaban en sus casas. Esa decisión realmente no tiene nombre. Ha marcado la guerra americana con un total desprecio por normas elementales que regulan a la mayoría de las sociedades democráticas de Occidente -donde democracia, derechos humanos y estado de derecho están inextricablemente unidos. Tampoco han mostrado los terroristas respeto alguno por esas normas -que no han suscrito nunca. Todo lo que sabemos es que los terroristas nos pagarán con la misma moneda. Quieren que presionemos a nuestros gobiernos para retirarse de Iraq. Si acaso, que no lo sabremos sino cuando se atrape a los autores.
Si a veces se carga contra las autoridades es porque ellas están jurídica y moralmente obligadas a actuar guiadas por nuestras constituciones y leyes. No tiene ningún sentido pedir a un terrorista que respete los derechos humanos -sí lo podemos exigir de ministros, de funcionarios, de policías y de soldados. No exigimos que los terroristas sean eficientes; exigimos que nuestras policías sean eficientes. Tan eficientes que no pretendan que, incapaces ellas de prevenir el terrorismo, encerremos a los árabes en campos de concentración para evitar que los terroristas ocultos entre ellos cometan atentados. Necesitamos dirigentes responsables que no pretendan que el estado de derecho se puede defender desmantelándolo -como los norteamericanos que mataron a la gente de Milay para salvarla del comunismo. Así piensan los mediocres, la mala calaña, el demonio. El terrorismo se acaba encarcelando a sus autores, y dejando de matar a sus parientes.
Otra Vez Pinochet, y el juez Guzmán
En su reciente viaje a España, el juez Juan Guzmán, que ha intentado juzgar a Pinochet, ha declarado que no cree probable que el ex dictador sea finalmente procesado por las violaciones a los derechos humanos durante su dictadura. Según Guzmán, no hay voluntad política. Y hay todavía demasiados criminales sueltos, algunos de ellos incrustados en las mismas instituciones desde donde cometieron sus atrocidades (las fuerzas armadas). Otros son diputados de partidos de derecha. El juez Guzmán dijo también que los jueces de la Corte Suprema habían colaborado a sabiendas con la dictadura.
Si lo hubiese dicho otro, la prensa y la opinión lo habría tildado de extremista o exagerado. En Chile no ha terminado completamente la dictadura. Muchos de sus criminales, empezando por Pinochet, viven libres -aunque por ley o moral debiesen estar muertos o encarcelados. Un importante instrumento de la dictadura fue el poder judicial. Los jueces chilenos -nunca tan probos tampoco- cedieron a la intimidación y al chantaje y e hicieron la vista gorda, permitiendo los secuestros ilegales, detenciones y desapariciones que caracterizaron la cobardía pinochetista. Esos jueces todavía viven. Algunos todavía hacen parte de la Corte Suprema. Lo dijo Guzmán con todas sus letras.
Y esos esbirros y títeres todavía siguen ahí por voluntad del presidente de la república. Cuando uno se da cuenta, tiembla. Es el presidente de Chile quien impide que Pinochet sea llevado a justicia. Obviamente -todo el mundo lo sabe en ese país- los jueces de la Corte, que son nombrados por el presidente, suelen votar obedeciendo las órdenes de palacio. Si la Corte decide no procesar a Pinochet, quiere decir que el gobierno chileno -con su presidente Lagos a la cabeza- no quiere hacerlo.
Lagos ha tenido una conducta absolutamente repugnante en torno al caso de Pinochet y las víctimas del terrorismo fascista. Cuando el juez español Garzón intentó juzgarlo en España, Lagos, otrora perseguido por la bestia, defendió a brazo partido su expulsión a Chile, para evitar que fuera extraditado a España, donde los jueces no parecen doblegarse con tanta gracia ante la voluntad política del jefe de la guardia. Lagos ha actuado con hipocresía y doblez. No se puede esperar nada bueno de un personaje tan arrastrado ante el poder de las clases altas y las instituciones que se negó durante años a recibir a los familiares de desaparecidos -todo al mismo tiempo que recibía en palacio a conocidos asesinos, uniformados y otros.
Lagos no juzgará a Pinochet. ¿Acuerdos? ¿Cobardía? ¿Interés? ¿Dinero?
En cierto sentido, Lagos es hijo de Pinochet. Lo digo en el sentido de que ahora es posible en ese país encontrar cosas que creíamos imposibles. Cosas que antes se creía que era privilegio del Caribe: generales semi-animales, pederastas uniformados, presidentes chulos que, como Calígula, convirtieron los palacios de gobierno en burdeles de cónsules angloparlantes. Allá puede ocurrir que los directores de ministerios y cosas similares son parentela del presidente; puede ocurrir que los cónsules sean las exes incluso apolíticas de ministros otrora rojos. Allá el salario de un alto funcionario puede ser 100 veces el de un obrero.
El presidente de Chile es socialista.
El legado de la dictadura es también una enorme lacra moral en la sociedad chilena, un país sometido al terror durante 17 años, y más, y que ha logrado convencer a sus capas más frágiles desde un punto de vista moral, de que la dictadura fue algo más que una máquina de crímenes y robos. Sin embargo, queda cada vez más en claro que Pinochet y sus primos argentinos tienen más de asesinos en serie, como el llamado BTK, que de hombres de estado -que nunca fueron- y que sus acciones políticas no se explican únicamente por razones políticas sino por la sed de sangre de la jauría uniformada.
En Argentina, los criminales torturaron y asesinaron a jóvenes inocentes, acusándoles de actos terroristas que nunca cometieron. Se les persiguió y asesinó y a las mujeres parturientas se les extrajeron sus hijos de sus vientres, antes o después del asesinato, para venderlos o donarlos a familias de chacales. Un sacerdote católico torturaba a inocentes recogidos en la calle y exigía rescate a sus familiares. Luego los mataba e incluía en la lista de rebeldes eliminados. Este mismo sacerdote contó con la protección de una iglesia chilena cuando el cura asesino fue descubierto.
En Chile no llegaron los generales a involucrarse en este tipo de negocios. Pero los crímenes que cometieron u ordenaron cometer los acerca mucho a los matones argentinos. Pinochet, para citar un ejemplo, ordenó decapitar a dos activistas, cuyos cuerpos fueron arrojados al jardín de la embajada italiana. Emulando a seres como Stalin o Hitler, implementó en los primeros años de la dictadura una campaña de torturas sistemáticas de la población en general -las guarniciones militares recibían cuotas de personas a las que debían detener; los detenidos no eran informados de la causa de su detención, no se inscribían en los libros, no se dejaba registro, no eran interrogados: simplemente se les torturaba toda la noche y se les echaba a la calle por la mañana. Se calcula que más de 150.000 personas fueron sometidas a torturas bajo este sistema.
