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Después de la Declaración de La Moneda

La reunión de Unasur no pudo terminar de manera más auspiciosa para el presidente Evo Morales. Los presidentes sudamericanos le otorgaron un cerrado y unánime respaldo, rechazando desde ya todo intento de ruptura del orden institucional boliviano, golpe de estado o secesión territorial, e insistiendo en un llamado al diálogo entre las partes en conflicto. Al mismo tiempo, han dado una firme demostración de madurez y de consenso en un tema que, considerando la participación de países como Colombia y Chile, podría haber terminado mal.

Pero todavía es demasiado temprano como para determinar si la intervención de este grupo de presidentes bastará para doblegar la oposición de la extrema derecha y apagar el peligro de un golpe de estado civil o de una dictadura militar.

De hecho, es evidente que la oposición boliviana ya no quiere seguir dialogando. Es muy probable que la masacre de Pando fuera ordenada y cometida para crear un punto de inflexión que justificara la reacción armada de la extrema derecha si el presidente Morales hubiese caído en la provocación y hubiese respondido como esperaban muchos, reprimiendo de manera drástica a la oposición. La estrategia adoptada por el presidente resultó la más sabia. La oposición carece ahora de toda legitimidad en la escena internacional, su principal aliado ha debido hacer mutis por el foro tras la denuncia de Morales y la expulsión del embajador norteamericano, y sus esperanzas de provocar la represión del gobierno para justificar más actos de violencia y finalmente la secesión de las provincias orientales ha fracasado estrepitosamente. Quienes no podrán disfrutar en este mundo de la humillación de la extrema derecha son las decenas de víctimas que se cobraron los sublevados.

La OEA lleva un año en el país tratando de conciliar las partes en conflicto, sin ningún logro apreciable. Los llamados al diálogo no son bienvenidos en el Oriente boliviano, porque para la oposición es demasiado tarde como para actuar en el marco de la institucionalidad democrática. Los prefectos no ven otra solución que la violencia y la secesión. Estados Unidos ha tratado de intervenir en el proceso político y es probable que continúe con sus intentos de desestabilización. Así, las comisiones que nombrará la Unasur no lo tendrán nada fácil en las semanas que se avecinan.

No todos los prefectos orientales han accedido a continuar los esfuerzos de alcanzar un acuerdo político. Después de la masacre de Pando, la declaración del estado de sitio era inevitable y nada que diga la oposición puede desmentir la constatación de que el gobernador no tiene control sobre la situación en su región ni sobre sus hombres, ni puede tampoco garantizar el orden público ni la integridad física de los grupos que están siendo atacados aparentemente por sus propios elementos. Considerando los testimonios disponibles, y la propia acusación del gobierno y la fiscalía, el gobernador mismo aparece implicado en ese atroz atentado.

Es evidente que el gobierno boliviano no puede aceptar continuar con el diálogo si este implicase la impunidad de los autores intelectuales y materiales del atentado.

Pero si después de un año de intervención de la OEA todavía no se logra que los prefectos orientales acepten la legitimidad del presidente Morales, es evidente que las negociaciones no llegarán demasiado lejos. En los tres puntos de negociación -las autonomías, los impuestos petroleros y la Constitución-, el último es irrenunciable y el más espinudo. Los prefectos deberán estar dispuestos a aceptar el derecho legítimo de los bolivianos a reformar su Constitución o a redactar una nueva. No aceptar esta posibilidad es simplemente negarse a respetar las reglas democráticas. Y la postura es inaceptable y probablemente la razón por la que los prefectos seguirán fingiendo, mientras afilan los cuchillos, una búsqueda del diálogo que abandonaron hace tiempo.

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Pero durante todo este proceso, que empezó ahí por el diez u once de septiembre con la expulsión de La Paz del embajador estadounidense, quedó en evidencia -una vez más- la falta de profesionalismo y la descarada manipulación y tergiversaciones que ya caracterizan al periodismo chileno, tanto de la prensa escrita como de televisión. Dos temas ilustran esta constatación: la matanza de Pando y lo que dijo Chávez que haría si se rompía el orden institucional en Bolivia.

En la prensa y la televisión chilenas -aunque también en otros países-, la masacre en el municipio de El Porvenir, o de Pando, no fue reconocida ni descrita como tal -como un atentado que resultó en masacre- sino hasta después de la cumbre de Unasur en Santiago, y algunos medios siguen describiendo el atentado como ‘enfrentamiento’ o ‘choque’ espontáneo entre partidarios del gobierno y opositores. Esta falsedad nos machacaron los medios con bastante insistencia. El Mercurio del 11 de septiembre, por ejemplo, informaba que "un enfrentamiento entre oficialistas y opositores en el departamento de Pando, fronterizo con Brasil, dejó ocho muertos y varios heridos". Al día siguiente, este diario llegó a poner en entredicho la versión oficial de la masacre: "El Ejecutivo justificó su decisión del estado de sitio en Pando para frenar lo que denominó ‘una masacre’ protagonizada el jueves por funcionarios de la Prefectura y ‘sicarios peruanos y brasileños’ contra campesinos de Porvenir, localidad cercana de Cobija" (El Mercurio del 12 de septiembre). El domingo 14, El Mercurio volvía a insistir: "El gobierno de Bolivia elevó hoy a cerca de 30 las personas que murieron en el enfrentamiento armado entre civiles". ¿Por qué tergiversar la fuente oficial y mentir sobre la naturaleza del incidente?

