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Los Animales Como Ciudadanos

[Se libra un intenso debate sobre temas como la domesticación, la explotación animal y la relación humano-animal, en el que participan enemigos de los animales de un lado y otro: los que quieren seguir comiéndolos para cultivar sus barrigas y desollándolos para hacer zapatos y abrigos, y los que los quieren exterminar para liberarlos de los maltratos humanos. Pero hay otras alternativas más humanas y razonables.]

Después de leer la columna de Nicholas Kristof en el New York Times del 9 de septiembre, me queda una amarga impresión. Kristof rompe lanzas por la granja lechera familiar donde las vacas no son encerradas en cubículos en los que apenas se pueden mover, donde en los establos no ven las vacas nunca la luz del sol, ni se separa a madres de hijas, ni se las inyecta con todo tipo de fármacos, hormonas y antibióticos y donde, además, pastan libremente en el campo. En la granja que describe el autor las vacas además tienen nombre.
El dueño de la granja se llama Bob Bansen, un ejemplo de granjero, dice Kristof, que “ha sabido ganarse la vida con una granja que es eficiente y que también tiene alma”. Las llama sus “chicas”, las reconoce e identifica individualmente, les da nombres propios “y las quiere como si fueran sus hijas”. Bob le presentó a Hosta, Sophia, Kimona, Edie, Clare, Pasta, Pesto, Jill. Jolly. Pesto, le explicó, es la hija de Pasta. Jill es hija de Jolly. El señor Bansen no separa a las madres de sus hijas.
Además, Bansen se pasó al alimento orgánico y dejó de atiborrarlas de antibióticos, una decisión que tomó lleno de expectativas y temores. ¿Era responsable? ¿Seguirían siendo sanas? Para su sorpresa, descubrió que en realidad la salud de las vacas mejoró. Si las vacas se mantienen limpias en pastizales antes que enjaularlas en establos sucios, y si se las alimenta con pastos antes que con granos y heno, no hay ninguna necesidad de inyectarles antibióticos y otros fármacos. También descubrió que bajo este régimen su esperanza de vida se alarga. A cambio, las vacas deben producir ocho galones de leche diarios –unos treinta litros. Su leche es más sana.1
Para tener una granja productiva y eficiente, piensa Bansen ahora, es indispensable que las vacas sean felices. Si son felices, su productividad y su rentabilidad aumentarán por sí solas. “Las granjas familiares”, concluye Kristof, “todavía pueden prosperar, mientras se cuida a los animales y se producen alimentos sanos y seguros”.

Pero no todo parece ser tan idílico. ¿Qué pasa cuando las vacas dejan de ser productivas? Jolly, la madre de Jill, fue enviada una “pequeña granja familiar […] donde pudo vivir con dignidad sus últimos años”. Otras vacas que dejan de ser productivas son empleadas para que amamanten a los novillos, “de modo que las vacas más viejas pueden ganar ingresos para cubrir sus gastos y su Día del Juicio puede ser pospuesto, indefinidamente en el caso de sus vacas favoritas”. ¿Y qué pasa con las otras, las que no son las favoritas del señor Bansen? Kristof no lo dice directamente. Pero sí nos informa que cuando las vacas envejecen y se reduce su producción de leche, “los granjeros las sacrifican”. Bansen tiene 230 vacas lecheras. Algunas de ellas terminarán sus días en una casa de reposo para vacas. Otras morirán en la granja, quizás de muerte natural. Todas las demás terminarán sacrificadas –vendidas quizás a mataderos o a intermediarios. Y es aquí donde la idea de la granja familiar deja de ser atractiva. ¿Por qué no enviar a todas las vacas que dejan de ser productivas a granjas de reposo donde puedan pasar con dignidad sus últimos días? ¿Por qué sólo algunas? ¿No es económico? ¿Es muy caro? ¿Es derechamente imposible? ¿No se puede crear un fondo de pensión para las vacas y otros animales de producción? Porque si es técnicamente imposible, entonces ni siquiera debería permitirse que fueran explotadas.
Hay otros aspectos que, en la granja de Bansen, no presagian nada bueno. Las vacas viejas amamantan a los novillos. ¿Qué hace el granjero con estos novillos que no producen leche? ¿Y las vacas amamantadoras, mueren de viejas o las ayuda Bansen?

Me pasan todas estas preguntas e inquietudes por la mente porque en los últimos días he estado expuesto a una andanada de argumentos contra la domesticación y la explotación animal y de hecho, en algunos casos, contra toda forma de relación humano-animal en la creencia de que toda relación de este tipo lleva el sello de la perversión humana: sostienen algunos que las relaciones entre humanos y animales son siempre unilaterales, un acto de dominio e imposición humana, y orientadas hacia su explotación económica o comercial. Por tanto, dicen los partidarios de esta visión, para tener un mundo feliz, hay que terminar no sólo con la explotación animal, sino además con la domesticación y con la relación humano-animal misma. Hay que dejar que los perros y las vacas se mueran (se extingan, dicen unos)1, para que así sean libres. Este punto de vista aberrante lo defienden personas que dicen que aman a los animales y que respetan su derecho a la vida. ¿Vamos a procurar la extinción de las vacas y los perros y los caballos y otros animales para que los malvados humanos no los puedan explotar? ¿En qué libro de qué pensador nazi he leído yo argumentos parecidos? ¿En las indigeribles ideas de Ingrid Newkirk? ¿Se puede imaginar una idea más perversa y, en realidad, demoníaca que esa? ¿Matarlos, extinguirlos para salvarlos de los humanos? (Me recuerda los argumentos de los soldados estadounidenses que, durante la Guerra de Vietnam, exterminaron a los habitantes de la aldea de My Lai para dizque salvarlos del comunismo.)

¿Qué es la domesticación y qué tiene de malo? En mi definición, la domesticación es un proceso mediante el cual hombres y animales (especialmente mamíferos) establecen una relación permanente que es de carácter generalmente recíproco y que puede ser espontánea y voluntaria o, en todo caso, nada determinada que sea ni forzada ni violenta. El dominio violento no me parece que sea un modo razonable o moral para fundar una relación, aunque históricamente la haya fundado. Los mamíferos en particular compartimos una serie de características que nos permiten entender mutuamente de qué trata la relación que estamos construyendo, incluyendo la relación perversa. Tenemos un lenguaje corporal y gestual entre especies que permite que comuniquemos nuestras emociones de modo comprensible. Constituimos grupos sociales. Somos animales con cultura: todos los hijos de mamíferos nacemos desvalidos y nuestros tutores deben enseñarnos todo para sobrevivir. Y tenemos códigos morales parecidos entre algunas especies: por ejemplo, la prohibición del incesto, en algunos casos, o la prohibición de dar muerte a los cachorros de otras especies de mamíferos. Eso permite fenómenos maravillosos, que de otro modo no entenderíamos: por ejemplo, que algunos lobos puedan adoptar a cachorros humanos, o que algunas sociedades humanas prohíban matar a cachorros de animales cazados para ser comidos.
También hay sociedades humanas que prohíben lo que llamamos domesticación y explotación animal: pese a ser omnívoros que consumen, de vez en vez, carne, rechazan que a los animales se los encierre en jaulas o corrales. Hay algunos que consideran que los llamados animales de compañía –que no son tan evidentemente explotados- también se inscriben en este esquema de explotación ilegítima de los animales, sin detenerse a pensar en ningún momento que para nosotros los mamíferos la compañía –la vida en sociedad, el grupo- es un ingrediente fundamental de la vida misma.

