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España y Marruecos en Haití

Se dice a menudo que España es el puente con el mundo árabe. Y esta iniciativa debe celebrarse como un gran paso adelante en el acercamiento de Marruecos al concierto internacional. No es el primer país árabe en una intervención militar de paz, pero sí es una gran noticia que Marruecos lo haga junto a España, que era hasta hace poco uno de los aliados que atacaron tan injustificadamente a Iraq.
Marruecos ha sido víctima de atroces atentados terroristas y es el escenario de los incontables y sangrientos crímenes que cometen casi día a día sus fanáticos fundamentalistas.
Desde hace años, y ciertamente desde Casablanca, Marruecos ha sido un aliado leal en la lucha contra el terrorismo. Y ha incrementado su colaboración con Occidente desde los atentados del 11 de marzo.
Al mismo tiempo, ha dado pasos que conducirán si Dios quiere a un Marruecos más humano y cercano. Su ministro del Interior viene de anunciar la presentación de un proyecto de ley que transformará la tortura en delito.
Hay que destacar el coraje de Marruecos en acoger esta ley tan necesaria en momentos tan difíciles. En otros países justamente la amenaza terrorista ha proporcionado a gobernantes deshonestos una excusa ideal para limitar las libertades civiles y atacar a la población disidente de sus países.
También ha anunciado Marruecos iniciativas que podrían conducir a una mayor democratización, hacia una monarquía constitucional.
Marruecos, como otros países árabes, es un blanco del terrorismo. El país ha sido atacado innumerables veces. Ha dejado a miles de sus ciudadanos en el altar de los criminales.
Pero la amenaza fundamentalista es todavía peor para Marruecos que para Europa. Marruecos hace parte de ese mundo que de acuerdo a sus fanáticos debe vivir según las reglas que les pueda dictar la estrafalaria secta de Al Qaeda.
Por otro lado, ha de temerse la reacción de los fanáticos, que verán en estos desarrollos una grave amenaza a sus planes estratégicos y que tratarán de sabotear cueste lo que cueste.
Entretanto, España y Marruecos ofrecen al mundo la perspectiva de una relación con el mundo árabe que no debió atraer nunca la ira de nuestro bobo gigante.
Y Haití no puede más que sacar sano provecho de fuerzas que necesita.
Es bueno que se sepa, y que se repita, que los árabes y los ciudadanos de a pie de Europa estamos del mismo lado de la barricada en la lucha contra el fanatismo y el terror.

28 de julio de 2004

¿Por Qué Echar a Esos 26.000 Refugiados?

Esta fue la decisión que adoptó el gobierno holandés en febrero de este año.
El gobierno no ha explicitado a menudo las razones de esta decisión y sus portavoces se limitan por lo general a decir que son los jueces los que han decidido la expulsión y que sus departamentos se limitan meramente a cumplir órdenes judiciales.
En otras palabras, parecen proponer esos políticos, el programa de gobierno se redactó para despejar los archiveros de los tribunales. La hipocresía ha sido norma de los gobernantes de esta época. Y una manera de eludir responsabilidades.
Pero hablando seriamente ninguna autoridad ha dicho nada con sentido. O con alguna verosimilitud. Y los partidos de oposición han optado por no hacer preguntas comprometedoras.
Algunos políticos de gobierno han salido con memeces memorables, como que el país está lleno o que hay conflictos étnicos en el país.
Veinte y seis mil personas no es una gran cantidad de personas. El año pasado solamente Holanda expulsó a cerca de 30 mil ilegales (no refugiados, o no sabe). Israel expulsó a 100 mil inmigrantes. Otros países expulsan a ilegales. 26 mil es en realidad una cifra baja. No significa un problema de capacidad de acogida del país; países infinitamente más pobres, como algunos países árabes y africanos, recogen a cientos de miles y a millones de refugiados. Jordania tiene más de dos millones de refugiados. (Al revés, 30 mil holandeses encuentran otro país de acogida al año).
Es una cifra baja.
Además, piénsese, son familias que viven aquí hace al menos cinco años; nueve años algunas. Sus hijos han nacido aquí; son holandeses; van a la escuela; sus padres trabajan aquí y están lo que se dice integrados. No son una carga para Holanda. Con ellos Holanda ganaba gente valiosa. Profesionales que el país necesita.
Así, ¿por qué no hay lugar para ellos?
Que hay falta de espacio es una estupidez. Pero suena todavía más estúpido si se considera que al mismo tiempo el gobierno ha puesto en marcha un plan que implicará el asentamiento en el país de 150 mil personas de la antigua Europa del Este en los próximos cinco años.
No podrá argumentar que no hay espacio para 26 mil, pero sí para seis veces esa cifra. La mala fe es evidente.
¿Cuál es pues la diferencia entre esos dos grupos de extranjeros? Los refugiados provienen de Somalia, Sudán, Iraq, Irán, Bosnia, Afganistán. Son en su mayoría musulmanes. Son en su mayoría árabes. O negros. Los inmigrantes de Europa del Este son en su mayoría cristianos. Y blancos.
Algunas autoridades argumentan que los refugiados son en realidad simples refugiados económicos. Como si la gente de Europa del Este no lo fuera. Como si todos nosotros no lo fuéramos. Como si Holanda no necesitara justamente refugiados, mejor, extranjeros de todo tipo para mantener en pie el país, dicho simple y llanamente.
Pero el gobierno holandés, aunque tiene un partido cristiano de extremas, no es abiertamente cristiano. Tampoco lo es el país. Es un país cristiano en el sentido de que es un país protestante con profundas raíces germánicas, pero no es ciertamente un país donde hoy por hoy ser o no ser cristiano tenga alguna relevancia.
Así, si no se les expulsa por no ser cristianos, no nos queda otro argumento que se les expulsa por no ser blancos. O, mejor, por no ser occidentales. (El problema es que el país desvaría ser occidental y no perciben las incoherencias).
Hay un elemento en la política que es difícil de calcular.
Hace menos de un mes un funcionario pidió a los alcaldes que pusieran en la calle a los refugiados rechazados. Hay familias que viven libremente en casas de alquiler. Pero su petición de asilo ha sido rechazada. El funcionario insiste en que se los desaloje de sus casas y se los ponga en calle. Sus hijos serán sacados de las escuelas. Se pondrá a toda la familia en una cárcel -que llaman aquí ´centros de partida´, como los nazis llamaban ´centros de trabajo´ a los campos de exterminio. Y serán sacados a la fuerza. (Se puede intuir qué pasará con ellos cuando lleguen a sus países, de los que vienen escapando por ser disidentes, por tener creencias religiosas diferentes, por ser homosexuales, por desertar del ejército, por huir de la guerra, por hablar otra lengua).
¿De dónde viene esa voluntad de hacer el mal? ¿A quién le parece normal echar a una familia a la calle a que sufra penurias y viva si puede de la caridad, a que arriesgue morir de frío en la calle en invierno, o a contagiarse enfermedades sin nombre? ¿A quién le puede parece normal echar a los niños de la escuela y ponerlos en la calle, tal cual? ¿Qué tipo de persona puede maquinar planes para crear la infelicidad de la gente, sometiéndoles a un sinnúmero de humillaciones diarias, violando todo tratado y ley internacionales e incluso los principios más íntimos de Occidente?
Ese funcionario llamó a varios alcaldes por teléfono pidiéndoles que pusieran en marcha un plan para desalojar a los refugiados. ¿Cómo entender tanta maldad?
Y no encuentro una explicación a la mano. Será simplemente la voluntad de hacer el mal. La voluntad de causar dolor y daño a otros, como si se tuviese que alimentar la sed insaciable de dolor de algún dios demoníaco. El mal porque sí. El demonio en la Tierra. Un dios tenebroso que vuelve del infierno.
Esos refugiados no hacen mal a nadie. Al contrario, contribuyen a hacer de este país algo mejor. No hay motivos para expulsarlos. Su deportación sólo satisfará a las bestias del averno.
Uno necesita pararse a pensar un minuto, de verdad. ¿Por qué sería malo que se quedaran?