Desde el principio se supo que había sido una matanza. Los primeros informes mencionaban que una marcha de campesinos indígenas que se dirigían a la capital provincial a un congreso con otras asociaciones indígenas, fue emboscado y atacado con armas de guerra por un grupo de hombres que luego se dieron a la fuga. Algunos de ellos fueron posteriormente reconocidos por las víctimas. Por eso se sabe que algunos de ellos eran subordinados del gobernador Fernández -que acaba de ser capturado. Ahora se dice que otros eran asesinos a sueldo peruanos y brasileños contratados por terratenientes para formar milicias paramilitares, como en Colombia.

Hoy todavía no sabemos nada sobre la veracidad de estas últimas acusaciones sobre la presencia de milicias extranjeras en territorio boliviano. Pero está fuera de duda que se trató de una masacre premeditada y no de un enfrentamiento espontáneo entre civiles. El propio gobernador de Pando declaró, en una increíble demostración tanto de cinismo como de su culpabilidad, que los campesinos eran ellos mismos culpables de su muerte, pues habían llegado armados al municipio -lo que es probadamente falso. ¿Por qué, pues, mintieron los periodistas?

Tengo varias teorías. Una, la más generosa, es que desconfiaron de las agencias informativas que describieron el incidente como masacre. Probablemente, a sus ojos estas agencias -bolivianas y venezolanas- estaban demasiado asociadas al gobierno para ser creíbles. Por tanto, si esas agencias decían que hubo una masacre, les habrá parecido conveniente suavizar los asesinatos llamándolos enfrentamientos.

Según pienso yo, un periodista debe desconfiar siempre de toda información que reciba. Para eso se es periodista. Lo que tiene que hacer el reportero es verificar esa información. Pero si no puede corroborarla, simplemente debe informar a su audiencia que esa información no ha sido corroborada. Y ciertamente no, por decirlo así, contrarrestar la fuente oficial llamando las cosas por otro nombre con la noción idiota de que de ese modo se equilibra la información y se ofrece una versión objetiva.

Yo veo las cosas de otro modo. Considero que ser objetivo consiste en contar lo que ocurrió según la reconstrucción que se haga del suceso con todas las fuentes disponibles. Iban unos campesinos marchando y aparecieron unos pistoleros que les dispararon y mataron. Eso es lo que pasó. Aquí no puede haber interpretación. Hay quince cadáveres. Entre las víctimas hay niños y mujeres. Uno de ellos es de uno de los pistoleros, que fue capturado y linchado por los sobrevivientes de la masacre. Los campesinos estaban desarmados. No hubo enfrentamiento. Fue una emboscada. Decir que fue un enfrentamiento, o producto de un enfrentamiento, es tergiversar la verdad. Y aceptar como verdad posible la versión del gobernador de que los campesinos iban armados es simplemente una infamia cuando se sabe, por  las evidencias gráficas que hay del atentado, que los campesinos no estaban armados.

No se puede confundir las diferentes versiones que se obtienen de los participantes en un suceso con la única versión posible, que es reconstruir lo que realmente ocurrió. (Un paramilitar serbio fue entrevistado cuando volvía a casa, borracho y manchado de sangre, después de masacre de Sbrenica. Dijo: "Fue un combate justo", y se felicitaba y felicitaba a los otros soldados. Llamaba "combate justo" al asesinato premeditado, cobarde y alevoso de más de siete mil jóvenes y hombres desarmados, cuyos cadáveres eran arrojados en las fosas que habían sido obligados a cavar).

¿Qué otra explicación sería posible? ¿Por qué llamar ‘enfrentamiento’ a una masacre? (Si contamos los cadáveres y encontramos catorce de un bando, y uno del otro, ¿se puede llamar enfrentamiento? ¿No indica esa disparidad que no puede ser un enfrentamiento -menos aun si entre las víctimas hay niños? ¿Mintieron expresamente, porque así se les dijo?