En teoría, la relación humano-animal no tiene por qué ser perversa, ni se puede definir como perversión que la relación sea de mutua necesidad. Una relación perversa sería, por ejemplo, establecer una relación con animales de una especie para después, en algún momento de su desarrollo, darles muerte y desollarlos para cubrirnos con sus pieles o torturarlos y matarlos en un espectáculo público. Capturar visones en jaulas y desollarlos luego no es ninguna relación; es una explotación perversa de la vida animal. El mero hecho de fundar una relación ficticia para darles muerte me parece un hecho derechamente diabólico. Pero no me parece que toda relación que tenga algún aspecto de beneficio mutuo sea reprochable. No me parece que ordeñar humanamente a una vaca, sin privar de leche a sus novillos o terneras, sea un acto execrable. Obviamente, no estoy hablando de granjas que producen para el mercado, como la granja del señor Bansen. Que Kristof las llame granjas familiares me parece una aberración. ¿Para qué necesita una familia 230 vacas? He leído en alguna parte que las vacas, en entornos relativamente normales, donde pastan en pastizales y se cobijan del frío y la lluvia en establos, producen espontáneamente más leche que la que necesitarían para sus terneras y novillos. Cuando un perro cuida una propiedad, o desarrolla una labor para una familia humana, sabe que será recompensado o pagado con albergue y comida. Es una persona que tiene un lugar en el mundo. Tiene un nombre. Tiene, como los humanos y otros, sus propias rarezas. Se le reconoce y respeta como individuo.Pertenece al grupo. ¿Por qué no habría de ser útil? ¿No son acaso los humanos útiles unos a otros? Si los humanos mantenemos relaciones necesarias y mutuamente beneficiosas unos con otros, ¿por qué no podríamos establecer ese mismo tipo de relación con los animales? Algunos dicen que el animal no sabe lo que hace y que sus acciones son actos reflejos o acondicionamiento. Pero pensar así es desconocer todo lo que sabemos sobre los mamíferos.
No estoy hablando de que si entre humanos se da la esclavitud, que esta también se pueda utilizar como forma de relación social con los animales o que recubra con un manto de legitimidad la perversión que no puede dejar de ser. Eso es así en la mayoría de los casos. Pero también hay relaciones no perversas, como las relaciones espontáneas entre hombres y animales. Los animales sí conciben estas relaciones perversas y resisten: son conocidos los casos de animales que se suicidan antes que seguir sufriendo los maltratos humanos. No hace mucho se conoció el caso de una madre osa que, en una granja de extracción de bilis en China, mató a su osezno para luego suicidarse golpeándose la cabeza una y otra vez contra una pared. Los humanos también se suicidan por motivos similares.
Lo que sí creo es que, como ha ocurrido en las sociedades humanas, los animales domésticos deben obtener derechos similares que resguarden sus vidas y su bienestar hasta el fin natural de sus vidas. Si los humanos trabajan para producir riqueza, y con esa producción de riqueza se sustentan a sí mismos y a otros para, llegado un momento, dejar de trabajar y vivir sus últimos años con dignidad, no veo por qué los animales que trabajan para los humanos no puedan acceder un régimen semejante. En mi mundo ideal, los animales tendrían derecho a la vida, y en el caso de que se tratara de animales que todavía fueran empleados para producir algún tipo de producto gozarían de derechos similares a los de los humanos en similar condición: derecho a ser remunerados por sus actividades, derecho a una vejez digna, derecho a no ser maltratados ni torturados, derecho a la vida,2 derecho a cuidados médicos, derecho al reposo3, derecho a su integridad física y psíquica, derecho a la alimentación, derecho a la reproducción (aunque admito que pueda ser controlada), derecho a la maternidad y muchos otros. En realidad, los animales deberían gozar de alguna forma de derechos civiles, como los humanos.

En esto estoy completamente de acuerdo con Sue Donaldson & Will Kymlicka, que proponen –según la reseña de ‘A Political Theory of Animal Rights’, de Piper Hoffman-, entre otras cosas, que deberíamos “desarrollar un nuevo marco moral que vincule más directamente el trato dado a los animales con los principios fundamentales de la justicia liberal-democrática y los derechos humanos”.4 Si es suficientemente bueno para los humanos, resume Hoffman, también debe ser bueno para los animales no humanos.

Los autores también tocan el tema de la industria ganadera y las granjas familiares, y así podemos volver al tema que nos ocupaba originalmente. La leche de vaca, escribe Hoffman en su reseña, “sería difícil de producir sin violar los intereses de las vacas en la alimentación de sus terneras y poner en riesgo su salud debido a una lactación excesiva”. Pero, aparentemente, las vacas pueden producir más leche de la que necesitan para sus hijos –lo mismo que las nodrizas humanas, que también producían más leche que la que podían utilizar para sus hijos. Donaldson y Kymlicka creen que sería posible producir pequeñas cantidades de productos lácteos “para su uso humano de modo no abusivo”. Aquí Hoffman se aparta de los autores, postulando que “no deberíamos someter a los animales no humanos a tratos que nos escandalizarían si se aplicaran a humanos. La idea de ordeñar a humanos y separarlos de sus bebés sería suficientemente espantosa como para plantear serias dudas sobre si la apropiación de la leche de vaca (y su venta, que contemplan los autores) es consistente con su naturaleza y condición de ciudadanos”. No sé si Hoffman hace justicia a la posición de los autores. No sé si se puede decir propiamente que a las nodrizas humanas se las ordeñaba. Si Donaldson y Kymlicka han considerado la posibilidad de la venta de leche, no pueden referirse a las granjas ganaderas industriales, que rechazan. Imagino que deben referirse a los excedentes de la producción de pequeñas granjas familiares. Imagino que no tienen en mente justificar la separación de la familia bovina o la venta de las terneras, cosa que sería completamente inconsistente con sus principios. Esta conclusión de Hoffman puede deberse a su propio apresuramiento en concluir que si los humanos usan la leche de vaca, este uso implica necesariamente separar a la madre de su ternera o novillo. Según entiendo, esto no tiene por qué ser así.

Muchos granjeros, dice Kristof, “simpatizan con las recientes leyes de protección animal destinadas a mejorar el tratamiento del ganado y las aves de corral”. Pero de nada sirven esas leyes si no garantizan y protegen el principal derecho que deberíamos reconocer a los animales: el derecho a la vida, y el derecho a una vida compartida.

Notas
1 Hay cada vez más investigaciones que ponen el duda los beneficios de la leche y subrayan en realidad sus efectos nocivos para la salud humana. Dos recientes columnas de Bitman giran sobre el tema: ´Para qué quieres leche’, y ‘Más sobre la leche’.

2 Dice el artículo 2, inciso b, de la Declaración Universal de los Derechos del Animal, Naciones Unidas, 1977: “El hombre, en tanto que especie animal, no puede atribuirse el derecho de exterminar a los otros animales o de explotarlos violando ese derecho”.

3 “Todos los animales nacen iguales ante la vida y tienen los mismos derechos a la existencia” (ibídem, artículo 1).

4 “Todo animal de trabajo tiene derecho a una limitación razonable del tiempo e intensidad del trabajo, a una alimentación reparadora y al reposo” (ibídem, artículo 7).

5 “Los derechos del animal deben ser defendidos por la ley, como lo son los derechos del hombre” (ibídem, artículo 14, b).
[La imagen muestra al dios Krishna ordeñando a una vaca, mientras la vaquilla espera. Viene de Yadav History. Los hindúes condenan el consumo de su carne, pero beben su leche.]

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

El Asado Mata 4 Veces

En los anuncios en televisión, e incluso en la programación de los propios canales, suele fomentarse como sano o saludable el consumo de carne y de leche o lácteos en general. Hace unos días vi al presentador Salfate y sus compañeros, en la Red, elogiando el carácter sano de las vienesas Ariztía. Y en Mega vi un episodio del programa Dr. Tv (patrocinado por la empresa de productos cárnicos Sopraval/Agrosuper) en el que el presentador fomentaba en horario matutino un almuerzo “sano” que incluía gelatina (que se hace a base de huesos y despojos animales hervidos en agua), almíbar (azúcar saturada), huevos y salchichas (grasas, vísceras y sangre). En los dos casos, los presentadores elogiaban los productos de los auspiciadores. Esto es al menos publicidad engañosa y esos anuncios deberían ser derechamente prohibidos. Está cada vez más claro que los productos cárnicos y los lácteos, que forman parte de la dieta que estos presentadores anuncian como sana, son los que más contribuyen al deplorable estado sanitario de los chilenos. Hay cada vez más estudios que avalan esta conclusión.

En marzo de 2012 la revista Health publicó un impresionante artículo sobre una investigación de los Archivos de Medicina Interna (en CNN) sobre las consecuencias del consumo de carne. La principal conclusión es que “el riesgo de morir a edad temprana –por enfermedad cardiaca, cáncer o cualquier otra- aumenta en relación con el consumo de carne roja” (versión en español –‘Carne roja acorta esperanza de vida’-en mQh2). Mientras que se sabe que la carne roja es nociva por su alto contenido en grasas saturadas y colesterol, la investigación es la primera en calcular los efectos del remplazo de la carne roja en la dieta, tras el seguimiento de dos grupos de personas (121 personas) de hasta veintiocho años. Los investigadores descubrieron que mientras más carne roja comían, más alto era el riesgo de morir durante el estudio. Las peores carnes son los embutidos como vienesas, salami y tocino: su consumo diario aumentó el riesgo de morir de los participantes en el estudio en un veinte por ciento. Si se dejara de comer carne roja (y especialmente embutidos como las vienesas que elogia Salfate y el Doctor TV) y se remplazara por productos más saludables, reducirían casi en un veinte por ciento el riesgo de morir.
Otra buena razón para no consumir carne roja y productos cárnicos es que así se evita “a exposición de una persona a substancias nocivas en la carne mientras que también provee valiosos nutrientes”. En los productos vegetales como verduras y frutas, con los que se puede remplazar la carne, se encuentran además numerosas substancias medicinales -por lo que la dieta vegetariana o vegana tiene el doble beneficio de alimentarnos y de ayudarnos a prevenir enfermedades.
Las carnes procesadas, de alto contenido en grasas saturadas, producen enfermedades cardiacas y contienen aditivos que son frecuentemente cancerígenos. Pero, por si fuera poco, sobre todo las carnes procesadas a altas temperaturas, como el asado, son las más nocivas porque producen “cancerígenos en la superficie”. Robert Osfeld, cardiólogo, resume en pocas palabras un consejo que muchos médicos empiezan a recomendar: “Mi recomendación es comer lo menos posible carne roja que se pueda, y creo que sería ideal evitarla completamente”.
Estas son pues las carnes que publicitan como sanas un conocido supermercado que ofrece asados a precios bajos y presentadores desatinados que elogian las vienesas y salchichas como sanas, mientras que son los productos cárnicos que en realidad más daño implican para la salud humana. Entre las carnes rojas, el asado (procesado a altas temperaturas) y los embutidos como vienesas o salchichas son las más perjudiciales.
En el mismo informe, Staffan Lindeberg, de la Universidad de Lund, enfatiza que la peor amenaza para la salud en la dieta occidental en general no es tanto la carne como los azúcares y el almidón. Y nosotros y los niños en Chile miramos programas necios, como Dr. TV, el presentador promociona nada menos que el almíbar y los embutidos.