¿Qué es el Fascismo y Dónde Está?

Desde los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington se ha activado nuevamente el debate sobre el fascismo. En dos sentidos: la amenaza de los fundamentalistas musulmanes, que algunos, como el antiguo experto de contra-inteligencia Richard Clarke, tienen por fascistas, y las tendencias fascistas en Europa, que se afirman en el ambiente actual de xenofobia anti-árabe.
Pero entre lo poco que sabemos de los proyectos de Osama Bin Laden está que comparten con el fascismo el autoritarismo, la brutalidad y el desprecio por los derechos humanos. Pero ese proyecto nos es muy remoto. Es una sarta de memeces escritas por ogros de cuentos semi-analfabetos. El fascismo europeo es más clásico. Una definición aceptada habitualmente es que son regímenes de extrema derecha, normalmente populistas, que implementan duras políticas anti-populares. Son regímenes usualmente asociados a tiempos de crisis. Son autoritarios. No son necesariamente ilegales, pero favorecen las soluciones violentas y basadas en la represión. Atacan duramente a la prensa independiente e implementan políticas sociales y económicas cuyo fin habitual es la penuria y el conflicto social dirigido por el estado. No tienen una ideología autónoma o coherente: pueden ser antisemitas, como a menudo es, o anti-musulmanas, o simplemente xenofóbicas. Sus líderes, carismáticos y estrafalarios como profetas evangélicos, determinan habitualmente las causas de las nuevas versiones del fascismo.
Un gobierno fascista por ejemplo animará el conflicto étnico presentando persistentemente a los extranjeros como causantes de las penurias locales. Tratará de hacer creer a los ciudadanos que es necesario, por ejemplo, cortar la seguridad social de los extranjeros residentes, o excluirlos de los servicios médicos, con la argumentación de que contribuyen poco a la economía y, así, poco a la mantención de los servicios actuales. La mala leche es evidente. El gobierno estimulará luego la contratación de ‘gente propia' y acusará a los extranjeros de quitar el trabajo a los nativos. Una vez que pone a los extranjeros en la calle, dirá que no trabajan.
El fascismo se presenta como un movimiento que pone orden. Su punto de partida -la invención o la intriga original en que se basa- es la falta de seguridad: explota todo aquello que pueda atemorizar a la población nativa y culpa de ello a los extranjeros. Un fascista dirá, por ejemplo, que la mayoría de los delitos los cometen extranjeros, o que las cárceles están llenas de extranjeros, o que los extranjeros llegan aquí a vivir del crimen o de la seguridad social, porque son delincuentes. Lógico, piensa el fascista. Ordenará a la policía detener a más delincuentes extranjeros; como habrá más detenciones, naturalmente habrá más delitos cometidos por ellos y más de ellos en las cárceles, con lo que la estúpida lógica del fascista no hará más que confirmarse.
A veces le acompaña alguna realidad. La amenaza que representa para la democracia y el mundo el fundamentalismo islámico no es desdeñable, pero no deja de ser un asunto policial. Para muchos, el nuevo terrorismo no es algo policial, sino político, hasta de civilizaciones. El fascismo sacará provecho de una situación de temor. Y fomentará ese temor. Quiere que la población se crea las amenazas para justificar medidas represivas (por ejemplo, redadas en la ciudad a la búsqueda de inmigrantes o refugiados ilegales). Pero también quiere aprobación general de sus medidas, haciendo cómplice a la población local. Quiere que la población local se atemorice (por ejemplo, de los árabes, por terroristas o porque les quitan el trabajo o porque son musulmanes) para tomar medidas represivas extremas sin que haya protestas generales (por ejemplo, monta números telefónicos de delación y transforma en prueba con fuerza legal las declaraciones anónimas de policías y soplones anónimos).
El fascista ataca a los grupos más débiles: refugiados (o sea, gente que viene huyendo de guerras o revoluciones o persecuciones y no gozan de derecho alguno), extranjeros (gente con pocos derechos y muchos deberes; en Holanda deben pagar un impuesto especial de residencia), jubilados (son viejos, nadie les defiende), pacientes psiquiátricos (los fascistas tienden a encarcelarlos) y desempleados (objetivo del fascista es terminar con la seguridad social).
Estos grupos no son representados ni defendidos por los partidos políticos existentes, que comparten el ideario básico de los fascistas en este momento, en el sentido de que tienen como punto de partida un supuesto, e imaginario, problema con los extranjeros.
El fascismo es una ideología de capataces o de sargentos. (Curiosamente sus lemas son siempre militaristas, hasta el ridículo). Sus ideólogos, habitualmente de origen oscuro, prometen poner orden en un imaginario desorden y exigen a cambio una posición de privilegio y pompa. (El fascista es muy pomposo; disfruta inaugurando centros de estudio de ‘pensadores' fascistas, por ejemplo, y ama los desfiles y los uniformes. Les gusta el elogio y el pavoneo y alardean de dictar moda). Pero sabe que esa posición de privilegio se basa en una farsa. De ahí proviene la urgencia fascista de acometer hechos significativos en la historia de los países, para concluir hechos y no dejar margen a una marcha atrás. De ahí los intentos de comprometer a la población, o de hacerla cómplice. (Hace unos días un ministro decía que no hacía más que llevar a cabo un mandato de la población, como si la población le hubiese ordenado maltratar y humillar a miles de personas, despojarlas de sus bienes y empujarlas en manos de sus perseguidores con riesgo de sus vidas, o como si la población local les hubiese ordenado violar leyes y tratados internacionales y hacer mofa de Europa y sus valores humanistas). El fascista sabe que tarde o temprano su farsa se descubrirá. Y quiere que cuando se descubra sea demasiado tarde y deban todos callar por vergüenza. Como en Alemania.
Por esto, el fascista exagerará los sentimientos de inseguridad y temor de la población y hasta los alentará. En Macedonia, el gobierno fascista anterior montó el asesinato de siete inmigrantes musulmanes y les acusó de querer cometer atentados en el país. Fueron descubiertos. Algunos de los culpables están en prisión. En otros países, ocurren cosas similares. Un ministro habló de una carta que habría dirigido Al Qaeda a Naciones Unidas en las que se especificaban blancos en Holanda de futuros atentados. A raíz de esa carta decretó el ministro estado de alerta. Pero la carta no existe. Nunca existió. La inventó el ministro, de punta a cabo. Esa mentalidad es parecida en todas partes. Como no hay terroristas a la mano, se los inventa. (Lamentablemente, hay terroristas de verdad). Y nadie pregunta nada. (La oposición laborista en Holanda se contentó con el "malentendido" del ministro).
Para el fascismo es indispensable mantener las condiciones de vida que permiten su existencia como una fuerza o ideario político importante. Surge de la farsa del peligro, y tratará de mantener una atmósfera de peligro y caos. Al fascismo le interesa crear crisis, no solucionarla. El fascismo no invertirá en crear empleo, sino en crear desempleo (contratará a firmas especializadas en reorganizaciones). Sabe que el paro es una fuente de resentimiento y conflictos, y querrá azuzarlos. No viene a solucionar problemas, sino a crearlos.
A la población la mantiene a raya con despidos y amenazas. Despide primero a los extranjeros y a los más débiles. La perspectiva de correr la misma suerte mantiene callados a los más. Los políticos callan también. A muchos no les conviene dirigir un país en crisis. Intimida a los opositores, amenazándoles con penas estrambóticas por expresar opiniones contrarias (en Holanda prohíbe el gobierno so pena de proceso que se lo compare con los nazis). Y muchos en la prensa callan también.
¿Es fascismo lo que hay en Holanda? El programa de gobierno con respecto a la inmigración y la manera de tratar a los refugiados se inspira en planes del partido neo-fascista LPF, que hizo parte de la coalición en el gobierno anterior. Y la semi confesada incoherencia del gobierno en todo lo que se refiere a los extranjeros oculta a mi juicio planes seguramente viles de algunas facciones más extremas en el gobierno.
Es vileza, por ejemplo, que se expulse a esas 26 mil personas (que han vivido aquí desde hace cinco, a veces nueve años; que trabajan aquí; que son musulmanes; que vienen huyendo de guerras y de países como Sudán, Somalia, Irán e Irak) y se anuncie al mismo tiempo que se admitirá a 150.000 inmigrantes de la antigua Europa del Este en un plazo de menos de cinco años. En mi lengua, en mi cultura, en mi civilización eso se llama vileza. Pues sabiendo el gobierno que el país sin inmigrantes moriría, decide ahora deshacerse de los moros de lengua árabe y piel oliva y abrir las puertas a cristianos de lenguas indo-europeas de piel blanca.
Nada de lo que diga el gobierno o los políticos puede ocultar este hecho terrible. Esos 26 mil deben hacer lugar -según la lógica del fascista- a otros tantos, pero blancos y supuestamente cristianos. De paso, habrá pensado el fascista, nos deshacemos de un problema de seguridad. Habrá 26 mil menos que vigilar. Lógica de fascista.
Lo peligroso del fascista, o de un gobierno fascista, es que con él todo va siempre a peor. Por ejemplo, si decide expulsar hoy a 26 mil extranjeros, al año siguiente querrá expulsar a 50 mil. Como han decidido encarcelar a esos refugiados rechazados, tienen que construir instalaciones especiales o habilitar existentes. Así, necesitarán también más policías. Pero el fascista también se querrá reír de los extranjeros. Hará que los extranjeros que residen legalmente paguen los costes de la operación de expulsar a los refugiados. Los extranjeros residentes tendrán que pagar tarifas de residencia, más de 30 veces más altas que en otros países de Europa. (Sí, el fascista es vil, y es ordinario).
Por eso creo que Holanda corre el riesgo de entrar (si no hemos entrado ya) en un período de tiranía fascista y, quizá peor, debido al componente racial del odio.
Las mejores armas contra el contagio de este aparente delirio es la democracia y un compromiso más activo con los valores de nuestra civilización. (Pues el fascismo es en realidad la antesala de ideologías tanto o más totalitarias y ajenas a Occidente como los desvaríos fundamentalistas y otras máscaras del mal).