Pero el diario que más lejos llegó en esta infame campaña de manipulación y tergiversación fue El País, de España. En su edición del 16 de septiembre la masacre de Pando había desaparecido completamente, reemplazada por una novedosa versión: "En las últimas semanas", dice, refiriéndose a la comisión de Unasur que investigará la masacre de Pando, "más de 30 personas han perdido la vida en los enfrentamientos entre seguidores del presidente Evo Morales y autonomistas de las cinco regiones ricas del país que rechazan la reforma de la Constitución y exigen el control de los enormes reservas de gas que acumulan sus territorios". No hubo masacre en Pando, según el diario. Y esos treinta muertos son el resultado de varios enfrentamientos en el curso de varias semanas. (¿Sabíais que El País está controlado por capitales de ricachones de extrema derecha?)

Pero describir la masacre como enfrentamiento tiene propósitos claros. Primero, justificar la masacre. Negar la premeditación. Negar la emboscada. Pretender, como el gobernador Fernández, que los campesinos iban armados y que los milicianos autonomistas no hicieron más que defenderse con sus ametralladoras de las mujeres y niños que les habrían atacado. Luego, crear la sensación de que hay un conflicto civil espontáneo, que está tomando lugar en las calles de Pando. Que hay caos, desgobierno, bandas armadas de ciudadanos persiguiéndose por las calles de la ciudad. Lo que, igualmente, con la masacre, queda más que claro que es falso.

Los periodistas chilenos se prestaron, y se siguen prestando, a esta infamia. Y con ellos se convierten en cómplices ideológicos de esos crímenes.

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En cuanto a lo que dijo Chávez, la participación chilena en la tergiversación y manipulación es igualmente notable. La prensa y la televisión fueron unánimes en informarnos que Chávez había amenazado con invadir Bolivia si el presidente Evo Morales llegaba a ser derrocado por militares o prefectos insolentados. Esa tarde casualmente había yo sintonizado Telesur, de modo que supe desde el principio que las palabras del presidente venezolano estaban siendo tergiversadas.

Chávez no dijo nunca que invadiría Bolivia ni que enviaría tropas a Bolivia. No lo dijo ese día -el diez u once de septiembre, en su reacción a la expulsión del embajador norteamericano en La Paz- ni después. Lo que dijo Chávez fue que él, con el fin de restaurar el orden y la institucionalidad democrática en ese país, apoyaría todo movimiento boliviano que se opusiera con las armas a cualquier intento de golpe de estado o de interrupción institucional.

Lo que dijo Chávez, según oí yo y encontré luego en alguna prensa, fue que si en Bolivia militares o civiles daban un golpe de estado contra el presidente Morales, o si le asesinaban, "me estarían dando luz verde para yo apoyar cualquier movimiento armado que devuelva el poder a su pueblo" (en IPS). Vale decir, según entiendo, que apoyaría a militares o civiles bolivianos que tomasen las armas para restaurar el orden y al gobierno legítimo.

Sin embargo, en la prensa chilena e internacional se tergiversaron las palabras de Chávez para describirlas como amenaza de invasión de Bolivia. El Mercurio anunciaba el viernes 12 que "el gobernante venezolano advirtió el jueves que intervendrá militarmente en Bolivia si Morales es derrocado, lo que provocó una reacción de las fuerzas castrenses bolivianas".

La Nación del 16 de septiembre de 2008 insistía igualmente en que Chávez intervendría en Bolivia. Chávez dijo entonces, después de la cumbre de la Unasur en Santiago que reiteraba sus palabras, vale decir: "Yo me sentiría con luz verde para apoyar cualquier intento para recuperar la vía democrática" (La Nación). "Yo lo que dije y lo voy a repetir: si matan a Evo, si derrocan a Evo, yo me sentiría con luz verde para apoyar cualquier intento del pueblo boliviano para recuperar la vía democrática", dijo a La Nación en el Palacio de La Moneda.

Ayer miércoles 17 de septiembre adnmundo.com informaba que "el senador de Podemos, Óscar Ortiz, denunció esta mañana en rueda de prensa, la intención del gobierno de Venezuela de intervenir militarmente en Bolivia para defender las políticas del Presidente Evo Morales (adnmundo).

Como se sabe, algunos políticos bolivianos y de otras nacionalidades reaccionaron airadamente. También protestó el comandante en jefe de las fuerzas armadas bolivianas, el general Trigo, que dijo que no aceptaría injerencias foráneas en asuntos internos de su país. La Jornada del 12 de septiembre de 2008 informaba que "el jefe de las Fuerzas Armadas de Bolivia rechazó este viernes cualquier posibilidad de ‘intromisión’ de militares extranjeros, en medio de un conflicto interno contra el presidente Evo Morales".

"Al señor presidente de Venezuela [...], y a la comunidad internacional", dijo el comandante Trigo, "les decimos que las Fuerzas Armadas rechazan enfáticamente intromisiones externas de cualquier índole, vengan de donde vengan, y no permitirá que ningún militar o fuerza extranjera pise territorio nacional" (en La Jornada citada arriba).