También hace poco un editorial de Los Angeles Times denunciaba, sobre la base de un informe de la Administración de Fármacos y Alimentos de Estados Unidos, que “ochenta por ciento de los antibióticos usados en este país son dados a pollos, cerdos, pavos y ganado, no porque los animales estén enfermos sino para engordarlos e impedir que las enfermedades se extiendan en corrales atiborrados” (versión en español en mQh2; véase también el editorial de The New York Times del 16 de abril de 2012 en su versión en español en mQh2). El sobreuso de antibióticos en el ganado ha provocado la emergencia de bacterias resistentes a los antibióticos.

Por razones similares, en abril de este año se prohibió en Maryland el uso de aditivos con arsénico en el pienso para pollos, práctica que ya estaba prohibida en la Unión Europea y Canadá. Se utiliza para combatir los parásitos en las aves. Pero el arsénico puede ser también un tóxico cancerígeno y contribuye a la diabetes, al cáncer y a las enfermedades cardiacas. El año pasado la Administración  de Fármacos y Alimentos había prohibido el aditivo roxarsona, que se emplea para que la carne parezca más gorda y rosada (estimula el crecimiento de los vasos sanguíneos) y es un potente cancerígeno (en The Washington Post; versión en español en mQh2).

Sobre el azúcar hay en estos momentos (junio de 2012) interesantes iniciativas en Los Angeles. En 2002, por su alto contenido en azúcar, las máquinas expendedoras de refrescos gaseosos azucarados fueron prohibidas en escuelas y cafeterías. Ahora el concejal Mitchell Englander quiere extender la prohibición a bibliotecas y parques (versión en español en mQh2). En Nueva York, el alcalde Bloomberg quiere prohibir la venta solamente de los envases grandes de refrescos azucarados en restaurantes, teatros, estadios y puestos callejeros. Obviamente, la industria de las bebidas gaseosas ha reaccionado agresivamente, acusando a las autoridades de atentar contra la libertad de expresión, eludiendo los temas –la obesidad, la diabetes- con que el ayuntamiento ha defendido la prohibición (versión en español en mQh2) y argumentando que la medida discrimina a las familias de más bajos ingresos (porque los envases grandes son más económicos).

Y muy recientemente, el columnista de The New York Times, Mark Bittman, arremetía contra la leche (traducido bajo el título de ‘Para qué quieres leche’ en mQh2). En Estados Unidos, las autoridades recomiendan un consumo de tres cuartos de litro de leche al día, sin excluir a los adultos. Irrita a Bittman, entre otras cosas, que las autoridades se dan el trabajo de recomendar un producto que perjudica a millones de consumidores que no toleran la lactosa (el noventa por ciento de los estadounidenses de origen asiático, el 75 por ciento de los latinos, afroamericanos y judíos, más cincuenta millones de habitantes de origen anglosajón), no hacen ningún esfuerzo por fomentar el consumo de agua, que es la bebida natural más saludable. Además, señala Bittman, aparte de la intolerancia, también existe la alergia a la leche: de hecho, es la segunda alergia más importantes después del maní y que afecta a 1.3 millones de niños. Una investigación que empezó por motivos personales (Bittman sufría de acidez o reflujo ácido desde su niñez y terminó décadas después cuando dejó de beber leche) lo llevó a Neal Barnard, presidente del Comité de Médicos por una Medicina Responsable, que concluyó que “la leche y otros productos lácteos son nuestra fuente más importante de grasa saturada, y que hay relaciones bastante evidentes entre el consumo de lácteos y la diabetes tipo 1 y la forma más peligrosa de cáncer a la próstata”. Pese a todo el conocimiento acumulado, escandaliza a Bittman que el gobierno de Estados Unidos “no sólo apoya a la industria lechera gastando más dinero en productos lácteos que en cualquier otro artículo en el programa de almuerzos escolares, sino además en los últimos diez años ha contribuido con publicidad libre y subsidios por sobre los cuatro mil millones de dólares”.
En una segunda columna (‘Más sobre la leche’, en mQh2) constata la impresionante cantidad de enfermedades y otros achaques que están asociados con el consumo de lácteos, entre ellos “acidez, migraña, colon irritable, colitis, eczema, acné, urticaria, asma, problemas con la vesícula, dolores musculares, infecciones del oído, cólico, alergias estacionales, rinitis, infecciones sinusales crónicas y otras más”. No sólo fomentan las autoridades políticas y económicas la producción y consumo de lácteos, sino además también los fomentan muchos médicos, los que además prescriben a sus pacientes fármacos que sólo atacan los síntomas, sin eliminar la causa principal, sosteniendo con ello a la gran industria farmacéutica. Menciona como ejemplo que la mayoría de los médicos, en lugar de quitar los lácteos de la dieta de sus pacientes, simplemente les prescriben, para la acidez estomacal (uno de los males más comunes) el fármaco PPI, que bloquea su producción en el estómago. Y nos recuerda que, en 2010, en Estados Unidos este fármaco reportó a la industria más de trece mil millones de dólares.

La investigación sobre los efectos dañinos para la salud humana del consumo de carne y productos cárnicos y lácteos, de azúcar y huevos, ya da como un hecho establecido que en su consumo se encuentra el origen de la mayoría de las enfermedades que sufre la gente, incluyendo enfermedades cardiovasculares, obesidad, cáncer y trastornos neurológicos asociados comúnmente con la vejez (como la demencia, pues algunas grasas alimenticias dañan el cerebro; véase la nota de Nicholas Bakalar en The New York Times, en la versión en español en mQh2).

En este contexto, en algunos países se están tomado medidas para que la población reforme sus hábitos de alimentación. Mientras que en Estados Unidos en algunos estados se dificulta el acceso de los niños y población en general a, por ejemplo, las bebidas azucaradas, y se prohíbe en Europa y Norteamérica el uso de arsénico en el pienso para pollos y de antibióticos y otros aditivos en el ganado vacuno, en Holanda se quiere restringir (o se restringe ya) la oferta de productos cárnicos en el menú de escuelas, regimientos, ministerios y otros recintos gubernamentales.
Por eso es simplemente bochornoso y escandaloso que en Chile, donde se observan los mismos desarrollos asociados a esos productos y se carece de fiscalización,  se permita su publicidad como alimentos sanos, y que periodistas y presentadores inescrupulosos, inmorales o derechamente ignorantes elogien desde las pantallas, en programas dirigidos a audiencias juveniles, las ventajas imaginarias de la dieta carnívora y láctea. Esa publicidad debería ser prohibida sin más, el estado debería dejar de fomentar el consumo o producción de esos productos y debería implementar programas que faciliten el abandono de los productos cárnicos y lácteos para adoptar una dieta basada en vegetales.

No he dicho todavía nada sobre los aspectos morales y éticos del consumo de carne. Ahí están, dice Bittman, “nuestros nueve millones de vacas lecheras, la mayoría de las cuales viven vidas atormentadas y miserables mientras contribuyen de modo significativo al gas invernadero” (mQh2). El espantoso maltrato animal con que se asocia a la industria ganadera ha sido confirmado una y otra vez en muchos países del mundo, incluyendo aquellos que cuenta con legislaciones bienestaristas. También ha denunciado la esclavitud animal y la crueldad con que se trata al ganado la organización EligeVeganismo, que investigó clandestinamente las horrorosas e inhumanas prácticas de la industria lechera (como la brutal separación de madres e hijos al nacer, para su venta como carne de ternera, el descuerne sin anestesia, el sacrificio de las vacas menos productivas para convertirlas en charqui y el sacrificio por envenenamiento de los machos que no son vendidos, siendo algunos de ellos abandonados para que mueran de inanición o deshidratación) (en emol; véase también la página web de EligeVeganismo). Aparte las personas que renuncian al consumo de carne para evitar la crueldad animal, también están aquellos que lo rechazan por razones religiosas –como muchos católicos, entre otras profesiones, por considerar que los animales tienen también derecho a la vida. Existe, de hecho, un creciente movimiento ecuménico que llama a los creyentes (budistas, católicos, musulmanes y otros) a dejar de comer carne (véase Mérici, Las iglesias y los derechos animales; La piedad y la causa animalista).

