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Para Qué Sirven los Partidos Políticos

En los últimos meses y semanas he leído en la prensa sobre la formación o el anuncio de formación de varios partidos políticos. Según mis cuentas, en Santiago se está formando un partido con varias agrupaciones de la izquierda extraparlamentaria. Hay otra iniciativa -no sé si es la misma- en la que destaca que el futuro candidato presidencial de ese partido sería Jorge Arrate, ex ministro de dos gobiernos de la Concertación. También está en formación el partido Chile Primero. En el sur de Chile se estaría formando un más bien incoherente partido pinochetista. Y también hay en formación varios partidos regionalistas.
Si los partidos no tienen intención de participar en el proceso político chileno y aspiran a representar a los ciudadanos en las instituciones políticas del país, no se entiende para qué pudiese querer alguien que se funden. Habitualmente la razón de ser de los partidos es representar a los ciudadanos. Y se los representa después de presentar candidatos y participar en elecciones.

Mi asombro es que, dado que Chile es regido por el torcido sistema electoral que dejó la dictadura, que conocemos como binominal -escrito de puño y letra por el político de extrema derecha Jaime Guzmán-, ninguno de los partidos que se están formando, ni los que se formen o quieran formar en el futuro, tiene posibilidad alguna de realizar las aspiraciones políticas que, como digo, serían propias de un partido político. Vale decir, ninguno de estos partidos podrá representar a sus ciudadanos en ningún órgano representativo de la república. El sistema binominal lo impide. Mejor dicho, los excluye de antemano. El sistema fue ideado para impedir la vida política democrática de Chile; fue creado para mantener una clase política que se reparte la representación de Chile en dos grandes bloques. Fue creado para perpetuar la presencia de la extrema derecha en las instituciones de la república y ahogar de modo permanente las aspiraciones de libertad y democracia de los chilenos. Las posibilidades de que partidos pequeños independientes lleguen alguna vez a tener representación en este sistema son prácticamente nulas.

¿Por qué excluye el sistema binominal la participación? Porque el sistema se funda en la protección de la minoría. En una circunscripción el segundo candidato con más votos no tiene asegurada su elección, pues si pertenece al mismo conglomerado político que el primero, deberá doblar en votos al primer candidato del segundo conglomerado para ser elegido. De no ser así, el segundo candidato elegido es el que tenga más votos del segundo conglomerado, aunque tenga menos votos que el segundo candidato del primer conglomerado. Así, por ejemplo, en las elecciones parlamentarias de 1989, los dos candidatos de la Concertación -Andrés Zaldívar y Ricardo Lagos- obtuvieron cada uno más del 30 por ciento de los votos; los candidatos del bloque de derechas -Jaime Guzmán y Miguel Otero- obtuvieron respectivamente el 17 y 15 por ciento de los votos. Sin embargo, el modelo binominal impuso como senador a Jaime Guzmán, pese a no contar legítimamente con los votos necesarios para ser elegido -porque la segunda mayoría de la Concertación no doblaba en votos a Guzmán. Este sistema aberrante puso así a dirigir los destinos del país a un señor que, según los votos, no habría llegado ni a concejal. Ahí estaba, pues, el más grande defensor de la dictadura instalado en el poder por encima de la voluntad ciudadana. (Véase una descripción del sistema aquí).
Y sólo menciono ese aspecto del sistema binominal.

¿Para qué, pues, fundar partidos si la posibilidad de participar en el sistema electoral es simplemente remota o imposible? Para ser coherentes, estos partidos en ciernes, o ya formados pero nuevos, deberían empezar demandando la convocatoria de una asamblea constituyente para redactar una nueva Constitución y someterla a votación popular en un referéndum posterior. Obviamente, la votación para la asamblea constituyente debería ser estrictamente proporcional. Para la redacción de la Constitución debería formarse una comisión en base a los resultados reales del referéndum.
De esta manera, Chile podría tener una Constitución más justa o en cualquier caso más ajustada a los sentimientos y opciones de la ciudadanía y, obviamente, más moderna. Si Chile tuviera una Constitución democrática, hoy en el parlamento no habría políticos de extrema derecha, a los que la ciudadanía repudia en las urnas. (En todo caso, no habría políticos que no representan las opiniones mayoritarias del país). Y entonces sí tendría sentido formar partidos políticos; tendría sentido formar y presentar candidatos; y tendría sentido aspirar a representar a los ciudadanos en las instituciones legislativas de la república.

