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Qué Hacer con los Perros de la Calle


Más que pensar en las dificultades que los perros de la calle presentan a veces a los humanos, debemos pensar en la reformulación de nuestra relación con los animales.

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Los perros que se hallan en las calles son, en ese orden de importancia, perdidos y abandonados. En general, los que viven en la calle no son perros felices. Pese a que la mayoría de ellos cuenta con madrinas y padrinos (tutores, y las que llamamos cariñosamente viejas locas) que los alimentan, sanan de sus enfermedades y vacunan regularmente, se trata de perros que viven bajo un enorme estrés, primero por los terribles y cotidianos riesgos que corren (de ser agredidos por humanos y otros perros, de morir atropellados, de contraer enfermedades) y, luego, porque su destino natural es una familia humana que, aparte protección, les proporcione compañía, cariño y una función en el seno del grupo familiar -que son cosas que esperamos todos los mamíferos.

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Los perros deben ser retirados de la calle por su propio bien, aunque hay casos, como los perros comunitarios en los barrios periféricos, en que sobreviven sin grandes dificultades y con funciones de seguridad que la comunidad humana aprecia enormemente. (No me refiero a los perros que salen a la calle para volver a casa a comer y dormir, según una extendida costumbre chilena, que tiene a los perros como niños, hijos o miembros de la familia, con derechos similares a los de los niños -de tener amigos y salir a jugar con ellos, por ejemplo.) Se los debe retirar de la calle para facilitar su reencuentro con la familia que los extravió o para su adopción por otra familia humana. En ningún caso deben ser retirados simplemente porque provocan molestias a los humanos, y menos ingresados en caniles, privados o municipales, que sean en realidad botaderos de perros, de donde no saldrán con vida, sea porque esos caniles no implementan políticas ni de reunificación familiar ni de adopción y donde los canes mueren por enfermedades contraídas en caniles hacinados e insalubres o a manos de otros perros agresivos.

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A mi juicio, es muy probable que los perros corran este destino horrible en caniles con grandes concentraciones de animales, de cien o varios cientos o miles de perros, que son inmanejables, que carecen de recursos, capacidad o personal y que conocen una tasa de muerte altísima. Lo ideal sería crear redes de refugios o caniles familiares, u hogares adoptivos, de no más de cinco o diez perros, en los que deberían ser preparados para su nueva vida con una familia humana.

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Para facilitar la reunificación familiar deberían crearse e implementarse programas de reencuentro que faciliten la identificación de los canes perdidos. Esto se puede lograr subiendo fotos y descripción a páginas web, municipales o privadas o de asociaciones y pidiendo la colaboración de medios de comunicación social, como prensa escrita, radio, televisión y prensa online, que podrían ceder espacio o tiempo para presentar sus fotos para facilitar el reconocimiento y reencuentro con la familia humana o la adopción.

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Una vez en el canil, los perros deben ser examinados médicamente y tratados si tuviesen alguna enfermedad. Al mismo tiempo, debiese aprovecharse su estadía en el canil para rehabilitar a los perros que se muestren agresivos o muy territoriales, con el fin de adiestrarlos para facilitar su reinserción social -es decir, que pueden ser adiestrados para que puedan ser reincorporados en la sociedad humana como perros terapeutas para trabajar con niños, ancianos, en hospitales, residencias de ancianos, hogares infantiles, escuelas, y en otros oficios, como detectando enfermedades, como perros bomberos y policías, como perros sabuesos o rastreadores y lazarillos y en otros innumerables oficios. Todos los perros pueden ser adiestrados en estas labores, independientemente de su raza. Todos los perros son un verdadero tesoro y al adiestrarlos así empezaremos a verlos, más que como fuente de peligro y miseria, como colegas de inmenso valor. Al mismo tiempo, a muchos perros se les pueden enseñar algunas habilidades sociales que faciliten su adopción, como por ejemplo enseñarles a jugar a la pelota (uno de mis amigos perros juega a la pelota vasca, y no lo aprendió de nadie), a recoger el diario, a jugar al Friesbee y otras habilidades que son especialidad de los encantadores de perros. Estas habilidades aumentarían la posibilidad de ser adoptados de muchos chuchitos.

En esos caniles se podrían prestar ciertamente estos servicios de adiestramiento no solamente para los residentes recogidos, sino para perros cuyos dueños quieran prepararlos a alguna de esas funciones. Por ejemplo, se podría adiestrar a perros guardianes o con funciones de guardianes para enseñarlos a proteger la propiedad que custodian (casas, locales comerciales, parcelas, fábricas) sin provocar lesiones letales a los infractores. Obviamente, estos perros no deben ser tratados como monstruos ni robots y deben formar parte de una familia humana. El adiestramiento podría ser pagado a los especialistas encargados por las mismas instituciones que los contratarán en el futuro.