Estos nuevos proyectos publicitarios en televisión, con que comencé esta columna, ocurren precisamente en momentos en que, en mayo de este año, la Cámara de Diputados finalmente aprobó la ley contra la comida chatarra del senador Guido Girardi, que prohíbe la comercialización de productos de esta categoría en establecimientos educacionales y obliga a los fabricantes a informar en sus etiquetas sobre los ingredientes de los productos, incluyendo todos sus aditivos y la información nutricional pertinente (contenidos de energía, azúcares, sodio, grasas saturadas). La ley, además, prohíbe el expendio, comercialización, promoción y publicidad de estas comidas en establecimientos educacionales de todo nivel y también prohíbe “su ofrecimiento o entrega gratuita a menores de 14 años, así como la publicidad dirigida a ellos”. Esta ley, que ya entró en vigor, es lo que estos programas de televisión y publicidad asociada tienen en la mira. Esta ley prohíbe la publicidad de productos chatarra, entre ellos ciertamente vienesas y salchichas, para audiencias juveniles. Esta constatación indigna todavía más. Es tan inaceptable que estas industrias cárnicas y lácteas patrocinen programas de televisión en que se promueven sus productos, como que los canales mismos acepten anuncios que son claramente ilegales y los periodistas y presentadores igualmente participen en la farsa.

La carne mata muchas veces: mata a los animales, mata el medio ambiente y mata a las personas que la consumen. Pero también mata el proyecto humano, esa parte del alma que nos obliga a preguntarnos: “¿Consideramos de verdad fundamental criar y educar a los humanos en una sociedad que contempla como normal la esclavitud animal? ¿Vale la pena crecer y vivir en una sociedad que somete a violentos malos tratos y torturas a los animales, que encuentra  normal encerrarlos de por vida para divertirnos y criarlos para matarlos y mutilarlos y exhibir para la venta sus trozos sanguinolentos en las carnicerías? Muchos creemos que estos violentos espectáculos son nocivos para la condición humana, pues nos convierten en seres monstruosos e insensibles, prisioneros de nuestra pequeñez y gula, incapaces de emocionarnos e indiferentes ante la indecible crueldad con que tratamos a los animales” (Mérici).
[Foto viene de The Urban Grocer].

Por Qué Mataron al Tigre Blanco

[El sacrificio de un tigre blanco en el zoológico de Santiago se ha convertido en la señal de partida de un amplio movimiento social que quiere abolir esa institución].

El domingo 29 de julio nos enteramos por la prensa de que, en el Zoológico Metropolitano de Santiago, un tigre blanco (Pampa) había atacado a un funcionario de la institución dejándolo gravemente herido. Según la nota que publicó La Nación, reproduciendo una declaración del director del zoológico, el animal fue abatido durante el rescate del funcionario, y no después del ataque. Otros medios de prensa habían efectivamente informado que Pampa había sido sacrificada después del incidente, como lo que se interpretó como un castigo o venganza. Pero las circunstancias del incidente son aún obscuras. Según el diario, el tigre atacó al empleado cuando este le daba de comer, ataque que fue observado por otro funcionario que dio la voz de alarma. Enseguida, aparentemente, llegaron otros funcionarios que dispararon contra el animal, causándole la muerte. El animal debió ser abatido “durante el ataque […] siendo ésta la única alternativa para salvarle la vida a José Silva", dijo el director del zoo, Mauricio Fabry. También explica que no se le pudo anestesiar y por eso se procedió al uso de armas de fuego. Cuenta que el funcionario, José Silva, fue encargado desde el principio (el tigre llegó al zoológico en 2007, procedente de Buenos Aires) de su cuidado. Pero, explicó, “pese a esta cercanía entre ellos, es importante destacar que se trata de animales salvajes que en toda circunstancia reaccionan regidos por sus instintos”.

Todo es muy extraño. Es incomprensible que el funcionario alimentara al felino en su jaula. De hecho, esa conducta es considerada una desviación del protocolo establecido que estipula que “en ningún momento debe existir contacto entre el cuidador y los animales considerados peligrosos”, como los tigres –comentó Publimetro. Con esta conducta, el funcionario puso su vida en peligro, innecesariamente, y con ello, como se vio, la vida misma del tigre. Nada de esto debió haber ocurrido.
Pero, además, la explicación del director es dudosa. José Silva iba acompañado por otro funcionario, que sí se apegó al reglamento y no entró a la jaula. Así vio el ataque y pudo alertar a otros funcionarios. (No sabemos cómo dio la voz de alarma: ¿llamó por teléfono?, ¿apretó un botón de alarma?, ¿gritó?, ¿a cuántos metros de la jaula estaban los funcionarios que acudieron al rescate?) Estos presumiblemente abrieron el armario donde se guardan las armas de fuego (probablemente bajo llave, pero no lo sabemos), cargaron los rifles y se encaminaron a la jaula de Pampa. ¿Es creíble? ¿No es demasiado el tiempo transcurrido? En todo ese rato, el tigre pudo haber dado muerte al funcionario, pero no lo hizo. Aquí hay episodios que simplemente no están claros. Todavía no hay declaraciones de testigos (quizá no los había) oculares independientes, pero es difícil creer sin más en la declaración del director.

Otra versión del incidente, difundida por Publimetro, tiene que el tigre se escapó de la jaula y que en el zoológico “se activó un operativo de búsqueda” en el que el animal fue “sacrificado para poder rescatar al trabajador”. En otra declaración explica que el tigre estaba sobre el empleado cuando llegó a la jaula el “disparador autónomo” y que fue debido a que en primera instancia no se utilizó el arma de fuego que el cuidador fue mordido en el cuello. “Una segunda mordida en el cuello le hubiera costado la vida”, explicó Fabry. Suena más convincente que las primeras declaraciones, pero todavía esperamos los testimonios de testigos independientes. Son dudas que no serán resueltas por un sumario interno, sino por una investigación de alguna entidad independiente del zoológico.

Llama la atención la explicación que ofrece el director de la conducta de Pampa. Dice que no hay que olvidar que “se trata de animales salvajes que en toda circunstancia reaccionan regidos por sus instintos” y pasa por alto la terrible y espantosa realidad en la que viven los animales sometidos al cautiverio humano. Encerrados sin motivo atendible por toda la vida en una jaula, lejos de los suyos y de sus entornos naturales e históricos, alimentados artificialmente y mantenidos forzosamente inactivos, sin esperanza alguna de liberación, los tigres, otros animales y los humanos mismos no necesitan de ningún instinto especial para atacar a los que ven como responsables de su encierro. Un humano haría probablemente lo mismo, y viviría esperando la oportunidad de poder deshacerse de sus carceleros y escapar hacia la libertad. La explicación por recurso al instinto no explica nada: sólo refuerza la descripción del tigre como un ser de una otredad inaccesible, salvaje y violenta que justifica su cautiverio o que hace irrelevante la pregunta sobre la arbitrariedad e injusticia de su cautiverio, que no es feliz.
Además el director pasa por alto una realidad que conocen todos los familiarizados con las condiciones de vida en los zoológicos: que el encierro prolongado y la violencia permanente y cotidiana que implica el cautiverio, como en los humanos, termina provocando en los otros animales los mismos males: estrés y deterioro grave de su salud emocional y mental. Para los animales encerrados, el zoológico es una cárcel, un campo de concentración y un manicomio, toda a la vez. Y los carceleros, incluso los que se ufanan de controlar a los animales, son asociados por los cautivos con aquellos que los capturaron, usualmente de manera violenta y tras el asesinato de sus padres o de otros miembros de su grupo. Ese odio, como en los humanos, puede aflorar en cualquier momento.

Esas son las conclusiones a las que llegó, en los años setenta, el investigador Ellenberger (en Contra el zoológico) en un estudio sobre el zoológico. El deterioro emocional y mental cuenta entre sus síntomas “severas crisis de ansiedad, repentinos y violentos estallidos contra los guardas u otros miembros de su especie, y ataques de autodestrucción”. ¨Pregunta Ellenberger: “¿Quién no ha visto en el zoo a un oso agachando la cabeza una y otra vez, o apoyándose en un pie, moviéndose de derecha a izquierda,  o a un tigre moviéndose en círculos en su jaula, o a una hiena haciendo la figura del ocho?”

Lo que no ve el director del zoo, lo ven muchos lectores que participaron en los foros. La lectora Valentina Paz Mora Riveros escribió en Publimetro: “[…] no entienden que el animal no es para estar encerrado en jaulas, no está en su hábitat. [Los animales] no fueron creados para la entretención y exhibición. Se llenan la boca diciendo que los salvan y cuidan. Ppfff!!! Da lo mismo los años de experiencia del cuidador: el animal jamás se acostumbrará al cautiverio por más años que este”. “Un animal salvaje no debería estar encerrado”, escribe Pablo Kabrera en el mismo sitio. “¡Sólo quería ser libre!”, escribe Yasna Angélica. En otro foro en el mismo diario, Isabel Elisa González Briceño se pregunta: “¿Quién me dice que el tipo no le hizo algo al tigre para que reaccionara así?” Una pregunta muy pertinente. También en los casos de agresiones de perros contra humanos, muchas veces el detonante del ataque ha sido una agresión previa del humano contra el animal. “¡No deberían existir los zoológicos!”, grita Carolina Prat Loyola. Eugenia Bayón Guerrero: “Esto no pasaría si los animales estuvieran donde tienen que estar”. María Magdalena: “¿Qué ganan los animales estando encerrados en un zoológico, un circo, etc.? ¿Qué ganan los humanos teniéndolos encerrados, obligándolos a hacer shows, etc.? ¿No es esto similar a los circos romanos? Los animales no son de nuestra propiedad. Si estuvieran en su hábitat natural, no pasaría esto”. “El mejor protocolo para manejar estos animales es que vivan en su hábitat”, comentó Juan Sade Amado en el foro de La Nación. “No más zoológicos”, dice Edith Escobar Manríquez.