¿Está En Peligro La Identidad Holandesa?

Muchos atribuyen la actual actitud holandesa hacia los extranjeros, y en particular hacia los árabes o musulmanes, a que los percibirían como una amenaza para su identidad.
Sin embargo, esta identidad holandesa no ha sido definida en ninguna parte. Y una reciente encuesta sobre este asunto no pudo procesar los datos por la incoherencia de las respuestas a la pregunta sobre qué era la identidad.
Este es realmente algo asombroso, y pasará sin duda alguna a los anales de la sociología holandesa.
Así, si las actitudes actuales no se derivan de una amenaza percibida a la identidad nacional, ¿de dónde proviene este ánimo xenofóbico?
Hay que señalar en primer lugar que gran parte de estas actitudes han sido y son activamente alentadas por el gobierno y que la población es en gran parte ajena a las maquinaciones de sus autoridades actuales.
Todo el mundo se ha sorprendido de lo que se percibe como un rompimiento con las tradiciones holandesas de tolerancia, solidaridad y hospitalidad. Ámsterdam era reconocida y orgullosamente una ciudad de inmigrantes y refugiados.
No ha de olvidarse sin embargo que también es la cultura y sociedad que dio origen al comercio de esclavos y al apartheid en la antigua colonia de África del Sur.
También es el país donde durante la ocupación nazi la población colaboró masivamente con las fuerzas ocupantes. Sus gentes desvariaron también que eran de sangre germánica.
Esas dos tendencias -de rechazo al extranjero, de acogida al exiliado- están presentes en todas partes y no hay que pretender que alguna de las actitudes sea realmente típica de los holandeses.
Simplemente en esta época reinan los subnormales. Y el reinado terminará algún día previsible.
Los holandeses no han pedido a las nuevas autoridades que nombraran de ministro a un antigua directora de prisiones, que trata a los extranjeros como si fuesen presidiarios y delincuentes. Tampoco pidió la gente que se persiguiera a los refugiados y se les encerrase y apalease, se les dejase morir por inasistencia médica, se les devolviera a que fueran matados por los enemigos de los que vienen huyendo de sus países de origen. No pidió la gente que el ministro ordenara a la policía auscultar el ano de los extranjeros en los aeropuertos. No pidió tampoco que se obstaculizara el matrimonio con extranjeros. Ni que se echase de sus casas a los refugiados.
Esos planes no son de los holandeses. Son sólo medidas tomadas por un grupo oscuro de políticos y asesores trasnochados y acomplejados, y no por ello menos peligrosos para la libertad de Holanda y Europa.
Hay un buen porcentaje de holandeses que percibe a los árabes como una amenaza. Esas cifras no son muy diferentes en otros países. ¿Se puede esperar otra cosa después de los atroces atentados de Nueva York, Bali, Casablanca, Madrid y decenas de otras ciudades en todo el mundo y de la continuación de la absurda, ilegal y criminal invasión y ocupación de Iraq? Son sentimientos pasajeros.
La opinión pública recuperará la razón y verá que la amenaza terrorista no requiere ni la actual aberrante e inhumana política de deportaciones ni la supresión de las libertades y derechos civiles ni políticas insensatas e ilegales de inmigración.
Hay quién dice que el asesinato de Pim Fortuyn es lo que provocó este cambio de la opinión. Ese asesinato, vale decir, y no los atentados del 11 de septiembre de 2001.
La postura es intrigante. El líder neonazi fue asesinado por un militante de un grupo ecologista extremo. Se supone -pero no se sabe con certeza- que lo mató a causa de las opiniones del político extremista sobre los árabes o por algún otro motivo.
Como quiera que sea, la extrema derecha y los neonazis hicieron uso de la oportunidad. Incluso formaron gobierno. Y a partir de ese momento la ideología oficial del estado ha estado imbuida por las perversiones neonazis del anterior gobierno y del líder asesinado. Los neonazis se han ido, pero otros políticos más "decentes" han hecho suyo el programa extremista.
Las fuerzas políticas de extrema derecha han estado largo tiempo en el poder, desde 1998, para implementar campañas xenofóbicas a todo trapo. Y lo viene haciendo efectivamente, siendo una de las últimas el llamado a denunciar a los residentes ilegales a la policía. Ahora todo el mundo parece estar convencido de la maldad de los musulmanes. Pero el día anterior a que el gobierno asumiera, la gente no pensaba así.
Francamente, la inconsciente ordinariez y arrogancia de los actuales representantes del pueblo han transformado la vida política en un simulacro de prisión. Ahora los ministros dan órdenes y ladran y amenazan y taconean y miran fijo y llevan botas e impermeables de nazis, pero te meten en cana si los llamas nazis. En las sesiones parlamentarias y en los pasillos del parlamento se tratan a insultos y empellones y el resto de los diputados pasan atemorizados por ellos. Los periodistas se callan. Ahora los ministros se expresan con desprecio y absurdos aires de superioridad sobre los extranjeros (sí, es muy divertido), a veces a grito pelado, y no terminan en cana. En mi país ideal, estarían presos. Ahora se decide expulsar a destinos inciertos a 26 mil extranjeros que tuvieron la desgracia de caer en el país en momentos en que gentes de semejante mala raza y sangre hacen de mandarines.
A una parte de la población le caeremos mal siempre. Siempre ha sido así en todas partes. Yo puedo vivir con eso. Acá hay nazis y gente que los amaba. Recuérdese que aquí el partido político más grande de la historia, con un millón y medio de miembros, fue el partido nazi colaboracionista. Recuérdese que no hace cincuenta años vivían cientos de miles de judíos en las ciudades y que sus vecinos les denunciaron para hacerse con sus viviendas y bienes. Hay muchas cosas que callar y olvidar por acá. Recuérdese que aquí reina el protestantismo, que puede ser la forma que asumió la resistencia de la cultura germánica ante el catolicismo occidental.
Las medidas que ha tomado el gobierno contra los árabes van dirigidas y afectan a todos los extranjeros, sin distinción. O lo harán a su tiempo. Sus políticas son derechamente nocivas y muy sospechosas. Las deportaciones y las cárceles para extranjeros, la llamada integración obligatoria, el desmantelamiento de la enseñanza para extranjeros, el cese total de los subsidios a las organizaciones culturales de extranjeros y, al mismo tiempo, la fundación y financiamiento de un centro de estudios del "pensamiento" del líder neonazi asesinado y la prohibición de comparar al gobierno con el régimen nazi lo dicen todo sobre a qué führer debe lealtad el gobierno actual.
Este es un gobierno que alimenta los sentimientos más bajos, crueles y rácanos de la gente porque le conviene ese ambiente de odio y miedo para mantenerse en el poder. El ideario neonazi ha incluso seducido a los laboristas, que hace quince años todavía entonaban el himno de los trabajadores.
Pero los holandeses siguen siendo como siempre. Ni peores ni mejores que otros. Eso de la identidad es cuento de viejas. Holanda no tiene una identidad tan marcada que la puedas definir en un dos por tres para definirla. Los holandeses no son católicos ni van a misa los domingos. Hay algunos que no dejan que sus hijos sean vistos por médicos. No rezan cinco veces al día mirando hacia la Mekka. No tienen bailes típicos elaborados, como los de los ballets folclóricos, por ejemplo. No conocen un deporte nacional distintivo, como la caza del zorro y las peleas de gallo. No se dan de azotes públicamente de vez en cuando hasta que sangran. No tienen más de una esposa. No ayunan un mes al año.
Pero a nadie de Ámsterdam, nacido aquí o no, le interesa que alguien lo haga. Al contrario. En todo caso, no a la gente holandesa de a pie. Sólo a la mala hierba de La Haya y alrededores.

