Continuidades Políticas en Holanda
Se dice a menudo que Holanda fue liberada por los aliados en la Segunda Guerra Mundial. Sería más cercano a la verdad histórica decir que Holanda fue derrotada. Para la guerra, la casa real huyó a Inglaterra y dejó a un gobierno que tenía la orden de no contrariar a los alemanes. El país colaboró masivamente en la persecución y acoso de los judíos después de vivir un período en el que Holanda años antes de la invasión alemana adoptó numerosas leyes de discriminación de los judíos. Los judíos vivían en régimen aparte ya antes de la invasión. De Holanda, los nazis y los colaboracionistas holandeses lograron terminar con más del 90 por ciento de la población judía, después de perseguirles y robarles. Todo esto, bajo el imperio de la ley, con jueces incluso y tribunales. La policía de Amsterdam, por ejemplo, que colaboró activamente en la campaña de deportación de los judíos a campos de concentración y exterminio en Alemania y Polonia, no fue ni siquiera purgada -para qué decir que ninguno de ellos fue llevado a juicio nunca y gozan hoy de decentes pensiones de vejez.
Cuando los rusos y aliados abrieron los campos de concentración y los judíos regresaron a sus países, en Holanda encontraron sus casas ocupadas por otros, desprovistos de todo tipo de posesión y sin ningún tipo de ayuda. Muchos de ellos rondaban confusos por las calles y dormían en ellas, hambrientos, harapientos, delirantes, dejados de la mano de Dios.
Holanda fue un infierno durante la guerra y poco después. Era una provincia del imperio nazi.
Quizás esto explica la facilidad, rapidez y efectividad con que las ideologías racistas o xenófobas prenden en la población. El repentino auge del fascismo poco después del asesinato de Pim Fortuyn, es sorprendente. Las viejas guardias de políticos decente desaparecieron de la escena política de un día para otro, y aparecieron en su lugar matones, guardias de prisiones e ideólogos neo-nazis. Los nuevos nazis no llevan uniforme ni son skinheads; han adoptado la apariencia de personas normales, incluso decentes, y algunos hasta dandis, y se han incrustado en partidos democráticos corrientes -como en el antaño liberal VVD. El nuevo régimen -que empieza en 2002, tras la renuncia del gabinete por el genocidio de Srebrenica en 1995- adopta de inmediato medidas discriminatorias, rechaza informes científicos y parlamentarios, y comienza a remodelar el paisaje político y jurídico del país (las policías locales pasan a depender del ministerio del Interior o de Justicia, y no de los alcaldes, como antiguamente -una medida obviamente diseñada, entre otras cosas, para evitar a los muchos alcaldes que se oponen a las deportaciones).
El régimen viene armado de juristas especializados en detectar los resquicios de las leyes para salirse igualmente con la suya con programas que son abiertamente discriminatorios y racistas. Como ejemplo de esto último, acá en la prensa se discutió ampliamente si con las nuevas reglas que se aplicaban a los solicitantes de asilo, se seguía respetando el derecho de asilo tal como este se entiende en la Unión Europea. En ese entonces, la ministro Verdonk -la llamada hija de Hitler'- y una diputada declararon en una entrevista abiertamente que la intención era en realidad reducir el número de inmigrantes. Y todo esto, en el marco de una explotada y oportuna amenaza terrorista árabe, que permite que los fascistas intimiden a la población, pretendiendo que sin ellos el estado está en peligro, adquiriendo cada vez más poder sin controles ni judiciales ni parlamentarios y adoptando leyes claramente arbitrarias e injustas.
Las ideologías de extrema derecha, o de clara inspiración xenófoba, tienen un gran éxito en Holanda. Desde el asesinato de Theo van Gogh, estos sentimientos xenófobos y anti-musulmanes han aumentado, pero han sido siempre muy altos. Y los razonamientos ilógicos y las conclusiones torcidas de los fascistas convencen a la opinión pública -incluso a gente educada. Sin embargo, en España los mortíferos atentados del 11 de marzo de 2003 no han causado ni un aumento de sentimientos xenófobos, ni histeria, ni nuevas leyes absurdas. Y España se encuentra a la cabeza en lo que es la comprensión del papel y significado de la Unión Europea, es partidaria de la integración de Turquía y acaba de aprobar una muy humanista, generosa y cuerda regularización de los inmigrantes ilegales.
Holanda no ha roto realmente con su pasado, en parte porque ese pasado ha sido enterrado y distorsionado. Ana Frank, que se ha transformado en un símbolo de la resistencia anti-nazi, fue víctima de vecinos, como lo fueron cientos de miles de otros judíos en el país. Amsterdam se enorgullece justamente de sus resistentes, pero fueron grupos pequeños, acosados, todavía peor armados y organizados que algunos grupos de la guerrilla urbana de América Latina en los años sesenta y setenta. Los resistentes eran enemigos públicos, no héroes. Se les reconoció héroes muchos años después.
El enigma holandés -¿cómo puede un país que gozó durante tanto tiempo de ser una vanguardia del cosmopolitismo, la diversidad cultural y la tolerancia, se transforme de un día para otro en una tiranía fascista, racista, autoritaria, bárbara, odiosa?- tiene que ver en parte con las mores de la vida política local. Ha habido siempre una gran distancia entre la clase política y la población -la clase política clásica era educada, hablaba francés, utilizaba latinismos y comía ostras. Estas son poblaciones gregarias, respetuosas en extremo de la autoridad y a priori inclinadas a creer a las autoridades y a acatar sus órdenes y caprichos. En los valores locales, oponerse a la autoridad es algo reprobado. La clase política ha estado por tradición más cerca de Occidente que el resto de los nativos del país. Y es posible que parte importante de la población haya aceptado los nuevos valores europeos a regañadientes, contrariada por políticos demasiado occidentales, demasiado educados y alejados del pueblo. Era una clase política ilustrada que buscó a menudo acortar las distancias culturales con otros centros europeos. Si la población autóctona no se resistió antes, es seguramente porque no veía el interés del asunto. Pero ahora, por ejemplo, que Turquía será probablemente miembro de la Unión, la población más xenófoba exige un referéndum para oponerse a su ingreso. Fue una época, además, de vacas gordas y los políticos de entonces sólo veían los aspectos positivos de Europa. Pero ahora que se quiere implementar una política de inmigración claramente antagónica al espíritu de la Unión, la población quiere recuperar su autonomía para llevar a cabo sus planes a pesar de su ilegitimidad e inmoralidad.
La tolerancia proverbial de Holanda se deriva de la coexistencia entre fieles de diferentes sectas cristianas. Algunos guías turísticos señalan la iglesia de las tres torres, que se pueden ver desde la Estación Central, diciendo que es un ejemplo de la tolerancia holandesa: como los tres arquitectos o autoridades no se pusieran de acuerdo, decidieron construir las tres torres y dejar contento a todo el mundo. Cuando se trajo a los primeros inmigrantes, se suponía que esa tolerancia, mejor coexistencia, se trasladaría también a las relaciones de la población nativa con inmigrantes de varios continentes (chinos, marroquíes, indonesios, latinoamericanos, estadounidenses, turcos, españoles, portugueses, ingleses, surinameños).
El modelo de la sociedad multicultural funcionó y funcionaría perfectamente bien si no hubiesen llegado los neo-fascistas al poder. A pesar del tradicional conservadurismo de la población holandesa, no ha habido nunca en el país conflictos étnicos comparables ni de lejos a esos conflictos en Gran Bretaña o incluso Estados Unidos. Parte de la población tiene fuertes sentimientos xenófobos, pero no los expresaba abiertamente y se sentía limitada en la expresión de sus sentimientos. En las ciudades se formaron naturalmente barrios extranjeros y las ciudades vivieron épocas de apogeo y actividad. El paro y la general miseria económica no son más altos que en otros países donde cifran comparables o peores de desempleo y aumento de la inmigración no han conducido pero ni de lejos a los sentimientos y programas de gobierno en Holanda.
Pero desde 2002 han surgido gobiernos que se han empeñado en establecer una relación entre cosas que la inteligencia usualmente no relaciona, y han implantado un régimen de apartheid y de terror donde los disidentes y sospechosos pueden desaparecer durante dos años en cárceles del gobierno sin que la opinión pública ni el poder judicial mismo tengan derecho a saber siquiera si tales ciudadanos se encuentran retenidos por las autoridades o no.
La extrema derecha gobernante ha logrado convencer a muchos ciudadanos de la solidez de sus argumentos, aunque los planes del gobierno no son todos explícitamente mencionados. Pero la población nativa sabe de qué se trata y calla. Por ejemplo, quieren subentender que el delito "apología de la violencia contra sociedades occidentales" sólo lo pueden cometer árabes o musulmanes o no-occidentales; consecuentemente, que si un sospechoso de hacer apología de ese tipo es encarcelado, esos sospechosos serán ciertamente árabes. Las leyes, por tanto, se dicen algunos, no me afectan a mí y castigan en realidad sólo a extranjeros. Cuando el gobierno decide expulsar a 26 mil refugiados musulmanes e importar a cerca de 70 mil polacos y otras nacionalidades de Europa del Este, nadie dice nada, ni la oposición. Mientras el propósito es obvio -remplazar a los inmigrantes del Tercer Mundo por inmigrantes blancos y cristianos del Segundo Mundo-, hay una especie de acuerdo tácito en no referirse a él. Es uno de los subentendidos del país.
La extrema derecha convence a parte de la ciudadanía que encarcelando a los árabes estaremos todos seguros -y bien merece la pena violar las leyes antes que dejarnos matar. El punto de partida de esta visión repugnante es que estamos en guerra con los musulmanes o los árabes o los tercermundistas o los latinoamericanos. Cada uno de los árabes es un agente, espía o terrorista potencial. Los extranjeros tienen lealtades dobles, declaraba recientemente, todo pancho, el jefe del servicio secreto, para explicar la escasez de espías árabes y traductores en el departamento. La solución es controlarlos y encerrar a los más sospechosos. Según los cálculos hechos en la prensa por políticos fascistas se trata de una 50 mil personas. En otra publicación, fascistas que son importantes miembros del gobierno local de Rotterdam, llamaron a cercar los barrios árabes para controlarlos mejor y así mejorar la situación de seguridad del resto de la población.
Hay ciertamente continuidad entre la ministro Verdonk y Hitler. Dejando de lado las obvias afinidades ideológicas entre la una y el otro, la pregunta que obsesiona a muchos -¿es la ex guardia de prisiones tan mala como Hitler?- debe responderse afirmativamente. Obviamente de momento no hay campos de concentración ni estrellas judías, pero sí cárceles para extranjeros y dentro de poco habrá cárceles para árabes sospechosos; no hay estrellas judías porque muchos hombres ilustres y políticos decentes se opusieron a los planes de la ministro de obligar a los extranjeros a portar una libreta donde se identificaba y especificaba su grado de integración en lo que llama la sociedad holandesa'. No hay esos transportes terribles que terminaban en campos de exterminio en Alemania y Polonia. Pero sí hay vuelos alquilados por el estado holandés que transportan a refugiados a países como Nigeria y Congo, entregándolos a las policías de esos países -de los que vienen huyendo- sin preocuparse posteriormente de su destino. Cuando se reveló que al menos dos de esos refugiados (antes, en 2003, fueron asesinados otros dos refugiados) fueron apresados por las autoridades y se encuentran desaparecidos, probablemente muertos, nadie dijo nada. El servicio de inmigración y la hija de Hitler declararon entonces que ellos no eran responsables de lo que ocurriera con los refugiados devueltos. Esto es exactamente lo que decía el gobierno pro-nazi holandés de la guerra, que pretendía igualmente no ser responsable de los transportados desde el momento en que cruzaban la frontera del país.
