Blogia

mérici

En Torno a la Marihuana

En las últimas semanas se ha informado en la prensa sobre varios incidentes en los cuales la marihuana, así como la estupidez de la policía y la hipocresía de la clase política, han sido actores claves.
Primero fue la detención de dos organizadores de eventos, hijo uno y sobrino el otro de una notoria diputada de extrema derecha, por un presunto tráfico de drogas, vale decir marihuana. Cantidad recaudada: unos cuarenta pitos de marihuana y tres pastillas de éxtasis.
Luego vino la recaudación de varias plantas de marihuana -ciento setenta, según la prensa- en la casa de un joven de Viña del Mar, que quedó en libertad tras la audiencia de control de detención.
Y finalmente el allanamiento, la recaudación de doce gramos de marihuana y algunas pipas y otros implementos para su uso, y dos porretes, y el posterior despido de la directora del Servicio Nacional del Menor [SENAME] de Aysén.
Los tres casos demuestran la mala leche o franca estupidez con que ha actuado la policía. Independientemente de la legislación antidrogas -un verdadero barómetro de la memez de la clase política chilena-, creo que es simplemente idiota o mala intención calificar de traficantes a dos personas con cuarenta pitos y tres pastillas de éxtasis. Un usuario corriente consumiría esos veinte pitos en menos de una semana.
El caso de la ex directora del SENAME Aysén es todavía más escandaloso, pues han allanado su domicilio y la han detenido como si fuera una delincuente habitual, mientras que sus doce gramos evidentemente la descartan como traficante. El caso del chico de Viña es algo más complicado, porque tenía más plantas que las que se pueden justificar como para el propio consumo. Pero estas son consideraciones subjetivas. Él mismo asegura no haberlas cultivado para su comercialización.
La prensa y la televisión han cubierto ampliamente estos casos insignificantes. Hemos visto en la pantalla chica a un par de fiscales que destilaban mala leche y odiosidad, tratando de explicarnos, entre mocos y babas, que la posesión de unos porretes de marihuana es un delito grave. Pero menos grave que las torturas o los secuestros y asesinatos, aparentemente, pues muchos militares todavía se pasean libremente después de haber cometido, durante la dictadura, esos crímenes sin nombre.

Debe recordarse que la legislación antidrogas es de todo punto de vista ilegítimo, pues se aprobó contra la voluntad mayoritaria de los chilenos. A pesar de las numerosas encuestas de opinión y de los extensos debates públicos, de los que se desprendió que más del ochenta por ciento de la población estaba contra la legislación antidrogas y favorecía, en todo caso, la despenalización de la marihuana, la clase política conspiró para hacer aprobar esas leyes estúpidas. Es natural, por esto, que los chilenos resistan la implementación de esta ley y se opongan a las autoridades, carentes de legitimidad a ojos vistas, en cuanto a esta legislación.
No ha de extrañarse la clase en el poder si sectores de la ciudadanía les ajusten cuentas de vez en vez y reaccionen de manera violenta cuando se ven injustamente agredidos en sus casas y vecindarios.

Chile debe enmendar su legislación antidrogas o abolirla derechamente. Francamente, el espectáculo que brinda la represión de la comercialización y consumo de drogas es un asco. La venta y consumo de drogas debiesen ser libres, completamente admitidos, legalizados y considerados como lo que son: consumir o no drogas es algo que pertenece al ámbito íntimo de las personas y no pueden ni deben las autoridades inmiscuirse en esto.
Si acaso podría admitirse la prohibición de su consumo en lugares públicos, pero prohibir y perseguir activamente el consumo en casa (como el caso de la directora en Aysén y del chico en Viña) es una aberración y un acto tan cruel y necio como injustificado e inmoral. La ciudadanía se opone a que las autoridades se arroguen el derecho a interrumpirnos e inmiscuirse en nuestras vidas privadas cuando no han sido llamados para ello.
En Chile se ha de recordar siempre que cuando los ciudadanos pedimos a la clase política y al poder judicial que nos protegiesen de la violencia, cobardía e inhumanidad de los militares, los políticos, esos que chillan en favor de la prohibición de las drogas, hicieron la vista gorda. Digo, estas son las inmundicias que todavía, a pesar del fin de la dictadura, gobiernan al país con sus leyes arbitrarias y brutas.
Es hora, pues, de que los políticos chilenos, en todo caso los políticos de verdad, que no las escorias derechistas, meten manos en el asunto y deroguen esas leyes insensatas y contraproducentes. Ahora que lo que se llama la izquierda chilena domina el parlamento, es la ocasión, quizás, de formar una plataforma para su urgentísima derogación.