La dictadura de Pinochet no se dirigía contra la gente de izquierda o los disidentes (pues también los hubo de derechas), sino contra el pueblo de Chile. El anticomunismo de Pinochet -de última hora- no era más que una excusa. Las clases altas permitieron que Pinochet custodiara sus propiedades y su orden social y político; la hiena exigió a cambió mano libre para matar y robar. Sus condiciones fueron aceptadas. Pero su anticomunismo no era político; era su manera de satisfacer sus instintos criminales, y su manera de justificar asesinatos y robos. Mientras robara y matara a supuestos izquierdistas, las clases dominantes se quedarían calladas; y si no había izquierdistas a mano, pues se les podía inventar y pegarle la etiqueta a cualquier ciudadano, como ocurrió con cientos de miles de personas en Chile. Fue el compromiso este los amos y un perro.
Mientras la sociedad chilena, y otras latinoamericanas que sufrieron esos terribles e inhumanos regímenes, sigan pensando que esas dictaduras se explican por cuestiones políticas, no se habrán curado de la corrupción moral que extendió el régimen. Aceptar que Pinochet tuvo motivos políticos para imponer su dictadura, es aceptar su propia y falsa versión de las cosas. La gente que supone que Pinochet es un personaje político cree que eso excusa sus crímenes y robos, y se colocan por ello en el mismo nivel que la hiena.
Los que protegen a Pinochet no admitirán nunca que la bestia es menos que un personaje político y más un asesino en serie con todo un país de donde extraer víctimas. Mientras no se comprenda que el ex dictador será un personaje en la historia de la criminología y de la página roja de Chile, y no un personaje político, no vivirán los chilenos en concordia.
Los que le protegen son sus cómplices.
Si lo hubiese dicho otro, la prensa y la opinión lo habría tildado de extremista o exagerado. En Chile no ha terminado completamente la dictadura. Muchos de sus criminales, empezando por Pinochet, viven libres -aunque por ley o moral debiesen estar muertos o encarcelados. Un importante instrumento de la dictadura fue el poder judicial. Los jueces chilenos -nunca tan probos tampoco- cedieron a la intimidación y al chantaje y e hicieron la vista gorda, permitiendo los secuestros ilegales, detenciones y desapariciones que caracterizaron la cobardía pinochetista. Esos jueces todavía viven. Algunos todavía hacen parte de la Corte Suprema. Lo dijo Guzmán con todas sus letras.
Y esos esbirros y títeres todavía siguen ahí por voluntad del presidente de la república. Cuando uno se da cuenta, tiembla. Es el presidente de Chile quien impide que Pinochet sea llevado a justicia. Obviamente -todo el mundo lo sabe en ese país- los jueces de la Corte, que son nombrados por el presidente, suelen votar obedeciendo las órdenes de palacio. Si la Corte decide no procesar a Pinochet, quiere decir que el gobierno chileno -con su presidente Lagos a la cabeza- no quiere hacerlo.
Lagos ha tenido una conducta absolutamente repugnante en torno al caso de Pinochet y las víctimas del terrorismo fascista. Cuando el juez español Garzón intentó juzgarlo en España, Lagos, otrora perseguido por la bestia, defendió a brazo partido su expulsión a Chile, para evitar que fuera extraditado a España, donde los jueces no parecen doblegarse con tanta gracia ante la voluntad política del jefe de la guardia. Lagos ha actuado con hipocresía y doblez. No se puede esperar nada bueno de un personaje tan arrastrado ante el poder de las clases altas y las instituciones que se negó durante años a recibir a los familiares de desaparecidos -todo al mismo tiempo que recibía en palacio a conocidos asesinos, uniformados y otros.
Lagos no juzgará a Pinochet. ¿Acuerdos? ¿Cobardía? ¿Interés? ¿Dinero?
En cierto sentido, Lagos es hijo de Pinochet. Lo digo en el sentido de que ahora es posible en ese país encontrar cosas que creíamos imposibles. Cosas que antes se creía que era privilegio del Caribe: generales semi-animales, pederastas uniformados, presidentes chulos que, como Calígula, convirtieron los palacios de gobierno en burdeles de cónsules angloparlantes. Allá puede ocurrir que los directores de ministerios y cosas similares son parentela del presidente; puede ocurrir que los cónsules sean las exes incluso apolíticas de ministros otrora rojos. Allá el salario de un alto funcionario puede ser 100 veces el de un obrero.
El presidente de Chile es socialista.
El legado de la dictadura es también una enorme lacra moral en la sociedad chilena, un país sometido al terror durante 17 años, y más, y que ha logrado convencer a sus capas más frágiles desde un punto de vista moral, de que la dictadura fue algo más que una máquina de crímenes y robos. Sin embargo, queda cada vez más en claro que Pinochet y sus primos argentinos tienen más de asesinos en serie, como el llamado BTK, que de hombres de estado -que nunca fueron- y que sus acciones políticas no se explican únicamente por razones políticas sino por la sed de sangre de la jauría uniformada.
En Argentina, los criminales torturaron y asesinaron a jóvenes inocentes, acusándoles de actos terroristas que nunca cometieron. Se les persiguió y asesinó y a las mujeres parturientas se les extrajeron sus hijos de sus vientres, antes o después del asesinato, para venderlos o donarlos a familias de chacales. Un sacerdote católico torturaba a inocentes recogidos en la calle y exigía rescate a sus familiares. Luego los mataba e incluía en la lista de rebeldes eliminados. Este mismo sacerdote contó con la protección de una iglesia chilena cuando el cura asesino fue descubierto.
En Chile no llegaron los generales a involucrarse en este tipo de negocios. Pero los crímenes que cometieron u ordenaron cometer los acerca mucho a los matones argentinos. Pinochet, para citar un ejemplo, ordenó decapitar a dos activistas, cuyos cuerpos fueron arrojados al jardín de la embajada italiana. Emulando a seres como Stalin o Hitler, implementó en los primeros años de la dictadura una campaña de torturas sistemáticas de la población en general -las guarniciones militares recibían cuotas de personas a las que debían detener; los detenidos no eran informados de la causa de su detención, no se inscribían en los libros, no se dejaba registro, no eran interrogados: simplemente se les torturaba toda la noche y se les echaba a la calle por la mañana. Se calcula que más de 150.000 personas fueron sometidas a torturas bajo este sistema.