Holanda: un Peligro para la Unión



El 1 de julio comenzó el turno de Holanda en la presidencia de la Unión Europea, que se extenderá por demasiados meses. Ha coincidido con el nombramiento de un holandés a la coordinación europea de la lucha contra el terrorismo. Y son dos noticias muy malas para la democracia y la libertad de Europa.
Sobre todo inquieta que Holanda se ocupe de la coordinación anti-terrorista. Los antecedentes del país en este terreno son de los peores de Europa.
Para comenzar, el servicio secreto holandés participó en la conspiración para mentir y fabricar evidencias sobre las armas de destrucción masiva del dictador Saddam Hussein y su capacidad de ataque contra Europa. Aunque el gobierno holandés finalmente optó por basar su apoyo de la invasión de Iraq en una "decisión soberana" (vale decir, que el gobierno no deberá explicarse ante nadie, pues el principio supone la impunidad), el servicio secreto participó en la aberrante farsa, hoy conocida por todos e incluso aceptada por sus fabricadores.
Este solo hecho, en sí mismo, quita toda validez a las absurdas pretensiones holandesas. Un servicio de inteligencia servil como el de los Países Bajos no tiene nada que hacer en una Europa que necesita gente capaz a la altura de la labor.
La semana pasada decretó el gobierno un estado de alarma grave por amenazas concretas de atentados terroristas. El ministro del Interior dijo basar su decisión en informaciones del servicio secreto, que habría recibido supuestamente de Naciones Unidas en Nueva York. Allá habría llegado una carta de amenazas de Osama Bin Laden. Los atentados se cometerían en La Haya y Bruselas. El estado de alarma mencionaba además objetivos concretos y en razón de estos planes de atentado se detuvo a dos personas. Pero la verdad, según informó la prensa ayer y hoy, es que Naciones Unidas no informó para nada a Holanda por la simple razón de que la información, incluyendo la carta del cabecilla terrorista y los planes de atentados contra objetivos precisos, era falsa. Sin embargo, esas dos personas detenidas fueron explícitamente acusadas de planear uno de esos atentados. ¿Qué significa esto? ¿Cómo pretende el ministro procesar a esas dos personas por planear un atentado que ahora su propio servicio secreto dice que nunca existió?
Bien considerado, este caso es francamente aterrador. Trae a la memoria los hechos no muy lejanos acaecidos en Macedonia, donde el ministro del Interior del anterior gobierno de extrema derecha, similar al holandés en muchos respectos, ordenó matar a siete inmigrantes paquistaníes para hacer creer a la opinión pública y a Estados Unidos que eran blanco de los terroristas y que luchaban junto a Occidente contra ellos. La trama se descubrió; el ministro está encarcelado, y el nuevo gobierno pidió excusas a las familias y ofreció compensaciones. La estrategia es muy similar, aunque ciertamente no incluye el caso holandés todavía esos extremos.
Es grave que un ministro del Interior, jefe directo del jefe anti-terrorista de Europa, conspire de manera tan descarada y burda para mentir y fingir atentados imaginarios. Las intenciones son claras: hacer creer a la opinión pública que la amenaza es inminente para justificar medidas represivas de la población musulmana y la supresión de los derechos y libertades civiles.
También ha de recordarse que dos semanas atrás, con ocasión de una demostración en una pequeña ciudad del norte de Europa, contra la construcción de uno de los llamados ‘centros de partida' [ventrekcentra], las autoridades locales, con el consentimiento del gobierno, decretaron estado de emergencia en la zona, afectando a cuatro otras ciudades, que fueron aisladas telefónicamente y por carretera durante más de cuatro horas. La justificación de irritante mala fe es que había peligro para la seguridad y el orden público. En todo esto, el servicio secreto juega un papel destacado. Y también lo juega en sus labores de ayuda al nefasto Servicio de Inmigración y Naturalización [Immigratie- en Naturalisatiedienst], una dependencia que evoca cada vez más a unas SS nuevo estilo, que encabeza una antigua guardia y directora de prisiones de autoritarios y característicos aires.
Ayer anunciaba el ministro del Interior que quería unir a las policías y ponerlas bajo el mando directo del ministerio del Interior. La intención es grave y ominosa. Pretende poner a las policías del país bajo el mando del servicio secreto y, lo que es todavía peor, directamente bajo el mando del ministro. Estas son intenciones aviesas, si se atiende a la espeluznante hoja de servicio del ministro, que acaba de decretar un estado de alarma falso que Naciones Unidas acaba de desmentir. Sobre este capítulo ha de recordarse que el gobierno viene tratando desde hace un tiempo de controlar más directamente los cuerpos policiales, probablemente en preparación de los planes de implementación de las deportaciones forzosas y masivas de parte de la población extranjera. Hace unos meses han logrado finalmente uno de sus objetivos específicos, que era quitar a los alcaldes el mando de las policías locales y ponerlas bajo el mando directo del ministro. La consecuencia directa y evidente es que cuando los alcaldes, que no han estado colaborando con la ministro encargada de las deportaciones (la señora Rita Verdonk), rehúsen hacer intervenir a la policía para desalojar de sus casas a los refugiados, el ministro podrá anular a las autoridades locales. Es un plan siniestro. Y huele mal.