Es evidente que los militares bolivianos reaccionaron ante los informes de la prensa, y no ante las palabras vertidas por el presidente venezolano.
 
Chávez respondió: ""Yo no estoy planteando invadir a Bolivia, pero no aceptaremos, sépalo la oligarquía boliviana, sépalo el imperio gringo, sépanlo los militares bolivianos que pudieran estar facilitando el golpe" (El Mercurio del 14 de septiembre de 2008). Chávez acusó a Trigo de pasividad ante la subversión oriental: "General Trigo, le hablo: cumpla con su mandato constitucional, demuestre que es un soldado boliviano", le dijo. Pero también le retó a pronunciarse sobre la injerencia norteamericana en su país: "Sería bueno que usted dijera algo de la injerencia de todos los días y de hace años del imperio en Bolivia".

El Mercurio publicó una versión ligeramente diferente: "Muy bien, yo le respondo al general Trigo, que así se llama. General Trigo: Tiene usted razón yo no debo meterme en las cosas internas de Bolivia, pero qué bueno sería oírlo a usted decir algo de la injerencia grosera y terrible del imperio norteamericano en su país" (El Mercurio en la edición del sábado 13 de septiembre de 2008).

Y en realidad pareciera que tanto el comandante Trigo, como los presidentes de Unasur después, olvidaron completamente que esta última y cruenta ronda del conflicto en Bolivia empezó con la expulsión del embajador norteamericano en La Paz después de que las agencias de inteligencia bolivianas lo sorprendieran confabulando contra el gobierno de Morales con los prefectos orientales.

Así que Chávez nunca amenazó con invadir Bolivia. Eso fue un invento de la prensa de oposición. Y probablemente el infundio tenía la intención de provocar una reacción de las fuerzas armadas bolivianas para que apoyasen o dirigiesen la intervención militar para derrocar a Evo Morales que vienen reclamando los prefectos de Oriente y culpar de todo el barullo a la intervención venezolana, sin mencionar pero ni de paso el origen del conflicto diplomático ni la injerencia y complicidad norteamericana en los planes de la subversión.

Sin embargo, en Bolivia surgió otro debate mucho más serio. Y es que en realidad, Venezuela, pese a lo que dijo el presidente Chávez, aparte de apoyar logísticamente a fuerzas bolivianas para restaurar la democracia en el país, también podría enviar tropas si el gobierno boliviano se lo pidiese. Según se pudo leer en adnmundo.com, Julio Montes, el embajador venezolano en Bolivia, dijo, consultado sobre si Venezuela podría enviar tropas a Bolivia, que Caracas "hará lo que el Ejecutivo boliviano le solicite en la medida de sus posibilidades" (adnmundo). Bolivia y Venezuela han firmado un pacto bilateral que permite a Venezuela asistir militarmente al gobierno legítimo si este estima conveniente o necesaria esa intervención. Según el embajador Montes, "nosotros hacemos lo que Bolivia solicite y esté en nuestra disposición de hacerlo. Y si nos lo pide, entonces pues sí, se considera" -dijo, refiriéndose a una posible intervención militar en Bolivia.

Prestar apoyo incluso militar a un gobierno legítimo que se encuentre en peligro sea por la intervención de otro país -como Estados Unidos en esté caso- o por fuerzas internas empecinadas en interrumpir el orden institucional -como los neo-nazis del Oriente boliviano- para anular las reformas iniciadas por el gobierno, es algo que está entre las perspectivas de varios países americanos -no sólo Venezuela, sino además países como Argentina y Ecuador-, con o sin Unasur o la OEA. ¿Qué otra alternativa habría si los autonomistas del Oriente lograsen o derrocar a Morales o separarse de Bolivia? Contando con la previsible resistencia del propio y legítimo gobierno, nadie podría impedir que, si las autoridades bolivianas lo solicitasen, gobiernos demócratas amigos enviasen incluso tropas para restaurar el orden.

Sería un poco ocioso preguntarse por qué la prensa chilena se prestó para esta campaña de desinformación. Probablemente por la misma razón que insistió, y sigue insistiendo, en que en Pando hubo un enfrentamiento entre civiles, y no una masacre. Enfatizando el ofrecimiento de ayuda militar de Venezuela, se obscurece el hecho inicial, que provocó la crisis diplomática de la última semana: los tratos del embajador de Estados Unidos en La Paz con los prefectos fascistas del Oriente de Bolivia en una campaña concertada de desestabilización y fragmentación del país para hacerse con sus recursos naturales, preservar el control de esas regiones en manos de las tradicionales clases parásitas y eludir las reformas sociales, políticas y económicas iniciadas por el primer presidente indio de Bolivia.

Y en esos nefastos planes de la insolencia fascista se encuentra implicada casi unánimemente la deficiente y torcida prensa chilena establecida.

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