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No hay que tener miedo a la idea de tener muchos caniles pequeños, familiares, en lugar de uno solo con cientos de animales. Es mucho más humano, prepara a los perros para su destino final en una familia humana y no costará demasiado dinero a las municipalidades. Cuando se trate de la creación de refugios familiares temporales o permanentes, las municipalidades debiesen ofrecer servicios médico-veterinarios gratuitos, que incluyesen las vacunas y tratamientos médicos permanentemente o durante un tiempo o dependiendo de los ingresos de la familia. Esto facilitaría enormemente la capacidad de recepción de los ciudadanos, que muchas veces no reaccionan no por falta de piedad sino por falta de recursos.

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Los perros adoptados en los caniles familiares o municipales deben quedar inscritos en la municipalidad, para facilitar su seguimiento y detectar casos de maltrato y abandono. Lo ideal sería que las mascotas sean incluidas en las libretas de familia e identificadas con un nombre adecuado y los apellidos de los otros miembros de la familia.

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En cuanto a la alimentación, creo que esos hogares deberían adoptar dietas veganas, que son enteramente responsables y que consisten básicamente en una alimentación a base de verduras, frutas y legumbres, más los complementos necesarios. Gran parte de este alimento se puede obtener gratuitamente visitando las ferias a la hora del cierre, cuando quedan en los puestos grandes cantidades de alimentos retirados de la venta para humanos pero todavía perfectamente utilizables para preparar comidas para perros. (Los perros que viven conmigo se alimentan de acuerdo a una dieta vegana, tienen supervisión veterinaria y son perfectamente sanos.) Voluntarios veganos podrían además enseñar el uso de recursos para dar a los chuchos una alimentación variada y sana utilizando elementos presentes localmente. Estoy seguro que otros alimentos, como arroz y fideos, se pueden obtener gratuitamente apelando a la piedad y solidaridad de fabricantes, tiendas y ciudadanos.

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Los animalistas y municipalidades deberían trabajar conjuntamente para crear redes de voluntarios que acompañen a los perros en los caniles mientras dure el proceso de adopción: acompañarlos, sacarlos a pasear, servirles el alimento de vez en vez, bañarlos, limpiarlos y, sobre todo, buscarles familias humanas adoptivas en sus propios entornos y realizando jornadas de adopción regulares los fines de semana. Los voluntarios podrían también colaborar de otros modos, como confeccionando ropa para perros (que eventualmente podría ofrecerse en el mercado) o haciendo alimento seco vegano (que también podría comercializarse) y contribuir así a los recursos de los caniles. Las municipalidades debiesen fomentar las actividades económicas que puedan surgir en torno al cuidado animal (como las fábricas de pellet y talleres de confección de ropa para mascotas).

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Al mismo tiempo, debieran las municipalidades realizar campañas permanentes de esterilización, para contribuir al control de la población canina; restringir o prohibir la venta de perros de criadero o el funcionamiento de estos criaderos; y realizar campañas permanentes de educación sobre mascotas y la relación de los humanos con ellas en escuelas, jardines infantiles, centros de madres, juntas de vecinos, residencias, etc. El objetivo debiera incluir lo que llamamos hoy tenencia responsable, pero en el marco de la formulación de una nueva relación con los animales, que excluya la explotación y utilización abusiva, la esclavitud y el cautiverio, y que se base en una relación sana, incluyendo relaciones recíprocas no ajenas a la sociedad y cultura caninas.

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Las municipalidades y animalista debiésemos iniciar campañas de reclutamiento de voluntarios en todos los grupos de edad, y especialmente entre personas de la tercera edad, que disponen de más tiempo y son por eso quizá más receptivos al trabajo solidario y comunitario. Pero, obviamente, deberíamos reclutar en todas partes.

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Debemos pedir la colaboración de las iglesias para fomentar la adopción y la solidaridad con los animales. Debemos aspirar a que en los sermones del domingo y en otros servicios de otras iglesias, los sacerdotes y pastores llamen a los fieles a dar muestras de compromiso integrando a animales de la calle o de caniles a sus familias humanas. Al mismo tiempo, serviría que las autoridades, como por ejemplo el ministro del Interior, Rodrigo Hinzpeter, se dirigiesen a la ciudadanía sugiriendo que la adopción, basada en la piedad, es un gran paso hacia la solución del problema de los perros en situación de calle. Quizá podamos pedir la colaboración de figuras conocidas en sus oficios, como carabineros, senadores, diputados, hombres de negocios, sacerdotes, artistas, que hayan adoptado a perros de la calle y destaquen los efectos positivos de la adopción para la familia humana.

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En la formulación y creación de un nuevo tipo de relación con las mascotas deberíamos fomentar una cultura de respeto, pidiendo por ejemplo que en los restaurantes se instalen caniles para que las personas con mascotas no sean excluidas del uso de esos servicios, o para que se admita, como en otros países, a las mascotas en el transporte público, o para sepultar con dignidad a las mascotas fallecidas en cementerios de mascotas que deberían crearse en las comunas. Deberíamos terminar con la costumbre de arrojar a las mascotas muertas a la basura, a los vertederos o a la calle y enterrarlas con respeto, en un servicio adecuado, también para inculcar en nuestros hijos una cultura de respeto hacia los animales.