La dictadura de Pinochet no se dirigía contra la gente de izquierda o los disidentes (pues también los hubo de derechas), sino contra el pueblo de Chile. El anticomunismo de Pinochet -de última hora- no era más que una excusa. Las clases altas permitieron que Pinochet custodiara sus propiedades y su orden social y político; la hiena exigió a cambió mano libre para matar y robar. Sus condiciones fueron aceptadas. Pero su anticomunismo no era político; era su manera de satisfacer sus instintos criminales, y su manera de justificar asesinatos y robos. Mientras robara y matara a supuestos izquierdistas, las clases dominantes se quedarían calladas; y si no había izquierdistas a mano, pues se les podía inventar y pegarle la etiqueta a cualquier ciudadano, como ocurrió con cientos de miles de personas en Chile. Fue el compromiso este los amos y un perro.
Mientras la sociedad chilena, y otras latinoamericanas que sufrieron esos terribles e inhumanos regímenes, sigan pensando que esas dictaduras se explican por cuestiones políticas, no se habrán curado de la corrupción moral que extendió el régimen. Aceptar que Pinochet tuvo motivos políticos para imponer su dictadura, es aceptar su propia y falsa versión de las cosas. La gente que supone que Pinochet es un personaje político cree que eso excusa sus crímenes y robos, y se colocan por ello en el mismo nivel que la hiena.
Los que protegen a Pinochet no admitirán nunca que la bestia es menos que un personaje político y más un asesino en serie con todo un país de donde extraer víctimas. Mientras no se comprenda que el ex dictador será un personaje en la historia de la criminología y de la página roja de Chile, y no un personaje político, no vivirán los chilenos en concordia.
Los que le protegen son sus cómplices.
Responsabilidad de Holanda en Srebrenica
De todos es sabido que las tropas holandesas encargadas en 1995 de la protección de la población civil bosnia musulmana de Srebrenica no cumplieron con el mandato de Naciones Unidas. Acobardados, se negaron a ofrecer resistencia frente a las tropas serbias. Se entregaron. Y colaboraron con las tropas serbias, separando a hombres de mujeres. Los hombres fueron asesinados.
Es menos sabido que las tropas holandesas incluso expulsaron del enclave a su propio personal de servicio bosnio. También por temor. Quizás.
Y menos sabido aún, según nos informa la abogado Zegveld, es que el estado holandés se niega a asumir responsabilidades. Entre otras cosas, se niega a aceptar que esos 8.000 hombres y niños musulmanes fueron asesinados debido a la cobardía de sus tropas. Significa esto que se niega a pagar indemnizaciones y reparaciones a los familiares de las víctimas, a las viudas y huérfanos que provocó la más que reprochable conducta holandesa.
Nunca sabremos en cuánto contribuyó la matanza de Srebrenica a lo que pasó después: al 11 de septiembre de 2001. Digo contribuyó, porque tampoco debe considerarse esa matanza como justificación de venganzas posteriores. Simplemente, la población musulmana del mundo entendió entonces que los occidentales no son de fiar.
Es por esta razón que es urgente capturar y llevar a juicios a los criminales de Srebrenica, no solamente a sus jefes, sino a todos los que participaron, sin importar si son cientos o miles. Son asesinos y deben ser juzgados y castigados a como de lugar.
Por lo mismo es importante que Holanda asuma sus responsabilidades y acepte que el destino de esas familias estará indisolublemente unido al del estado holandés.
¿Podrá más la tradicional racanería del régimen holandés? ¿Seguirá pensando el gobierno que hay que negar toda responsabilidad para no verse obligado a pagar indemnizaciones a las familias de las víctimas? ¿Se trata de eso? ¿A eso reduce el gobierno holandés la problemática de los derechos humanos? ¿Una cuestión de centavos? Sin embargo, el estado holandés comparte la responsabilidad de la masacre de Srebrenica con los serbios. Son estos dos estados los que deben atender a las apremiantes necesidades de las víctimas. Estos dos estados son los que deben hacerse cargo.
Europa debería insistir más. Ciertamente, lo primero sería postergar indefinidamente la integración de Serbia a la Unión Europea. Si no pareciera importarle a Serbia demasiado, la UE debiese dar el paso siguiente de imponer sanciones cada vez más duras hasta que el país paria acate los mandatos internacionales. Si no resultara, la UE debería proceder al aislamiento de ese país. Frente a la magnitud de los crímenes cometidos por esa gente en esa época, no debe dejarse de lado ningún instrumento, legal u otro, que permita poner tras las rejas a los criminales.
Negándose a pagar las indemnizaciones y reparaciones debidas a las familias de las víctimas, el estado holandés se pone del lado de los asesinos. La UE no debe dejar que la conducta holandesa siente precedente. Si fuese necesario, la UE debe tomar cartas en el asunto e imponer al rácano país las sanciones que también merece.
Es menos sabido que las tropas holandesas incluso expulsaron del enclave a su propio personal de servicio bosnio. También por temor. Quizás.
Y menos sabido aún, según nos informa la abogado Zegveld, es que el estado holandés se niega a asumir responsabilidades. Entre otras cosas, se niega a aceptar que esos 8.000 hombres y niños musulmanes fueron asesinados debido a la cobardía de sus tropas. Significa esto que se niega a pagar indemnizaciones y reparaciones a los familiares de las víctimas, a las viudas y huérfanos que provocó la más que reprochable conducta holandesa.
Nunca sabremos en cuánto contribuyó la matanza de Srebrenica a lo que pasó después: al 11 de septiembre de 2001. Digo contribuyó, porque tampoco debe considerarse esa matanza como justificación de venganzas posteriores. Simplemente, la población musulmana del mundo entendió entonces que los occidentales no son de fiar.
Es por esta razón que es urgente capturar y llevar a juicios a los criminales de Srebrenica, no solamente a sus jefes, sino a todos los que participaron, sin importar si son cientos o miles. Son asesinos y deben ser juzgados y castigados a como de lugar.
Por lo mismo es importante que Holanda asuma sus responsabilidades y acepte que el destino de esas familias estará indisolublemente unido al del estado holandés.
¿Podrá más la tradicional racanería del régimen holandés? ¿Seguirá pensando el gobierno que hay que negar toda responsabilidad para no verse obligado a pagar indemnizaciones a las familias de las víctimas? ¿Se trata de eso? ¿A eso reduce el gobierno holandés la problemática de los derechos humanos? ¿Una cuestión de centavos? Sin embargo, el estado holandés comparte la responsabilidad de la masacre de Srebrenica con los serbios. Son estos dos estados los que deben atender a las apremiantes necesidades de las víctimas. Estos dos estados son los que deben hacerse cargo.
Europa debería insistir más. Ciertamente, lo primero sería postergar indefinidamente la integración de Serbia a la Unión Europea. Si no pareciera importarle a Serbia demasiado, la UE debiese dar el paso siguiente de imponer sanciones cada vez más duras hasta que el país paria acate los mandatos internacionales. Si no resultara, la UE debería proceder al aislamiento de ese país. Frente a la magnitud de los crímenes cometidos por esa gente en esa época, no debe dejarse de lado ningún instrumento, legal u otro, que permita poner tras las rejas a los criminales.