Terminó la Guerra Civil en Iraq

Hace mucho tiempo que no escribo ni alimento mis crónicas. Y sobre Iraq creo que no escribo nada desde hace más de un año. O más. Entonces pensé haber dicho todo lo que pensaba y temía, y quedé a la espera. Se venía una espantosa guerra civil, aumentarían los atentados terroristas y las víctimas civiles, se atacaría a las tropas norteamericanas y otras extranjeras, etc., sin ningún otro fin que debilitarse mutuamente. Rebrotaría el fundamentalismo islámico, al Qaeda se introduciría -gracias al presidente Bush- en Iraq y el terrorismo islámico se haría con una nueva base de operaciones desde donde organizar ataques y atentados en todo el planeta. Llevar la crónica de la muerte no tenía mucho sentido.
Pero la situación ha cambiado en Iraq de modo casi imperceptible y creo realmente que se acabó la guerra civil o está a punto de terminar. La cruenta lucha que venían sosteniendo chiíes y sunníes ya no tiene demasiado fundamento. Y esto se debe fundamentalmente a dos hechos: se han vuelto a calcular los depósitos petrolíferos y de gas natural en Iraq y se ha constatado la existencia de importantes reservas en territorio sunní, lo que quita viento a la resistencia sunní que se oponía fervientemente al propósito de fragmentar al país (que era un objetivo compartido por kurdos y chiíes en la creencia de que los sunníes se quedarían desprovistos de recursos). Con los sunníes, pues, se habrá de contar en el futuro, guste o no a kurdos y chiíes.
Y en la misma semana en que se da a conocer esta importantísima constatación, el gabinete iraquí -que incluye a partidos de todas las principales etnias y grupos religiosos del país- se ha puesto finalmente de acuerdo, después de años de discusiones y asesinatos, en una fórmula para distribuir a nivel nacional los ingresos por el petróleo. La fórmula de repartición de los recursos utilizará como criterio principal la demografía de cada región, que es un criterio razonable y aceptable para todos los grupos.
Ahora, no quiere decir esto que las acciones armadas terminarán de un día para otro. La fórmula de repartición debe ser refinada. Hay muchas incertidumbres sobre la demografía de cada provincia, y a pesar de que organismos internacionales calculan, por ejemplo, la población chií en un sesenta por ciento, los partidos sunníes insisten en que ellos son la mayoría de la población. Pero aceptado este principio de distribución de los recursos nacionales, estos debates son o serán de existencia pasajera. Habrá de realizarse un nuevo censo por un organismo que goce de la confianza de todos los grupos iraquíes. Y para realizar ese censo habrán de crearse las condiciones de seguridad que lo permitan. Hecho esto, el debate cesará.
Otro escollo -también de naturaleza pasajera- son los escuadrones de la muerte y las milicias chiíes y sunníes. Estos son grupos de asesinos y delincuentes que no será fácil de erradicar y que, ciertamente, deberán ser llevados a justicia. O a un acuerdo entre los partidos que otorgue impunidad a los criminales de todas las milicias y compensaciones a las familias de sus víctimas. Ya han aparecido en la prensa las primeras escaramuzas de este debate. Los vecinos de Ciudad Sáder, por ejemplo, ya han solicitado impunidad para sus milicias chiíes argumentando que los milicianos les defendieron de las atrocidades de las milicias sunníes durante los períodos más cruentos de la guerra civil.
Es un signo positivo que los partidos iraquíes ya hayan empezado a conversar sobre estos temas.
Ahora Estados Unidos deberá retirarse cuanto antes, si quiere su gobierno evitar más bajas insensatas y fútiles entre sus tropas, porque las milicias chiíes y sunníes se unirán, al menos en la práctica, en sus ataques contra las fuerzas norteamericanas. Alcanzado un acuerdo de principio sobre el petróleo y las milicias, el enemigo se dibuja más claramente en el horizonte, y son las tropas invasoras.
Subsisten dos problemas serios. Primero, los terroristas de al Qaeda. Pero este, aunque se haya introducido el grupo en Iraq, sigue siendo un problema policial que las fuerzas iraquíes podrían resolver una vez que se retiren las tropas norteamericanas. Puede ocurrir que la población sunní se vuelque ahora contra al Qaeda, si los perciben como un grupo extranjerizante que sólo ha llevado desgracia al país.
El segundo problema es el caos general que reina en todo el territorio, lo que incluye la falta de empleo, la precariedad de los servicios públicos y la corrupción oficial. El plan norteamericano, que incluyó el desmantelamiento de las empresas estatales para favorecer las privatizaciones y la empresa privada, ha provocado un enorme desempleo, una crisis social generalizada y un campo de cultivo para el reclutamiento de milicianos terroristas. Ese plan ha de ser mitigado y la intervención del estado en la economía debe ser reactivado de alguna manera. Iraq es un país rico y no hay motivos, ni económicos ni ideológicos, que justifiquen dejar a su población, ni a ninguno de sus grupos constitutivos, en el abandono, la necesidad y la indefensión.
La guerra civil terminó. Es hora de que Estados Unidos ponga también fin a su invasión.