Creo que existe un sentimiento cada vez más generalizado de que el zoológico, esa tenebrosa cárcel especializada en animales exóticos, debe simplemente desaparecer. La captura y esclavitud animal no tiene ningún fin ni justificación atendible. Detrás de cada animal cautivo hay toda una terrible y dolorosa historia: para capturarlo normalmente se destruye a su familia, se traslada a la víctima a un entorno desconocido en climas y hábitats que no son los suyos, se le priva de toda relación social espontánea, se le somete a constantes abusos y privaciones, hasta que la acumulación de sufrimiento se transforma en locura y desesperación.
Por otro lado, “asombra en realidad que exista todavía [el zoológico], conocidos los nefastos efectos sobre la salud mental de los animales, y los menos conocidos efectos sobre la salud mental de los humanos. ¿Consideramos de verdad fundamental criar y educar a los humanos en una sociedad que contempla como normal la esclavitud animal? ¿Vale la pena crecer y vivir en una sociedad que somete a violentos malos tratos y torturas a los animales, que encuentra  normal encerrarlos de por vida para divertirnos y criarlos para matarlos y mutilarlos y exhibir para la venta sus trozos sanguinolentos en las carnicerías? Muchos creemos que estos violentos espectáculos son nocivos para la condición humana, pues nos convierten en seres monstruosos e insensibles, prisioneros de nuestra pequeñez y gula, incapaces de emocionarnos e indiferentes ante la indecible crueldad con que tratamos a los animales” (Contra el zoológico).
El zoológico debe desaparecer. Su única salvación, y su redención, sería convertirse en centros de rescate, cuyo fin no sería el cautiverio animal para diversión de los humanos, incluyendo su exhibición, sino rescatar a animales maltratados o abandonados, curarlos de sus posibles dolencias y prepararlos para el retorno a una vida libre en su entorno natural. Eso, o su desaparición definitiva.

Los Chicos de Soacha

[Condenaron a seis militares implicados en el asesinato de un civil inocente –un falso positivo- para cobrar la recompensa, presentándolo como un guerrillero abatido en combate. Más de 3.300 civiles fueron asesinados por este motivo. Pero las fuerzas armadas colombianas pretenden que fueron excesos cometidos en tiempos de guerra.]

A principios de junio se dictó sentencia en el juicio por uno de los chicos asesinados en el caso llamado de los falsos positivos de Soacha. Por el asesinato de Faír Leonardo Porras, un mayor y un teniente del ejército colombiano, fueron condenados a 52 años de cárcel; un cabo y tres soldados profesionales que participaron en el crimen, recibieron una pena de 32 años. El caso de Soacha se remonta a 2008, cuando familiares y vecinos del barrio de Soacha en Bogotá denunciaron la desaparición de decenas de muchachos, los que aparecieron posteriormente en las listas de bajas del enemigo, o de guerrilleros caídos en combate, del ejército colombiano. Se llama a las víctimas “falsos positivos”: civiles inocentes, no implicados en el conflicto civil en el país, asesinados por soldados y presentados, tras ser vestidos de guerrilleros y armados después de su asesinato, como subversivos caídos en enfrentamientos y poder así cobrar la recompensa y otros beneficios como vacaciones y ascensos. En la época de mayor auge de estas ejecuciones extrajudiciales durante el gobierno del presidente Uribe, las fuerzas armadas colombianas llegaron a pagar 2.500 dólares por “guerrillero abatido”. Se calcula en más de tres mil los civiles asesinados en este contexto, pero solo un puñado de perpetradores han sido llevados a juicio. En el caso de los chicos de Soacha, como en otros casos similares, los reclutadores del ejército (que recibían cien dólares por víctima) recibían instrucciones sobre a quiénes reclutar para ser asesinados, prefiriendo que las víctimas fueran vendedores ambulantes, jóvenes desempleados, drogadictos, delincuentes juveniles, homosexuales, discapacitados mentales y otras categorías de personas cuyas vidas las fuerzas armadas consideraban que eran inútiles o no valían la pena. Este tipo de asesinatos siguen ocurriendo y se inscriben en una campaña de “limpieza social” lanzada por las fuerzas armadas contra la población civil colombiana.
Faír Leonardo Porras era discapacitado mental y zurdo. Pese a ello, fue asesinado, vestido de guerrillero y clasificado como caído en combate con tropas del ejército. Prueba de ello fue el arma que los militares acomodaron en su mano derecha.
En 2008 esta práctica sistemática del ejército para engordar los logros en la lucha contra la guerrilla no era ampliamente conocida, ni lo era  su inscripción en un banal plan de limpieza social. En la época, era una hipótesis: “Se trataría de una especie de “limpieza social” en la que se mata a los muchachos –delincuentes, drogadictos o simplemente pobres– y se los presenta luego como combatientes de grupos al margen de la ley. En el lenguaje criminal esto se llama “legalizar al muerto” y es una práctica que infortunadamente algunos militares han usado para mostrar “falsos positivos” y así mejorar sus resultados operacionales, y por esta vía obtener beneficios para su carrera militar”. 
En la época, el gobierno del presidente Uribe y fuerzas conservadoras sostenían que la acusación de que las fuerzas armadas cometían asesinatos arbitrarios formaba parte de la estrategia de la guerrilla para desprestigiar al estado colombiano. Para fines de 2008, se habían denunciado 750 ejecuciones extrajudiciales, con 180 militares acusados y cincuenta condenados. A mediados de 2012, se contabilizaban 3.350 casos de ejecuciones extrajudiciales, con solo 170 fallos. “En total, entre 2002 y 2008, más de 3.300 hombres, la mayor parte de ellos pobres, desempleados o discapacitados mentales, fueron víctimas de ‘ejecuciones extrajudiciales’ cometidas por las fuerzas armadas colombianas, dicen organizaciones de derechos humanos”.

Todas estas cosas las sabíamos. Son crímenes horribles, injustificados, arbitrarios, prácticamente psicopatológicos en su origen y ruindad: asesinar a jóvenes pobres, discapacitados, enfermos mentales, delincuentes juveniles y otros en un plan de limpieza social de la sociedad colombiana en un proyecto político de espantosas dimensiones. Al mismo tiempo, las fuerzas armadas inscribían estas víctimas como guerrilleros y se embolsaban las recompensas. Era un negocio redondo. Pero cuando se destapó el escándalo, nadie defendió a los militares acusados y parecía existir un amplio consenso social en cuanto a la inadmisibilidad de esos actos. El general Freddy Padilla de León declaró en la época: “Creemos en el principio constitucional de la presunción de inocencia de nuestros hombres y guardamos la esperanza de que no sean responsables. Pero si se comprueban conductas indebidas, seremos absolutamente severos”. (Posteriormente fueron expulsados del ejército varios oficiales de alto y bajo rango). La revista Semana escribía en septiembre de 2008: “De hecho, el general Padilla envió recientemente una directiva a todas las guarniciones militares, en la que establece que las desmovilizaciones y las capturas son los primeros indicadores de éxito que medirán las Fuerzas Militares en adelante, y no las bajas, en un intento de frenar una tradición y una visión errónea que hay en un sector de los militares, que “mide los resultados en litros de sangre”. Un sector de los militares ha entendido que este tipo de “bajas fuera de combate” no sólo lesiona gravemente la legitimidad de la institución militar, sino que son obstáculo para ganar la guerra. En ese mismo sentido, el Ministerio de Defensa diseñó una política de derechos humanos que hace énfasis en el respeto a la población no combatiente. Sin embargo, o bien el mensaje no ha llegado hasta todos los batallones o brigadas, o las sanciones y los controles internos están fallando, y persiste, además de los errores, la falta de castigo a éstos. O porque hay mensajes encontrados y contradictorios en el propio seno de la cúpula militar”.
Pero hoy, según informó Los Angeles Times a mediados de junio, el presidente Juan Manuel Santos está patrocinando un proyecto de ley que, de ser aprobado, implicaría el traslado de los casos no tratados –o sea, la inmensa mayoría- a la justicia militar, lo que implicaría a su vez que esos delitos quedarían prácticamente impunes. Human Rights Watch la definió como una “amnistía encubierta”. Según el mismo reportaje, ahora las fuerzas armadas defienden a los perpetradores de esos crímenes argumentando que “las normas penales civiles no deberían aplicarse en tiempos de guerra” y proponen limitar la responsabilidad penal tanto de militares como de guerrilleros para poner fin al conflicto. La idea es simplemente escandalosa.
Los casos de los falsos positivos no pueden de ninguna manera ser clasificados como excesos que pueden cometer militares en tiempos de guerra –en el caso de que esas acciones de los militares puedan ser consideradas de tiempos de guerra o se crea que Colombia vive en estado de guerra. Estos asesinatos no tienen ni la más mínima justificación ideológica, a no ser que se ensalce la codicia como un bien moral superior cuya consecución cancela toda culpa o deuda. ¿O tienen una justificación? Aparentemente, desde el punto de vista militar eliminar a un comunista o guerrillero y eliminar a un indigente, campesino pobre, discapacitado o vendedor ambulante es prácticamente lo mismo. Un campesino pobre está siempre al borde de convertirse en guerrillero, parece decir la ideología militar. Un discapacitado mental o físico causa el mismo daño a la sociedad que un guerrillero. Como los nazis, el proyecto militar fomenta una sociedad “perfeccionada” social y física o racialmente. Es quizá por esta razón que las fuerzas armadas, después de años de silencio, han decidido finalmente defender a sus hombres. Las ejecuciones extrajudiciales de marginados y personas socialmente vulnerables pertenecen al mismo orden de cosas que el asesinato de guerrilleros o rivales.
De otro modo, este brusco cambio en la posición de las fuerzas armadas colombianas (anunciar primero severos castigos y pedir ahora su práctica amnistía) no tendría ninguna explicación, porque ninguna guerra, ninguna circunstancia excepcional puede justificar la conspiración para engañar y asesinar a un civil para cobrar la recompensa o eliminarle por ser considerado un paria sin derecho a la vida. Los soldados que cometieron esos crímenes obedecieron órdenes y recibieron una parte del botín. Pero las órdenes venían de muy arriba. El presidente Santos expulsó a casi treinta oficiales de las fuerzas armadas relacionados con el escándalo de los falsos positivos. No siguió adelante, pese a la conclusión del enviado especial de Naciones Unidas de que esas ejecuciones eran sistemáticas. Eso, en buen español, quiere decir que existía una unidad de las fuerzas armadas, o un organismo de coordinación que implementó a nivel nacional un plan de limpieza social como parte de la lucha contra las guerrillas comunistas y para lucrar, de paso, con el crimen. Pero no se ha investigado nunca ni es probable que ocurra si los casos no juzgados son trasladados a la justicia militar, que tratará de impedir a cualquier precio que se sepa la verdad.