Es lamentable que un país como Holanda se haya echado un personaje tan maligno y siniestro como ministro de Extranjería. Una persona absolutamente insensible y cruel que no pestañea a la hora de amargar y romper la vida de decenas de miles de personas; que prohíbe con artimañas y trucos de leguleyo el matrimonio entre naturales y personas de países del llamado Tercer Mundo o árabes; que pretende que una vista judicial de 20 minutos es suficiente para determina la vida de la gente, incluso si una decisión errónea les puede significar la muerte; que quiere obligar a los ayuntamientos a privar de vivienda a los refugiados rechazados, para que se vean obligados a quedarse en la calle, desde donde podrán ser encarcelados y luego deportados; que entrega a refugiados congoleños a la policía de ese país, sin importarle el destino ulterior de esas personas que acudieron a Holanda buscando ayuda y refugio. Una persona insensible, eminentemente cruel, está en realidad muy cerca de Hitler.
¿Y por que és es tolerada por la población bien pensante y decente del país? Quizás por la misma razón que en el siglo pasado los nativos acogieron con los brazos abiertos a los llamados invasores nazis. La generación culpable no fue castigada nunca. Y se alimentó a la población de farsas y falsas historias de resistencia y oposición a la tiranía nazi. Pero el espíritu del mal volvió a escapar. Y los demonios holandeses aprenden ahora de sus padres y abuelos, desconocidos héroes nacionales a los que el resto del mundo considera criminales y bárbaros. La actual generación de políticos no desconoce el pasado; es una camada de gentes mal formadas que se enorgullecen de sus atavismos y brutalidad. Y quieren que la ciudadanía les aplauda cuando marchen orgullosos en torno a los campos de concentración.
No es de extrañar, por cierto, ni que el dirigente laborista Bos declarara que podría gobernar en alianza con el partido fascista Lista Pim Fortuyn, ni que hace unos días un dirigente de ese partido, y antiguo secretario de estado en el primer gobierno fascista de 2002, se hiciera miembro del partido laborista -exigiendo a cambio el ministerio de Extranjería.
La continuidad entre el pasado nazi de Holanda y su presente neo-fascista ha sido observada por muchos observadores, entre ellos judíos que sobrevivieron el Holocausto y que han ofrecido su ayuda a la población musulmana. También periodistas extranjeros y expertos en derechos humanos han llamado a seguir atentamente lo que ocurre en Holanda, y han advertido que la población extranjera vive en estado de régimen aparte de facto que no puede seguir siendo ignorado. Las nuevas medidas anti-terroristas, un paquete de leyes anti-constitucionales y en abiertamente violación del Tratado Europeo de Derechos Humanos, constituyen una curiosa declaración de investidura de este nuevo régimen.
Europa debe intervenir para evitar que Holanda, dirigida por el fanatismo y el odio de gentes como la hija de Hitler, lleve a cabo sus nuevos experimentos sociológicos y raciales. Y se requiere la intervención de Europa porque los demócratas y humanistas que viven en el país, son insuficientes o no serán simplemente capaces de terminar por sí solos con el Mal, que se ha instalado en el país. En Holanda, la gente de bien corre peligro.
Cuando los rusos y aliados abrieron los campos de concentración y los judíos regresaron a sus países, en Holanda encontraron sus casas ocupadas por otros, desprovistos de todo tipo de posesión y sin ningún tipo de ayuda. Muchos de ellos rondaban confusos por las calles y dormían en ellas, hambrientos, harapientos, delirantes, dejados de la mano de Dios.
Holanda fue un infierno durante la guerra y poco después. Era una provincia del imperio nazi.
Quizás esto explica la facilidad, rapidez y efectividad con que las ideologías racistas o xenófobas prenden en la población. El repentino auge del fascismo poco después del asesinato de Pim Fortuyn, es sorprendente. Las viejas guardias de políticos decente desaparecieron de la escena política de un día para otro, y aparecieron en su lugar matones, guardias de prisiones e ideólogos neo-nazis. Los nuevos nazis no llevan uniforme ni son skinheads; han adoptado la apariencia de personas normales, incluso decentes, y algunos hasta dandis, y se han incrustado en partidos democráticos corrientes -como en el antaño liberal VVD. El nuevo régimen -que empieza en 2002, tras la renuncia del gabinete por el genocidio de Srebrenica en 1995- adopta de inmediato medidas discriminatorias, rechaza informes científicos y parlamentarios, y comienza a remodelar el paisaje político y jurídico del país (las policías locales pasan a depender del ministerio del Interior o de Justicia, y no de los alcaldes, como antiguamente -una medida obviamente diseñada, entre otras cosas, para evitar a los muchos alcaldes que se oponen a las deportaciones).
El régimen viene armado de juristas especializados en detectar los resquicios de las leyes para salirse igualmente con la suya con programas que son abiertamente discriminatorios y racistas. Como ejemplo de esto último, acá en la prensa se discutió ampliamente si con las nuevas reglas que se aplicaban a los solicitantes de asilo, se seguía respetando el derecho de asilo tal como este se entiende en la Unión Europea. En ese entonces, la ministro Verdonk -la llamada hija de Hitler'- y una diputada declararon en una entrevista abiertamente que la intención era en realidad reducir el número de inmigrantes. Y todo esto, en el marco de una explotada y oportuna amenaza terrorista árabe, que permite que los fascistas intimiden a la población, pretendiendo que sin ellos el estado está en peligro, adquiriendo cada vez más poder sin controles ni judiciales ni parlamentarios y adoptando leyes claramente arbitrarias e injustas.
Las ideologías de extrema derecha, o de clara inspiración xenófoba, tienen un gran éxito en Holanda. Desde el asesinato de Theo van Gogh, estos sentimientos xenófobos y anti-musulmanes han aumentado, pero han sido siempre muy altos. Y los razonamientos ilógicos y las conclusiones torcidas de los fascistas convencen a la opinión pública -incluso a gente educada. Sin embargo, en España los mortíferos atentados del 11 de marzo de 2003 no han causado ni un aumento de sentimientos xenófobos, ni histeria, ni nuevas leyes absurdas. Y España se encuentra a la cabeza en lo que es la comprensión del papel y significado de la Unión Europea, es partidaria de la integración de Turquía y acaba de aprobar una muy humanista, generosa y cuerda regularización de los inmigrantes ilegales.
Holanda no ha roto realmente con su pasado, en parte porque ese pasado ha sido enterrado y distorsionado. Ana Frank, que se ha transformado en un símbolo de la resistencia anti-nazi, fue víctima de vecinos, como lo fueron cientos de miles de otros judíos en el país. Amsterdam se enorgullece justamente de sus resistentes, pero fueron grupos pequeños, acosados, todavía peor armados y organizados que algunos grupos de la guerrilla urbana de América Latina en los años sesenta y setenta. Los resistentes eran enemigos públicos, no héroes. Se les reconoció héroes muchos años después.
El enigma holandés -¿cómo puede un país que gozó durante tanto tiempo de ser una vanguardia del cosmopolitismo, la diversidad cultural y la tolerancia, se transforme de un día para otro en una tiranía fascista, racista, autoritaria, bárbara, odiosa?- tiene que ver en parte con las mores de la vida política local. Ha habido siempre una gran distancia entre la clase política y la población -la clase política clásica era educada, hablaba francés, utilizaba latinismos y comía ostras. Estas son poblaciones gregarias, respetuosas en extremo de la autoridad y a priori inclinadas a creer a las autoridades y a acatar sus órdenes y caprichos. En los valores locales, oponerse a la autoridad es algo reprobado. La clase política ha estado por tradición más cerca de Occidente que el resto de los nativos del país. Y es posible que parte importante de la población haya aceptado los nuevos valores europeos a regañadientes, contrariada por políticos demasiado occidentales, demasiado educados y alejados del pueblo. Era una clase política ilustrada que buscó a menudo acortar las distancias culturales con otros centros europeos. Si la población autóctona no se resistió antes, es seguramente porque no veía el interés del asunto. Pero ahora, por ejemplo, que Turquía será probablemente miembro de la Unión, la población más xenófoba exige un referéndum para oponerse a su ingreso. Fue una época, además, de vacas gordas y los políticos de entonces sólo veían los aspectos positivos de Europa. Pero ahora que se quiere implementar una política de inmigración claramente antagónica al espíritu de la Unión, la población quiere recuperar su autonomía para llevar a cabo sus planes a pesar de su ilegitimidad e inmoralidad.
La tolerancia proverbial de Holanda se deriva de la coexistencia entre fieles de diferentes sectas cristianas. Algunos guías turísticos señalan la iglesia de las tres torres, que se pueden ver desde la Estación Central, diciendo que es un ejemplo de la tolerancia holandesa: como los tres arquitectos o autoridades no se pusieran de acuerdo, decidieron construir las tres torres y dejar contento a todo el mundo. Cuando se trajo a los primeros inmigrantes, se suponía que esa tolerancia, mejor coexistencia, se trasladaría también a las relaciones de la población nativa con inmigrantes de varios continentes (chinos, marroquíes, indonesios, latinoamericanos, estadounidenses, turcos, españoles, portugueses, ingleses, surinameños).
El modelo de la sociedad multicultural funcionó y funcionaría perfectamente bien si no hubiesen llegado los neo-fascistas al poder. A pesar del tradicional conservadurismo de la población holandesa, no ha habido nunca en el país conflictos étnicos comparables ni de lejos a esos conflictos en Gran Bretaña o incluso Estados Unidos. Parte de la población tiene fuertes sentimientos xenófobos, pero no los expresaba abiertamente y se sentía limitada en la expresión de sus sentimientos. En las ciudades se formaron naturalmente barrios extranjeros y las ciudades vivieron épocas de apogeo y actividad. El paro y la general miseria económica no son más altos que en otros países donde cifran comparables o peores de desempleo y aumento de la inmigración no han conducido pero ni de lejos a los sentimientos y programas de gobierno en Holanda.
Pero desde 2002 han surgido gobiernos que se han empeñado en establecer una relación entre cosas que la inteligencia usualmente no relaciona, y han implantado un régimen de apartheid y de terror donde los disidentes y sospechosos pueden desaparecer durante dos años en cárceles del gobierno sin que la opinión pública ni el poder judicial mismo tengan derecho a saber siquiera si tales ciudadanos se encuentran retenidos por las autoridades o no.
La extrema derecha gobernante ha logrado convencer a muchos ciudadanos de la solidez de sus argumentos, aunque los planes del gobierno no son todos explícitamente mencionados. Pero la población nativa sabe de qué se trata y calla. Por ejemplo, quieren subentender que el delito "apología de la violencia contra sociedades occidentales" sólo lo pueden cometer árabes o musulmanes o no-occidentales; consecuentemente, que si un sospechoso de hacer apología de ese tipo es encarcelado, esos sospechosos serán ciertamente árabes. Las leyes, por tanto, se dicen algunos, no me afectan a mí y castigan en realidad sólo a extranjeros. Cuando el gobierno decide expulsar a 26 mil refugiados musulmanes e importar a cerca de 70 mil polacos y otras nacionalidades de Europa del Este, nadie dice nada, ni la oposición. Mientras el propósito es obvio -remplazar a los inmigrantes del Tercer Mundo por inmigrantes blancos y cristianos del Segundo Mundo-, hay una especie de acuerdo tácito en no referirse a él. Es uno de los subentendidos del país.
La extrema derecha convence a parte de la ciudadanía que encarcelando a los árabes estaremos todos seguros -y bien merece la pena violar las leyes antes que dejarnos matar. El punto de partida de esta visión repugnante es que estamos en guerra con los musulmanes o los árabes o los tercermundistas o los latinoamericanos. Cada uno de los árabes es un agente, espía o terrorista potencial. Los extranjeros tienen lealtades dobles, declaraba recientemente, todo pancho, el jefe del servicio secreto, para explicar la escasez de espías árabes y traductores en el departamento. La solución es controlarlos y encerrar a los más sospechosos. Según los cálculos hechos en la prensa por políticos fascistas se trata de una 50 mil personas. En otra publicación, fascistas que son importantes miembros del gobierno local de Rotterdam, llamaron a cercar los barrios árabes para controlarlos mejor y así mejorar la situación de seguridad del resto de la población.