Negándose a pagar las indemnizaciones y reparaciones debidas a las familias de las víctimas, el estado holandés se pone del lado de los asesinos. La UE no debe dejar que la conducta holandesa siente precedente. Si fuese necesario, la UE debe tomar cartas en el asunto e imponer al rácano país las sanciones que también merece.
¿Lagos, Cómplice de Pinochet?
Desde que el presidente Lagos, de Chile, hiciera aprobar una ley que prohíbe conocer la identidad de los asesinos y torturadores de la dictadura de Pinochet entre 1973 y 1990, y por ende priva de la posibilidad de justicia a las víctimas y familiares de las víctimas de la sangrienta y homicida jauría pinochetista, su imagen nacional e internacional en lo que respecta a la defensa de los derechos humanos y a la necesidad de justicia ha sufrido un fuerte revés.
Lagos en realidad perdió su lugar en el corazón de los chilenos cuando impidió, conspirando con los laboristas ingleses, que la bestia mayor de la dictadura fuera entregada a España para ser procesada por crímenes contra la humanidad. Lagos, y su subalterno Insulza, mintieron entonces al mundo, prometiendo que el animal sería juzgado en casa. Llegado al país, las esperanzas de llevar a juicio a uno de los mayores criminales de la historia de Chile se desvanecieron.
El presidente chileno no es un hombre que cumple sus promesas. Y ha demostrado carecer de principios y hasta de la necesaria hombría que debe exhibir todavía todo hombre de estado.
¿Por qué este hombre que se reclama heredero de Allende ha adoptado esta aberrante política de protección de los criminales? ¿Cree que es posible la convivencia sin justicia? ¿Teme que los militares se rebelen? ¿Ha sido amenazado?
Es muy difícil, sino imposible, explicar la actitud del otrora respetado presidente de Chile. Se le ha ocurrido que puede comprar la justicia con indemnizaciones y reparaciones monetarias. Se supone que por unos pocos dólares el pueblo de Chile deberá callar y salir a festejar con los criminales que todavía -sí, todavía- ejercen cargos públicos y pasean libremente por las calles, con los uniformes manchados de sangre.
Los militares chilenos han contribuido enormemente a la decadencia moral del país. El juez Juan Guzmán, en la entrevista que dio en España, les llamó "seres infrahumanos". Lo sabrá mejor él, que los ha tratado e incluso enjuiciado. Y los militares chilenos se diría que son, como muchos militares, casi constitucionalmente cobardes e inmorales.
Así, con esta calaña hace tratos el presidente. Es el mismo presidente que se negó durante años a recibir en palacio a los familiares de las víctimas.
Es difícil pensar en Lagos como cómplice de Pinochet. Pero desde hace muchos años -desde Londres- actúa como si lo fuera. Esa ley no tiene otro fin que impedir que se haga justicia. Se trata de criminales, no de funcionarios que han cometido alguna falta. Esas gentes son culpables de crímenes espantosos y repetidos. No es gente que obedecía órdenes que no debía obedecer. Son oficiales y agentes que participaron voluntariamente en las bandas de asesinos pagadas por Pinochet y su séquito de delincuentes. Deben ser erradicados de funciones oficiales y despojados de sus rangos militares. Deben ser sometidos a proceso. Pero para eso es indispensable contar con tribunales independientes.
La Corte Suprema es el más importante órgano del poder judicial. Pero no es independiente. Y sus últimas resoluciones impidiendo el enjuiciamiento del ex asesino son un reflejo de la corrupción moral de ese país.
Las esperanzas de justicia se encuentran entre una Corte Suprema acobardada y un presidente moralmente inepto. A nada sirve la ley que impide conocer la identidad de los criminales. Y la ley y el presidente protegen a esos mismos criminales manteniéndolos en sus posiciones con el dinero de los contribuyentes a los que se dedicaban a matar en años a anteriores. Es una vergüenza.
Sobre todo si se considera que este presidente vivió durante años recurriendo a la solidaridad internacional e insistiendo en la defensa legítima de los derechos humanos de los chilenos. Asumido el cargo, se olvidó y renegó de la causa de Chile. No es el presidente de todos los chilenos. Tampoco es el presidente de los patriotas. Su defensa de los derechos humanos no fue más que un tema de campaña. No cree en esos derechos. Para el presidente, son moneda de cambio y valores desechables.
La querella iniciada por algunos exonerados chilenos no llegará probablemente a ninguna parte. Pero es bueno que el planeta se entere sobre quién es realmente el gobernante de Chile.
Lagos en realidad perdió su lugar en el corazón de los chilenos cuando impidió, conspirando con los laboristas ingleses, que la bestia mayor de la dictadura fuera entregada a España para ser procesada por crímenes contra la humanidad. Lagos, y su subalterno Insulza, mintieron entonces al mundo, prometiendo que el animal sería juzgado en casa. Llegado al país, las esperanzas de llevar a juicio a uno de los mayores criminales de la historia de Chile se desvanecieron.
El presidente chileno no es un hombre que cumple sus promesas. Y ha demostrado carecer de principios y hasta de la necesaria hombría que debe exhibir todavía todo hombre de estado.
¿Por qué este hombre que se reclama heredero de Allende ha adoptado esta aberrante política de protección de los criminales? ¿Cree que es posible la convivencia sin justicia? ¿Teme que los militares se rebelen? ¿Ha sido amenazado?
Es muy difícil, sino imposible, explicar la actitud del otrora respetado presidente de Chile. Se le ha ocurrido que puede comprar la justicia con indemnizaciones y reparaciones monetarias. Se supone que por unos pocos dólares el pueblo de Chile deberá callar y salir a festejar con los criminales que todavía -sí, todavía- ejercen cargos públicos y pasean libremente por las calles, con los uniformes manchados de sangre.
Los militares chilenos han contribuido enormemente a la decadencia moral del país. El juez Juan Guzmán, en la entrevista que dio en España, les llamó "seres infrahumanos". Lo sabrá mejor él, que los ha tratado e incluso enjuiciado. Y los militares chilenos se diría que son, como muchos militares, casi constitucionalmente cobardes e inmorales.
Así, con esta calaña hace tratos el presidente. Es el mismo presidente que se negó durante años a recibir en palacio a los familiares de las víctimas.