Demonios con Domicilio Conocido

Hace algunos días vi un programa de televisión sobre posesiones demoníacas. Me causó inquietud. Y las reflexiones que siguen.
Para empezar, creo que no tengo motivos para dudar de los dichos de los participantes en ese programa.
Lo que más me llama la atención, e inquieta, son las consecuencias cosmológicas, filosóficas y epistemológicas que deberíamos asumir si creyésemos cabalmente en los episodios de posesión demoníaca que conocemos. En un caso, el sacerdote dijo que él confirmaba la posesión (como distinta a una mera enfermedad mental) cuando el poseso se identificaba, vale decir, cuando el espíritu posesor se identificaba. En el caso que mencionó, una joven del campo de Argentina se había identificado como un demonio sobre cuya existencia y nombre es muy difícil que hubiese podido enterarse normalmente.
Ese demonio, como otros muchos, aparece consignado en una especie de enciclopedia de demonios. Se trata ahí, con nombre y otras características, de unos cuatro mil demonios, incluyendo su rango, importancia y hábitos peculiares. Yo tuve entre mis manos un libro semejante, pero con menos demonios, del siglo dieciocho o diecinueve. En ese entonces me pareció simplemente curioso y no saqué ninguna conclusión. Supongo que me pareció literatura.
También creo improbable que una persona no educada conozca a algunos de estos demonios y que conozca incluso detalles sobre ellos. El sacerdote en cuestión, experto en demonios pues era un cura exorcista, al oír la identificación del demonio, sabía de inmediato con quién tenía que vérselas y adoptaba consecuentemente su estrategia de exorcismo. "Ah, este demonio es capaz de hacer las contorsiones más inverosímiles", dijo el sacerdote. "Muy testarudo".
Son demonios con domicilio conocido.
Ciertamente no se trata de un solo caso. Yo mismo he oído o leído sobre varios casos en los que los posesos decían llamarse como demonios. Y es difícil imaginar cómo llegaron a esos nombres. No es imposible. Hace años conocí en Santiago a un satánico que conocía algunos nombres de demonios. Pero para saber esos nombres realmente hay que interesarse en la materia.
Aparte, estos demonios pueden, y suelen expresarse en lenguas antiguas, a veces en latín, a veces en otras lenguas antiguas.
¿Pero qué quiere decir esto? ¿Querrá decir que existen esos demonios? ¿Y que querría decir que existen?
En los exorcismos, los sacerdotes se limitan en realidad a pedirle al demonio activo en ese momento que vuelva al infierno. Pues bien, ¿quiere decir esto que existe el infierno? ¿Que es un domicilio -no exactamente un lugar geográfico, pero sí una dimensión?
Es espeluznante pensar en la posibilidad de una existencia de este tipo. Y luego: ¿Cómo es que alguien -la iglesia en este caso- sabe de la existencia de esta dimensión y conoce los nombres de sus habitantes y otras características, conocimientos que guarda, transcribe y transmite a un grupo limitado de especialistas?
¿Querrá decir que los antiquísimos relatos sobre una lucha primordial entre ángeles y demonios ocurrió efectivamente? ¿Y que los buenos espíritus que acompañaron a la humanidad se encargaron de dejar en la Tierra ese conocimiento?
Si me negase a aceptar esta realidad, ¿cómo interpretar la posesión demoníaca?
Que un poseso diga llamarse como demonio y, con voz de ultratumba, que viene a vengarse de tal y tal, dichos y hechos todos que son confirmados por esos tratados sobre demonios, ¿no confirma la esencial verdad de esos libros? ¿Por qué debería yo omitir ese conocimiento? ¿Debería creer que son casualidades? Mejor: ¿Debería creer que son casualidades que se vienen repitiendo desde hace milenios por todo el planeta? ¿Debería creer que son casualidades que se repiten regularmente, anulando de paso su naturaleza de casualidades?
Si aceptásemos que la realidad es entonces diferente a la que creíamos conocer, vale decir, por ejemplo, que los demonios y el infierno existen, ¿cómo se reformarían nuestras cosmología y epistemología? ¿No deberíamos, por ejemplo, admitir nuevamente que el mal es una fuerza activa en la historia y que los demonios asumen apariencia humana para atacar a la humanidad? ¿Descubriremos alguna vez que Hitler, Pinochet, Stalin, bin Laden, Pol Pot y muchos otros, son en realidad demonios con apariencia humana, o humanos poseídos por demonios?
Si acepto las consecuencias de estas reflexiones, ¿influiría en mis ideas políticas o en mi acción política? Creo que no grandemente. El mal es reconocible. Lo envuelve una nube de odio e intolerancia. Pinochet y los suyos, en mi visión de las cosas, son claramente demonios y enemigos del pueblo de Dios. Aunque el mal suele encarnarse en ideologías derechistas, también se introduce en ideologías izquierdistas (como Stalin, los Kmer Rouge de Camboya y otros). Al mal no le interesan nuestras divisiones políticas. Se limita a utilizarlas para causarnos daño.
Tampoco significa esto necesariamente que toda la historia del hombre, y por doquier, esté dominada por la intervención del mal. Es posible incluso que el mal no esté siempre activo en la historia humana. En la historia de los hombres hay más que solamente demonios y ángeles. También hay intereses puramente humanos, codicias y luchas y otros factores y motivos menos o más nobles. La presencia del mal en la Tierra no agota pues la historia de la humanidad.
Pero, en concreto, imagino que reconocer la intervención del mal en la historia no implicaría cambios radicales en nuestras ideologías políticas. Si has luchado por las cosas que lucha la gente de bien, impulsado por los mismos motivos (justicia, tolerancia, piedad), seguirás luchando por ellas, con o sin demonios.