Hay ciertamente continuidad entre la ministro Verdonk y Hitler. Dejando de lado las obvias afinidades ideológicas entre la una y el otro, la pregunta que obsesiona a muchos -¿es la ex guardia de prisiones tan mala como Hitler?- debe responderse afirmativamente. Obviamente de momento no hay campos de concentración ni estrellas judías, pero sí cárceles para extranjeros y dentro de poco habrá cárceles para árabes sospechosos; no hay estrellas judías porque muchos hombres ilustres y políticos decentes se opusieron a los planes de la ministro de obligar a los extranjeros a portar una libreta donde se identificaba y especificaba su grado de integración en lo que llama la sociedad holandesa'. No hay esos transportes terribles que terminaban en campos de exterminio en Alemania y Polonia. Pero sí hay vuelos alquilados por el estado holandés que transportan a refugiados a países como Nigeria y Congo, entregándolos a las policías de esos países -de los que vienen huyendo- sin preocuparse posteriormente de su destino. Cuando se reveló que al menos dos de esos refugiados (antes, en 2003, fueron asesinados otros dos refugiados) fueron apresados por las autoridades y se encuentran desaparecidos, probablemente muertos, nadie dijo nada. El servicio de inmigración y la hija de Hitler declararon entonces que ellos no eran responsables de lo que ocurriera con los refugiados devueltos. Esto es exactamente lo que decía el gobierno pro-nazi holandés de la guerra, que pretendía igualmente no ser responsable de los transportados desde el momento en que cruzaban la frontera del país.
Es lamentable que un país como Holanda se haya echado un personaje tan maligno y siniestro como ministro de Extranjería. Una persona absolutamente insensible y cruel que no pestañea a la hora de amargar y romper la vida de decenas de miles de personas; que prohíbe con artimañas y trucos de leguleyo el matrimonio entre naturales y personas de países del llamado Tercer Mundo o árabes; que pretende que una vista judicial de 20 minutos es suficiente para determina la vida de la gente, incluso si una decisión errónea les puede significar la muerte; que quiere obligar a los ayuntamientos a privar de vivienda a los refugiados rechazados, para que se vean obligados a quedarse en la calle, desde donde podrán ser encarcelados y luego deportados; que entrega a refugiados congoleños a la policía de ese país, sin importarle el destino ulterior de esas personas que acudieron a Holanda buscando ayuda y refugio. Una persona insensible, eminentemente cruel, está en realidad muy cerca de Hitler.
¿Y por que és es tolerada por la población bien pensante y decente del país? Quizás por la misma razón que en el siglo pasado los nativos acogieron con los brazos abiertos a los llamados invasores nazis. La generación culpable no fue castigada nunca. Y se alimentó a la población de farsas y falsas historias de resistencia y oposición a la tiranía nazi. Pero el espíritu del mal volvió a escapar. Y los demonios holandeses aprenden ahora de sus padres y abuelos, desconocidos héroes nacionales a los que el resto del mundo considera criminales y bárbaros. La actual generación de políticos no desconoce el pasado; es una camada de gentes mal formadas que se enorgullecen de sus atavismos y brutalidad. Y quieren que la ciudadanía les aplauda cuando marchen orgullosos en torno a los campos de concentración.
No es de extrañar, por cierto, ni que el dirigente laborista Bos declarara que podría gobernar en alianza con el partido fascista Lista Pim Fortuyn, ni que hace unos días un dirigente de ese partido, y antiguo secretario de estado en el primer gobierno fascista de 2002, se hiciera miembro del partido laborista -exigiendo a cambio el ministerio de Extranjería.
La continuidad entre el pasado nazi de Holanda y su presente neo-fascista ha sido observada por muchos observadores, entre ellos judíos que sobrevivieron el Holocausto y que han ofrecido su ayuda a la población musulmana. También periodistas extranjeros y expertos en derechos humanos han llamado a seguir atentamente lo que ocurre en Holanda, y han advertido que la población extranjera vive en estado de régimen aparte de facto que no puede seguir siendo ignorado. Las nuevas medidas anti-terroristas, un paquete de leyes anti-constitucionales y en abiertamente violación del Tratado Europeo de Derechos Humanos, constituyen una curiosa declaración de investidura de este nuevo régimen.
Europa debe intervenir para evitar que Holanda, dirigida por el fanatismo y el odio de gentes como la hija de Hitler, lleve a cabo sus nuevos experimentos sociológicos y raciales. Y se requiere la intervención de Europa porque los demócratas y humanistas que viven en el país, son insuficientes o no serán simplemente capaces de terminar por sí solos con el Mal, que se ha instalado en el país. En Holanda, la gente de bien corre peligro.
España, Holanda y los Inmigrantes
Hace poco la ministro holandés de Extranjería, la hija de Hitler', criticó a España por su decisión de regularizar la situación de unos 800.000 inmigrantes ilegales. Al contrario, Holanda acaba de declarar sus planes de expulsar en tres años a sus calculados 250.000 inmigrantes ilegales. Y el gobierno holandés quiere que Europa no sólo tolere, digo bien, sus políticas sobre inmigración y asilo, sino además las adopte como política oficial de la Unión. Es de una desfachatez sin nombre.
Holanda ha impuesto a la población extranjera un régimen aparte de facto, atropellando todas las leyes nacionales e internacionales que regulan la situación de los inmigrantes en Europa y violando derechos ciudadanos -como el de casarse con quien uno quiera- que son tradicionales y reconocidos como parte de los derechos humanos. Lo hace el gobierno holandés, por ejemplo, cuando castiga a los naturales de Holanda que se quieran casar con personas del Tercer Mundo o árabes o musulmanas o incluso latinas imponiéndoles una reglamentación discriminatoria estricta y arbitraria y tarifas absurdas en exceso con la intención de torpedear y desbaratar esas relaciones. Las nuevas reglamentaciones en Holanda no afectan claro está solamente a los árabes y otros de fuera de Europa, sino a todo natural que quiera mantener una relación sentimental o familiar con una persona de esas regiones. Holanda ya torpedea la reunificación familiar en abierto desafío de la Unión Europea.
Tendrá también Holanda la ridícula pretensión de obligar a España a adoptar leyes discriminatorias, odiosas, irrelevantes, rácanas, estúpidas, sin propósito; obligar a España a expulsar a sus ilegales y de meterlos en prisión; obligar a España a entregar a los que piden asilo a las autoridades nacionales de las que vienen huyendo -como ha hecho Holanda recientemente-; obligarla a encarcelar sin formular cargos y sin juicio sobre la base de sospechas o soplos a sus ciudadanos árabes. Esta es una visión infernal. La hija de Hitler elige bien a sus enemigos. España está ciertamente al otro lado de la barricada en lo que se refiere a inmigración y asilo, reunificación familiar y derecho a casarse libremente. No se le ocurriría a la civilizada y humanista España adoptar las medidas injustas y odiosas de Holanda, y es España la que lleva afortunadamente la antorcha de los derechos humanos y del estado de derecho en Europa. España ha demostrado una madurez, una generosidad y un espíritu de liderazgo moral en ser un país donde por ejemplo los atentados terroristas del 11 de marzo no provocaron un surgimiento de una eventual xenofobia de la población -mientras en otros, como Holanda, el asesinato de un columnista ha provocado todo un ejército de nuevas leyes y medidas y reglamentos inspirados claramente en sentimientos xenófobos.
Y mientras España muestra razones económicas poderosas, además de la natural tolerancia de sus gentes, como el hecho de que la regularización sacará de la ilegalidad a cientos de miles de trabajadores y empresarios clandestinos, que terminará con la explotación y que permitirá que los inmigrantes coticen y contribuyan a los gastos generales de la comunidad. Además, que los inmigrantes establecidos con más certidumbre contribuirán a un repunte de la prestación de servicios, instalaciones y actividades comerciales y del consumo en general. Es, sobre todo, una decisión humana y solidaria, y creará lealtades y vínculos, al mismo tiempo que contribuye al bienestar general de España y sus gentes, incluyendo a los nuevos habitantes.
La ministro habrá causado hilaridad y confusión con sus declaraciones. Nada hay tan opuesto en estos momentos como las políticas de inmigración y asilo respectivas de España y Holanda. España es la esperanza humanista del continente, Holanda su futuro como una tenebrosa tiranía fascista.
Holanda ha impuesto a la población extranjera un régimen aparte de facto, atropellando todas las leyes nacionales e internacionales que regulan la situación de los inmigrantes en Europa y violando derechos ciudadanos -como el de casarse con quien uno quiera- que son tradicionales y reconocidos como parte de los derechos humanos. Lo hace el gobierno holandés, por ejemplo, cuando castiga a los naturales de Holanda que se quieran casar con personas del Tercer Mundo o árabes o musulmanas o incluso latinas imponiéndoles una reglamentación discriminatoria estricta y arbitraria y tarifas absurdas en exceso con la intención de torpedear y desbaratar esas relaciones. Las nuevas reglamentaciones en Holanda no afectan claro está solamente a los árabes y otros de fuera de Europa, sino a todo natural que quiera mantener una relación sentimental o familiar con una persona de esas regiones. Holanda ya torpedea la reunificación familiar en abierto desafío de la Unión Europea.
Tendrá también Holanda la ridícula pretensión de obligar a España a adoptar leyes discriminatorias, odiosas, irrelevantes, rácanas, estúpidas, sin propósito; obligar a España a expulsar a sus ilegales y de meterlos en prisión; obligar a España a entregar a los que piden asilo a las autoridades nacionales de las que vienen huyendo -como ha hecho Holanda recientemente-; obligarla a encarcelar sin formular cargos y sin juicio sobre la base de sospechas o soplos a sus ciudadanos árabes. Esta es una visión infernal. La hija de Hitler elige bien a sus enemigos. España está ciertamente al otro lado de la barricada en lo que se refiere a inmigración y asilo, reunificación familiar y derecho a casarse libremente. No se le ocurriría a la civilizada y humanista España adoptar las medidas injustas y odiosas de Holanda, y es España la que lleva afortunadamente la antorcha de los derechos humanos y del estado de derecho en Europa. España ha demostrado una madurez, una generosidad y un espíritu de liderazgo moral en ser un país donde por ejemplo los atentados terroristas del 11 de marzo no provocaron un surgimiento de una eventual xenofobia de la población -mientras en otros, como Holanda, el asesinato de un columnista ha provocado todo un ejército de nuevas leyes y medidas y reglamentos inspirados claramente en sentimientos xenófobos.
Y mientras España muestra razones económicas poderosas, además de la natural tolerancia de sus gentes, como el hecho de que la regularización sacará de la ilegalidad a cientos de miles de trabajadores y empresarios clandestinos, que terminará con la explotación y que permitirá que los inmigrantes coticen y contribuyan a los gastos generales de la comunidad. Además, que los inmigrantes establecidos con más certidumbre contribuirán a un repunte de la prestación de servicios, instalaciones y actividades comerciales y del consumo en general. Es, sobre todo, una decisión humana y solidaria, y creará lealtades y vínculos, al mismo tiempo que contribuye al bienestar general de España y sus gentes, incluyendo a los nuevos habitantes.
La ministro habrá causado hilaridad y confusión con sus declaraciones. Nada hay tan opuesto en estos momentos como las políticas de inmigración y asilo respectivas de España y Holanda. España es la esperanza humanista del continente, Holanda su futuro como una tenebrosa tiranía fascista.