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Creo que es importante decir, por la experiencia en otros países, que la prestación de algunos servicios médico-veterinarios gratuitos no debe ser vista como competencia desleal por los veterinarios. La mayoría de las personas en Chile, por escasez de recursos, no visitarán nunca a un veterinario si los costes amenazan al presupuesto familiar, que es frecuentemente el caso. Así, la municipalidad estará ayudando a personas que de todos modos no contratarán nunca los servicios de veterinarios. Pero más importante es que en este plan se crean numerosos nichos donde los veterinarios pueden especializarse, como para el adiestramiento de perros terapeutas o de otros servicios, para la rehabilitación de perros agresivos o con conductas anómalas, para la búsqueda de perros perdidos y para asesorar a las familias humanas adoptivas en su relación con las mascotas.

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Es muy importante que el estado y el Parlamento participen en la creación de un marco ideológico y jurídico, colaboren en la promulgación de leyes que prohíban explícitamente el sacrificio animal como forma de control de la población canina y toda forma de eutanasia que no sea estrictamente médica y castiguen con severidad el maltrato animal, incluyendo penas prolongadas de cárcel para los casos más aberrantes, como los envenenadores de perros y otros maltratadores semejantes. El asesinato de un perro debiera equipararse con el homicidio simple. Al mismo tiempo, deberíamos contar ya con una fiscalía animal, que se especialice en estos casos, y el aumento de la dotación de las brigadas de policía del medio ambiente ya existentes para fortalecer la sección dedicada a casos de maltrato animal. Es importante también contar con una policía especializada en el rastreo de perros perdidos y/o fomentar la creación de bufetes privados especializados con el mismo fin (los llamados detectives de perros).

Del estado debiésemos también esperar que colabore en la promulgación de una ley que permita que los funcionarios municipales desobedezcan y denuncien órdenes ilegales sin temor a perder sus empleos. En la actualidad, los funcionarios deben obedecer, incluso si las órdenes de superiores son evidentemente ilegales. Cambiar la ley y permitir la desobediencia y denuncia justificadas nos permitiría estar al tanto, desde dentro, de posibles abusos y delitos y fortalecería las labores de fiscalización.

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Es importante intervenir en la comunidad para prevenir tanto el maltrato como el abandono. Muchas veces las familias abandonan a sus canes cuando alguna situación inesperada restringe sus ingresos, transformando la manutención de los canes en algo muy difícil. En otros casos, la falta de recursos para curar a un perro enfermo provocará casi ciertamente su abandono. En otros, la enfermedad del tutor humano (por Parkinson, por Alhzeimer o alguna otra enfermedad grave) redundará en el abandono del can. Los servicios municipales, en colaboración con las redes animalistas, deben detectar estos casos antes de que ocurra el abandono. Hay que recordar que en los casos de falta de recursos para tratar a los chuchos, la municipalidad debe ofrecer servicios médicos gratuitos.

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Si todo marcha bien, si se implementan planes como este haciendo funcionar al mismo tiempo todo el engranaje, al cabo de un tiempo habrá muy pocos perros en la calle, pues vivirán todos en familias adoptivas. Los perros que hallásemos en la calle serían pues perdidos o escapados, antes que abandonados, o simplemente perros paseando, porque la intención de impedir que los tutores permitan que sus perros salgan a pasear a la calle o a la plaza del barrio (estoy excluyendo el casco histórico o centro administrativo de las ciudades), como los cachorros humanos, o con ellos, es mucho mejor que no la tengamos. Es un rasgo valioso de nuestra identidad.

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Si hallado un perro en la calle no hubiese otra opción que un canil gigante, sin planes ni de adopción, ni de rehabilitación, ni de reinserción social, ni de nada, que son caniles donde son botados para que se mueran, sea de enfermedad, sea a manos de otros perros, o simplemente de tristeza, o si no hubiera caniles familiares con cupo, la mejor solución sería dejarlos en la calle, a cargo de una madrina o padrino, hasta que se le encuentre cupo en algún hogar.

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El principio guía de toda acción animalista es que los animales tienen derecho a la vida, que la vida animal tiene un valor intrínseco y que los perros o gatos y otros animales de compañía no deben ser matados nunca por motivos ajenos a aliviar su sufrimiento en casos irrecuperables o de enfermedades con dolores insufribles, igualmente intratables -o sea, lo que llamamos eutanasia médica. Toda otra muerte provocada debe ser considerada asesinato y un caso grave de maltrato animal y castigada consecuentemente. Cuando se acepte que los chuchos y meninos tienen el mismo derecho que nosotros a la vida y que son parte de nuestras familias, los humanos encontraremos siempre una solución, del mismo modo que encontramos solución cuando se trata de nuestros familiares humanos.

Notas
1 Estos comentarios y reflexiones los he escrito después de conversar con mis amigos y compinches habituales, P.G., E.J.M. y C.L., sobre el nuevo proyecto de ley de protección animal que se tramita en el Congreso chileno y sobre qué podríamos hacer para ofrecer a los perros en situación de calle una nueva vida en una familia humana.

2 El ministro apareció hace poco en una publicación, en un retrato con los perros hallados en la calle que ha adoptado. Es un gran ejemplo. Su compromiso ofreció una vida nueva a tres canes que, por razones desconocidas, terminaron viviendo en la calle.

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