Es difícil pensar en Lagos como cómplice de Pinochet. Pero desde hace muchos años -desde Londres- actúa como si lo fuera. Esa ley no tiene otro fin que impedir que se haga justicia. Se trata de criminales, no de funcionarios que han cometido alguna falta. Esas gentes son culpables de crímenes espantosos y repetidos. No es gente que obedecía órdenes que no debía obedecer. Son oficiales y agentes que participaron voluntariamente en las bandas de asesinos pagadas por Pinochet y su séquito de delincuentes. Deben ser erradicados de funciones oficiales y despojados de sus rangos militares. Deben ser sometidos a proceso. Pero para eso es indispensable contar con tribunales independientes.
La Corte Suprema es el más importante órgano del poder judicial. Pero no es independiente. Y sus últimas resoluciones impidiendo el enjuiciamiento del ex asesino son un reflejo de la corrupción moral de ese país.
Las esperanzas de justicia se encuentran entre una Corte Suprema acobardada y un presidente moralmente inepto. A nada sirve la ley que impide conocer la identidad de los criminales. Y la ley y el presidente protegen a esos mismos criminales manteniéndolos en sus posiciones con el dinero de los contribuyentes a los que se dedicaban a matar en años a anteriores. Es una vergüenza.
Sobre todo si se considera que este presidente vivió durante años recurriendo a la solidaridad internacional e insistiendo en la defensa legítima de los derechos humanos de los chilenos. Asumido el cargo, se olvidó y renegó de la causa de Chile. No es el presidente de todos los chilenos. Tampoco es el presidente de los patriotas. Su defensa de los derechos humanos no fue más que un tema de campaña. No cree en esos derechos. Para el presidente, son moneda de cambio y valores desechables.
La querella iniciada por algunos exonerados chilenos no llegará probablemente a ninguna parte. Pero es bueno que el planeta se entere sobre quién es realmente el gobernante de Chile.
El Atentado de Londres
[Sobre los comentarios de un periodista del ABC]. Ciertamente, la coherencia -hasta la inteligencia- del periodista del ABC deja mucho que desear. ¿Qué graves conflictos sociales pueden ocurrir tras el atentado de Londres? ¿Serán los británicos tan brutos como los holandeses, que, rechazando varios siglos de historia en la civilización occidental, rumian que la culpa es colectiva y pretenden juzgar a todo un pueblo por los crímenes de unos descerebrados? Ese atentado podía ocurrir y si no ha sido detectado a tiempo es simplemente porque las autoridades no han sido capaces de detectarlo a tiempo. Nada dice sobre la comunidad musulmana de Londres y de Europa, que es igualmente víctima del terror islámico -lo mismo que los iraquíes son víctimas del terror de los aliados. El autor de la nota del ABC supone que "la comunidad islámica" viola las reglas del país de acogida. Cuando en Holanda mataron al cabecilla fascista Fortuyn, nadie dijo que los holandeses fueran criminales por naturaleza.
Este salvaje atentado debe entenderse en su contexto. Los grupos islámicos extremistas han amenazado con llevar algo de la guerra a los países que atacaron a Iraq sobre la base de infames falsedades. Los ataques de los aliados -el terrorismo occidental- ha costado la vida a decenas de miles de civiles y soldados iraquíes y la práctica destrucción de su país. Los países que continúan apoyando la guerra pueden sufrir atentados. ¿Habría Londres sido atacado si el Reino Unido no hubiese atacado a Iraq? Deberá reconocerse que sería menos probable. El RU no puede exigir humanidad a sus enemigos si él mismo no demuestra humanidad -y la guerra contra Iraq no la tiene. Para aislar al terrorismo recalcitrante y concentrarse en su extirpación el mejor curso sería naturalmente dejar Iraq.
Los dichos de Blair, que suponen que el pobre cree que los extremistas musulmanes quieren instalar un califato en Londres, son absurdos y lamentables en momentos como estos. Alimentan las sandeces fascistas de que hay una especie de guerra entre civilizaciones y nutren a las bestias neo-nazis. Hay que esperar que los británicos reaccionen como gente civilizada y digna, como los españoles tras el 11 de Marzo y como su actual gobierno. En comparación con el régimen neo-fascista holandés y las peligrosas leyes británicas, la actitud española ha sido ejemplar. Es España uno de los pocos países de Europa donde las autoridades no han usado la excusa terrorista para imponer regímenes de apartheid y odio -como el caso holandés. España es ejemplo de civilización y entereza. Y eso duele a los fascistas y duele a los germánicos y su quinta columna en las sociedades hispanas.
Este salvaje atentado debe entenderse en su contexto. Los grupos islámicos extremistas han amenazado con llevar algo de la guerra a los países que atacaron a Iraq sobre la base de infames falsedades. Los ataques de los aliados -el terrorismo occidental- ha costado la vida a decenas de miles de civiles y soldados iraquíes y la práctica destrucción de su país. Los países que continúan apoyando la guerra pueden sufrir atentados. ¿Habría Londres sido atacado si el Reino Unido no hubiese atacado a Iraq? Deberá reconocerse que sería menos probable. El RU no puede exigir humanidad a sus enemigos si él mismo no demuestra humanidad -y la guerra contra Iraq no la tiene. Para aislar al terrorismo recalcitrante y concentrarse en su extirpación el mejor curso sería naturalmente dejar Iraq.
Los dichos de Blair, que suponen que el pobre cree que los extremistas musulmanes quieren instalar un califato en Londres, son absurdos y lamentables en momentos como estos. Alimentan las sandeces fascistas de que hay una especie de guerra entre civilizaciones y nutren a las bestias neo-nazis. Hay que esperar que los británicos reaccionen como gente civilizada y digna, como los españoles tras el 11 de Marzo y como su actual gobierno. En comparación con el régimen neo-fascista holandés y las peligrosas leyes británicas, la actitud española ha sido ejemplar. Es España uno de los pocos países de Europa donde las autoridades no han usado la excusa terrorista para imponer regímenes de apartheid y odio -como el caso holandés. España es ejemplo de civilización y entereza. Y eso duele a los fascistas y duele a los germánicos y su quinta columna en las sociedades hispanas.
España, Holanda y la Hija de Hitler
En varios ocasiones políticos holandeses -o lo que se conoce bajo ese nombre en Holanda, si se considera que la ministro de Extranjería, la llamada hija de Hitler', es guardia de prisiones de profesión- han expresado su descontento por las políticas españolas de inmigración. Sobre todo la reciente legalización de casi 800.000 extranjeros ilegales ha provocado resquemor y escozor.
La postura española es sin embargo un ejemplo para toda Europa. Independientemente de los análisis económicos que se puedan hacer a mediano y largo plazo -y considérese que poco después de la legalización los pronósticos de crecimiento han subido en casi un uno por ciento, las cotizaciones a la seguridad social subieron en picado en varios cientos de millones de euros y se ha producido un enorme aumento tanto del consumo como de la producción industrial-, lo que hizo el gobierno español es lo único que se puede hacer moralmente. Y es también una postura ciertamente moral que los problemas los hemos de resolver todos, y no solamente la parte aborigen de las poblaciones europeas.