Políticos Intimidan a Jueces
A raíz de las propuestas nuevas leyes anti-terroristas, varios jueces holandeses, entre ellos el juez del Tribunal Supremo y otro del tribunal de Amsterdam, han decidido llamar la atención del público sobre el inminente peligro en que se encuentra el país de adoptar leyes contrarias a los principios de la Constitución y a tratados europeos e internacionales, entre ellos el Tratado de Derechos Humanos. Sobre la reacción de estos y otros jueces han habido reacciones mezcladas. En general, los partidos de oposición apoyaron la preocupación del poder judicial; los partidos de gobierno, faltaba más, rechazaron la intervención de los jueces.
Supone la derecha que los jueces no deben intervenir en asuntos públicos o políticos y que deben limitarse a implementar las leyes que dicta la mayoría del Congreso. Pero responden los jueces que no ven alternativa al ver cómo la clase política adopta medidas en clara violación de leyes nacionales e internacionales. Por ejemplo, la ley que permitirá encarcelar a ciudadanos holandeses sin cargos formales y sin dar a conocer las razones de la detención y sobre la base de sospechas formuladas por agentes del servicio secreto e informantes. Por razones de seguridad interior, dice el gobierno, no se puede conocer la identidad de esos testigos anónimos ni pueden sus afirmaciones ser contrastadas o investigadas por los jueces. En última instancia, dijo el juez del Tribunal Supremo, los jueces deberán juzgar por las leyes vinculantes de tratados internacionales; vale decir, esas declaraciones anónimas y encarcelamientos arbitrarios serán declarados ilegales -como ya ocurrió, por lo demás, con leyes similares en Estados Unidos y Gran Bretaña.
Tendrán en mente los jueces, seguramente, que habida cuenta de que la inmensa mayoría de las delaciones y soplos de informantes y policías han demostrado estar mal fundados y que ello ha llevado a detenciones arbitrarias e injustificadas de gente inocente, las instancias policiales no merecen ser tratadas con privilegios de los que se priva a los acusados. Esto, dejando de lado el inmenso descaro del gobierno de pretender en este contexto que la policía sea en última instancia la que determine la culpabilidad de los acusados. Es, ciertamente, una pretensión contraria a derecho.
En general, los analistas y jueces coinciden en que estas leyes son, además, redundantes, pues la legislación vigente permite tratar todos los casos y situaciones que pretenden cubrir nuevamente las leyes anti-terroristas. Con algunos aspectos significativos -lo que también cubre el tradicional delito de apología de la violencia, cubrirá ahora una ley que condena la incitación a la violencia "contra las sociedades occidentales", una grotesca elección de palabras-, las nuevas leyes no agregan nada al cuerpo legal existente. Peor aun, para comenzar, insisten, son contrarias a la Constitución.
Los jueces dijeron que en materias de tanta transcendencia se veían obligados a intervenir por el bien del país.
Algunos diputados demócrata-cristianos protestaron diciendo que lamentaban la actitud de los jueces porque, siendo conocida su oposición a las nuevas leyes, podrían ser declarados inhabilitados para llevar casos de esa naturaleza. Esto es realmente una desfachatez, una arrogancia y una arbitrariedad del poder de asombrosa bajeza. Un paso más en el avance del régimen autoritario, pues esto es una amenaza directa: los jueces cuya oposición a las leyes anti-terroristas sea conocida serán excluidos de estos casos, que, por ende, serán entregados a jueces de los que con antelación se sepa que aprueban las nuevas leyes. Esta es una visión de la jurisprudencia, de la autoridad política y de todo lo que constituye el estado de derecho democrático que es profundamente autoritaria, francamente fascista. Los nuevos jueces serán jueces como lo fueron los chacales que cumplieron esas funciones durante el régimen de Hitler. Esta es una amenaza con la que no se puede conciliar el sueño: dentro de poco, esos jueces serán desplazados del poder judicial y quizás ellos mismos considerados individuos sospechosos.
Holanda no ha vivido nunca momentos tan trágicos y dramáticos como estos. Es una revolución fascista palaciega. A partir de la aprobación de esas leyes dentro de poco no tendrán los ciudadanos ni siquiera derecho a saber si alguien -un conocido, un familiar- se encuentra o no "detenido preventivamente". Entonces será el reino de las detenciones arbitrarias, de los campos de concentración, de los guetos, de las deportaciones al África, donde te harán desaparecer, después de robarte. Es un proceso peligroso. La ilusión en la que seguramente viven los menos decentes de entre nosotros, de que esas leyes en realidad sólo se aplicarán a sospechosos árabes, también fue denunciada también por varios juristas y es francamente repugnante. Holanda intentará convencer a sus ciudadanos y a Europa que su legislación es soberana en el reino. Para cuando algún organismo europeo dirima finalmente contra Holanda, los planes ya se habrán realizado: la expulsión, para comenzar, de 23.000 refugiados (eran 26.000) y de 250.000 ilegales en tres años y el encarcelamiento insinuado de 50.000 ciudadanos de origen árabe.
No sé si los jueces habrán pensado exactamente en esto cuando declararon sus objeciones a las nuevas leyes, pero es evidente que estos son objetivos declarados y oficiales del gobierno y que no pueden ser llevados a cabo si el poder judicial se opone a ellos y si no se aprueban leyes que son claramente contrarias a las leyes de delitos en gran parte de opinión nacionales e internacionales. Para ello es pues indispensable para el gobierno contar con el apoyo del poder judicial y, no teniéndolo, empezar una campaña para deshacerse de los jueces que se oponen a él. Inhabilitar a los jueces en casos que atañan a las nuevas leyes anti-terroristas es simplemente eliminar el último poder independiente de la resistencia demócrata en el país: el poder judicial. Con ello, la tiranía se proveería de una aparatosa armazón legal para justificar sus tropelías y bajezas.
Supone la derecha que los jueces no deben intervenir en asuntos públicos o políticos y que deben limitarse a implementar las leyes que dicta la mayoría del Congreso. Pero responden los jueces que no ven alternativa al ver cómo la clase política adopta medidas en clara violación de leyes nacionales e internacionales. Por ejemplo, la ley que permitirá encarcelar a ciudadanos holandeses sin cargos formales y sin dar a conocer las razones de la detención y sobre la base de sospechas formuladas por agentes del servicio secreto e informantes. Por razones de seguridad interior, dice el gobierno, no se puede conocer la identidad de esos testigos anónimos ni pueden sus afirmaciones ser contrastadas o investigadas por los jueces. En última instancia, dijo el juez del Tribunal Supremo, los jueces deberán juzgar por las leyes vinculantes de tratados internacionales; vale decir, esas declaraciones anónimas y encarcelamientos arbitrarios serán declarados ilegales -como ya ocurrió, por lo demás, con leyes similares en Estados Unidos y Gran Bretaña.
Tendrán en mente los jueces, seguramente, que habida cuenta de que la inmensa mayoría de las delaciones y soplos de informantes y policías han demostrado estar mal fundados y que ello ha llevado a detenciones arbitrarias e injustificadas de gente inocente, las instancias policiales no merecen ser tratadas con privilegios de los que se priva a los acusados. Esto, dejando de lado el inmenso descaro del gobierno de pretender en este contexto que la policía sea en última instancia la que determine la culpabilidad de los acusados. Es, ciertamente, una pretensión contraria a derecho.
En general, los analistas y jueces coinciden en que estas leyes son, además, redundantes, pues la legislación vigente permite tratar todos los casos y situaciones que pretenden cubrir nuevamente las leyes anti-terroristas. Con algunos aspectos significativos -lo que también cubre el tradicional delito de apología de la violencia, cubrirá ahora una ley que condena la incitación a la violencia "contra las sociedades occidentales", una grotesca elección de palabras-, las nuevas leyes no agregan nada al cuerpo legal existente. Peor aun, para comenzar, insisten, son contrarias a la Constitución.
Los jueces dijeron que en materias de tanta transcendencia se veían obligados a intervenir por el bien del país.
Algunos diputados demócrata-cristianos protestaron diciendo que lamentaban la actitud de los jueces porque, siendo conocida su oposición a las nuevas leyes, podrían ser declarados inhabilitados para llevar casos de esa naturaleza. Esto es realmente una desfachatez, una arrogancia y una arbitrariedad del poder de asombrosa bajeza. Un paso más en el avance del régimen autoritario, pues esto es una amenaza directa: los jueces cuya oposición a las leyes anti-terroristas sea conocida serán excluidos de estos casos, que, por ende, serán entregados a jueces de los que con antelación se sepa que aprueban las nuevas leyes. Esta es una visión de la jurisprudencia, de la autoridad política y de todo lo que constituye el estado de derecho democrático que es profundamente autoritaria, francamente fascista. Los nuevos jueces serán jueces como lo fueron los chacales que cumplieron esas funciones durante el régimen de Hitler. Esta es una amenaza con la que no se puede conciliar el sueño: dentro de poco, esos jueces serán desplazados del poder judicial y quizás ellos mismos considerados individuos sospechosos.
Holanda no ha vivido nunca momentos tan trágicos y dramáticos como estos. Es una revolución fascista palaciega. A partir de la aprobación de esas leyes dentro de poco no tendrán los ciudadanos ni siquiera derecho a saber si alguien -un conocido, un familiar- se encuentra o no "detenido preventivamente". Entonces será el reino de las detenciones arbitrarias, de los campos de concentración, de los guetos, de las deportaciones al África, donde te harán desaparecer, después de robarte. Es un proceso peligroso. La ilusión en la que seguramente viven los menos decentes de entre nosotros, de que esas leyes en realidad sólo se aplicarán a sospechosos árabes, también fue denunciada también por varios juristas y es francamente repugnante. Holanda intentará convencer a sus ciudadanos y a Europa que su legislación es soberana en el reino. Para cuando algún organismo europeo dirima finalmente contra Holanda, los planes ya se habrán realizado: la expulsión, para comenzar, de 23.000 refugiados (eran 26.000) y de 250.000 ilegales en tres años y el encarcelamiento insinuado de 50.000 ciudadanos de origen árabe.
No sé si los jueces habrán pensado exactamente en esto cuando declararon sus objeciones a las nuevas leyes, pero es evidente que estos son objetivos declarados y oficiales del gobierno y que no pueden ser llevados a cabo si el poder judicial se opone a ellos y si no se aprueban leyes que son claramente contrarias a las leyes de delitos en gran parte de opinión nacionales e internacionales. Para ello es pues indispensable para el gobierno contar con el apoyo del poder judicial y, no teniéndolo, empezar una campaña para deshacerse de los jueces que se oponen a él. Inhabilitar a los jueces en casos que atañan a las nuevas leyes anti-terroristas es simplemente eliminar el último poder independiente de la resistencia demócrata en el país: el poder judicial. Con ello, la tiranía se proveería de una aparatosa armazón legal para justificar sus tropelías y bajezas.
Nuevas Leyes Anti-Terroristas Causan Terror
El gobierno holandés, y la Cámara Baja, acaban de aprobar una serie de medidas de seguridad para hacer frente al peligro terrorista islámico. El gobierno presentó unas cien medidas extraordinarias. Muchos juristas argumentan que las nuevas leyes son en gran parte inútiles, en gran parte innecesarias y en muchos casos contraproducentes. Muchos de los delitos asociados al terrorismo ya son cubiertos por leyes anteriores. Y algunas de las medidas pisotean claramente la Constitución y varios tratados internacionales, sobre todo el tratado europeo de derechos humanos.
Como en otras legislaciones represivas, incluye la posibilidad de que la policía o el servicio secreto puedan detener a un ciudadano sobre el que existan sospechas, fundadas o no, de que está implicado en actividades terroristas. Las pruebas de la sospecha son secretas, lo mismo que la identidad de los denunciantes o informantes o funcionarios del servicio secreto. Los acusados no tienen derecho a consultar esas pruebas o documentos judiciales, y pueden ser encarcelados sin ser acusados formalmente hasta tres años y medio. Entre las nuevas leyes, también se encuentra la que prohíbe hacer apología del terrorismo e incluso justificar actos terroristas.