Hace algunas semanas se celebró el primer juicio -contra seis árabes sospechosos de querer cometer atentados terroristas- en que se aplicó la nueva ley del gobierno que permite que los jueces acepten como prueba definitoria las declaraciones anónimas de espías, agentes de policía y soplones e informantes. Naturalmente, fueron todos ampliamente condenados a largas estancias en prisión en base a esta aberrante manera de entender la administración de justicia. En estos juicios kafkianos el servicio secreto lleva la batuta.
También recientemente ha anunciado el gobierno su intención de hacer intervenir a la procuraduría pública toda vez que alguien en algún medio de prensa o público compare las medidas del gobierno con el período nazi o con la persecución de los judíos. Le disgusta al gobierno que se lo compare con los nazis y amenaza con penas de prisión a los que lo hagan.

Lleva la procuraduría en estos momentos algunos casos muy significativos: un señor, que envió un e-mail a un programa de televisión (cuyos redactores informaron a la policía) amenazando a un ministro literalmente con que "pasaría algo" en el mundo si continuaba la detención de dos señoras que mancharon con salsa de tomates a la ministro de Extranjería, está siendo acusado de planear un atentado terrorista y el fiscal, en el colmo del ridículo, pide nada menos que cadena perpetua para él. Las intenciones de acallar a la prensa y de intimidar a los ciudadanos son evidentes. Y en todo esto, el servicio secreto juega un importante papel.
¿Va pues Europa a dejar su seguridad en manos de matones? ¿En manos del mismo país que colaboró con la cobardía de sus soldados y su odio de los musulmanes en la muerte de siete mil vecinos de Sbrenica? ¿En manos de un gobierno que conspiró con Bush para falsificar las evidencias para hacer la guerra a Iraq? ¿En manos de un servicio secreto que guarda estrechas relaciones con Israel y su servicio secreto? ¿Un servicio secreto que inventa peligros y enemigos según manden las... autoridades?
Tendremos que aguantar, pues lo manda el reglamento. Y roguemos que no pase nada. El gobierno holandés viene implicado en una campaña contra los musulmanes que es absurda, injustificada, odiosa y ciertamente contraproducente. Sus políticas anti-árabes, xenofóbicas e ilegales, constituyen una terrible amenaza para Europa. Un coordinador holandés de la lucha anti-terrorista no va a impedir los atentados; lo más probable es que quiera provocarlos.
Hay que recordar que todos los gobiernos que se saben inmorales recurren a la represión y al terror para convencer a sus ciudadanos de que la mano dura es justificada. Es su única esperanza de permanecer en el poder. Son un peligro para la democracia y la libertad de Europa; un peligro para la civilización occidental.
Seis meses no es mucho. Ahora se harán eternos. Hay peligro. Que Dios esté con nosotros.

el Referéndum de Bolivia

El referéndum en Bolivia tiene como telón de fondo una ya tradicional reivindicación de una salida soberana al mar. No se ve la relación necesaria entre una cosa y la otra.
Bolivia, uno de los países más pobres de América, necesita con urgencia los recursos que puede obtener con la exportación de su gas natural, pero debe también adoptar actitudes cuerdas. En un mercado moderno no deben intervenir criterios añejos y arbitrarios ajenos a las operaciones normales de un mercado libre. Si se decide finalmente que Bolivia explotará y exportará esos recursos, debe hacerlo como lo hace todo el mundo.
Pero estos criterios trasnochados no deben hacernos olvidar que si Bolivia tuviese con una salida al mar no se contaría hoy entre las naciones menos favorecidas del continente, con una población mayoritariamente analfabeta y en un estado de abandono social asombroso.
Tampoco hay que cerrar los ojos. Que el gas sea finalmente explotado y exportado no significa que las condiciones de vida de la población mejoren de inmediato. Todo eso está por verse. Pero naturalmente fluirán suficientes recursos como para que una clase política más responsable se ocupe realmente del país y haga que la democracia signifique algo más tangible y deseable en Bolivia.
Que en algunas comunidades se haya caído en costumbres atávicas y violentas es nada más testimonio de la extrema fragilidad de las instituciones y del estado de desesperación de la población. Pero ni las instituciones pueden funcionar sin recursos y del estado de desesperación no se sale con promesas sospechosamente mesiánicas. Sus representantes políticos deben probarse ante su pueblo y demostrar que están en estado de implementar los principios básicos que han de regir un estado mínimamente democrático. Que la justicia la tomen los ciudadanos en sus manos no es algo bueno. Pero el estado tiene que demostrar que sus instituciones son legítimas y que funcionan honestamente para todos.
Chile daría un gran paso -ese paso que esperan muchos en América del Sur- en ceder suficientes territorios para hacer posible ese anhelo boliviano. Chile debería dejarse de pretextos para eludir una decisión que habrá de tomar alguna vez y que sería bueno que la hubiese tomado ayer, y no hoy. El desarrollo de Bolivia y su participación en la vida económica, social y cultural del sur de América es un reto histórico y ceder una salida al mar por Chile constituiría también para ese país un acto histórico de solidaridad y nobleza.
No se entiende bien, en verdad, qué motivos profundos podría tener Chile para no ceder una franja de esos territorios antiguamente bolivianos a Bolivia, sobre todo teniendo en cuenta que Chile cuenta con una muy larga costa de varios miles de kilómetros. Y las tradiciones históricas no son motivo suficiente para que Chile siga eludiendo esa responsabilidad: tender una mano a Bolivia y ayudarla en su incierto aunque necesario camino hacia la modernidad. Y, si Dios quiere, hacia la justicia social.