En Holanda, sin embargo, que los inmigrantes, legales o no, residan en el país durante años, hablen su lengua y contribuyan de manera decisiva a la economía nacional, no son criterios suficientes. Al contrario, el gobierno holandés ha emprendido hace ya siete años una campaña de apartheid y acoso de los extranjeros completamente inexplicable. Temen los holandeses que los extranjeros legalizados en España inunden Holanda. Es un razonamiento curioso y raro. ¿Por qué preferirían los extranjeros marcharse de España a Holanda? Es como preferir el infierno al cielo. ¿Cree realmente la hija de Hitler que los extranjeros preferirán vivir en un país donde son despreciados, perseguidos, discriminados, humillados, encarcelados sin juicio y sin derecho a defenderse e impedidos de formar familias? ¿Cree que preferirán el infierno holandés a lo que a los ojos de muchos es el paraíso español?
Escuece ciertamente, además, que en recientes y no tan recientes sondeos en España muestran un bajo nivel de intolerancia hacia los árabes (casi un 20 por ciento), mientras en Holanda es superior al 60 por ciento. Y se preguntan los nativos cómo es posible que no haya crecido la intolerancia después de los atentados del 11 de marzo. No es necesario pensar una respuesta pues la pregunta misma es idiota. ¿Qué tendrán que ver esos atentados con la mayor o menor tolerancia de los árabes? Los españoles entienden que se ha cometido un crimen terrible y que sus autores -los que no están muertos- están y permanecerán el resto de sus vidas en la cárcel. También saben que esos atentados los cometieron fanáticos islamitas que se oponían a que España participara en la guerra, invasión y ocupación de Iraq. Entienden los españoles que la culpa no se extiende a nadie más, como no se extienden los crímenes de Franco a todos los católicos del mundo, o como no se extienden a todos los enanos. En realidad, la gente de esas tierras da una muestra de inteligencia, previsión, tolerancia y humanidad que les señala como ejemplo del mundo occidental latino. Este es el espíritu de civilización al que Holanda parece haber renunciado -no sé realmente si alguna vez adhirió Holanda a Occidente voluntariamente, pero no parece ser el caso.
De este rechazo de España, los holandeses han pasado a una ofensiva grosera y estúpida. En un programa de televisión nacional hace unos días, los comentaristas describieron a España como país medio árabe. En el debate se preguntaban las lumbreras locales por qué no había odio anti-árabe en España, y se explicaban ellos que era porque España en realidad había sido medio mora durante siglos y que en realidad el sur de España seguía siendo moro. No se pararon a pensar más y terminaron felices explayándose sobre lo que llamaron las culturas del ajo y la aceituna. Esta inmundicia de programa se emite por televisión nacional, lo que muestra tanto cómo se percibe a los españoles en Holanda como el nivel de debate que hay en el país.
España representa hoy por hoy lo más excelso de la cultura y civilización occidentales. Es un ejemplo de tolerancia, buena fe y fortaleza moral. Está destinada a jugar un papel cada vez más importante en Europa, si Dios quiere.
La postura española es sin embargo un ejemplo para toda Europa. Independientemente de los análisis económicos que se puedan hacer a mediano y largo plazo -y considérese que poco después de la legalización los pronósticos de crecimiento han subido en casi un uno por ciento, las cotizaciones a la seguridad social subieron en picado en varios cientos de millones de euros y se ha producido un enorme aumento tanto del consumo como de la producción industrial-, lo que hizo el gobierno español es lo único que se puede hacer moralmente. Y es también una postura ciertamente moral que los problemas los hemos de resolver todos, y no solamente la parte aborigen de las poblaciones europeas.
En Holanda, sin embargo, que los inmigrantes, legales o no, residan en el país durante años, hablen su lengua y contribuyan de manera decisiva a la economía nacional, no son criterios suficientes. Al contrario, el gobierno holandés ha emprendido hace ya siete años una campaña de apartheid y acoso de los extranjeros completamente inexplicable. Temen los holandeses que los extranjeros legalizados en España inunden Holanda. Es un razonamiento curioso y raro. ¿Por qué preferirían los extranjeros marcharse de España a Holanda? Es como preferir el infierno al cielo. ¿Cree realmente la hija de Hitler que los extranjeros preferirán vivir en un país donde son despreciados, perseguidos, discriminados, humillados, encarcelados sin juicio y sin derecho a defenderse e impedidos de formar familias? ¿Cree que preferirán el infierno holandés a lo que a los ojos de muchos es el paraíso español?
Escuece ciertamente, además, que en recientes y no tan recientes sondeos en España muestran un bajo nivel de intolerancia hacia los árabes (casi un 20 por ciento), mientras en Holanda es superior al 60 por ciento. Y se preguntan los nativos cómo es posible que no haya crecido la intolerancia después de los atentados del 11 de marzo. No es necesario pensar una respuesta pues la pregunta misma es idiota. ¿Qué tendrán que ver esos atentados con la mayor o menor tolerancia de los árabes? Los españoles entienden que se ha cometido un crimen terrible y que sus autores -los que no están muertos- están y permanecerán el resto de sus vidas en la cárcel. También saben que esos atentados los cometieron fanáticos islamitas que se oponían a que España participara en la guerra, invasión y ocupación de Iraq. Entienden los españoles que la culpa no se extiende a nadie más, como no se extienden los crímenes de Franco a todos los católicos del mundo, o como no se extienden a todos los enanos. En realidad, la gente de esas tierras da una muestra de inteligencia, previsión, tolerancia y humanidad que les señala como ejemplo del mundo occidental latino. Este es el espíritu de civilización al que Holanda parece haber renunciado -no sé realmente si alguna vez adhirió Holanda a Occidente voluntariamente, pero no parece ser el caso.
De este rechazo de España, los holandeses han pasado a una ofensiva grosera y estúpida. En un programa de televisión nacional hace unos días, los comentaristas describieron a España como país medio árabe. En el debate se preguntaban las lumbreras locales por qué no había odio anti-árabe en España, y se explicaban ellos que era porque España en realidad había sido medio mora durante siglos y que en realidad el sur de España seguía siendo moro. No se pararon a pensar más y terminaron felices explayándose sobre lo que llamaron las culturas del ajo y la aceituna. Esta inmundicia de programa se emite por televisión nacional, lo que muestra tanto cómo se percibe a los españoles en Holanda como el nivel de debate que hay en el país.
España representa hoy por hoy lo más excelso de la cultura y civilización occidentales. Es un ejemplo de tolerancia, buena fe y fortaleza moral. Está destinada a jugar un papel cada vez más importante en Europa, si Dios quiere.