La peligrosa e irresponsable ruta que ha iniciado el gobierno y la clase política holandesa ha sido denunciado por importantes políticos y estudiosos como un alejamiento del estado de derecho, y un peligro inminente para la independencia del poder judicial. Son leyes atravesadas y no persiguen otro fin que sofocar lo poco que queda de la antigua libertad holandesa. Es absolutamente inaceptable que el gobierno quiera implantar en el país injusticias y abusos como los exhibidos por los norteamericanos en Guantánamo y Abu Ghraib. Es inaceptable que un ciudadano pueda ser detenido, privado de defensa, acusado de nada y encarcelado durante años. Y, ciertamente, es una bruta violación de los varios tratados sobre derechos humanos. Es igualmente inaceptable, y francamente ridículo, que se quiera limitar la libertad de expresión de quienes se oponen al gobierno arguyendo que por ejemplo escribir sobre el origen de la guerra santa constituye un delito.
No sorprende la arrogancia e idiotismo oficiales. Las leyes evidentemente no impedirán que los terroristas coloquen sus bombas, y la detención preventiva es un instrumento de opresión e intimidación completamente fuera de lugar. Holanda se ha empecinado en implantar un apartheid de terror para su población extranjera y musulmana y es urgente que la Unión Europea y otros organismos internacionales empiecen a hacer las indagaciones pertinentes. La situación se ha deteriorado tanto en el país que incluso saber si una persona es retenida por la policía o el servicio secreto será un trámite difícil. Holanda es hoy una tiranía. Estas medidas, en gran parte injustificadas, no harán más que exacerbar el peligro terrorista, porque el acoso y la opresión y la arbitrariedad oficiales pueden muy bien provocar la legítima indignación y rechazo de la población extranjera y musulmana.
Al mismo tiempo que aprueba estas medidas insensatas, ningún diputado mencionó siquiera el peligro mucho mayor del fascismo ni propuso leyes nuevas para combatirlo. Y mientras en el pasado los parlamentarios se han extendido sobre la muerte de un ratero marroquí, esta vez ninguno dijo nada sobre la escandalosa sentencia de un tribunal que condenó a sólo cuatro y cinco años de prisión a dos neo-nazis que intentaron matar a cinco jóvenes marroquíes el año pasado, dejando a dos de ellos gravemente heridos y lisiados. Para la Cámara, la violencia fascista no es, como se ve, clasificada como terrorismo, y las diatribas anti-musulmanas de sus simiescos miembros tampoco constituyen delito. Verdaderamente, el descaro holandés no tiene medida. Las nuevas medidas, y la libertad en que deja el gobierno y la Cámara a las jaurías fascistas, se traducirán en más actos de agresión impune contra extranjeros y musulmanes, y no es difícil imaginar que provocarán una fuerte resistencia. Es quizás lo que espera el gobierno, para declarar impunemente la consolidación de la tiranía de la extrema derecha.
Como en otras legislaciones represivas, incluye la posibilidad de que la policía o el servicio secreto puedan detener a un ciudadano sobre el que existan sospechas, fundadas o no, de que está implicado en actividades terroristas. Las pruebas de la sospecha son secretas, lo mismo que la identidad de los denunciantes o informantes o funcionarios del servicio secreto. Los acusados no tienen derecho a consultar esas pruebas o documentos judiciales, y pueden ser encarcelados sin ser acusados formalmente hasta tres años y medio. Entre las nuevas leyes, también se encuentra la que prohíbe hacer apología del terrorismo e incluso justificar actos terroristas.
La peligrosa e irresponsable ruta que ha iniciado el gobierno y la clase política holandesa ha sido denunciado por importantes políticos y estudiosos como un alejamiento del estado de derecho, y un peligro inminente para la independencia del poder judicial. Son leyes atravesadas y no persiguen otro fin que sofocar lo poco que queda de la antigua libertad holandesa. Es absolutamente inaceptable que el gobierno quiera implantar en el país injusticias y abusos como los exhibidos por los norteamericanos en Guantánamo y Abu Ghraib. Es inaceptable que un ciudadano pueda ser detenido, privado de defensa, acusado de nada y encarcelado durante años. Y, ciertamente, es una bruta violación de los varios tratados sobre derechos humanos. Es igualmente inaceptable, y francamente ridículo, que se quiera limitar la libertad de expresión de quienes se oponen al gobierno arguyendo que por ejemplo escribir sobre el origen de la guerra santa constituye un delito.
No sorprende la arrogancia e idiotismo oficiales. Las leyes evidentemente no impedirán que los terroristas coloquen sus bombas, y la detención preventiva es un instrumento de opresión e intimidación completamente fuera de lugar. Holanda se ha empecinado en implantar un apartheid de terror para su población extranjera y musulmana y es urgente que la Unión Europea y otros organismos internacionales empiecen a hacer las indagaciones pertinentes. La situación se ha deteriorado tanto en el país que incluso saber si una persona es retenida por la policía o el servicio secreto será un trámite difícil. Holanda es hoy una tiranía. Estas medidas, en gran parte injustificadas, no harán más que exacerbar el peligro terrorista, porque el acoso y la opresión y la arbitrariedad oficiales pueden muy bien provocar la legítima indignación y rechazo de la población extranjera y musulmana.
Al mismo tiempo que aprueba estas medidas insensatas, ningún diputado mencionó siquiera el peligro mucho mayor del fascismo ni propuso leyes nuevas para combatirlo. Y mientras en el pasado los parlamentarios se han extendido sobre la muerte de un ratero marroquí, esta vez ninguno dijo nada sobre la escandalosa sentencia de un tribunal que condenó a sólo cuatro y cinco años de prisión a dos neo-nazis que intentaron matar a cinco jóvenes marroquíes el año pasado, dejando a dos de ellos gravemente heridos y lisiados. Para la Cámara, la violencia fascista no es, como se ve, clasificada como terrorismo, y las diatribas anti-musulmanas de sus simiescos miembros tampoco constituyen delito. Verdaderamente, el descaro holandés no tiene medida. Las nuevas medidas, y la libertad en que deja el gobierno y la Cámara a las jaurías fascistas, se traducirán en más actos de agresión impune contra extranjeros y musulmanes, y no es difícil imaginar que provocarán una fuerte resistencia. Es quizás lo que espera el gobierno, para declarar impunemente la consolidación de la tiranía de la extrema derecha.
Populismo, Economía y Otros
Se asocia a menudo al fascismo -más todavía que al comunismo- con guerras o épocas de penurias económicas y sociales. Entonces, supuestamente por la mayor escasez de los recursos disponibles, algunos grupos se niegan a compartir sus ingresos o a contribuir de igual medida si advierten o se inventan que otros no los comparten o no contribuyen como ellos quisieran. Así se condena a la miseria y al aislamiento a grandes sectores de la población que han sido estigmatizados de esa manera. En Holanda, por ejemplo, los fascistas y otra gente de extrema derecha y de izquierdas e incluso incautos, creen que los extranjeros -con lo que, en realidad, quieren decir árabes o musulmanes o gentes del Tercer Mundo- no contribuyen lo suficiente al estado y que constituyen cargas por el uso que hacen de las prestaciones sociales. "Los árabes viven del subsidio", es un slogan repetido frecuentemente por algunos. Sin embargo, es enteramente falso. Por ejemplo, del millón de personas acogidas a la ley de incapacidad laboral sólo veinte mil son extranjeros -y debiesen ser, según creo, muchos miles más, habida cuenta que son en su mayoría obreros que realizan muchas labores peligrosas que los holandeses hace muchos años dejaron de aceptar. Por ejemplo, la mayoría de las personas acogidas a la seguridad social en Amsterdam son nativos -sin embargo, los extranjeros constituyen el 50 por ciento de la población.
Esas afirmaciones insensatas y mal intencionadas quieren engañar a la opinión pública, primero, exagerando y distorsionando salvajemente las cifras y las estadísticas y, segundo, creada esa falsa impresión, proponiendo planes para solucionar lo que ha sido definido como problema. La solución de esos problemas imaginarios se ubica normalmente en el área de la represión: por ejemplo, que se limiten esos servicios a cotizantes de origen extranjero, que pierdan incluso los derechos si no satisfacen criterios siempre nuevos y más excluyentes. Es muy difícil argumentar que un trabajador tiene menos derecho que otro por el solo hecho de pertenecer a la raza o la nacionalidad equivocada, así que se buscarán los fascistas argumentos que han de creer que son razonables, pues los proponen sin dar muestras de tener escrúpulos. Buscarán atajos. Así, proponen obligar a trabajar a desempleados de largo tiempo y que no aprueben el examen de integración, para empresas privadas, por un salario menor al salario mínimo. ¿Qué se soluciona con eso? Su explicación es que sacan a los holgazanes de sus casas y ahorran dinero, al estado y a las empresas. No entiende uno por qué han de ganar esos trabajadores menos que otros. Pero ganan las grandes empresas, y entonces, para el fascista, todo está bien. Que con eso se crea prácticamente una clase de esclavos -no pueden rechazar los trabajos que se les ofrecen y que estando en condiciones mucho más desventajosas que los otros, viven en la inseguridad, porque pueden ser despedidos en cualquier momento y perder todo derecho a la ayuda del estado o de los ayuntamientos- no preocupa en lo más mínimo al fascista. En realidad, parece que es su objetivo.
¿Por qué no le parece a un fascista que esto sea insuficiente? ¿Por qué, además de reducir a esos trabajadores al nivel de esclavos, se les agobia y amenaza con ponerlos en la calle, sin medio de vida alguno? ¿Imaginan los políticos holandeses realmente que es deseable que las calles se llenen de familias de indigentes, muchos de ellos árabes; que los hospitales se llenen de enfermos que no pueden disfrutar de servicios médicos porque no cotizan; que aumente la criminalidad en las calles? Porque esas ciertamente serán algunas de las consecuencias más inmediatas. También para ello tiene el fascista soluciones' igualmente estúpidas. "Si aumenta la criminalidad, les meteremos más policías y más leyes", dirá el fascista. ¿No se da cuenta de que empuja las cosas a un callejón sin salida -quizás sin otra salida que la violencia, porque la gente oprimida y maltratada así puede reaccionar violentamente, sobre todo si no tiene otras alternativas? ¿O es lo que persigue el fascismo?
Los ministros neo-fascistas reprochan que supuestamente los extranjeros imponen una carga muy alta al estado y que muchos -afirman que es la mayoría, lo que es una monstruosa falsedad- viven de la seguridad social y las medidas tienen por intención incentivarlos a buscar un trabajo pagado. Al mismo tiempo, se persigue a los extranjeros, se cortan o reducen todos los subsidios de fundaciones sociales o culturales -donde trabajan muchos inmigrantes-, se desalienta oficialmente su contratación en servicios del estado (porque no son confiables, dijo el jefe de la policía de Amsterdam, "debido a que tienen lealtades dobles", que es lo que decían los policías de la segregación norteamericana y del apartheid de Sudáfrica) y se amenaza abiertamente a la empresa privada que contrata a extranjeros. Naturalmente, el resultado es que las cifras de desempleo entre extranjeros son proporcionalmente más altas y eso significará a la larga, naturalmente, que su contribución al estado es cada vez menor. Todo esto en el marco de la mayor ilegalidad e inconstitucionalidad, simplemente porque la ley y la Constitución prohíbe que se discrimine sobre de la religión, la raza, el género, las opiniones y otros derechos del estado democrático. Así, para comenzar, en teoría el estado no puede siquiera hacer como si sus súbditos son de origen extranjero. No puede suponer que tiene súbditos holandeses que son en realidad extranjeros. No puede llevar listas de holandeses extranjeros. Estas medidas absurdas exigen y requieren que el estado maneje esos criterios discriminatorios. Así, un gobierno fascista logrará que su afirmación al principio irracional -"los extranjeros no trabajan"- se transformen en realidad a medida que se implementen sus políticas de exclusión de los extranjeros de la vida laboral, social y cultural del país.
