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Liberalismo de Tómbola

Hace dos años publicaba Eugenio D’ Medina Lora un llamado a renovar el liberalismo latinoamericano, y en particular el peruano (Liberalismo viable). El fracaso de los liberales -donde los haya- en la vida política latinoamericana lo atribuye él a una estrategia de comunicación fracasada y al autismo de sus líderes. Mientras que los modelos liberales en economía -que el autor olvida que impusieron a sangre y fuego las poco liberales dictaduras militares y no por el bien general del país sino para pagar y favorecer a los grupos y políticos que habían pedido su intervención en la vida política, facilitando el enriquecimiento de unos y otros- se extienden por América Latina, el discurso liberal en política es derrotado una y otra vez en las urnas.

D’Medina Lora reprocha la pusilanimidad de los liberales. Pareciera que los liberales han simplemente perdido su identidad. Sin embargo, ha de considerarse que con el liberalismo, cuyos principios en economía defienden ahora incluso los socialistas, está pasando lo que pasó con el marxismo, que muchos de sus conceptos fueron de tal modo incorporados en la sociología, la historia y la economía general que ahora muchos de los que utilizan esas perspectivas de análisis ni siquiera están conscientes de su origen. Muchos conceptos marxistas han sido incorporados al bagaje intelectual general de nuestra época. La defensa de las libertades individuales, los derechos humanos y la democracia son igualmente premisas ideológicas que ya no pertenecen únicamente a las tendencias liberales. Igualmente, la defensa de la sindicalización y el salario mínimo, de la vivienda social y la educación subvencionada tampoco son, hoy por hoy, reivindicaciones exclusivamente socialistas.

El mutismo y pasividad de los liberales en el continente también puede explicarse por el pudor que sienten sus líderes más decentes, por su pasada colaboración con las dictaduras militares, como es, al menos, el caso en Chile. Hoy, los liberales -un pálido reflejo de los liberales de antaño- trenzan alianzas con partidos y movimientos ultra-conservadores y de extrema derecha e incluso neo-nazis comprometidos hasta el tuétano con las dictaduras, los estados de excepción y las más escabrosas violaciones a los derechos humanos. Tal es la miserable alianza entre los liberales de Renovación Nacional y el partido de la extrema derecha, la Unión Demócrata Independiente, que sigue defendiendo a la dictadura chilena, a pesar de -y quizás debido a- las numerosas y probadísimas violaciones a los derechos humanos.

¿Cómo podrían los liberales de Renovación Nacional convencer a los chilenos de que son en realidad liberales? Actualmente no convencen a nadie. Pese a la posición de algunos de sus dirigentes, RN sigue oponiéndose a las reformas constitucionales que son necesarias para eliminar el sistema binominal, que es el principal obstáculo para el retorno al país de un sistema político verdaderamente democrático. El sistema binominal, que es como se elige a senadores y diputados en Chile, es una farsa humillante y tan alejada de la democracia como las llamadas democracias populares de antaño.

En el terreno de los derechos humanos, sus relaciones y pactos con el partido del Mal (la Unión Demócrata Independiente) desvirtúan su declaración de principios y otros gestos. Se han opuesto a la ratificación de importantes tratados internacionales en materia de derechos humanos, en particular a la del Estatuto de Roma, que fundó la Corte Penal Internacional para juzgar subsidiariamente los delitos de genocidio, lesa humanidad y crímenes de guerra. También han obstaculizado la ratificación de los tratados contra la desaparición forzosa y otros pactos internacionales para la protección de los derechos humanos. Esos tratados son indispensables para promover el imperio del derecho internacional, en cuya expansión la historia de Chile tuvo justamente un papel tan importante.

En otros temas los liberales de Renovación Nacional francamente son indistinguibles de los conservadores más atávicos. Nunca he oído nada dicho por un liberal de estos, ni leído nada escrito por alguno de ellos repudiando, por ejemplo, la increíble e injustificada violencia con que reprime la policía manifestaciones sociales, casi siempre pacíficas. Nada han dicho sobre el hecho de que el gobierno socialista permita que los carabineros utilicen armas de guerra en la represión de manifestaciones políticas e incluso en conflictos sociales, como durante la campaña contra los mapuches. Nunca les he oído condenar las torturas y asesinatos cometidos por la policía contra activistas políticos y sociales. Jamás han condenado la salvaje violencia con que efectúan los policías allanamientos en barrios pobres. Ni la práctica decididamente totalitaria de allanar barrios enteros, para lo cual las fuerzas policiales rodean las barriadas durante la noche hasta entrada la madrugada, tratando a los habitantes prácticamente como enemigos de guerra.

Al contrario, pierden el tiempo redactando proyectos de ley tan insignificantes, irrelevantes y poco prácticos como el recientemente discutido proyecto para prohibir -una vez más, porque el delito ya existe en el Código Penal- y sancionar el maltrato de palabra a carabineros y miembros de las fuerzas policiales.