Chile Condenado por Derechos Humanos

Tiene razón el senador chileno Jaime Naranjo cuando, a propósito de la reciente condena de Chile por la Corte Interamericana de Derechos Humanos en el caso del militante comunista Luis Almonacid asesinado en octubre de 1973, declara que lo que la gente esperaba era que Chile "fuera campeón en la sanción en temas de derechos humanos". Al homicidio de Luis Almonacid se aplicó la burda e ilegal ley de amnistía de 1978, mediante la cual el régimen de Pinochet intentó legalizar imposiblemente parte de sus crímenes y proteger a sus esbirros. La Corte Interamericana ha condenado a Chile por la aplicación de esa ley.
Llama la atención no solamente de los chilenos, que Chile no cuente todavía con una legislación propia en materia de derechos humanos y que descanse solamente en las obligaciones que impone la subscripción de tratados internacionales. En realidad es absurdo. El planeta esperaba más de Chile porque apoyó constantemente al país en su lucha por la recuperación de la democracia, de las libertades civiles y de la simple y llana decencia.
A este respecto, Chile ha causado una pésima impresión de falta de coraje moral, según el senador Guido Girardi. Ayer destacaba la presidente Bachelet que era ella el primer presidente en visitar el antiguo centro de torturas y exterminio del régimen de Pinochet, Villa Grimaldi, donde ella misma estuvo retenida cuando fue secuestrada, junto a su madre, por la policía del régimen. El dudoso y tenebroso presidente Lagos indultó al criminal impenitente que degolló al ciudadano Tucapel Jiménez. Desde que se reinstaurara la democracia, el país ha tenido presidentes que se han negado a recibir a las madres de los detenidos desaparecidos, y que han decretado una ley que impide conocer la identidad de los criminales y que por tanto obstaculiza la tarea de llevarlos a justicia. Esta última ley -también de Lagos- es en todo similar a la ley de amnistía de Pinochet, y persigue en todo caso el mismo fin. La ley misma es una violación evidente de los derechos humanos.
En otras palabras, Chile no solamente no se ha destacado en cuanto a enmendar el pasado, sino que en plena democracia ha permitido y dictado leyes que protegen a los criminales y que impiden llevarlos a justicia.
La ciudadanía espera que la presidente Bachelet inicie el camino de retorno a la dignidad. Dictar una ley de derechos humanos es una tarea que era urgente hace quince años. Y sigue siendo urgente.
Chile, el planeta y la gente de bien del mundo, necesita una ley de derechos humanos que sea radical e implacable en su aplicación. Ha de llevarse a justicia y castigarse con la mayor severidad imaginable a los violadores de los derechos humanos. Para facilitar este respeto a los derechos humanos han de formularse los medios para impedir la comisión de este tipo de delitos, autorizando y estimulando que personal subalterno de las fuerzas armadas y fuerzas de orden puedan y deban oponerse a las órdenes de oficiales superiores que impliquen violación de los derechos humanos de detenidos y otros ciudadanos. El personal subalterno debe resistir y oponerse a estas órdenes y debe neutralizar legalmente a los oficiales transgresores si persistieren estos en esas órdenes. Estos oficiales deben ser neutralizados incluso definitivamente si insistieran en la comisión de ese tipo de delitos (por ejemplo, si un oficial ordenase fusilar o torturar a un detenido, el personal subalterno y los soldados deben incluso recurrir a la eliminación física del oficial si no desiste de esas órdenes). Todo ciudadano, y especialmente los miembros de las fuerzas armadas y de orden deben velar por el respeto de los derechos humanos y el hecho de no intervenir para impedir la comisión de un delito de este tipo debe ser igualmente duramente castigado. Los subalternos y otros ciudadanos que impidan la comisión de violaciones a los derechos humanos han de ser protegidos y recompensados por el estado.
Chile debe impulsar una legislación que corresponda no simplemente a un natural anhelo de justicia sino además a nuevos principios en la vida política y moral del país. Nunca es justificable que las fuerzas armadas encargadas de velar por la seguridad de los ciudadanos se vuelquen como fieras contra ellos. El uso de la violencia contra los ciudadanos no es justificable nunca, en ninguna circunstancia, por ningún motivo. Quien recurra a esta violencia, esté donde esté en el espectro político, comete un acto ilegítimo que debe ser severamente castigado.
El principio de que un subalterno deba obedecer ciegamente y que sólo los superiores son responsables es falso y no tiene otro propósito que seguir permitiendo la comisión de esos delitos, protegiendo la ficción de que los subalternos no son responsables. Es un principio viciado que claramente pretende proteger las atribuciones de autoridad y que quiere legitimar la arbitrariedad en las decisiones de personas con poder. Las sociedades modernas y racionales, como pretende ser Chile y gran parte del mundo contemporáneo, deben deshacerse de estos principios anticuados y claramente incoherentes.
Los derechos humanos han de ser protegidos y defendidos con todos los medios al alcance. Su protección hace parte de la lucha sin cuartel contra el mal.
Chile tiene mucho que decir sobre esto. Y debe orientar al mundo en una nueva legislación acorde con los principios morales de esta época.