Algunos parecen comprender, y hasta sentir compasión por esa visión que dice que el fascismo es una de las respuestas a tiempos difíciles y que son, en el fondo, "buenos jóvenes" un poquitín asustados. La verdad, son la escoria de la sociedad, porque esas medidas discriminatorias buscan de hecho excluir a grupos de la población -porque no quieren compartir lo que ven como sus logros- sin pensar siquiera en el dolor que causa a cientos de miles de personas y en la injusticia que representa, según no ya para principios, sino para emociones que creíamos comunes a los occidentales. Lo que pase con un árabe, si lo deportan a casa y allá lo encarcelan o torturan o matan, les da un carajo. Que se muera de hambre en la calle, que viva bajo puentes, que muera en invierno, y que reviente sin cuidados médicos, le tiene sin cuidado. Dirá que no es problema suyo. Se lo dirá incluso a gente nacida aquí, que tienen a Holanda como patria, que hablan su lengua como la materna. De hecho, le alegrará. Ha decidido que son enemigos.
Quería escribir sobre la economía y el fascismo y parece que me ido desviando. Lo que ocurre es en el fascismo la economía está íntimamente unida a la política; más bien, la economía no existe para el fascista. Así, será inútil argumentar con cifras, porque al fascista, si no le sirven de apoyo a sus aseveraciones imbéciles, no le interesan. Los estudios económicos no sirven para nada. Ni siquiera los sondeos. No le interesan en absoluto. Si es necesario, hará escribir informes que justifiquen sus medidas. Ni siquiera se parará a la hora de hacer prisioneros -para demostrar que hay enemigos. De otro modo -y este axioma sirve para entender muchas acciones de los fascistas y otros de esa canalla- no se entendería que el mismo gobierno que reproche a los inmigrantes no trabajar, por otro lado acose y persiga a los inmigrantes y los señale como elementos peligrosos de dobles lealtades y haga así imposible que haya empresarios que se atrevan a no seguirle el amén por temor a perder licitaciones, subvenciones y préstamos. Aquí, evidentemente, hay mala voluntad.
El año pasado sufrió Amsterdam -y todo el país- una fuerte recesión. Ha habido un notorio descenso del turismo -obviamente, hay menos interés en Europa por visitar la que era antiguamente la ciudad de la tolerancia- y las quiebras y el paro en la hostelería subieron a un ritmo desproporcionado. Justo en esos momentos, ministros del gobierno comentaban abiertamente que el país estaba en crisis y que se acercaban tiempos difíciles. A raíz de las proyecciones del gobierno, la bolsa y la inversión experimentaron fuertes descensos. Obviamente, si el gobierno mismo decía que las perspectivas eran sombrías, los capitales fueron retirados apresuradamente de los mercados locales. (En Estados Unidos, en medio de la recesión que causaron los atentados el llamado de Bush a la opinión pública a consumir fue quizás la declaración más cuera del presidente ese año). No es tampoco la única manera en que el gobierno contribuyó a una baja de las actividades económicas. Al mismo tiempo canceló todos los programas y proyectos locales contra el desempleo, en ramas en que trabaja un gran número de extranjeros. No son soluciones. Cuando un país necesita que el público recupere la confianza en la habilidad de los gobiernos de dirigir procesos económicos, el gobierno llama prácticamente a retirar los capitales. Cuando reclama que el desempleo es un problema, anula al mismo tiempo los proyectos de empleo y pone más gente en la calle que cuando asumió. No es de extrañar que haya cada vez más extranjeros y nativos que se quieren marchar del país. Existe la sensación de que no vale la pena. Y es un sentimiento negativo.
El problema es aparentemente simple. El fascismo se origina en una falsedad y en muchas falsedades que deben ser mantenidas vivas. Las penurias no son tanto el caldo de cultivo del fascismo -aunque algo habrá- sino más bien su propia creación, porque el fascismo adquiere legitimidad sólo en la medida en que puede demostrar que cumple una función útil: la de poner orden. El fascismo necesita la penuria y el casos, necesita la amenaza. Y para mantenerse en el poder, su única opción es recrear esa penuria, causarla mismo, y hacer creer a los ciudadanos que estamos en peligro y que vivimos momentos en los que sin su ayuda -sin las fuerzas de orden, las leyes especiales, las cárceles clandestinas, las desapariciones, las detenciones arbitrarias, los despidos racistas, la discriminación, la segregación- el país se arruinaría.
Por supuesto, es falso que el país atraviese o esté a punto de atravesar una grave crisis económica. Una bajas de las actividades ha habido y sus efectos han sido notorios, pero, una parte es un producto natural factores contingentes -como la menor exportación debida al aumento del valor del euro-, y otra es el producto de las propias políticas del gobierno (cierre de fundaciones, talleres, escuelas, institutos, pequeñas empresas).
Es por razones de este orden que el fascismo enfatiza el peligro del terrorismo musulmán. Para el gobierno, nueve terroristas tienen al país en vilo y le han declarado la guerra. Ahora vivimos un estado de excepción porque todavía hay que identificar y detectar a otros amigos y simpatizantes de los terroristas -que no sabremos quiénes son, kafkaniamente hablando, sino cuando los apresemos. ¡Nueve enemigos tiene Holanda! Y así el fascista va acumulando más y más medidas, cual de todas más estúpida y enervante pero cuyas intenciones son claras. Pues, ¿qué pretenderá el diputado fascista Wilders con su plan de deportar de 50.000 árabesestadísticamente sospechosos de tener simpatías por el fundamentalismo?¿Qué solución tienen en mente los políticos de La Haya que propusieron crear guetos en las ciudades con árabes para poder controlarlos mejor. "Los árabes son todos iguales y es difícil identificarlos. En un gueto se puede controlar quién entra y quién sale", se leía en una revista de prestigio de esa ciudad.
¿Es posible que se hable en estos términos en Holanda y nadie diga nada? Estas políticas -si alguna vez llegan a aplicarse- no solucionarán nada. No han sido pensadas con la intención de solucionar nada, sino con la intención de castigar a un grupo de la población culpable de ser de origen árabe. Todo árabe es un posible terrorista, dice el fascista de estos días. Y este tratamiento, o medidas similares, van seguramente a provocar estallidos sociales, quizás incluso más terrorismo, que los que pretenden evitar. Y así el fascista podrá justificar -en caso de que haya resistencia- medidas todavía más estrictas contra los supuestos enemigos árabes o extranjeros. La solución última, inscrita en la naturaleza del pensamiento del fascista es la eliminación del otro -social, económica, política, cultural- del paisaje social. Lo intentarán primero con las deportaciones. La creación de guetos. Los campos de trabajo o el trabajo obligatorio. Las tarjetas de integración. Los nazis utilizaron todas estas técnicas, y terminaron decretando el exterminio de los judíos.
El ánimo de destrucción, el odio del fascista no tiene origen ni explicación. Es la voluntad de causar el mal, de hacer sufrir, de causar dolor y miserias. Es la presencia del demonio. Su propósito es causar aflicción. Sus medidas económicas no van destinadas a solucionar problemas económicos, sino a crear problemas que puedan solucionar de manera bruta y violenta. Piénsese en la postura fascista, que caracteriza el discurso del führer platinado de Holanda: exige que los musulmanes se integren a la sociedad, y afirma al mismo tiempo que el islam y el occidente son incompatibles, que nunca lo serán. Piénsese en la hija de Hitler', que dice respetar el deseo del Parlamento de revisar la deportación de 26.000 refugiados y luego deporta a una parte en secreto e ilegalmente a Nigeria y otros países de África que no son sus países de origen -a los que los refugiados obviamente se han negado a volver, pues de ellos vienen justamente escapando. Quiero decir, el fascista no tiene escrúpulos, miente, distorsiona, tuerce, inventa, fabula, monta falsedades.
Para el fascismo la economía sirve objetivos políticos. Ahora hay que destruirla, porque hay que llegar a los extranjeros. Pero si es posible hacerlos útiles, se les pondrá en régimen de apartheid o de semi-esclavitud. Si protestan y se resisten, serán considerados terroristas y encarcelados. Se les medirá. Se inventarán "valores nacionales" que nadie conocía y en los que nadie cree que existan. Se amenazará a los nativos que se opongan. Entretanto, para explotar esa fuerza de trabajo, los podrán trabajar por menos salario que las personas normales. Se les robará en la frontera, al entrar, por concepto de establecimiento o alguna otra falacia. Se les acosará. Hasta que se vayan. O hasta que acepten a la nueva raza o grupo superior. La economía y los recursos del estado se ponen al servicio de planes estúpidos ni que redactados por simios.
Por eso, entre otras cosas, es tan irritante que los partidos de derechas, e incluso algunos de izquierda, consideren a los fascistas como "nuestros jóvenes". Son, en realidad, los enemigos. Son el Mal, enemigos de Dios y del pueblo. Todos seremos sus víctimas: conservadores, liberales, demócratas, comunistas, musulmanes, judíos, árabes, refugiados, viejos, enfermos terminales. Los fascistas y neo-nazis no son "nuestros jóvenes". Son la canalla, son los enemigos de la libertad y de la moral, son los corruptos e imbéciles. Representan la pequeñez, la maldad, la codicia. Satanás en la Tierra.
Esas afirmaciones insensatas y mal intencionadas quieren engañar a la opinión pública, primero, exagerando y distorsionando salvajemente las cifras y las estadísticas y, segundo, creada esa falsa impresión, proponiendo planes para solucionar lo que ha sido definido como problema. La solución de esos problemas imaginarios se ubica normalmente en el área de la represión: por ejemplo, que se limiten esos servicios a cotizantes de origen extranjero, que pierdan incluso los derechos si no satisfacen criterios siempre nuevos y más excluyentes. Es muy difícil argumentar que un trabajador tiene menos derecho que otro por el solo hecho de pertenecer a la raza o la nacionalidad equivocada, así que se buscarán los fascistas argumentos que han de creer que son razonables, pues los proponen sin dar muestras de tener escrúpulos. Buscarán atajos. Así, proponen obligar a trabajar a desempleados de largo tiempo y que no aprueben el examen de integración, para empresas privadas, por un salario menor al salario mínimo. ¿Qué se soluciona con eso? Su explicación es que sacan a los holgazanes de sus casas y ahorran dinero, al estado y a las empresas. No entiende uno por qué han de ganar esos trabajadores menos que otros. Pero ganan las grandes empresas, y entonces, para el fascista, todo está bien. Que con eso se crea prácticamente una clase de esclavos -no pueden rechazar los trabajos que se les ofrecen y que estando en condiciones mucho más desventajosas que los otros, viven en la inseguridad, porque pueden ser despedidos en cualquier momento y perder todo derecho a la ayuda del estado o de los ayuntamientos- no preocupa en lo más mínimo al fascista. En realidad, parece que es su objetivo.
¿Por qué no le parece a un fascista que esto sea insuficiente? ¿Por qué, además de reducir a esos trabajadores al nivel de esclavos, se les agobia y amenaza con ponerlos en la calle, sin medio de vida alguno? ¿Imaginan los políticos holandeses realmente que es deseable que las calles se llenen de familias de indigentes, muchos de ellos árabes; que los hospitales se llenen de enfermos que no pueden disfrutar de servicios médicos porque no cotizan; que aumente la criminalidad en las calles? Porque esas ciertamente serán algunas de las consecuencias más inmediatas. También para ello tiene el fascista soluciones' igualmente estúpidas. "Si aumenta la criminalidad, les meteremos más policías y más leyes", dirá el fascista. ¿No se da cuenta de que empuja las cosas a un callejón sin salida -quizás sin otra salida que la violencia, porque la gente oprimida y maltratada así puede reaccionar violentamente, sobre todo si no tiene otras alternativas? ¿O es lo que persigue el fascismo?