¿Liberales? En el resto del mundo los liberales defienden las libertades individuales. Entre las causas más típicas de los liberales se encuentra, por ejemplo, el rechazo a la intervención del estado en lo que se considera el fuero íntimo de las personas y el concomitante derecho a decidir libremente sobre el uso de drogas. Acá, los liberales apoyan las medidas más represivas, injustas y estúpidas imaginables en cuanto a la represión de las drogas no producidas por los barones liberales mismos -las llamadas drogas ilícitas, pues las legales, como el alcohol, son incluso promovidas por el estado y son probablemente producidas por los que lo manejan.

Los liberales, en otras partes del mundo, defienden la libertad sexual y la libertad de expresión. Defienden cosas como el derecho a que las mujeres puedan ejercer el sacerdocio en las instituciones religiosas y luchan por la igualdad entre los sexos. En otras partes del mundo luchan por el respeto y contra la discriminación de las minorías sexuales, por la legitimidad del matrimonio homosexual y por el derecho a reconocer a esas uniones los mismos derechos que las uniones heterosexuales -con derecho a pensión, a vivienda, a planes de salud. En otros continentes pertenecen a los liberales las causas básicas de defensa de cosas como el salario mínimo y la sindicalización, porque entienden que el estado debe intervenir en protección de los grupos más desvalidos -aquí estos liberales de pacotilla se burlan incluso de la más que razonable propuesta de Monseñor Goic de fijar un salario ético.

¿Qué queda, pues, de los liberales chilenos? Un liberalismo que desecha sus principios fundamentales -que son los derechos del hombre, las libertades individuales y la democracia como sistema político- y que sólo recoge como credo supremo la libertad económica, entendida esta más bien como el derecho a la codicia, al robo y a la explotación (pues en Chile se funda en las privatizaciones decretadas durante la dictadura -método con el cual se enriquecieron los actuales líderes e ideólogos del liberalismo), la prohibición y persecución del sindicalismo y la mantención de un régimen laboral que permite la explotación despiadada de los trabajadores, que como el derecho al libre ejercicio de actividades económicas, no es realmente lo que pretende ser.

Y, sí, D’Medina Lora tiene razón cuando destaca que hoy las tendencias antiguamente totalitarias -que defendían y propugnaban la revolución armada para fundar una dictadura del proletariado con un sistema político unipartidista- son las que defienden los principios que los liberales abandonaron: la democracia, las libertades individuales y los derechos humanos. Él cree que es el mundo al revés. Yo creo que, simplemente, las cosas cambiaron. La derecha latinoamericana no estuvo nunca asociada ni a la democracia ni a los derechos humanos. Al contrario, quien dice derecha dice golpes de estado y dictaduras, matanzas y ejecuciones extrajudiciales. La derecha -entre ellos los liberales- rara vez se ha destacado en la lucha por las libertades. Y ha logrado reunir en torno suyo a la escoria de nuestras sociedades -léase elementos fascistas y neonazis.

Esto no es liberalismo ni aquí ni en la Cochinchina. En Chile el liberalismo desapareció en 1973, engullido por la fuerte convulsión social que vivió el país. Se enterró con Guillermo Feliú Cruz, el último gran ideólogo liberal que tuvo Chile y que rechazaba en duros términos la campaña reaccionaria contra el gobierno de Salvador Allende. El apoyo que prestó el liberalismo de izquierda al gobierno socialista finalmente significó su exclusión de la vida política. El liberalismo que ha surgido posteriormente es un liberalismo de derechas, carente de tradiciones históricas y carente igualmente de principios sólidos. Un liberalismo hecho a la medida de oportunistas, filibusteros y ladrones que se enriquecieron a la sombra de la Bestia. Canallas que guardaron silencio durante la mayor parte de la dictadura, tan ocupados estaban en su propio e ilícito enriquecimiento.

El liberalismo chileno se parece más al colombiano que a cualquier otra cosa, al liberalismo de gentes como Álvaro Araújo Noguera, el ex canciller de Álvaro Uribe y prófugo de la Justicia que acaba de ser detenido en Venezuela (véase La Nación. Este prócer del liberalismo era buscado por la justicia de su país por sus lazos con las milicias paramilitares, el secuestro de un candidato que le hacía problemas y por extorsión. Como se ve, un liberal ejemplar, protegido de un presidente autoritario -Álvaro Uribe- investigado por su participación en una matanza de campesinos y por sus lazos con los criminales paramilitares. No sorprende que el cabecilla de los liberales chilenos -Sebastián Piñera- lo admire tanto.

¿Cómo podría un liberal felicitarse de que un gobierno bombardee a los opositores que han tomado las armas, en lugar de recurrir a métodos policiales normales y decentes de un estado de derecho para llevarles a justicia? ¿Cómo felicitar a un presidente con reconocidos lazos con bandas de asesinos a sueldo encargados de exterminar a los dirigentes sindicales? ¿Quién podría felicitar al presidente de un país donde una parte considerable de la población vive en la extrema pobreza y donde el presidente mismo se ha enriquecido recurriendo a prácticas como la expropiación ilegal de tierras campesinas?

En Chile los llamados liberales son más falsos que Judas. Son liberales de kermes y tómbola.

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