18 de julio de 2004©mQh

Cómo Hablar de lo que Pasa en Holanda

Lo que pasa en Holanda desde que el gobierno adoptara las leyes de deportación que terminarán en teoría con la expulsión de 26 mil refugiados ha causado sorpresa, si no conmoción en la opinión pública internacional. La misma conmoción e incomprensión de esas medidas es un obstáculo para entender lo que pasa en Holanda y llegar a hablar sobre Holanda de un modo en que podamos entendernos. ¿Se trata meramente de un gobierno ultra-conservador, o ultra-liberal? ¿O se trata de una tiranía de extrema derecha?

Todo comenzó con la extraordinaria decisión del gobierno de expulsar a 26 mil refugiados. Las leyes de deportación han causado estupor entre otras cosas porque estas 26 mil personas han vivido en el país durante más de cinco años, sus hijos van a la escuela y están completamente integrados, la gran mayoría de ellos habla holandés y trabaja, y la vida y derechos de la mayoría de ellos igualmente corren serio peligro en sus países de origen. La mayoría de esos refugiados proviene de Somalia, Sudán, Iraq, Afganistán e Irán, países que, si no en guerra, están lejos de ofrecer las garantías necesarias para un retorno involuntario. En las últimas declaraciones sobre el asunto la Unión Europea había también enfatizado la necesidad de dar respuesta a las solicitudes de asilo en un plazo de seis meses. Aunque no es todavía ley, Holanda viola tan grotescamente el espíritu de las directrices de la Unión que parece hacer mofa de su comunidad internacional.
Para proceder a la deportación el gobierno establece que los refugiados rechazados -también llamados solicitantes de asilo rechazados- deben ser internados en instalaciones llamadas alternativamente "centros de partida" [vertrekcentra], "centros de acogida" [opvangcentra], "centros de expulsión" [uitzetcentra] y, en alguna prensa, simplemente "cárceles para extranjeros". Una vez ahí, funcionarios del Servicio de Inmigración y Naturalización tratarán de convencer a los refugiados para que acepten su retorno voluntario al país de origen. El gobierno no previó lo que debe ocurrir con los refugiados que rechacen este retorno voluntario. Los alcaldes de las cuatro grandes ciudades -Ámsterdam, Rótterdam, La Haya y Utrecht- temen que si son expulsados a la calle se provoquen situaciones peligrosas desde un punto de vista social y de orden público. Este temor sólo tiene sentido si se considera que al mismo tiempo el gobierno ha prohibido el acceso a la vivienda de los "ilegales", estableciendo como norma obligatoria la presentación de un permiso de residencia o nacionalidad para la firma de un contrato de alquiler. Así, los refugiados rechazados no tendrían otra alternativa que tratar de vivir en la calle, lo que ciertamente sería una desdicha adicional para gente que viene de pasar por experiencias traumáticas y aterradoras.
Estos centros de retención no son cosa nueva. Existen desde principios de la década de los noventa. Según organizaciones de derechos humanos, muchos "ilegales" y refugiados son retenidos en esas instalaciones en condiciones francamente inhumanas. Son completamente desconectados del mundo exterior, no cuentan con asistencia jurídica ni médica necesaria, y no hay partido político alguno que haya hecho suya la causa de estos desdichados. Esos centros de retención conocen las tasas más altas de suicidios e intentos de suicido de todos los centros de reclusión del país, y se cuentan ya varios retenidos que han muerto fundamentalmente a causa de negligencias médicas asombrosas e intolerables. Hace dos años se enterró a uno de ellos en una tumba que lleva en su lápida solamente su número de inscripción en el centro de retención. Es una historia escalofriante, y significativa.
Por otro lado los argumentos del gobierno para insistir en esta expulsión masiva son espurios y rayan sinceramente en lo ridículo. Que el país está lleno es una de las insensateces más frecuentes en boca de ministros del régimen. Y sin embargo, el país necesita urgente y estructuralmente inmigrantes, so pena de enfrentar un colapso demográfico que terminará finalmente por destruir el estado de bienestar. Y parece que este es justamente el propósito de esta administración. Así, es difícil comprender la intención del gobierno.
En los últimos meses ha habido algunos incidentes sobre el modo en que hemos de referirnos aquí a lo que está pasando. Le molesta al gobierno que se compare su política de deportaciones con el régimen nazi o con la persecución de los judíos. Justamente rechaza que se hable de deportaciones y niega que lo sea. No muchos políticos se han atrevido a hacerlo. Pero lo piensa todo el mundo. El antiguo jefe del grupo parlamentario del VVD, Dijkstal, comparó el desafortunado plan de gobierno de obligar a los extranjeros que viven en el país a llevar consigo una tarjeta con su puntaje en el grado de integración, con la estrella de David amarilla que los nazis obligaron a llevar, cosidas en las solapas, a los judíos durante lo que se llamó después el Holocausto. El VVD es justamente el partido más activo e involucrado en la adopción de medidas cada vez más duras contra los residentes extranjeros. (Es declaradamente un partido liberal, pero lo es a la manera en que son liberales los partidos liberales ruso (una coalición indigesta de neo-nazis, comunistas y místicos) y austriaco (cuyo líder fue un reconocido cabecilla de un grupo neo-nazi).
El antiguo jefe del grupo parlamentario no ha sido el único en comparar las medidas del gobierno con el período nazi de la historia del país. También lo hizo el antiguo ministro de desarrollo del partido laborista, Pronk, y Lubbers, comisario de Naciones Unidas para los Refugiados. Y algunos otros. La comparación no es pues monopolio, ni de lejos, de la extrema izquierda. La hace todo el mundo. Tanto le molesta al gobierno esta comparación que se ha propuesto llevar a tribunales a quienes lo hagan en el futuro. Es una clara amenaza a la prensa, y al derecho de practicarla libremente.
Los temores de la población son justificados y cada vez mayores. Cuando después de los comentarios del antiguo jefe del grupo parlamentario del VVD, Dijkstal, se le pidió la opinión a la ministro Rita Verdonk, de Extranjería, y principal responsable de la política de deportaciones, esta se limitó a decir, para indignación de muchos, que la comparación no era válida porque el método empleado por los nazis -el coser una estrella de David en la ropa- no era científico, mientras que el del actual gobierno sí lo era. No se refirió en ningún momento a la parte substantiva del asunto, a la acusación de que sus métodos sí son comparables con los de los nazis.
Ha habido en los últimos meses amenazas y atentados contra políticos de gobierno a quienes se responsabiliza de la política de inmigración. Dos mujeres que mancharon a la ministro con salsa de tomate están todavía encarceladas, lo mismo que un señor que en un e-mail a un programa de televisión amenazó a la ministro de que "pasarían cosas" si no cambiaba su política de deportaciones, un supuesto delito para el que la fiscalía, haciendo uso de una ley del siglo diecinueve, quiere pedir cadena perpetua. Un absurdo de todo punto de vista, pero que demuestra las intenciones del gobierno con respecto a la prensa y a los ciudadanos que se oponen a sus planes.
Todavía en torno a las deportaciones ha habido otros incidentes nada prometedores y que preocupan a la gente de bien. Con ocasión de una manifestación contra la construcción de uno de estos centros llamados "de partida" en una pequeña ciudad del norte de Holanda -donde justamente quiere el gobierno construir uno de esos centros-, las autoridades decretaron estado de emergencia en varias ciudades circundantes y cortaron las comunicaciones telefónicas y de carretera de ellas durante varias horas, provocando graves daños a la economía y minando la confianza de la población en sus autoridades. Es una medida claramente intimidatoria, y al mismo tiempo un claro ejercicio de lo que está por venir. Al menos, según lo quiere el gobierno.