Los ministros neo-fascistas reprochan que supuestamente los extranjeros imponen una carga muy alta al estado y que muchos -afirman que es la mayoría, lo que es una monstruosa falsedad- viven de la seguridad social y las medidas tienen por intención incentivarlos a buscar un trabajo pagado. Al mismo tiempo, se persigue a los extranjeros, se cortan o reducen todos los subsidios de fundaciones sociales o culturales -donde trabajan muchos inmigrantes-, se desalienta oficialmente su contratación en servicios del estado (porque no son confiables, dijo el jefe de la policía de Amsterdam, "debido a que tienen lealtades dobles", que es lo que decían los policías de la segregación norteamericana y del apartheid de Sudáfrica) y se amenaza abiertamente a la empresa privada que contrata a extranjeros. Naturalmente, el resultado es que las cifras de desempleo entre extranjeros son proporcionalmente más altas y eso significará a la larga, naturalmente, que su contribución al estado es cada vez menor. Todo esto en el marco de la mayor ilegalidad e inconstitucionalidad, simplemente porque la ley y la Constitución prohíbe que se discrimine sobre de la religión, la raza, el género, las opiniones y otros derechos del estado democrático. Así, para comenzar, en teoría el estado no puede siquiera hacer como si sus súbditos son de origen extranjero. No puede suponer que tiene súbditos holandeses que son en realidad extranjeros. No puede llevar listas de holandeses extranjeros. Estas medidas absurdas exigen y requieren que el estado maneje esos criterios discriminatorios. Así, un gobierno fascista logrará que su afirmación al principio irracional -"los extranjeros no trabajan"- se transformen en realidad a medida que se implementen sus políticas de exclusión de los extranjeros de la vida laboral, social y cultural del país.
Algunos parecen comprender, y hasta sentir compasión por esa visión que dice que el fascismo es una de las respuestas a tiempos difíciles y que son, en el fondo, "buenos jóvenes" un poquitín asustados. La verdad, son la escoria de la sociedad, porque esas medidas discriminatorias buscan de hecho excluir a grupos de la población -porque no quieren compartir lo que ven como sus logros- sin pensar siquiera en el dolor que causa a cientos de miles de personas y en la injusticia que representa, según no ya para principios, sino para emociones que creíamos comunes a los occidentales. Lo que pase con un árabe, si lo deportan a casa y allá lo encarcelan o torturan o matan, les da un carajo. Que se muera de hambre en la calle, que viva bajo puentes, que muera en invierno, y que reviente sin cuidados médicos, le tiene sin cuidado. Dirá que no es problema suyo. Se lo dirá incluso a gente nacida aquí, que tienen a Holanda como patria, que hablan su lengua como la materna. De hecho, le alegrará. Ha decidido que son enemigos.
Quería escribir sobre la economía y el fascismo y parece que me ido desviando. Lo que ocurre es en el fascismo la economía está íntimamente unida a la política; más bien, la economía no existe para el fascista. Así, será inútil argumentar con cifras, porque al fascista, si no le sirven de apoyo a sus aseveraciones imbéciles, no le interesan. Los estudios económicos no sirven para nada. Ni siquiera los sondeos. No le interesan en absoluto. Si es necesario, hará escribir informes que justifiquen sus medidas. Ni siquiera se parará a la hora de hacer prisioneros -para demostrar que hay enemigos. De otro modo -y este axioma sirve para entender muchas acciones de los fascistas y otros de esa canalla- no se entendería que el mismo gobierno que reproche a los inmigrantes no trabajar, por otro lado acose y persiga a los inmigrantes y los señale como elementos peligrosos de dobles lealtades y haga así imposible que haya empresarios que se atrevan a no seguirle el amén por temor a perder licitaciones, subvenciones y préstamos. Aquí, evidentemente, hay mala voluntad.
El año pasado sufrió Amsterdam -y todo el país- una fuerte recesión. Ha habido un notorio descenso del turismo -obviamente, hay menos interés en Europa por visitar la que era antiguamente la ciudad de la tolerancia- y las quiebras y el paro en la hostelería subieron a un ritmo desproporcionado. Justo en esos momentos, ministros del gobierno comentaban abiertamente que el país estaba en crisis y que se acercaban tiempos difíciles. A raíz de las proyecciones del gobierno, la bolsa y la inversión experimentaron fuertes descensos. Obviamente, si el gobierno mismo decía que las perspectivas eran sombrías, los capitales fueron retirados apresuradamente de los mercados locales. (En Estados Unidos, en medio de la recesión que causaron los atentados el llamado de Bush a la opinión pública a consumir fue quizás la declaración más cuera del presidente ese año). No es tampoco la única manera en que el gobierno contribuyó a una baja de las actividades económicas. Al mismo tiempo canceló todos los programas y proyectos locales contra el desempleo, en ramas en que trabaja un gran número de extranjeros. No son soluciones. Cuando un país necesita que el público recupere la confianza en la habilidad de los gobiernos de dirigir procesos económicos, el gobierno llama prácticamente a retirar los capitales. Cuando reclama que el desempleo es un problema, anula al mismo tiempo los proyectos de empleo y pone más gente en la calle que cuando asumió. No es de extrañar que haya cada vez más extranjeros y nativos que se quieren marchar del país. Existe la sensación de que no vale la pena. Y es un sentimiento negativo.
El problema es aparentemente simple. El fascismo se origina en una falsedad y en muchas falsedades que deben ser mantenidas vivas. Las penurias no son tanto el caldo de cultivo del fascismo -aunque algo habrá- sino más bien su propia creación, porque el fascismo adquiere legitimidad sólo en la medida en que puede demostrar que cumple una función útil: la de poner orden. El fascismo necesita la penuria y el casos, necesita la amenaza. Y para mantenerse en el poder, su única opción es recrear esa penuria, causarla mismo, y hacer creer a los ciudadanos que estamos en peligro y que vivimos momentos en los que sin su ayuda -sin las fuerzas de orden, las leyes especiales, las cárceles clandestinas, las desapariciones, las detenciones arbitrarias, los despidos racistas, la discriminación, la segregación- el país se arruinaría.
Por supuesto, es falso que el país atraviese o esté a punto de atravesar una grave crisis económica. Una bajas de las actividades ha habido y sus efectos han sido notorios, pero, una parte es un producto natural factores contingentes -como la menor exportación debida al aumento del valor del euro-, y otra es el producto de las propias políticas del gobierno (cierre de fundaciones, talleres, escuelas, institutos, pequeñas empresas).
Es por razones de este orden que el fascismo enfatiza el peligro del terrorismo musulmán. Para el gobierno, nueve terroristas tienen al país en vilo y le han declarado la guerra. Ahora vivimos un estado de excepción porque todavía hay que identificar y detectar a otros amigos y simpatizantes de los terroristas -que no sabremos quiénes son, kafkaniamente hablando, sino cuando los apresemos. ¡Nueve enemigos tiene Holanda! Y así el fascista va acumulando más y más medidas, cual de todas más estúpida y enervante pero cuyas intenciones son claras. Pues, ¿qué pretenderá el diputado fascista Wilders con su plan de deportar de 50.000 árabesestadísticamente sospechosos de tener simpatías por el fundamentalismo?¿Qué solución tienen en mente los políticos de La Haya que propusieron crear guetos en las ciudades con árabes para poder controlarlos mejor. "Los árabes son todos iguales y es difícil identificarlos. En un gueto se puede controlar quién entra y quién sale", se leía en una revista de prestigio de esa ciudad.
¿Es posible que se hable en estos términos en Holanda y nadie diga nada? Estas políticas -si alguna vez llegan a aplicarse- no solucionarán nada. No han sido pensadas con la intención de solucionar nada, sino con la intención de castigar a un grupo de la población culpable de ser de origen árabe. Todo árabe es un posible terrorista, dice el fascista de estos días. Y este tratamiento, o medidas similares, van seguramente a provocar estallidos sociales, quizás incluso más terrorismo, que los que pretenden evitar. Y así el fascista podrá justificar -en caso de que haya resistencia- medidas todavía más estrictas contra los supuestos enemigos árabes o extranjeros. La solución última, inscrita en la naturaleza del pensamiento del fascista es la eliminación del otro -social, económica, política, cultural- del paisaje social. Lo intentarán primero con las deportaciones. La creación de guetos. Los campos de trabajo o el trabajo obligatorio. Las tarjetas de integración. Los nazis utilizaron todas estas técnicas, y terminaron decretando el exterminio de los judíos.
El ánimo de destrucción, el odio del fascista no tiene origen ni explicación. Es la voluntad de causar el mal, de hacer sufrir, de causar dolor y miserias. Es la presencia del demonio. Su propósito es causar aflicción. Sus medidas económicas no van destinadas a solucionar problemas económicos, sino a crear problemas que puedan solucionar de manera bruta y violenta. Piénsese en la postura fascista, que caracteriza el discurso del führer platinado de Holanda: exige que los musulmanes se integren a la sociedad, y afirma al mismo tiempo que el islam y el occidente son incompatibles, que nunca lo serán. Piénsese en la hija de Hitler', que dice respetar el deseo del Parlamento de revisar la deportación de 26.000 refugiados y luego deporta a una parte en secreto e ilegalmente a Nigeria y otros países de África que no son sus países de origen -a los que los refugiados obviamente se han negado a volver, pues de ellos vienen justamente escapando. Quiero decir, el fascista no tiene escrúpulos, miente, distorsiona, tuerce, inventa, fabula, monta falsedades.
Para el fascismo la economía sirve objetivos políticos. Ahora hay que destruirla, porque hay que llegar a los extranjeros. Pero si es posible hacerlos útiles, se les pondrá en régimen de apartheid o de semi-esclavitud. Si protestan y se resisten, serán considerados terroristas y encarcelados. Se les medirá. Se inventarán "valores nacionales" que nadie conocía y en los que nadie cree que existan. Se amenazará a los nativos que se opongan. Entretanto, para explotar esa fuerza de trabajo, los podrán trabajar por menos salario que las personas normales. Se les robará en la frontera, al entrar, por concepto de establecimiento o alguna otra falacia. Se les acosará. Hasta que se vayan. O hasta que acepten a la nueva raza o grupo superior. La economía y los recursos del estado se ponen al servicio de planes estúpidos ni que redactados por simios.
Por eso, entre otras cosas, es tan irritante que los partidos de derechas, e incluso algunos de izquierda, consideren a los fascistas como "nuestros jóvenes". Son, en realidad, los enemigos. Son el Mal, enemigos de Dios y del pueblo. Todos seremos sus víctimas: conservadores, liberales, demócratas, comunistas, musulmanes, judíos, árabes, refugiados, viejos, enfermos terminales. Los fascistas y neo-nazis no son "nuestros jóvenes". Son la canalla, son los enemigos de la libertad y de la moral, son los corruptos e imbéciles. Representan la pequeñez, la maldad, la codicia. Satanás en la Tierra.
El Mal Se Oculta Tras Deportaciones
El Mal encarnado en ideologías, movimientos e individuos filonazis, fascistas y de extrema derecha sigue activo en Europa y es un deber de todo ciudadano no sólo recordar los horrores del exterminio de los judíos, sino impedir que cosas semejantes vuelvan a ocurrir. El exterminio fue la solución final' para terminar con largos años de discriminación y acoso de los judíos y otras razas y grupos étnicos que los nazis consideraban inferiores. Antes de la solución final, los nazis intentaron otras medidas; la más conocida, la deportación. Finalmente, deportación y muerte fue para los nazis, lo mismo. Como lo fue para los serbios cuando intentaron exterminar a los bosnios musulmanes, con la espantosa colaboración de tropas holandesas. Y ahora, tiembla uno al decirlo, hay partidos políticos y gobiernos que proponen la deportación de grupos de la población como solución para problemas que sólo el odio permite tener como tales.