El No Holandés
Aunque ha causado enorme revuelo y consternación en Europa, el no holandés merece más atención que la que le otorga la prensa internacional. Dos factores han sido aparentemente decisivos a la hora de votar: el emergente anhelo de preservar las legislaciones nacionales frente a lo que se percibe como una monstruosa burocracia en Bruselas, y el descontento de la población con la posible integración de Turquía en la Unión Europea. En el trasfondo se recordaba también la introducción del euro -al que la gente atribuye gran parte de los males actuales y que es considerada ampliamente como una estafa- y la reciente expansión europea hacia Europa del Este.
El primer punto es importante y, con el segundo, sólo se explica por los irracionales temores de una población que expresa, casi en un 60 por ciento, simpatías fascistas y racistas. Y es que tanto el gobierno como el electorado holandés saben que las nuevas leyes de inmigración e integración sólo pueden seguir siendo aplicadas a condición de que Holanda se aleje de Europa, cuyos principios y numerosos tratados vienen siendo violados sistemáticamente por su gobierno ultraderechista. Sabe el gobierno, e intuye la población, que el sistema de apartheid que se ha instalado para la población árabe y del llamado Tercer Mundo, no podrá mantenerse en pie una vez que Europa tenga una constitución única. La xenofobia es enemiga de principios universales y se afirma en una reivindicación irracional de lo que la población aborigen percibe como intereses nacionales.
En los mismos sentimientos se asienta el rechazo a Turquía, argumentando que no es occidental -como si Holanda se comportara realmente como si lo fuera.
Tampoco ha ayudado la actitud del gobierno, que ha sido ambigua en todo momento y que se sospecha que, como la posición del Partido Popular español, fue en gran parte hipócrita.
El gobierno holandés es una coalición de partidos de derecha y extrema derecha. Está formado por demócrata-cristianos (CDA), liberales (D66) y extrema derecha (VVD), y cuenta con el apoyo casi irrestricto del grupo fascista Lista Pim Fortuyn y de formaciones neo-nazis (Grupo Wilders). Como en otros países de Europa, la división de opiniones también se advirtió en los partidos políticos gobernantes. Algunos políticos de derechas son europeístas; la mayoría se opone a Europa. En la izquierda ocurre otro tanto de lo mismo. Pero en el caso holandés hay fuertes indicios de hipocresía en el modo en que el gobierno informó a la población sobre la constitución. El folleto explicativo salió tarde, pésimamente escrito, de horrible diseño y extremadamente largo -casi 8 páginas.
Inmediatamente conocidos los resultados, el primer ministro Balkenende hizo supuestamente suyos los resultados del referéndum e inició una nueva postura anti-Europa (en principio, el primer ministro apoyaba la constitución). Su interpretación del descontento holandés, como se vería después, era que están aburridos de pagar su contribución -una postura que le ganó el escarnio y la burla de otros jefes de estado europeos. Holanda, cada vez más fascista, es también cada vez más rácana.
De esto no puede salir nada bien.
Detrás de la postura obstruccionista holandesa se encuentra la xenofobia de su gobierno y parte de su gente, ese mal no exclusivamente germánico que ha vuelto a apoderarse del país, como en la década de los años cuarenta. Y la xenofobia, un conjunto de sentimientos irracionales y mal intencionados, es indiferente a argumentaciones racionales. Poco antes del referéndum se anunció a la población holandesa que las consecuencias económicas serían inmediatas y desastrosas. A los pocos días de conocidos los resultados los pronósticos de crecimiento económico fueron reajustados a la baja de 1.7 por ciento a 0.4 por ciento este año -si acaso, ya que es probable que tenga crecimiento negativo. El consumo ha disminuido en un 30 por ciento, porque la población tiene miedo de gastar. Entretanto, muchas empresas, algunas de ellas de las más emblemáticas y tradicionales del país, están cerrando sus puertas y marchándose a otros lares. Y si Holanda impulsa el rechazo de Turquía, es probable que Turquía reaccione castigando a Holanda, lo que sería un desastre, pues parte importante de las exportaciones holandesas se destinan a ese país.
Así, el no holandés tiene poco que ver con una preocupación genuina sobre el destino de Europa y mucho con su tradicional xenofobia.
El primer punto es importante y, con el segundo, sólo se explica por los irracionales temores de una población que expresa, casi en un 60 por ciento, simpatías fascistas y racistas. Y es que tanto el gobierno como el electorado holandés saben que las nuevas leyes de inmigración e integración sólo pueden seguir siendo aplicadas a condición de que Holanda se aleje de Europa, cuyos principios y numerosos tratados vienen siendo violados sistemáticamente por su gobierno ultraderechista. Sabe el gobierno, e intuye la población, que el sistema de apartheid que se ha instalado para la población árabe y del llamado Tercer Mundo, no podrá mantenerse en pie una vez que Europa tenga una constitución única. La xenofobia es enemiga de principios universales y se afirma en una reivindicación irracional de lo que la población aborigen percibe como intereses nacionales.
En los mismos sentimientos se asienta el rechazo a Turquía, argumentando que no es occidental -como si Holanda se comportara realmente como si lo fuera.
Tampoco ha ayudado la actitud del gobierno, que ha sido ambigua en todo momento y que se sospecha que, como la posición del Partido Popular español, fue en gran parte hipócrita.
El gobierno holandés es una coalición de partidos de derecha y extrema derecha. Está formado por demócrata-cristianos (CDA), liberales (D66) y extrema derecha (VVD), y cuenta con el apoyo casi irrestricto del grupo fascista Lista Pim Fortuyn y de formaciones neo-nazis (Grupo Wilders). Como en otros países de Europa, la división de opiniones también se advirtió en los partidos políticos gobernantes. Algunos políticos de derechas son europeístas; la mayoría se opone a Europa. En la izquierda ocurre otro tanto de lo mismo. Pero en el caso holandés hay fuertes indicios de hipocresía en el modo en que el gobierno informó a la población sobre la constitución. El folleto explicativo salió tarde, pésimamente escrito, de horrible diseño y extremadamente largo -casi 8 páginas.
Inmediatamente conocidos los resultados, el primer ministro Balkenende hizo supuestamente suyos los resultados del referéndum e inició una nueva postura anti-Europa (en principio, el primer ministro apoyaba la constitución). Su interpretación del descontento holandés, como se vería después, era que están aburridos de pagar su contribución -una postura que le ganó el escarnio y la burla de otros jefes de estado europeos. Holanda, cada vez más fascista, es también cada vez más rácana.
De esto no puede salir nada bien.