Todo esto ocurre contra un telón de fondo ominoso y poco esperanzador. La actitud del gobierno hacia los extranjeros residentes es odiosa y claramente torcida. A pesar de las conclusiones de una comisión parlamentaria sobre la situación y condiciones de los extranjeros en Holanda, que determinó que estaban bien integrados, y que no podían constituir siquiera tema digno de mención en un programa político, el gobierno declaró lo contrario, desestimando esas conclusiones e instalando un llamado programa de integración absurdo y que efectivamente trae desagradables evocaciones a la mente. Los extranjeros serán obligados a seguir unos llamados cursos de integración, y el gobierno ha anunciado castigos -como la exclusión del sistema de seguridad social- a los trabajadores inmigrantes que no acepten o reprueben estos cursos. Los cursos serían originalmente proporcionados por instituciones estatales dedicadas a la enseñanza de extranjeros a tarifas francamente absurdas y arbitrarias: seis mil euros por inscripción. Aunque ahora se ha liberado a estos servicios, la obligación de aprobarlos permanece. A los extranjeros que quieran establecerse en el país se les exigirá que hablen holandés y dominen o compartan su cultura y que se sometan a un examen que tomarán los consulados holandeses, también a precios más allá de lo arbitrario: otra vez seis mil euros. El examen, ha anunciado el gobierno, será telefónico y durará 20 minutos; y se tomará en el país de origen. También se han aumentado arbitrariamente las tarifas de los permisos de residencia, llegando actualmente a casi 2.500 euros y que tiene el manifiesto propósito de obstaculizar la reunificación de las familias de inmigrantes, un derecho reconocido por la Unión y otras entidades internacionales. La intención clara del gobierno es excluir en lo posible a extranjeros cuyo origen el gobierno considera indeseable. Al mismo tiempo, se anuncian y se toman más medidas dirigidas contra los extranjeros, por ejemplo estableciendo que la edad requerida para casarse con un extranjer subirá a 21 años, y se suprimen las escuelas de enseñanza para extranjeros, las ayudas municipales para las organizaciones culturales de extranjeros y se quiere someter a reglas absurdas a las mezquitas y a los ciudadanos musulmanes. Curiosamente, estos requisitos no se aplican a los hombres de negocios (!) ni a los habitantes de todos los países del mundo: el gobierno ha confeccionado una ominosa lista negra de nacionalidades.
El ambiente pues en que se desarrolla la nueva política de extranjería del gobierno holandés es a lo menos amenazante. El gobierno desconoce ahora que todos los ciudadanos lo sean en la misma medida, pues el examen de integración o similar naturalmente no se aplica a la población aborigen. Y de pronto los extranjeros residentes descubren que sus derechos pueden ser recortados y hasta anulados por el solo hecho de haber nacido en otro país, hayan cotizado o no, pensando que sellaban un trato entre iguales. Ahora no lo son, o lo son cada vez en menor medida. El desempleo afecta sobre todo a los residentes de origen extranjero, cuyas posibilidades de trabajo son cada vez menores en el país donde el gobierno desestimula explícitamente la contratación de extranjeros y les acusa luego de no contribuir en la misma medida que los otros ciudadanos a los servicios del estado. Un plan francamente maquiavélico y que ciertamente trae a la memoria las primeras medidas adoptadas por los nazis contra los judíos y otras nacionalidades.