En la semana nos enteramos que el gobierno holandés ha cerrado un acuerdo secreto con Nigeria y otros países africanos mediante el cual esos países, a cambio de dinero o ayuda al desarrollo, se comprometen a recibir a refugiados que el gobierno holandés ha rechazado y decidido deportar. Muchos de esos refugiados retornados a Nigeria no son nigerianos, y al hacer esto Holanda viola los tratados internacionales que regulan el derecho de asilo. El gobierno decidió expulsar en 2004 a 26.000 refugiados. De estos, 2 mil han recibido finalmente un permiso de residencia. Unos 600 han entrado en la clandestinidad. Unos 2 mil, según el gobierno, han partido con destino desconocido. La verdad es que el destino de algunos se conoce. Fueron deportados a Nigeria. Allí su rastro se pierde. Han desaparecido. El gobierno dice que no es responsable de esa gente una vez que cruzan la frontera. Es lo mismo que decía el gobierno holandés en la 2a Guerra, en la época en que el país colaboró con los nazis.
Preocupa y debe preocupar lo que ocurre en Holanda. Su gobierno, empecinado en una furiosa e irracional campaña xenófoba, ha anunciado todo tipo de medidas contra algunos grupos de extranjeros. Ha anunciado que se propone deportar a 250.000 ilegales en el país en los próximos años. Ha anunciado la imposición de una tarjeta que medirá lo que llama el grado de integración' de los extranjeros -vale decir, como acusaron algunos políticos liberales y sobrevivientes del holocausto, la reintroducción de la estrella de David. Se preparan medidas contra los extranjeros que no se integren -como su exclusión de la seguridad social y del servicio médico. Se prepara para obligar a ciertos grupos de extranjeros a vivir en guetos, haciendo imposible que puedan vivir o mudarse libremente (como los extranjeros tienen ingresos mínimos, impondrán una tarifa de alquileres que estos no puedan pagar en ciertos barrios de nativos). El Mal anda disfrazado. Hay que volver a empujarlo al infierno.
En la semana nos enteramos que el gobierno holandés ha cerrado un acuerdo secreto con Nigeria y otros países africanos mediante el cual esos países, a cambio de dinero o ayuda al desarrollo, se comprometen a recibir a refugiados que el gobierno holandés ha rechazado y decidido deportar. Muchos de esos refugiados retornados a Nigeria no son nigerianos, y al hacer esto Holanda viola los tratados internacionales que regulan el derecho de asilo. El gobierno decidió expulsar en 2004 a 26.000 refugiados. De estos, 2 mil han recibido finalmente un permiso de residencia. Unos 600 han entrado en la clandestinidad. Unos 2 mil, según el gobierno, han partido con destino desconocido. La verdad es que el destino de algunos se conoce. Fueron deportados a Nigeria. Allí su rastro se pierde. Han desaparecido. El gobierno dice que no es responsable de esa gente una vez que cruzan la frontera. Es lo mismo que decía el gobierno holandés en la 2a Guerra, en la época en que el país colaboró con los nazis.
Preocupa y debe preocupar lo que ocurre en Holanda. Su gobierno, empecinado en una furiosa e irracional campaña xenófoba, ha anunciado todo tipo de medidas contra algunos grupos de extranjeros. Ha anunciado que se propone deportar a 250.000 ilegales en el país en los próximos años. Ha anunciado la imposición de una tarjeta que medirá lo que llama el grado de integración' de los extranjeros -vale decir, como acusaron algunos políticos liberales y sobrevivientes del holocausto, la reintroducción de la estrella de David. Se preparan medidas contra los extranjeros que no se integren -como su exclusión de la seguridad social y del servicio médico. Se prepara para obligar a ciertos grupos de extranjeros a vivir en guetos, haciendo imposible que puedan vivir o mudarse libremente (como los extranjeros tienen ingresos mínimos, impondrán una tarifa de alquileres que estos no puedan pagar en ciertos barrios de nativos). El Mal anda disfrazado. Hay que volver a empujarlo al infierno.
No Debe Volver a Ocurrir
Luego de Auschwitz, vino Camboya, Ruanda, ahora Darfur, en los años noventa Bosnia. En Srebrenica, en 1995, se produjo la matanza más atroz en Europa des de 1945, cuando tropas serbias -con la colaboración de tropas holandesas- masacraron a 7.800 niños y hombres musulmanes. Cada vez que se conmemora Auschwitz, se dice que no debe volver a ocurrir. Sin embargo, ocurre, y Europa lo tolera. De los criminales de Srebrenica, sólo unos pocos serán juzgados, y el gobierno serbio -que se quiere integrar a la UE- continúa protegiendo a algunos de ellos. ¿Cómo evitar que vuelva a ocurrir? Naturalmente, hay que castigar con la máxima severidad a todos sus culpables, no solamente a los cabecillas y cerebros de esos crímenes. Los países que se nieguen a juzgar o que protejan a criminales deben ser duramente castigados. Y la justicia debe aplicarse de manera drástica tanto a quienes dieron las órdenes como a los que las acataron y ejecutaron.
Es inadmisible también que se tolere la existencia de partidos neo-nazis y otros de extrema derecha, como el NDP alemán o el Vlaams Belang belga, o que se permita a organizaciones e individuos de ideologías que se caracterizan por ser totalitarias y discriminatorias que participen en la vida política. Es incluso inadmisible permitir que gocen de libertades ciudadanas. Son criminales y deben ser activamente perseguidos por los partidos democráticos, la prensa y la ciudadanía. Los individuos que promuevan el odio y la discriminación de los otros deben ser simplemente despojados de sus derechos ciudadanos. Es ridículo que al día siguiente de que los tribunales prohíban, por ejemplo, al partido fascista belga, sus dirigentes continúen sus actividades bajo otro nombre. La UE debe reforzar la vigilancia. Holanda está deportando en secreto e ilegalmente refugiados a Nigeria. Su destino es desconocido. ¿Un Auschwitz por encargo? No debe volver a ocurrir, repetimos todos, sin hacer nada.
Es inadmisible también que se tolere la existencia de partidos neo-nazis y otros de extrema derecha, como el NDP alemán o el Vlaams Belang belga, o que se permita a organizaciones e individuos de ideologías que se caracterizan por ser totalitarias y discriminatorias que participen en la vida política. Es incluso inadmisible permitir que gocen de libertades ciudadanas. Son criminales y deben ser activamente perseguidos por los partidos democráticos, la prensa y la ciudadanía. Los individuos que promuevan el odio y la discriminación de los otros deben ser simplemente despojados de sus derechos ciudadanos. Es ridículo que al día siguiente de que los tribunales prohíban, por ejemplo, al partido fascista belga, sus dirigentes continúen sus actividades bajo otro nombre. La UE debe reforzar la vigilancia. Holanda está deportando en secreto e ilegalmente refugiados a Nigeria. Su destino es desconocido. ¿Un Auschwitz por encargo? No debe volver a ocurrir, repetimos todos, sin hacer nada.
Auschwitz por Encargo
No hay que olvidar Auschwitz se dice a menudo, y parece fácil decirlo. Sin embargo, desde la 2a Guerra, ha vuelto ocurrir en muchas partes del mundo. También en Europa: en julio de 1995, en Srebrenica, cuando tropas serbias con la colaboración de tropas holandesas terminaron con la vida de 7.800 niños y hombres musulmanes en la antigua Yugoslavia. No debe volver a ocurrir. Sin embargo, ocurre y Europa lo tolera. De los criminales de Srebrenica sólo unos pocos serán juzgados. Algunos fugitivos todavía son protegidos por las autoridades serbias -que además pretenden ser miembros de la UE. Sus cómplices holandeses están todos en libertad. Es indispensable que la UE termine con esos reductos del odio fascista que todavía controlan a algunos países europeos. Y quizás contribuiría que responsables y ejecutores de crímenes semejantes sean juzgados con la mayor severidad. Hay que juzgar y castigar no sólo a los que dieron esas órdenes, sino también a los que las ejecutaron.
Un principio simple como este podría prevenir muchos crímenes. Si el soldado raso, el agente de policía, el miliciano y el simple hijo de vecino supieran que recibirán las mismas penas drásticas que sus jefes por obedecer órdenes semejantes quizás habría menos criminales y menos crímenes. ¿Qué temen los estados? Eliminar el principio de autoridad no implicaría ningún caos. Los subalternos y la población en general deben acostumbrarse a vivir en un régimen legal que penalice el acatamiento de órdenes que violen claramente los derechos humanos. No oponerse resueltamente a la violación de esos derechos, si fuera necesario recurriendo a la fuerza, debe ser considerado un delito. Esos mismos soldados holandeses que participaron en la matanza de Srebrenica son miembros de otras misiones de la ONU. Cosas como estas son inadmisibles. Mientras los individuos puedan refugiarse en la ficción de que obedecieron órdenes, nada cambiará.
En la 2a Guerra, la policía holandesa que colaboró con los alemanes y que se ocupó de la deportación de los judíos hacia los campos de concentración en Alemania y Polonia (son los tres países donde el exterminio fue más eficiente) no fue castigada ni purgada. Esos criminales viven todavía. Todos han olvidado que Holanda formó parte del imperio nazi. Y quiere el país nuevamente hacer experimentos socio-raciales. Ya se ha iniciado la deportación masiva de miles de refugiados. Están siendo trasladados ilegalmente y en secreto a Nigeria y otros países africanos. Cientos de ellos han desaparecido'. El gobierno holandés declara que no es responsable de lo que les ocurra tras cruzar la frontera. Es lo mismo que decía la policía de Amsterdam cuando deportaba a los judíos. ¿Dónde están los deportados? Auschwitz no puede volver a ocurrir. Ni Srebrenica. Ni en África, por encargo, que es lo que parece que está ocurriendo ahora. Hay que preguntar a Holanda: ¿Dónde están esos 2.000 refugiados con destino desconocido?
Un principio simple como este podría prevenir muchos crímenes. Si el soldado raso, el agente de policía, el miliciano y el simple hijo de vecino supieran que recibirán las mismas penas drásticas que sus jefes por obedecer órdenes semejantes quizás habría menos criminales y menos crímenes. ¿Qué temen los estados? Eliminar el principio de autoridad no implicaría ningún caos. Los subalternos y la población en general deben acostumbrarse a vivir en un régimen legal que penalice el acatamiento de órdenes que violen claramente los derechos humanos. No oponerse resueltamente a la violación de esos derechos, si fuera necesario recurriendo a la fuerza, debe ser considerado un delito. Esos mismos soldados holandeses que participaron en la matanza de Srebrenica son miembros de otras misiones de la ONU. Cosas como estas son inadmisibles. Mientras los individuos puedan refugiarse en la ficción de que obedecieron órdenes, nada cambiará.
En la 2a Guerra, la policía holandesa que colaboró con los alemanes y que se ocupó de la deportación de los judíos hacia los campos de concentración en Alemania y Polonia (son los tres países donde el exterminio fue más eficiente) no fue castigada ni purgada. Esos criminales viven todavía. Todos han olvidado que Holanda formó parte del imperio nazi. Y quiere el país nuevamente hacer experimentos socio-raciales. Ya se ha iniciado la deportación masiva de miles de refugiados. Están siendo trasladados ilegalmente y en secreto a Nigeria y otros países africanos. Cientos de ellos han desaparecido'. El gobierno holandés declara que no es responsable de lo que les ocurra tras cruzar la frontera. Es lo mismo que decía la policía de Amsterdam cuando deportaba a los judíos. ¿Dónde están los deportados? Auschwitz no puede volver a ocurrir. Ni Srebrenica. Ni en África, por encargo, que es lo que parece que está ocurriendo ahora. Hay que preguntar a Holanda: ¿Dónde están esos 2.000 refugiados con destino desconocido?