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El No Holandés

Aunque ha causado enorme revuelo y consternación en Europa, el no holandés merece más atención que la que le otorga la prensa internacional. Dos factores han sido aparentemente decisivos a la hora de votar: el emergente anhelo de preservar las legislaciones nacionales frente a lo que se percibe como una monstruosa burocracia en Bruselas, y el descontento de la población con la posible integración de Turquía en la Unión Europea. En el trasfondo se recordaba también la introducción del euro -al que la gente atribuye gran parte de los males actuales y que es considerada ampliamente como una estafa- y la reciente expansión europea hacia Europa del Este.
El primer punto es importante y, con el segundo, sólo se explica por los irracionales temores de una población que expresa, casi en un 60 por ciento, simpatías fascistas y racistas. Y es que tanto el gobierno como el electorado holandés saben que las nuevas leyes de inmigración e integración sólo pueden seguir siendo aplicadas a condición de que Holanda se aleje de Europa, cuyos principios y numerosos tratados vienen siendo violados sistemáticamente por su gobierno ultraderechista. Sabe el gobierno, e intuye la población, que el sistema de apartheid que se ha instalado para la población árabe y del llamado Tercer Mundo, no podrá mantenerse en pie una vez que Europa tenga una constitución única. La xenofobia es enemiga de principios universales y se afirma en una reivindicación irracional de lo que la población aborigen percibe como intereses nacionales.
En los mismos sentimientos se asienta el rechazo a Turquía, argumentando que no es occidental -como si Holanda se comportara realmente como si lo fuera.
Tampoco ha ayudado la actitud del gobierno, que ha sido ambigua en todo momento y que se sospecha que, como la posición del Partido Popular español, fue en gran parte hipócrita.
El gobierno holandés es una coalición de partidos de derecha y extrema derecha. Está formado por demócrata-cristianos (CDA), liberales (D66) y extrema derecha (VVD), y cuenta con el apoyo casi irrestricto del grupo fascista Lista Pim Fortuyn y de formaciones neo-nazis (Grupo Wilders). Como en otros países de Europa, la división de opiniones también se advirtió en los partidos políticos gobernantes. Algunos políticos de derechas son europeístas; la mayoría se opone a Europa. En la izquierda ocurre otro tanto de lo mismo. Pero en el caso holandés hay fuertes indicios de hipocresía en el modo en que el gobierno informó a la población sobre la constitución. El folleto explicativo salió tarde, pésimamente escrito, de horrible diseño y extremadamente largo -casi 8 páginas.
Inmediatamente conocidos los resultados, el primer ministro Balkenende hizo supuestamente suyos los resultados del referéndum e inició una nueva postura anti-Europa (en principio, el primer ministro apoyaba la constitución). Su interpretación del descontento holandés, como se vería después, era que están aburridos de pagar su contribución -una postura que le ganó el escarnio y la burla de otros jefes de estado europeos. Holanda, cada vez más fascista, es también cada vez más rácana.
De esto no puede salir nada bien.
Detrás de la postura obstruccionista holandesa se encuentra la xenofobia de su gobierno y parte de su gente, ese mal no exclusivamente germánico que ha vuelto a apoderarse del país, como en la década de los años cuarenta. Y la xenofobia, un conjunto de sentimientos irracionales y mal intencionados, es indiferente a argumentaciones racionales. Poco antes del referéndum se anunció a la población holandesa que las consecuencias económicas serían inmediatas y desastrosas. A los pocos días de conocidos los resultados los pronósticos de crecimiento económico fueron reajustados a la baja de 1.7 por ciento a 0.4 por ciento este año -si acaso, ya que es probable que tenga crecimiento negativo. El consumo ha disminuido en un 30 por ciento, porque la población tiene miedo de gastar. Entretanto, muchas empresas, algunas de ellas de las más emblemáticas y tradicionales del país, están cerrando sus puertas y marchándose a otros lares. Y si Holanda impulsa el rechazo de Turquía, es probable que Turquía reaccione castigando a Holanda, lo que sería un desastre, pues parte importante de las exportaciones holandesas se destinan a ese país.
Así, el no holandés tiene poco que ver con una preocupación genuina sobre el destino de Europa y mucho con su tradicional xenofobia.

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