El Diablo en la Historia

Hace algunos días, en respuesta a una insólita declaración de las autoridades católicas de Argentina, de que llevar a tribunales a los militares implicados en violaciones de los derechos humanos era exacerbar o sembrar el odio en ese país, el presidente Kirchner dijo tres cosas sorprendentes: 1) que Dios era de todos; 2) que el Diablo estaba en todas partes; y 3) que el Diablo llevaba pantalones y sotana. Es evidente, creo, que quiso implicar que la iglesia católica o su jerarquía no tiene el monopolio de la interpretación de la presencia divina en la Tierra y que, como el bien, el mal también estaba presente en la historia y hoy en día y que, de hecho, se había también infiltrado no solamente en las fuerzas armadas y policía culpables de los más espantosos crímenes durante las dictaduras de ese país (el Diablo con pantalones, en el discurso del presidente) sino también en el seno de la jerarquía católica (el Diablo con sotana).
En estos días en Argentina se suceden hechos de suma gravedad. Ha desaparecido un importante testigo y se teme lo peor: que haya sido secuestrado y asesinado por individuos vinculados a los militares implicados en violaciones a los derechos humanos en ese país. Además, un deleznable grupo de argentinos se ha manifestado defendiendo los crímenes de las dictaduras y una de sus dirigentes, esposa de un militar en servicio activo, ha defendido incluso el asesinato de mujeres embarazadas para distribuir a sus hijos entre familiares de los militares asesinos. No creía que esto fuera posible, pero lo es. Esa gentuza infrahumana ha sido autorizada para manifestarse.
El presidente Kirchner deberá pues demostrar que es él y las instituciones legítimas de la república las que controlan el país y no las gárgolas fascistas que causaron la muerte de más de 30 mil ciudadanos argentinos. Las bestias antiguamente uniformadas han de ser llevadas a tribunales y encerradas antes de emprender su regreso al infierno.
Pues se eso se trata: que regresen al infierno.
De un tiempo acá asistimos a lo que creo es el nacimiento o renacimiento de una ideología política popular, todavía no expresada cabalmente, que funde o vuelve a fundir antiguos ideales de justicia social, bondad rousseauniana y piedad católica con el reconocimiento de la presencia del Mal en la historia, es decir, entre nosotros. Yo mismo he escrito sobre el tema, en una crónica de noviembre de 2004 (El Odio Como Factor en la Historia ). Según me parece, creo que este reconocimiento del Mal en la historia se produce después del largo período de crueles dictaduras fascistas y racistas en América del Sur y Central. Creo que este reconocimiento se deriva de la constatación de la extrema e inhumana crueldad e irracionalidad de la violencia autoritaria. Se deriva también de la constatación de que, esencialmente y en última instancia, esa violencia, ese odio y ese terror son injustificados, incomprensibles y a veces hasta alejados de los objetivos explícitos de algunos regímenes.
Según me parece, una característica del Mal demoníaco, en oposición o contraste con el mal humano, es su absoluta irracionalidad y arbitrariedad. Mientras el mal que causan los humanos tiene a menudo un objetivo que se puede comprender de algún modo (la codicia es muy habitual como motivo, por ejemplo), el mal demoníaco no tiene otro fin que causar el mal y el dolor de los humanos de manera arbitraria e incoherente. Y el Mal que viene del infierno no castiga ni se ataca solamente a sus opositores, el pueblo de Dios, sino incluso a sus propias huestes, pues necesita siempre sangre de que alimentarse. Ejemplos notables, obviamente, han sido la dictadura comunista en la Unión Soviética, el régimen comunista de los Kmer Rouge en Camboya, Hitler en Alemania, Franco en España, Idi Amin en Uganda, Pinochet en Chile, y, claro, los numerosos dictadores de Argentina.
En Chile, por ejemplo, Pinochet dio órdenes, en los primeros años de la dictadura, de detener y torturar sin motivo alguno ni explicación a cientos de miles de chilenos aprehendidos en las calles arbitrariamente. Los cuarteles policiales y militares recibían simplemente cuotas de personas a las que debían detener y torturar. (Algo similar ocurrió en la Rusia de Stalin). Los detenidos eran torturados y acusados de incoherencias, pero no se registraba su detención y eran dejados en libertad, normalmente, en la mañana. Si se considera que para entonces, según se calcula, un cuarenta por ciento de la población justificaba la intervención militar, eso quiere decir que Pinochet mandó a torturar a sus propios partidarios.
Bien, ese es un signo de que estamos frente al mal ontológico, al mal demoníaco, al mal que huele a azufre. Es un mal sin causa, sin origen, sin objetivo, sin punto. No quiere dar explicaciones, no quiere ser interrogado, cambia constantemente. Te mata por ser comunista lo mismo que por llamarte Pérez o vender maní. O por no llamarte Pérez. Es el Mal absoluto. Para ese Mal, los avatares de la historia son simplemente una excusa para ejercer su reino de terror.
Aquellos que se dejaron engañar, aquellos que no comprendieron la naturaleza del demonio, aquellos que quizás no se dieron cuenta de que estaban frente al Diablo, incluso accedieron a colaborar con el mal, como hicieron los demócrata-cristianos chilenos que cooperaron con la dictadura de Pinochet en los primeros años. La dictadura se volvió contra ellos al poco tiempo, y eliminó a su dirigente más importante, el ex presidente Eduardo Frei, y atacó e intentó eliminar a otros políticos de ese partido. Y muchos de ese partido sigue, sin embargo, defendiendo el pacto que sellaron entonces con el demonio que se volvió contra ellos.
El presidente Chávez es otro de los líderes políticos latinoamericanos que menciona frecuentemente al Diablo en sus discursos. Como Chávez, creo que el presidente Bush es un demonio (según las últimas leyes aprobadas por el congreso norteamericano, él determinará si los acusados de terrorismo, que puede ser cualquiera que se oponga a él, serán o no torturados, encarcelados o no, juzgados o no; el arbitrio absoluto que caracteriza, según creo, la presencia del Mal). Pero tengo dudas de que haya olido a azufre en Naciones Unidas el día que Chávez estuvo allá. No es lo crea imposible; simplemente tengo la impresión de que el presidente se fue de banda y quiso subrayar una verdad esencial: la humanidad se encuentra en peligro, y Bush es uno de sus enemigos. (Lo mismo que es bin Laden un enemigo de la humanidad. Lo mismo que el presidente de Corea del Norte, que es también un demonio. Y otros más).
La fragilidad de esta nueva ideología, ciertamente, es que no se puede probar la presencia del mal científicamente. Bush y Blair no tienen cara de gárgolas ni braman ni chillan ni hieden ni despiden humos sulfurosos, y sólo sabemos que son demonios por sus hechos: el asesinato masivo de decenas de miles de vidas inocentes. Pero a pesar de esta fragilidad, de la constatación de que tenemos que vernóslas con demonios, se deriva otra verdad, que es traducible en términos de acción política: siendo el Mal arbitrario e incoherente, dialogar o negociar con él es una idiotez, una pérdida de tiempo, un error que puede ser fatal para las fuerzas del Bien. Con el Mal no se negocia. Es lo que deben haber aprendido los que negociaron con la Bestia chilena, que terminó asesinando a su patriarca. Al Mal se ha combatir siempre, sin excusas ni claudicaciones. En todo lugar, y en todo momento.
Ejemplo de esto último es la alianza de la decencia política sellada por los partidos de la derecha e izquierda tradicionales en Francia y Bélgica de no aliarse ni negociar, nunca, por ningún motivo, con partidos o grupos de extrema derecha, ni gremialistas ni fascistas ni como se llamen o disfracen -los más reconocibles representantes del Mal en la Tierra hoy en día.
No pretendo sentar cátedra con estas reflexiones. El Mal es una materia de difícil interpretación. Y en la historia ha tendido a vestirse con las ropas de nuestros hombres más probos. De ahí esa manía de disfrazarse de curas y obispos, como en Argentina, cuya iglesia católica es una de las instituciones más despreciables y repugnantes que ha conocido el pueblo católico en América Latina. Un antro de fascistas y otros esperpentos venidos del infierno, esa iglesia ha defendido los crímenes más espeluznantes cometidos por los militares, ha justificado el secuestro y asesinato de incontables hombres y mujeres de bien e incluso ha defendido y protegido a demonios con sotana que participaron activamente en secuestros, torturas y asesinatos cometidos con las bestias uniformadas.
Al Mal tampoco se le ha de perdonar. El Diablo no entiende de perdones. Para el Mal, el perdón es un signo de debilidad. La petición de piedad es un truco para seguir arremetiendo contra la humanidad y los pueblos de Dios. El Mal ha de ser reconocido y erradicado. Radical y definitivamente.
Pero aunque se oculta, porque es experto en decepciones y engaños, gracias a Dios hay hombres de bien, como los presidentes Chávez y Kirchner, que empiezan a reconocer la presencia del Mal en la Tierra.