Detrás de la postura obstruccionista holandesa se encuentra la xenofobia de su gobierno y parte de su gente, ese mal no exclusivamente germánico que ha vuelto a apoderarse del país, como en la década de los años cuarenta. Y la xenofobia, un conjunto de sentimientos irracionales y mal intencionados, es indiferente a argumentaciones racionales. Poco antes del referéndum se anunció a la población holandesa que las consecuencias económicas serían inmediatas y desastrosas. A los pocos días de conocidos los resultados los pronósticos de crecimiento económico fueron reajustados a la baja de 1.7 por ciento a 0.4 por ciento este año -si acaso, ya que es probable que tenga crecimiento negativo. El consumo ha disminuido en un 30 por ciento, porque la población tiene miedo de gastar. Entretanto, muchas empresas, algunas de ellas de las más emblemáticas y tradicionales del país, están cerrando sus puertas y marchándose a otros lares. Y si Holanda impulsa el rechazo de Turquía, es probable que Turquía reaccione castigando a Holanda, lo que sería un desastre, pues parte importante de las exportaciones holandesas se destinan a ese país.
Así, el no holandés tiene poco que ver con una preocupación genuina sobre el destino de Europa y mucho con su tradicional xenofobia.
Torturas, Derechos Humanos y Pena de Muerte
Desde los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington, hay cada vez más gente que pide la reintroducción de la pena de muerte para los acusados de terrorismo. Pero los delitos de terrorismo son difíciles de demostrar. En las actuales circunstancias, con juicios secretos, jueces secretos, acusaciones secretas, cárceles secretas y torturas, sería fácil condenar a muerte a un buen montón de sospechosos. Agréguese a eso que muchos de los nuevos delitos terroristas, como en Holanda el delito de denostar "contra las sociedades occidentales", son francamente estrafalarios.
Es dudoso que la pena de muerte solucione algún problema. Lo más probable es que los empeore.
Pero la pena de muerte se exige para terroristas árabes. Los terroristas fascistas y de extrema derecha, igualmente merecedores de castigos drásticos, en muchos países no son considerados terroristas ni criminales -en Holanda la ministro llamada la hija de Hitler', los llama "nuestros jóvenes enojados".
En Estados Unidos, no hace mucho tiempo, se aprobó un nuevo reglamento en cuestiones de derechos humanos para el ejército. Las nuevas reglas penalizan a los soldados y otro personal del ejército que participen o presencien sin intervenir o no denuncien violaciones a los derechos humanos cometidas por otros militares de mayor o menor jerarquía.
Esta es ciertamente una medida necesaria. Las leyes deben ofrecer garantías al personal subalterno para que puedan oponerse con autoridad a órdenes dictadas por oficiales de rango superior. A los mismos soldados debe dejárseles en claro que callar frente a hechos de esa naturaleza será constitutivo de delito. Y debiésemos llegar a una figura jurídica en que el silencio sea sinónimo de complicidad. El mensaje es muy claro: si eres testigo de alguna violación y la callas, tendrás el mismo grado de culpabilidad que los autores.
También debería eximirse de proceso a los militares que, en protección de la vida de civiles o detenidos, deban eliminar o neutralizar a sus oficiales superiores.
En esta época es indispensable aplicar los castigos más severos a los violadores de los derechos humanos -y los terroristas fundamentalistas son sólo uno de los grupos empecinados en atormentarnos. También están los fascistas, los neo-nazis, los nacionalistas y otros. Quizás la opinión pública apreciaría que las condenas fueran simplemente efectivas.
Los delitos de violación de los derechos humanos no son redimibles, aunque lo afirme nuestro Catholic Insider. Personajes como Pinochet y otros dictadores, Karimov y otros tiranos, los soldados que mataron aplicando tortura a sus prisioneros en Afganistán e Iraq y otros países debiesen recibir las condenas máximas que permiten las leyes: la muerte o la prisión perpetua efectiva.
A pesar de las campañas en pro de la pena de la muerte, la opinión pública europea es contraria a la pena de muerte. Aparentemente el respeto por la vida se ha extendido por Europa y echado raíces. Pero nos tranquilizaría con que la prisión perpetua fuese realmente efectiva y los condenados muriesen en prisión, a menos que se les permitiese suicidarse.
Pero en este contexto histórico histérico no es exactamente deseable discutir sobre la pena de muerte.
Es dudoso que la pena de muerte solucione algún problema. Lo más probable es que los empeore.
Pero la pena de muerte se exige para terroristas árabes. Los terroristas fascistas y de extrema derecha, igualmente merecedores de castigos drásticos, en muchos países no son considerados terroristas ni criminales -en Holanda la ministro llamada la hija de Hitler', los llama "nuestros jóvenes enojados".
En Estados Unidos, no hace mucho tiempo, se aprobó un nuevo reglamento en cuestiones de derechos humanos para el ejército. Las nuevas reglas penalizan a los soldados y otro personal del ejército que participen o presencien sin intervenir o no denuncien violaciones a los derechos humanos cometidas por otros militares de mayor o menor jerarquía.
Esta es ciertamente una medida necesaria. Las leyes deben ofrecer garantías al personal subalterno para que puedan oponerse con autoridad a órdenes dictadas por oficiales de rango superior. A los mismos soldados debe dejárseles en claro que callar frente a hechos de esa naturaleza será constitutivo de delito. Y debiésemos llegar a una figura jurídica en que el silencio sea sinónimo de complicidad. El mensaje es muy claro: si eres testigo de alguna violación y la callas, tendrás el mismo grado de culpabilidad que los autores.
También debería eximirse de proceso a los militares que, en protección de la vida de civiles o detenidos, deban eliminar o neutralizar a sus oficiales superiores.
En esta época es indispensable aplicar los castigos más severos a los violadores de los derechos humanos -y los terroristas fundamentalistas son sólo uno de los grupos empecinados en atormentarnos. También están los fascistas, los neo-nazis, los nacionalistas y otros. Quizás la opinión pública apreciaría que las condenas fueran simplemente efectivas.
Los delitos de violación de los derechos humanos no son redimibles, aunque lo afirme nuestro Catholic Insider. Personajes como Pinochet y otros dictadores, Karimov y otros tiranos, los soldados que mataron aplicando tortura a sus prisioneros en Afganistán e Iraq y otros países debiesen recibir las condenas máximas que permiten las leyes: la muerte o la prisión perpetua efectiva.
A pesar de las campañas en pro de la pena de la muerte, la opinión pública europea es contraria a la pena de muerte. Aparentemente el respeto por la vida se ha extendido por Europa y echado raíces. Pero nos tranquilizaría con que la prisión perpetua fuese realmente efectiva y los condenados muriesen en prisión, a menos que se les permitiese suicidarse.
Pero en este contexto histórico histérico no es exactamente deseable discutir sobre la pena de muerte.