De momento, formar partidos políticos no tiene ningún sentido. Ni siquiera votar tiene demasiado sentido. Lo único razonable en este esquema es que el partido nuevo se incorporara en su momento a alguno de los dos grandes pactos electorales y negociara su participación en circunscripciones específicas. Esto, sin embargo, no haría más que perpetuar el sistema binominal y, por tanto, consolidaría su usurpación de la voluntad ciudadana. Por otro lado, las posibilidades de éxito del llamado a una asamblea constituyente, en la cultura política acomodaticia que ahora tiene Chile, son muy limitadas. ¿Qué hacer?

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[Lo que sigue son respuestas a algunos comentarios en un portal chileno]


En Chile en el pasado -y no muy remoto- un partido político era una organización que tenía por objetivo adquirir poder para, obviamente, tratar de realizar su programa. La realización de este programa no siempre se ajustaba a las normas de participación política que definen a las democracias. Algunos partidos, por ejemplo, propugnaban la ‘conquista' del poder por medio de las armas, sea mediante un golpe o asonada militar, sea vía una insurrección o revolución popular. Hay muchas formas intermedias, y más allá. Así, había en Chile partidos con milicias paramilitares. Aparte milicias, los partidos solían ofrecer toda una gama de servicios sociales para los ciudadanos: ayuda jurídica, asistencia en la formación de sindicatos y sindicalistas, en temas de educación, en problemas municipales y de barrio, etc.

Hoy en día es casi imposible pensar en la existencia de partidos semejantes. Quizás se pueda fomentar la vocación social de los antiguos partidos (no sé si es legal), pero ciertamente la formación de milicias paramilitares es una acción simplemente intolerable. Hoy un partido es una organización de ciudadanos con el fin de presentar un programa y sus candidatos en las elecciones a las instituciones legislativas, a todo nivel, del país. Si alguien quiere participar en política, debe aceptar este curso.

La política no es algo malo: su objetivo es participar en las decisiones en cuanto al uso de los recursos para orientar el país, y sus grupos constituyentes, en la dirección que han definido los partidos en sus programas y que cuentan con algún respaldo de la ciudadanía. Algunos creen que uno es serio en política cuando se une a esfuerzos existentes, a partidos existentes que ya cuentan con muchísimos seguidores y electores y experiencia en el manejo de los asuntos del estado. Estos son realistas: Si realmente quieres cambiar algo, si quieres hacer la diferencia, deberías elegir entre algunos de los partidos mayoritarios, que son los únicos que pueden efectivamente introducir cambios. Otros apuestan a formar partidos nuevos y empezar desde abajo o desde cero. Son los idealistas. Cada uno puede reflexionar en el curso de acción política más adecuado.

Mi reflexión sobre los partidos políticos empieza con la constatación de que los ciudadanos que quieran hoy introducir cambios o apoyar programas que no están incluidos en las plataformas de los grandes partidos (los partidos socialmente existentes), si creen que la solución es formar un partido político nuevo, creo que se equivocan. La estructura política chilena no facilita la participación de agrupaciones que estén fuera de la casta o clase política que ya está definida con antelación. Vale decir, si no eres el bloque de extrema derecha o del bloque concertacionista, tienes muy pocas posibilidades de hacer o significar algo en política.

El sistema político chileno no es democrático. El sistema binominal instaura simplemente una farsa cuyo fin es mantener intactas no solamente las estructuras instaladas a sangre y fuego por la dictadura pinochetista, sino además proteger y mantener en el poder a políticos de extrema derecha que defenderán el legado del tirano. En esta estructura política, el bloque de extrema derecha tendrá prácticamente siempre la mitad del mango de la sartén, así voten los ciudadanos una y otra vez contra ellos. Esos senadores de derechas no son elegidos; son simplemente impuestos por la estructura política. Recuerden que en 1989 el candidato de extrema derecha Jaime Guzmán fue ‘elegido' con el 17 por ciento de los votos; y el candidato demócrata que logró el 30 por ciento del apoyo ciudadano, no fue elegido. Esto de democracia no tiene nada. Es una ridícula farsa de la que ningún chileno puede sentirse orgulloso, pues nos ha convertido en el hazmerreír del mundo civilizado. Es una democracia contaminada por el nepotismo.