¿Por Qué Reciben las Autoridades a Aznar?

Llama la atención que el gobierno de Chile -su presidente, su ministro de Exteriores, el presidente del senado- reciba al ex primer ministro Aznar, de España. Senadores y diputados demócrata-cristianos incluso se dan de codazos para salir en las fotos con él. ¿Se han vuelto todos locos o no saben quién es Aznar? ¿O lo saben demasiado bien? Y todo esto ocurre a semanas de la bochornosa actuación de las autoridades cuando visitó el país el juez Baltasar Garzón, con el que Chile tiene una inmensa deuda de gratitud por su compromiso con su causa en defensa de los derechos humanos.
Aznar no ha hecho nada comparable. De hecho, se alió con los enemigos de Chile cuando participó en la trama para impedir que el ex dictador fuese extraditado a España en 1989 para ser juzgado allá por crímenes contra la humanidad por el juez Garzón.
Quienes no conozcan bien Chile han de recordar que la Democracia Cristiana, un partido de nefastos antecedentes históricos que nació como retoño de los antiguos fascistas chilenos y que conspiró con la jauría militar contra el gobierno de Allende, se oponía a que Pinochet fuese juzgado en España argumentando -con su presidente Eduardo Frei, el mismo presidente del senado que recibió al ex primer ministro español- que se violaba la soberanía del país y asegurando que el dictador sería juzgado en Chile. A esta farsa también se unió entonces el socialismo y los socialdemócratas chilenos -dirigidos por Lagos y el abyecto ministro Insulza.
Nadie creía en esta farsa. Y ciertamente las sospechas de los más pesimistas se cumplieron plenamente: hoy el ex dictador sigue en su casa relamiéndose con la rememoración de sus crímenes y disfrutando del dinero que robó de las arcas fiscales. Un hombre libre que, por repugnante que parezca, sigue gozando de la protección de las fuerzas armadas que piensan enterrarlo con honores cuando inicie su regreso definitivo al infierno.
Por otro lado, Aznar no solamente ha sido un político deleznable por su actuación con el pueblo chileno, sino además es una figura de todo punto de vista despreciable por su intervención en la guerra contra Iraq sobre la base de argumentos falsos y de la maquinación de evidencias por sus servicios secretos. Aznar es cómplice de la muerte de decenas de miles de civiles iraquíes. ¿Nadie recuerda su último argumento la noche del ataque contra Bagdad: que las empresas españolas recibirían contratos para la reconstrucción de Iraq por un valor de unos 800 millones de dólares? Sí, de esta calaña es Aznar.
Ciertamente, no es un personaje al que se deba recibir. No es un personaje con quien aparecer en la foto. Obviamente, es uno de esas figuras que las personas de bien normalmente evitan a todo precio. Su presencia contamina y rebaja.
Pero tal parece que la izquierda y la derecha han conspirado para abolir la decencia y hacer olvidar a la ciudadanía que Chile tuvo alguna vez, en el pasado ahora remoto, gentes de bien.
Los chilenos y los que fueron víctimas de la dictadura deben sentir las atenciones que brindan el gobierno y otras autoridades al señor Aznar como una puñalada. Otra puñalada más en la espalda de los familiares que perdieron a sus padres e hijos en las garras y fauces de las bestias uniformadas dirigidas por el demoníaco e infrahumano general. Y mientras las autoridades se recochinean con el dolor de las víctimas, reciben con honores y títulos a enemigos de Chile y a cómplices de horribles crímenes, a seres que como Aznar chorrean de la sangre de inocentes cuyas vidas sesgó por codicia y para complacer al innombrable que, según testimonio de Chávez, incluso huele a azufre.
Así que nuestra pregunta inicial tiene y no tiene respuesta. No se entiende que el gobierno reciba a Aznar, y no invite a Garzón. Es incoherente. Es el mundo al revés. Sólo se entiende si se suponen o atribuyen a las autoridades chilenas las peores intenciones. No lo entienden los que creían que la causa chilena era la causa contra la dictadura y los abusos y por los derechos humanos y los que creíamos que Bachelet iniciaría en Chile, en cuanto a estos temas, un retorno a la decencia.
¿Y por qué viene en estos momentos? Es verdad que una universidad gremialista (así se llaman los neofascistas en Chile) le otorgará un papel por su contribución a la ignominia y al mal y que su visita, por tanto, es privada. Pero qué coincidencia. ¿No será que trae un mensaje de su demonio mayor, el de Washington, para impedir que la presidente Bachelet opte por Chávez?