A esta descripción del paisaje social y político de Holanda hay que agregar, para hacer las cosas más negras todavía, las nuevas leyes adoptadas por el gobierno en otros terrenos. Por ejemplo, desde el año pasado los tribunales aceptarán como evidencia probatoria las declaraciones de agentes de policía, espías y soplones anónimos, ley cuya enemistad con una legalidad jurídica democrática es más que evidente. Y las medidas adoptadas por ejemplo por la policía militar en los aeropuertos, en cuyos chequeos se somete a los ciudadanos y a viajeros a tratos infamantes y que en otro país habrían terminado con la vida política de los ministros responsables (pues el vejamen de tener que abrirse el culo a dos manos y mostrarle el ano a un funcionario o funcionaria sería una afrenta de serias consecuencias). En estos terrenos y otros Holanda ha mostrado un absoluto desprecio por la legalidad y las normas de decencia internacionales, para no mencionar otra vez los derechos humanos de miles de personas.
Aunque tengo una postura muy definida sobre este asunto, creo no haber tergiversado ninguno de los hechos que comento, algunos de los cuales he seguido de cerca (por ejemplo, sé que hay dependencias semi-clandestinas del estado que ya están en funcionamiento en Ámsterdam). No son cosas que sepa todo el mundo, ni que todo el mundo se anime a creer. Y ciertamente causa muchos problemas morales. Se ha creado un pesado y amenazador ambiente. El gobierno obstaculiza la contratación de extranjeros y expulsa del servicio público a los extranjeros que son profesores de enseñanza para extranjeros (en total varios miles de puestos de trabajo). Y así poco a poco ahogará a las comunidades residentes.
Por otro lado, al mismo tiempo que anuncia la expulsión de esos 26.000 refugiados anuncia también sus planes de inmigración para nada menos que 150.000 nuevos europeos (principalmente de los países de la antigua Unión Soviética) en un plazo de diez años. Ciertamente, da que pensar, y de pensar muy mal, sobre lo que se trae el gobierno entre manos.
El origen de esta xenofobia es difícil de precisar. Muchos observadores atribuyen el endurecimiento de la sociedad hacia los extranjeros al asesinato del líder de extrema derecha Pim Fortuyn, aunque fue abatido según se sabe por un militante de un grupo ecologista radical. Aparentemente la fiscalía sospecha que sus motivos tienen que ver con las ideas xenofóbicas y fundamentalmente anti-árabes y anti-musulmanas de ese político asesinado. Es curioso, por decir lo menos. Pero es probable que el ideario político del führer se haya resumido en el odio que sentía por los árabes. Gran parte de sus ideas, si no todas, y hasta más refinadas en crueldad, han sido retomadas por partidos establecidos, como los auto-denominados liberales del partido por la Libertad, el Pueblo y la Democracia, que yo creo que pueden ser mejor llamados "de extrema derecha". Curiosamente, este líder de derechas, que tenía como lema el militaresco "At your service", con mano a la sien y taconeo incluidos, había propuesto dar amnistía a extranjeros como los que hoy son atacados por el gobierno que ha hecho suyas sus ideas.
Este programa de gobierno fue adoptado en conciliábulos a puerta cerrada entre los diferentes partidos políticos y ninguna de las medidas aprobadas ha debido someterse a la aprobación específica del electorado. Al gobierno le basta, dice, con el apoyo parlamentario, ya que los diputados representan al electorado. Curiosa manera de pensar, tan típica de los países del norte y tan ajena a lo que en otros lugares se llama democracia. En cuestiones tan importantes la argumentación del gobierno se hace, cuando menos, poco seria. Pretende culpar al electorado de planes siniestros concebidos por funcionarios contratados específicamente para la labor, como la ministro Verdonk, cuyo pasado inquieta y asusta a muchos ciudadanos. Como antigua directora de prisiones y del servicio secreto es quizá la peor calificada de todo el equipo de gobierno, dueña de un estilo autocrático tan arrogante como sin fundamento y que nada ha hecho por disipar las dudas en torno a sus simpatías históricas.
Dicho todo esto, si uno camina por las calles de Ámsterdam, y si es extranjero, bien poco notará de esta xenofobia. Sí es verdad que hay un aumento de expresiones xenofóbicas a todo nivel. Hace poco publicaba un diario de esta ciudad un reportaje de un periodista que solicitó bajo nombres árabes y holandeses en varias industrias y fue sistemáticamente rechazado cuando se presentaba con su identidad árabe. Han aumentado las denuncias de residentes ilegales, una campaña que el gobierno inició hace dos años, que ha tenido enorme éxito y que pretende transformar la delación en una conducta normal y corriente. También ha habido intentos de desalojo de extranjeros en virtud de su origen. Pero a decir verdad, excepto eso, en Ámsterdam ciertamente no se siente esa pesadez de otras ciudades. Y aquí, si se es ruso, eslovaco, chino, inglés, francés, español, latino, se puede pasar bien y a nadie se le ocurrirá de buenas a primeras tratarte como si fueras nada. Nada de eso. Y aterra.
Aterra porque es verdad que esto no se advierte en el día a día. Los centros de retención de extranjeros están lejos de centros poblados, o en las afueras de las ciudades, y el gobierno quiere construir varios más en las provincias del norte, en pleno campo, lejos de la vista y escrutinio de todo el mundo. Y, en verdad, las medidas del gobierno, aunque afectan a todo el mundo, van dirigidas específicamente contra los musulmanes o contra los árabes.
No sé si el origen de este temor ha sido tema de estudio. El hijo de un latino residente, nacido aquí, bilingüe y bicultural como casi todo amsterdamés, me dijo: "Tienen miedo". ¿Miedo de qué? "Tampoco lo saben", dijo. "Miedo". Miedo y odio. Injustificado, irracional, arbitrario, y artificial en el sentido de que ha sido literalmente inventado por el gobierno, que no deja de alimentarlo cada día, anunciando nuevas medidas contra ellos o simplemente con declaraciones y amenazas odiosas, un estilo tan característicamente holandés, y que muchas veces termina en nada, como observaba hace poco un editorialista de expatica.com. Esta vez, sin embargo, nada hace creer que quede en nada. El gobierno tiene esa determinación que muestran los regímenes fanáticos, y que se saben o creen impunes (el gobierno holandés se cree impune por la mayoría parlamentaria de que goza).
Así, por muchas razones, los amsterdameses de a pie no ven ni verán nada de esto que está pasando en Holanda. Y si vienes del extranjero tampoco lo verás. Para eso tendrías que ser moro. Si en las discotecas no te dejan entrar por verte moro, al cabo de un tiempo ningún árabe las visitará, y así ni te enterarás de lo que pasa con ellos. Menos si son ilegales. Lo que pasa, pasa a escondidas. Nada sabemos de la suerte de los ilegales y refugiados que han sido retornados a la fuerza a sus países de origen, aunque los pocos informes de que se dispone ya mencionan desapariciones forzosas de refugiados retornados de este modo. Es difícil contabilizar el sufrimiento y la miseria moral que causan las medidas a tantos miles de personas, que deberán empezar de nuevo, si acaso, en países que les son hostiles, o donde serán recibidos por enemigos tradicionales, de los cuales justamente habían huido.
Hace poco apareció en una página en la red una entrevista con un viejo amsterdamés que dijo: "En la época de la guerra tampoco decían [el gobierno colaboracionista de los nazis alemanes] adónde llevaban a los judíos. Sólo decían que los estaban deportando o expulsando. A nadie le interesaba lo que pasara con ellos. Pero tampoco nadie pensaba que los estaban matando". Una indiferencia similar parece reinar en este momento. Y es ciertamente inquietante.
Así, hablar sobre lo que pasa en Holanda se pone peligroso. A mí no me suena raro hablar de "extrema derecha", pues el gobierno lo es reconocidamente y hasta se enorgullece de ello. Hace poco una diputado de los llamados "liberales" del partido de gobierno VVD reprochó públicamente a la presidente de la comisión Franssen, encargada oficialmente de investigar la viabilidad del plan de medir con una tarjeta el grado de integración de los extranjeros, no haber respetado el acuerdo secreto de que el examen de integración no sería más que un arma, entre otras, para mantener a raya la inmigración, y que, por implicación, los propósitos declarados eran falsos. Todo en este gobierno, sus propósitos y planes para los extranjeros evocan desgraciadamente ese terrible episodio de la historia del país, y no creo que sea imposible que algo similar ocurra nuevamente. Este gobierno parece dispuesto a ello.
Extranjeros asentados aquí desde hace treinta años están re-emigrando masivamente, hacia futuros inciertos y abandonando los derechos que crearon y pagaron en el país.
Tenemos miedo. Pero puede resultar peligroso decirlo. Eso pasa en Holanda.

©mQh