Una cosa que no deja dormir es la espantosa falta de nobleza y humanidad en los motivos y acciones de la extrema derecha, y su virulenta irracionalidad. No he tenido ocasión de conocer a nadie en Chile que justifique que el general Contreras le sacara las tapaduras y dientes de oro a los asesinados en los cuarteles de la policía secreta como un acto necesario para los fines de la dictadura. Eso es simplemente un acto de una brutal codicia, una vileza sin nombre. No he oído a nadie defender esos actos. Nadie me ha dicho: “Los comunistas no tienen derecho a llevar oro en la dentadura, así que era justo que se los extrajera”. Nadie me ha dicho: “Los agentes de la policía secreta ganaban muy poco dinero, así que tenían autorización de ganar algo extra reduciendo bienes robados a los desaparecidos, incluyendo tapaduras”. Nadie ha especulado: “Quizá era oro robado en las iglesias, porque se sabe que los comunistas son ladrones”. Nadie ha dicho: “Torturar y asesinar a los detenidos era parte fundamental del proyecto militar”. Acá, los partidarios de la dictadura, pese a las evidencias, simplemente niegan que esos hechos hayan ocurrido. Sin embargo, creo que existe un consenso nacional de que este tipo de delitos enfermizos no tienen ninguna justificación, en ningún contexto, nunca.

Llama la atención observar la perversión del estado en otro país, que pudo ser el nuestro. Los militares colombianos proponen pasar los casos a la justicia militar en una medida que implicaría ciertamente una amnistía encubierta. Pero los crímenes cometidos por las guerrillas y los cometidos por militares y paramilitares no son comparables. No se sabe de ningún civil que haya sido asesinado por los guerrilleros para cobrar alguna recompensa, ni se sabe que hayan alguna vez considerado la implementación de un plan de limpieza social al revés, que incluyese el exterminio de los terratenientes, los policías o los ricos. Los militares colombianos no pueden pretender que asesinar a un civil con el banal y estúpido motivo de cobrar el precio de su muerte, es lo mismo que matar a un soldado en un encuentro hostil entre tropas enemigas. Los civiles simplemente no son ni pueden ser considerados como bajas en un conflicto. El pretendido estado de guerra o la seguridad nacional no se pueden utilizar como excusa para justificar ese tipo de crímenes contra civiles de la propia población. Esos civiles no pueden servir de carta de negociación al ejército –simplemente porque las personas asesinadas no eran guerrilleros ni subversivos ni terroristas ni delincuentes y no participaban en el conflicto civil. Si la izquierda colombiana, o los liberales de ese país aceptaran una cosa así, harían algo infame, que es sellar un pacto de impunidad con los criminales sobre el dolor de las familias de las víctimas.

Los Perros También Se Escapan

El perro escapado no suele aparecer ni en la prensa general ni en la literatura más especializada. Toda la atención se concentra en los perros perdidos y los perros abandonados. Pero sobre el perro escapado no sabemos nada. ¿Se escapan los perros, o sólo se pierden?

Los chuchos también se escapan. En Chile tienen razones más que fundadas para hacerlo. Pese a que la inmensa mayoría de los chilenos son amantes de los perros y declaran que nunca los han maltratado ni los maltratarían, todavía hay muchos dueños que los golpean rutinariamente y los tratan frecuentemente con extrema y estúpida crueldad. 
En el patio de mis vecinos, vi a una mujer golpeando a sus perros con una escoba. Los perros corrían de un lado a otro, tratando de eludir los golpes, y finalmente uno de ellos saltó por encima de las láminas de pizarreño que son usadas como verja -de una altura aproximada de un metro con cincuenta centímetros. Quiero decir, es un salto bastante alto. No es que los perros sólo den esos saltos cuando está en dificultades o les están maltratando. Pero en este caso, los perros no habían saltado nunca por ahí para escapar.
A este mismo perro lo encontró mi mujer hace unos días en la plaza del pueblo. Al traerlo de vuelta a su casa, no quería entrar. Cuando salió la dueña, no se acercó a ella sino que se alejó y trató de esconderse detrás de una planta. Finalmente entró. Es el mismo perro que se escapó hoy. Ojalá no vuelva y encuentre una familia o persona que lo adopte y le brinde otra vida mejor, con cariño y cuidados adecuados.
Alguna gente en este pueblo es espantosamente cruel con sus animales. He visto muchos perros encadenados a árboles, caballos dejados bajo el sol días enteros, señoras emperifolladas pegándoles patadas a los perros a la puerta de la iglesia. Mi vecina no los alimenta todos los días. Cuando lo hace, les da solamente pan. Los castiga a menudo –“Rompieron el cuaderno”, explicó una vez- pegándoles o, a veces, sujetándolos a un árbol con una cadena.
Por supuesto, también hay en el pueblo gente muy buena. Gente que ayuda a los perros de la calle sin exigir nada a cambio. La iglesia incluso adoptó a un perro callejero, que ahora se le encuentra siempre en el atrio. Gente que organiza campañas de esterilización y adopción. Hay un perro que entra a misa, y nadie lo rechaza.

Pero el perro escapado es una verdad. Escapa para huir de los maltratos, del desamor y de la crueldad. Una vez en la calle, terminarán siendo perdidos, aunque su situación se parece más a la de los perros abandonados –porque el maltrato es una suerte de abandono. En muchos casos, el abandono es simplemente la culminación de toda una vida de maltratos y crueldades y otras infamias. El perro que escapó vive en una familia de demonios. Su ama mató a otro de sus perros –vale decir, un amiguito del escapado- apuñalándolo y estrangulándolo. Los otros perros probablemente presenciaron el crimen.

Tiene motivos muy fundados para escapar. Ojalá lo logren. En los próximos días, el pueblo tendrá probablemente tres perros más en su plaza. No están perdidos. Nadie los abandonó ahí. Habrán escapado de la tortura y la muerte. Serán perros escapados.
[Foto viene del blog Olmué Turístico.]

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Mataron a Sultán

[En una casa en un pueblo en el campo chileno, un perro que había desaparecido, fue encontrado destripado en un canal en la parte de atrás de la casa de su dueño. También lo estrangularon. Su dueño sabe quién lo mató, pero no sabe qué hacer con esa certeza. Un espantoso caso de crueldad animal.]

[Amado de Mérici] Mi vecino encontró hoy en la mañana a su perro, el que había desaparecido el viernes en la noche. Estaba en el lecho del canal de riego, que pasa por fuera de la casa marcando los límites del terreno. Tenía un tajo algo circular en la ingle, de donde salían sus tripas sanguinolentas. Tenía la lengua fuera, y los ojos abiertos y azules. Tenía el pelaje sucio, pero no embarrado. Y empezaban a aparecer unos bichos en su cadáver. Llevaba muerto, según puedo calcular, unos dos o tres días. Era el perro de Juan, que lo había adoptado hace doce años. “Conocí a Sultán antes de conocer a mi mujer”, me dijo.

Sultán era un perro lanudo blanco, chico, muy tranquilo, quitado de bulla. Era uno de los cuatro perros de los vecinos. Sin advertírmelo previamente, el viernes en la tarde se marcharon Juan y su mujer, y, aparentemente, algunos de sus hijos –que son cuatro, la mayor de cerca de quince; el menor, de meses. Me di cuenta de que no estaban porque me acerqué a la verja por otro asunto y no respondió nadie. Poco después el corredor de propiedades me llamó para decirme que se trataba de la hermana de la mujer de Juan, que se quedaba para cuidar la casa durante su ausencia. Mi mujer dice que era para cuidar a los niños, pero yo no vi niños esa tarde.