Lagos, Nuestro Hombre en Santiago

Hace algún tiempo -quizás un mes-, el antiguo director de la policía política de Pinochet, el general Contreras, declaró en una entrevista en la cárcel, donde cumple varias condenas de prisión en relación con procesos de violación de derechos humanos, que en época de la dictadura el ex presidente Lagos, y otros funcionarios de la oposición de entonces, como el que fuera luego ministro de Lagos, el señor Arrate, eran agentes de la CIA. Estos políticos, y otros más cuyos nombres no recuerdo ahora, se habrían introducido e incrustado en la oposición a la dictadura por orden del servicio de inteligencia norteamericano. Al menos, así entiende uno que sean agentes de la CIA. Quizás eran activistas de izquierda y al mismo tiempo agentes, una combinación que todavía es posible de creer en el convulso período de la dictadura.
Como quiera que sea, creo que nunca una noticia de este tamaño disfrutó tanto de la casi absoluta indiferencia de la prensa. De hecho, creo que desde entonces no se ha vuelto a hablar del asunto, a pesar de que el general anunciaba entonces que entregaría a la prensa los documentos que demostrarían sus acusaciones. Esos documentos, según dijo, son cartas que él requisó o sustrajo de la embajada norteamericana cuando era jefe de la policía del régimen. De esas cartas o documentos tampoco se ha vuelto a hablar en la prensa. Tampoco he visto ni oído ni leído reacciones de otros políticos. Menos aun de los acusados.
Y es sorprendente. ¿Por qué será que estas acusaciones no inquietan a nadie? ¿Son irrelevantes? ¿Inverosímiles? ¿Y de dónde viene esta sorprendente indiferencia de los periodistas? Son asuntos difíciles de entender, pero creo que dicen mucho sobre la cultura política chilena. Supongo que se creerá esas declaraciones inverosímiles. Pero para declararlas inverosímiles, habría primero que estudiar e investigar los documentos a los que se refiere el general. ¿Son cartas consulares en las que queda evidente que Lagos era agente de la CIA? ¿Son cables con instrucciones para el ex presidente? ¿Son giros bancarios? Sin el examen de esos documentos, y de más entrevistas con el general, no se podría rechazar la acusación. De modo que, desde este punto de vista, no se puede concluir que la acusación sea inverosímil.
Es más probable que sea considerada irrelevante. ¿A quién le podría interesar si en tiempos de Pinochet, Lagos era o no de la CIA? Yo creo sin embargo que interesaría a muchos. Entre ellos, a los historiadores. Significaría que Chile ha sido gobernado por una potencia extranjera casi ininterrumpidamente durante tres décadas: los diecisiete años de Pinochet más los diez de Lagos. Otra cosa es que esto sea o no considerado grave. Significaría simplemente que Estados Unidos ha aplicado con Chile la política de sacar un clavo con otro, según un dicho habitual en el país. Quizás nadie quiera indagar demasiado. Bastante han tenido los chilenos con los militares como para seguir escarbando. Quizás descubrir la verdad podría ser traumático. ¿Qué pasaría si se descubriera que Lagos sí fue agente de la CIA? ¿Habría que procesarlo por traición? Pinochet, aunque recibió pagos de Estados Unidos para cuando el golpe de estado, no ha sido acusado nunca de traición. No digo que no deje de llamar la atención. Si él no fue acusado de traición, a pesar de haber actuado por encargo de un país extranjero y a pesar de haber aceptado dinero por ese encargo, ¿por qué se habría de acusar a Lagos? Por lo demás, mientras que la traición de Pinochet destruyó el régimen democrático del país y asesinó a más de tres mil ciudadanos, se podría decir que la de Lagos ayudó a consolidar la transición a la democracia. O sea, que su traición la habría cometido por el bien de la patria. ¿Por qué -pensarán algunos- habría entonces que procesar a Lagos?
Imagino que muchos piensan que los dichos y acusaciones de Contreras no han de ser creídos. ¿Por qué no? La misma izquierda del país creyó a Contreras cuando este acusó a Pinochet de tráfico de cocaína y denunció que Pinochet había utilizado los laboratorios del ejército para procesarla. Esas acusaciones fueran más tarde corroboradas por el ex director del servicio de inteligencia del ejército en tiempos de Pinochet. Y las acusaciones se sostienen, por lo demás, por otras investigaciones anteriores que dejaron en claro que muchas operaciones bancarias que fueron descubiertas en los años ochenta y noventa se hicieron para encubrir el tráfico de drogas del clan Pinochet. Si entonces las acusaciones y revelaciones de Contreras demostraron ser correctas, ¿por qué no lo serían ahora sus acusaciones contra Lagos?
A otro nivel, deberíamos pensar si acaso podemos creer que haya algo en la conducta o ideas de Lagos que permita creer que ser agente de la CIA es algo posible en él. La respuesta puede ser positiva. Hay muchas acciones sospechosas del ex presidente. Hay terrenos muy turbios en su vida política y en muchas de sus decisiones en relación con la dictadura. Es sospechoso, por ejemplo, el decreto con el que impidió que se conozca en Chile, durante los próximos cincuenta años, la identidad de los militares y otros que violaron los derechos humanos durante la dictadura de Pinochet. Es sospechoso también el inopinado y sorprendente indulto del asesino confeso del dirigente sindical Tucapel Jiménez, que murió degollado. Ese indulto no había sido solicitado y Lagos ejerció sus atribuciones mandarinas para dejar en libertad a un criminal que todo indica que sigue siendo un peligro público. Es sospechosa -siempre lo fue- su renuencia a recibir a las madres de los desaparecidos. Es sospechoso que haya sido uno de los artífices de la defensa del dictador cuando fue este detenido en Londres, favoreciendo el insólito argumento de la soberanía chilena. Hay muchas cosas más que son sospechosas en Lagos, pero ¿se explican porque era agente de la CIA? ¿Y en qué podrían haber servido los episodios que menciono arriba, por ejemplo, a los intereses de Estados Unidos?
Entiendo que puede haber un entendimiento estratégico entre Lagos y Estados Unidos y entre la Concertación y Estados Unidos. Lo sospechoso es que ese entendimiento pueda incluir provisiones de protección de los criminales que fueron responsables de la dictadura y sus peores crímenes. Pero es posible. Es posible que ese entendimiento, de existir, exija la protección no exactamente de Pinochet pero sí de sus subalternos menores, porque el gobierno de Lagos fue siempre partidario de la macabra ficción de que los subalternos no son responsables.
Entonces, ¿es posible que Lagos haya sido agente de la CIA? Es posible, pero me gustaría ver las pruebas.