Lo peor, sin duda, es que desalienta la participación política. ¿Qué de bueno podría tener continuar votando si finalmente mi voto ni siquiera va a ser tomado en cuenta? Es como esas elecciones fraudulentas de los regímenes dictatoriales, en que los ciudadanos sólo pueden optar entre candidatos prenombrados. De hecho, el sistema es tan transparente que puedes saber de antemano cómo se verán las Cámaras después de las elecciones. Si la intención de voto otorga la mayoría de los votos al candidato del pacto 1, ya sabes quién será elegido en segundo lugar, voten o no voten por él o ella los ciudadanos. Es un sistema profundamente corrupto, porque determina que al menos la mitad de los candidatos no son elegidos en virtud de las aspiraciones y votos de los ciudadanos, sino por imposición del sistema cuyo objetivo es mantener en el poder a las fuerzas políticas que apoyaron a la dictadura. El sistema binominal es simplemente la continuación de la dictadura pinochetista.

Lo terrible, creo, es que no se atisba una solución. La derecha y extrema derecha no querrán nunca reformar la Constitución; están en el poder contra la voluntad ciudadana y, encima, han aprendido a enriquecerse pagándose a sí mismos sueldos fabulosos (hasta quince millones al mes). ¿Qué senador o diputado no elegido va a querer dejar de serlo, sobre todo si consideras que gana ese dinero gracias justamente a que es nombrado sin ser elegido? Y, además, en los círculos de los que pudieran apoyar una reforma constitucional (en la Concertación), hay partidos y políticos que, como los de derecha, también se oponen a esa reforma. Las perspectivas de reformar la Constitución y transformar a Chile en un país democrático son prácticamente inexistentes.
Por eso debemos seguir preguntándonos: ¿Qué hacer para lograr este anhelo de los demócratas del país de hacer entrar a Chile al bando de las democracias del mundo? Porque de momento, sin dictador, pero igualmente sin democracia y con legisladores autoimpuestos, Chile se encuentra simplemente en el limbo de las autocracias colectivas.

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[Respuesta a una lectora y propuesta de anular las papeletas de votación]

Yo tampoco estoy inscrito [en el registro electoral] y no sé si votaré. Según mis cálculos, este extraño, orwelliano y kafkiano sistema electoral quita sentido a las elecciones, porque en la práctica, votemos los ciudadanos por quien votemos, el segundo legislador elegido de cualquier circunscripción será con toda probabilidad, salvo casos excepcionales, del bloque opositor. O sea, si el candidato 1 del pacto A obtiene una mayoría de votos, el segundo candidato ‘elegido' será el candidato 1 del pacto B, independientemente de la orientación política de los pactos. Por tanto, mi participación en las urnas es redondamente inútil. Las fuerzas políticas se cancelan eternamente.
Esta idea de democracia es una farsa de pesadilla escrita por payasos mal intencionados. Lástima que Chile todavía se rija por esta memez. ¿No debería someterse a plebiscito? Quizás entonces lo podríamos borrar de nuestra historia.

Cada día me convenzo más de que la solución más razonable es simplemente convocar a una asamblea constituyente, aunque hoy en día esta propuesta aparece como la menos realista. Pero no es la menos realista en términos racionales; es la menos realista porque a la hora de pensar cómo o quién decidiría esta convocatoria, descubres que son exactamente los mismos legisladores designados automáticamente de los que queremos deshacernos y que ciertamente jamás admitirán una reforma del sistema que tantos beneficios les reporta, en poder político y en dinero.

Mi temor es que estos legisladores y la clase que representan se resistan incluso violentamente a cambios en la estructura política de Chile. Es un sistema impuesto por uno de los dictadores más bestiales y corruptos de América Latina y favorece a la clase que lo contrató para hacer el trabajo sucio. De hecho, las advertencias que han hecho algunos ‘legisladores' de extrema derecha, de que el sistema garantiza la ‘estabilidad' del sistema, son claramente amenazas veladas, pues ¿por qué el sistema democrático tradicional sería inestable? La democracia que conoce el mundo civilizado es la que tuvimos hasta 1973 y pocos analistas podrían concluir que es inestable. Esta conclusión sólo tiene sentido en ideólogos que temen que la democracia, como ocurrió en Chile, amenace con desmantelar las estructuras de poder de las clases ricas.

Yo creo que, de inscribirme, terminaré anulando mi voto o depositándolo con una gran cruz encima, para manifestar mi rechazo de la farsa.

1 comentario

tonto -

es re largo
nadie lo vaa a querer leer