La noche del viernes no había perros en el patio de mi vecino. Están siempre ahí, a cualquier hora del día y hasta tarde por la noche. Sólo estaba Aceituna, la perra preferida del corredor –que tiene sus perros a cargo de mi vecino, contra pago. Esa noche escuchamos gritos y aullidos de uno o más perros que estaban siendo golpeados. Es angustiante, pero no creo que se pueda hacer mucho: aquí en este pueblo, algunos de sus habitantes tienen costumbres muy primitivas y es habitual que los golpeen. No es nada raro ver perros encadenados durante días enteros y seguidos. Nadie fiscaliza. Los vecinos callan, o por temor o porque participan de esa misma bárbara y cruel cultura campesina chilena. Eso oímos esa noche: un chillido agudo. Después, silencio.

El sábado en la mañana mi mujer encontró a la Chola, la perra policial negra que es del corredor y también está a cargo de los vecinos, en la plaza del pueblo, completamente desorientada y desesperada, dándose vueltas sobre sí misma y oliscando a las personas que pasaban. Se alegró mucho cuando la reconoció. Un vecino de la plaza se ofreció a cuidarla mientras mi mujer se ocupaba de los trámites que tenía que hacer. Vino a casa a avisarle a la señora obesa dónde estaba la Chola, la perrita. Puso cara de pepinillo, dijo que no le interesaba y cerró la puerta. ¡Esta era la señora que estaba a cargo de la casa durante la ausencia de sus habitantes!

Mi mujer la fue a recoger. La llevó a la casa de al lado, pero la obesa no abrió. La Chola se quedó en la puerta. Al atardecer, la entramos a casa y la hicimos pasar a la casa del vecino –por razones que no viene a cuento explicar aquí, a la casa de mi vecino se puede entrar por una puerta posterior en el patio trasero de la propiedad. Al día siguiente, en la mañana, la volvimos a encontrar en la calle, y la entramos de la misma manera. En la tarde estaba nuevamente en la calle, y la volvimos a entrar de la misma manera. No había comido. Estaba muerta de hambre.

La otra perra del corredor, que también está a cargo de Juan, tiene aspecto de hiena y se llama Tequila. La encontramos en la calle, pero entró a su casa por otro lugar. El perro Sultán no estaba en ninguna parte. No apareció ni el sábado ni el domingo.

Según nos pareció, entonces, la señora obesa, que venía en remplazo de su hermana, fue a botar los perros, excepto Aceituna. ¿Por qué haría una cosa así? Yo pensaba entonces que era evidente que había recibido el encargo de hacerlo. Aceituna es la perra favorita del corredor, así que quizás era por eso que no le habían hecho nada, ni botarla lejos, ni echarla a la calle. El primer sospechoso era el propio corredor, que le habría pedido a la mujer de mi vecino que botara a los perros, menos a su favorita. Yo lo llamé y lo que me dijo no me tranquilizó. Me dijo: “Mira, no te metas. Si fueron a botar a los perros, pongo otros”. Al corredor los perros no le interesan en absoluto. Si los hubiese mandado a botar, no habría hecho una excepción con Aceituna. El corredor no fue.

La mujer del vecino es la otra sospechosa: que ella le pidió a su hermana que fuera a botar a los perros. ¿Motivo? Los perros no son de ella, son del corredor. Quizás estaba descontenta por el pago, que debe ser bajo, si acaso. Es que la casa donde viven es del corredor, y a cambio del cuidado de los perros y otras tareas, no pagan alquiler. Igualmente, la mujer puede sentir que es demasiado trabajo. Puede tener otros motivos. Esos perros del corredor eran en realidad los perros guardianes de otra propiedad. En su propia casa, eran inútiles. (Creo que en el campo, si un perro no es útil, simplemente lo matan.)

La Chola estaba desorientada en la plaza porque no podía encontrar su rastro, y la razón es que no llegó por propia voluntad, caminando, sino que la llevaron en coche. Por eso no puede volver a ninguna parte. Esta es la conducta habitual de un perro recién abandonado, o perdido. La Chola no se podía perder, porque la plaza donde la encontró mi mujer está prácticamente a un kilómetro de distancia. A la Chola lo fueron a botar. La perra Tequila llegó sola. El perro Sultán no apareció.

Hoy martes llegó mi vecino. En la mañana temprano le pedí que me cuidara los perros, porque teníamos que hacer, urgentemente y juntos, algunos trámites. Él no podía, pero se encargaría su mujer. Yo, temblando. Estaban todos los perros, menos Sultán. “No se puede haber escapado”, dijo Juan. “No se escapa nunca”. En realidad, se hace muy difícil creer que los perros escapen de su casa. Ahí sólo tiene reja la parte anterior del terreno; la parte posterior tiene bastantes huecos, da a un canal de riego y seguidamente a vegetación cerrada y frondosa. Esta es una región rural, y estamos prácticamente a los pies de un cerro. Los perros a cargo de Juan salen prácticamente cuando quieren, y vuelven; pero no se escapan. Cuando tardan en volver, su mujer los castiga, a veces encadenándolos durante horas, a veces pegándoles. Le pido a ella encarecidamente que no deje solos a mis perros durante mi ausencia –que durará máximo dos horas (en realidad, fueron cincuenta minutos).

Al volver, conmoción en casa: tres de mis seis perros se habían escapado, pero Juan los había capturado nuevamente. Y había encontrado el cadáver de Sultán, con las tripas afuera, en el lecho del canal.

Sultán estaba súper rígido. Tenía el pelaje entierrado. El lecho del canal está lodoso, porque dieron el agua hace unos días. Pero ayer lunes no había agua. Creo que dieron el agua el viernes. Su esposa me dijo que ella había escuchado a Sultán gritar anoche tarde, pero que no salió a ver qué pasaba porque no tenía pilas en la linterna. Yo y mi mujer no oímos nada parecido. No que yo recuerde. Dijo que seguramente a Sultán, que quizás volvía a casa, lo habían atacado otros perros. Pensé que la interpretación era sospechosa.

Después de mirar el cadáver, concluyo que Sultán fue asesinado. Lo han cogido probablemente de la cabeza, por detrás, y le han clavado un cuchillo en la ingle, girando la hoja hacia la izquierda para cortarle las tripas y desangrarlo y enseguida, como probablemente Sultán empezó a chillar, lo estrangularon con las manos. Eso explica su lengua salida. Los ojos abiertos. La herida tan claramente hecha con un cuchillo. Además, en el lugar donde estaba, el lodo no estaba removido, no había huellas de perro (y tendría que haberlas habido, porque había barro), y Sultán no estaba mordisqueado ni ningún perro se había comido sus tripas, ni le había hecho pelones en la trifulca (una lesión habitual en peleas de perro), ni estaba despedazado. Tenía una sola herida circular en la ingle. A Sultán lo mató una infrahumana.

Juan me dijo que la interpretación de su esposa no coincide con sus datos. Es decir, ayer en la tarde, entrada la noche, tras llegar, salió a buscar a Sultán justamente por el canal de riego y no entonces no estaba su cadáver. El cadáver lo arrojaron ahí, me dijo, probablemente ayer por la noche, en la madrugada. Esto no lo sabía su mujer, porque no se lo dijo. No se lo pregunté, porque es evidente que Juan salió a revisar el canal con una linterna.
“¿Tanto odio te tienen que han venido a arrojar el cadáver de Sultán en la madrugada para que tú lo encontraras muerto?” Mueve la cabeza incrédulo. Creo que lo que ha ocurrido es que la señora obesa, que probablemente mató a Sultán (no sé si por encargo de su hermana o por propia malignidad), el viernes noche no pudo deshacerse del cadáver o por alguna razón no lo arrojó al canal, que entonces venía con agua. Probablemente dejó el cadáver en una bolsa, escondida, o en algún rincón, y le dijo a su hermana que se encargara del resto. Por eso, ayer noche tarde u hoy temprano por la mañana lanzó el cadáver al canal y difundió luego la historia de que ella había escuchado aullar a Sultán en la noche, sabiendo que estaba muerto, con el propósito de desviar nuestra atención. La verdad es que nadie vino a dejar a Sultán aquí simplemente porque siempre estuvo en la casa. A Sultán lo arrojaron al canal desde la casa misma.

Mi teoría final es que hoy en la mañana, después de que nos marcháramos, la esposa del vecino, en lugar de quedarse en el terreno acompañando a mis perros, se fue a su casa y, mientras su marido se duchaba, lanzó el cadáver de Sultán (que había escondido en su casa su hermana) al canal. Es por eso que su cuerpo estaba entierrado y no embarrado, como debería haber estado. Lo que no anticipó es que tres de mis perros, al oler el cadáver de Sultán, la sangre y el hedor que empezaba a despedir, saltaron hacia el canal. La mujer se vio obligada a llamar a su marido, que salió de inmediato en dirección al canal a buscar a los chuchos. Así descubrió el cadáver de Sultán. No era la intención. Fue casualidad. Si no fuera porque mis perros escaparon, Juan no habría salido a buscarlos al canal y no habría encontrado el cadáver de Sultán, que se habrían llevado las aguas del canal el próximo día de riego. Si Juan no hubiese visto el cadáver, habría vivido con la esperanza -quizás- de que hubiese sido adaptado por una buena persona o familia y fuera al menos feliz. ¿O no fue casualidad?