Baltasar Garzón en Chile

El juez español Baltasar Garzón forma parte indeleble de la historia de Chile y de su lucha por restablecer el respeto de los derechos humanos tras el macabro régimen del general derechista A. Pinochet. Aunque es su primera visita, fue siempre el anhelo de muchos chilenos que el juez pusiera finalmente pie en un país que le debe tanto. Que le debe tanto por lo que hizo en el pasado, enjuiciando al general homicida y tratando de juzgarle en España, y que le seguirá debiendo por los inquebrantables esfuerzos del juez por concluir, a pesar del tiempo transcurrido, los juicios iniciados y por imponer por el planeta una legislación universal y única tocante a los derechos humanos, una iniciativa de la que Chile no debería estar ausente. Ha sido justamente el régimen homicida de Pinochet y sus patrones el que ha dado un importante impulso a la lucha por imponer una legislación universal de salvaguarda de los derechos humanos. Para que nunca más queden impunes crímenes como los de Pinochet y su jauría. Crímenes como los de los Kmer Rouge. Como los Idi Amín Dada. Como los de Stalin. Como los de las dictaduras argentinas. Como los de los nazis.
Sin embargo, Garzón obviamente también tiene enemigos en Chile. Y no solamente entre gentes de derechas, como la senadora Matthei, si acaso una de las políticas más estúpidas del país. Es francamente idiota y no deja nunca de soltar alguna memez. Ahora amenaza con lanzar un huevo a la cabeza del juez. Su padre, un general cómplice de la Bestia, lanzaba otro tipo de proyectiles contra los que creía sus opositores. Balas. Su lamentable hija no pierde la costumbre de amenazar y apuntar a la cabeza, aunque el régimen democrático la obligue a cambiar de armas. La mema señorona debería, en verdad, ser procesada por insultar e incitar a la agresión contra este noble visitante de Chile.
Pero idiotas como estas no son los únicos enemigos del juez. Los hay también en círculos oficialistas, de aquellos que se opusieron al juez para defender al ex dictador, arguyendo que Garzón ponía en peligro la soberanía del país. Estas gentuzas, hoy en el gobierno, son también enemigas de Garzón. Curiosamente, son las mismas gentuzas que durante décadas -durante diecisiete años, para ser exactos- exigieron la intervención de la comunidad internacional para poner fin a la dictadura chilena. En 1998 descubrieron que Pinochet era un prócer de la patria. Y descubrieron que la soberanía era más importante que los derechos humanos.
Sin embargo, la visita de Garzón habría sido una gran oportunidad para agradecer los esfuerzos del juez reforzando su cruzada por la creación de un régimen universal en cuanto a las violaciones de los derechos humanos. Chile, a pesar de su crucial papel en esta problemática, ni siquiera cuenta con una legislación propia específica en cuanto a los derechos humanos y sus políticos parecen creer que basta con apelar a tratados internacionales suscritos por Chile, lo que es a todas luces insuficiente y hasta absurdo -absurdo porque en 1998 existían esos tratados y los políticos chilenos, de derechas e izquierdas, se opusieron a la aplicación de los mismos.
Chile podría hacer una contribución importante a esta cruzada planetaria por los derechos humanos. Las violaciones a esos derechos deben ser penalizadas explícitamente. Los soldados o funcionarios que reciban órdenes que contravienen claramente los derechos humanos debieran poder neutralizar -y ser recompensados por ello- a los oficiales que las emitan. Los subalternos que obedezcan órdenes de esta naturaleza deben ser procesados y castigados severamente. La no intervención ante casos patentes de violación de derechos humanos debe ser igualmente penalizada. Las penas deben ser severas, incluyendo si acaso la reintroducción de la pena de muerte -o su equivalente en la condena perpetua a firme- para violaciones graves de derechos humanos. La apología y defensa de violaciones a los derechos humanos debe ser penalizada y castigada severamente, incluyendo penas de prisión.
Una legislación específica, clara, contribuiría enormemente a la causa por los derechos humanos en el mundo. Sería la retribución de Chile, que contó durante tantos años con el apoyo y solidaridad del planeta.
La ciudad de La Serena hará su Hijo Ilustre al juez Garzón. Debiese ser Hijo Ilustre de Chile.