Tras recuperar Juan a mis perros, los metieron al salón, donde en realidad solemos estar todos. Pero cuando entré a casa la primera vez, no vi a nadie y pensé que estaban todos fuera. Pero la mujer de Juan, que estaba en el patio, me insistió que dos de mis perros estaban el salón. Volví a entrar, los llamé, y entonces aparecieron tímidamente, asomando primero la cabeza, desde detrás de un sillón, mis dos perros, que empezaron entonces a alegrarse y acercarse a mí. ¿Qué les habrá hecho la persona a la que dejé encargada de cuidarlos sin perderlos de vista?

Juan empezó a cavar un hoyo en su patio, junto al canal. Recogió a Sultán y lo metió en una bolsa de plástico. Su mujer le ayudó con la excavación, sacando la tierra con una pala. Yo miré la escena desde la verja. Mi mujer pasó a despedirse de Sultán, y ofrecer sus condolencias a la pareja. Me retiré pensando en cómo podía la persona que miraba con disimulada congoja la bolsa donde estaba Sultán en su tumba, ser la misma que había lanzado al canal, apenas unas horas antes, su cadáver. La misma que probablemente encargó su asesinato a su hermana obesa, y posiblemente se convirtió en cómplice del asesinato cuando trató de encubrirlo y tratar de convencernos de que el Sultán había sido matado por un perro o una jauría de perros en una pelea.

 [En la foto –de Pepa García-, Sultán, o Rex. A su alrededor, apenas un par de huellas de patas de perro –no el revolcadero que debería haber si hubiese sido matado por otro perro. Otra evidencia de que no murió ahí: tenía el pelaje, no enlodado, pese a que el lecho del canal estaba lleno de lodo.]

El Matarife como Sacerdote

Ayer informaba La Nación sobre el llamado del Congreso de Ateísmo a mofarse de las tradiciones católicas relacionadas con la prohibición de comer carne el Viernes Santo, organizando un asado. Pero reunirse para sacrificar animales y hacerlo fundamentalmente para ofender a los católicos es lo más cercano al satanismo o al paganismo que puede uno imaginar. Es un llamado ruin, que justifica todas las barbaridades de la cultura e industria ganadera: la esclavitud animal y el espantoso degüello a manos de brutos matarifes –los nuevos sacerdotes de esta pequeña secta. Junto con el llamado al crimen, estos ateos de tómbola celebran también lo peor de una tendencia de la cultura actual: el ruido, el bullicio embrutecedor,  el agobiante purumpumpún, no por algún valor presuntamente intrínseco, sino simplemente para entorpecer el silencio y el recogimiento con que los católicos recuerdan los acontecimientos de estas fechas.

Ninguno de ellos está en estado de pensar que esos chunchules, choripanes y trozos de carne de vacuno pertenecieron a personas que eran hijos e hijas, padres y madres, tíos y tías, seres sintientes que tenían tanto derecho a la vida como sus victimarios.
Tampoco come nadie pescado en recogimiento. Ni es tampoco la idea de que el salvaje asado de carne sea remplazado sistemáticamente por un igualmente bruto asado de pescados y mariscos.
Nadie está obligado, dicho sea de paso, a ver películas sobre Cristo y el Vía Crucis, ni en la televisión abierta ni en la por cable. Si no te dicen nada, no las veas. Hay literalmente cientos de otras opciones.
Rechazar las tradiciones católicas tampoco debería implicar entregarse al asesinato de los animales que los católicos se prohíben para estas fechas. Los propios católicos violan sus principios fundamentales cuando sí se permiten la carne los otros días del año.
El argumento de que no todos los chilenos son católicos y que por ello no deberían celebrarse estas tradiciones, pasa por alto el contenido moral de estos tabúes. No matar a otros seres con derecho a la vida es un valor que debería ser protegido y extendido. Es una buena tradición y no debe desaparecer. En estas materias, el relativismo moral es derechamente insostenible. Y no es una buena idea que el estado apoye a grupos y sectas fundamentalistas cuya característica principal es la intolerancia.
En un mundo donde se acepta cada vez más el derecho a la vida de los animales, en el que el cautiverio y el sacrificio animal son cada vez más rechazados, y en el que son cada vez más numerosas las personas que se privan del consumo de carne por razones morales, este llamado a multiplicar el sufrimiento animal y masificarlo todavía más, es un residuo atávico, un incoherente elogio del primitivismo y la barbarie, un llamado a regocijarse en el dolor de otros, un grito de intolerancia.
Conozco a otros ateos, y no se parecen en nada en estos matarifes.
[La foto muestra a un cerdito lechón ofrecido a la venta, entero, en un supermercado chileno. Este animal fue separado de su madre al nacer, y no se le permitió vivir más que unas semanas, para que sirviera de alimento. Fue hecho vivir para ser sacrificado. Viene del blog No Me Importa Morir.]

Arqueología del Mal

[Amado de Mérici] El ex dictador argentino, Jorge Rafael Videla, concedió hace unos meses una entrevista a un periodista de la revista española Cambio 16, en la que defendió su campaña de exterminio de la oposición durante las sucesivas dictaduras en ese país. Entre otras de las cosas en las que dice creer, destaca esta, que en “Argentina no hay justicia, sino venganza, que es otra cosa bien distinta”. Protesta por el hecho de que él y sus cómplices estén en prisión después de haber sido juzgados y condenados, muchos de ellos a presidio perpetuo. Sin embargo, a diferencia de sus víctimas, Videla y los otros no han sido torturados ni violados ni asesinados, y fueron llevados a juicio en un tribunal con todas las garantías jurídicas que ofrece la democracia argentina: con abogados que les defendieron según sus capacidades y con acceso a las fuentes y documentos de la acusación. No fueron sus mujeres ni violadas ni torturadas ni asesinadas para vender a sus hijos. No han pasado ni un día en un campo de concentración. Nadie les arrojó al mar desde aviones.

Es realmente difícil entender que crea o espere que sus crímenes puedan ser justificados o perdonados. Sus actos no tienen perdón de Dios. Pese a sus crímenes, morirá de muerte natural, y, lamentable y probablemente en su casa, cuando la justicia determine que su salud, mental o de otro modo, se encuentra demasiado deteriorada como para continuar en prisión.
Aunque no se explaya sobre este tema, ni se esfuerza el periodista por hacer preguntas pertinentes, aparentemente cree que el hecho de que algunas de sus víctimas fueran guerrilleros de izquierda, que pudieran haber amenazado el orden establecido, y la gran mayoría ciudadanos que apoyaban un cambio social, justifica sus abusos y perversiones. Y no entiende por qué la sociedad argentina exige que pague por esos crímenes.
Tiene la absurda idea de que los militares y sus aliados prestaron un servicio a la patria trasandina, y protesta que “el gobierno actual se ha caracterizado por la asimetría y nos ha considerado sólo a nosotros como la parte beligerante, como el Demonio que tiene que ser condenado y encarcelado”. Exige una igualdad de trato que es imposible. Sus víctimas yacen en el fondo del mar, o de la tierra, en sus cuerpos retorcidos por el dolor de las torturas. Los que según el ex dictador también debiesen ser juzgados, junto con otros miles de inocentes, ya fueron cobardemente asesinados por él y sus secuaces, sin forma alguna de juicio. Por este simple hecho, nada de lo que diga Videla o alguno de los suyos tiene valor alguno –eso equivaldría a aceptar como legítimos los motivos de Caín. Videla es una expresión del Mal en la historia. Un demonio, como lo reconoce. Sus crímenes delatan una dimensión no humana indesmentible. Sus relaciones con la jerarquía católica argentina revelan a un clero penetrado e infiltrado por las fuerzas del Mal.

La organización Hijos reaccionó diciendo que “venganza, por definición, sería robarles sus hijos, secuestrarlos, torturarlos, violarlos, tenerlos en cautiverio, tirarlos vivos al mar, robarles sus bienes, fusilarlos. Nunca hicimos nada de eso ni lo haremos”.
El diputado Ricardo Alfonsín, hijo del ex presidente, declaró, en un análisis profundo y terriblemente pertinente, que Videla, como Pinochet y Hitler, “son ejemplos emblemáticos de idiotez moral, personas absolutamente incapaces de identificar el mal”. Son personas que “nos recuerdan que la idiocia (trastorno profundo de las facultades mentales) es también una patología moral, no sólo mental”. Como es tan evidente en el caso de Hitler, Stalin, Pol Pot, Idí Amín Dadá, Franco, Pinochet, Videla y otros, sus crímenes tienen una dimensión que no explica ni la política ni la historia ni la mera psicología. Para entenderlos hay que reconstruir primero una arqueología del infierno. En sus actos y crímenes, e incluso en sus palabras, hay un odio tremendo, irracional e injustificado, contra el género humano y todo lo que se le asocie. Es lo que une a todos estos dictadores. La política y la ideología, cualquiera su sello, y la historia, cualquiera su interpretación, sólo sirven de excusas para estos monstruos, que ven en los conflictos entre hombres la grieta por la cual introducirse en el mundo humano.

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