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El Odio Como Factor De La Historia

Dialogar con la extrema derecha es a menudo un diálogo de sordos. ¿Por qué? ¿Solamente porque no usamos los mismos criterios para analizar la realidad? Por ejemplo: según informes policiales, los atentados contra mezquitas de los últimos años, incluyendo los de las últimas semanas en Holanda, son obra de grupos organizados y coordinados de extrema derecha. ¿Por qué pues insisten algunos en que son expresión de una "indignación popular"? Esos atentados no son actos espontáneos. ¿Por qué entonces esa insistencia, que lleva al gobierno a desmentir a su propia policía? ¿Sabe más que la policía? La conclusión que se impondría, razonablemente, a los interlocutores, sería que las conclusiones del gobierno son erróneas o, en el peor de los casos, manipuladas. Pero nuestro rival de extrema no acepta esta conclusión. ¿Por qué no? Por un lado, no le conviene; lo que le conviene es que esos atentados sean actos espontáneos de grupos no organizados para poder decir que la ciudadanía se toma la justicia en sus manos.
Obviamente, el paso siguiente es que como no es normal que los ciudadanos se echen a la calle a hacer justicia, debe la policía encargarse del asunto y para ello necesita más poderes y atribuciones. Por otro lado, si se aceptara la conclusión de la policía, de que son actos organizados y coordinados de terrorismo blanco, habría justamente que encargarla de reprimirlos y acabar con ellos. Y esto no lo querrán hacer, ya que les consideran ´ciudadanía´. Hasta tal punto, que esos actos de terror no son considerados terroristas, sino "actos de violencia política" (según el Instituto Neerlandés de Relaciones Internacionales). Así, si la policía recibe más poderes no será para combatir este terrorismo, sino al grupo que el gobierno (escudándose en los actos de "indignación popular") culpa de originarlo, o sea, a las víctimas precisamente de ese terrorismo. Como se ve, es un tipo de pensamiento reacio a una sana y natural lógica.
Ahora, ¿por qué habría de reprimirse a las víctimas del terror blanco? Porque, dirían, son ellas las que han provocado los actos terroristas musulmanes. Esto, naturalmente, vuelve a desdecir las pesquisas policiales, que señalan que estos grupos vienen cometiendo actos de terror antes de que tuviesen lugar los actos terroristas musulmanes -antes que el asesinato de van Gogh. Pero, sigamos: ¿por qué sería culpable la cultura mora del asesinato de un individuo? Porque, responde el fanático, la cultura mora prescribe el crimen. Esto, naturalmente, es un absurdo y una falsedad. Y encima contradice todos nuestros principios jurídicos y éticos, y hasta nuestra epistemología. (Que el asesino de Fortuyn sea holandés no implica que todos los holandeses sean criminales). Pero al extremista no le interesa nada de esto. En realidad, para él mismo el diálogo no es más que una pérdida de tiempo, un artilugio para meter baza. Los criterios con que juzgamos las cosas no le interesan.

Si La Realidad Niega Sus Conclusiones, Tratará De Cambiarla Para Que Sustente Sus Conclusiones
Su fanatismo le lleva incluso a negar lo que es más evidente, e incluso a desmentir las instituciones en las que confiamos. Si la policía insiste en que se trata de atentados cometidos por terroristas de extrema derecha, entonces o la policía se equivoca o miente o llama terrorismo a lo que no lo es. Este mecanismo mental se observa en otros terrenos. Por ejemplo, el gobierno formó una comisión parlamentaria y científica -la comisión Blok- para investigar la integración de los extranjeros y concluyó 2003 que estaban perfectamente integrados. Las conclusiones fueron rechazadas por el gobierno. No se formó otra comisión para volver a investigar el asunto, sino simplemente se siguió adelante con un plan que estaba preparado ya antes de conocerse las conclusiones de la comisión. En otras palabras, el gobierno simplemente esperaba que la comisión reafirmara sus propósitos.
Pero no fue así. Al fascista no le interesa la realidad del asunto. Las conclusiones de la comisión Blok eran que los principales problemas para la integración lo constituían las prácticas de segregación del estado y la sociedad misma. Si se aceptaban las conclusiones de la comisión, todo el programa de segregación del gobierno tendría que haber sido desechado. Este plan -que se presenta como un plan de integración- es en realidad de un plan de segregación y explotación o expropiación de la población extranjera, llevado a cabo con un lenguaje moderno y encubierto. Por ejemplo: las medidas de restricción de la inmigración afectan particularmente a los extranjeros de países árabes y del tercer mundo, y para hacer encajar su concepción fascista de las cosas, el gobierno utiliza categorías culturalo-raciales en las que, por ejemplo, los japoneses, entre otros, son considerados "occidentales".
Lo mismo las medidas claramente ilegales de restricción de la ley de reunificación familiar. Son tan altas las tarifas que se imponen a esa gente para ingresar al país que la reunificación familiar a la que tienen derecho se transforma simplemente en algo imposible. Lo mismo las nuevas leyes que exigen que los ciudadanos que quieran casarse con parejas de esos países en lista negra deben ganar más que los ciudadanos que no se casen con parejas de esos países -leyes muy similares a las de los nazis. Quien se niega a ver que este es un plan destinado a oprimir y despojar de sus recursos a la población extranjera está ciego. Esta no es una realidad que se pueda ocultar. Poco importa que el gobierno se escude en un lenguaje burocrático obtuso, como hacían igualmente los nazis: las intenciones son claras. Lo han confirmado parlamentarios, grupos de derechos humanos, incluso antiguos políticos, incluyendo al ex ministro del Interior, Dijkstal, y analistas nacionales y extranjeros.
Pero el interlocutor de extrema derecha niega que esto sea realidad. (Y en el caso de Holanda hay que destacar que el objetivo de hacerse con el dinero de los extranjeros es casi explícito; la ministro Verdonk, encargada de este plan, declaró que los ingresos de su Servicio de Inmigración y Naturalización, por concepto de las nuevas leyes y tarifas, son "estructurales" -aunque declaró también que los refugiados expulsados no serían expropiados). Y, si no, argumenta que son medidas necesarias, o que se lo merecen. Pero, claro, el punto de partida de la postura fascista es falso. Para tocar un solo aspecto: la restricción de la reunificación familiar es anterior a los atentados terroristas por grupos musulmanes. Ahora se restringirá aun más este derecho para, según argumenta el fascista, impedir esos atentados. Pero, ¿no nos ha oído? ¿Por qué seguir machacando con una falsedad?

En Un Circo De Débiles Mentales
Con esto vuelvo a mi problema original: es difícil debatir con un fascista, porque no acepta los criterios normales del conocimiento ni de la validez de proposiciones lógicas. En realidad, como digo, el diálogo mismo no le interesa. El argumento fascista no es un argumento propiamente hablando; es simplemente una expresión de odio. Y el fascista utiliza todo argumento, incluso el engaño, la mentira y la falsificación, para dar apariencia de verdad a sus puntos -como lo demuestra el caso del presidente del partido fascista Lista Pim Fortuyn, que escribió cartas de amenaza a parlamentarios, firmándolas como si las hubiese enviado un grupo terrorista musulmán. Los parlamentarios de ese partido exigieron en el Parlamento medidas más duras contra los musulmanes justamente motivándose en las cartas de amenaza que habían recibido. Y hoy, a casi dos semanas de descubrirse el engaño -que le costó diez días de prisión al presidente fascista-, esos parlamentarios siguen utilizando esas cartas de amenazas para hablar del clima de tensión que se viviría en el país. Realmente, es como estar en un circo de débiles mentales.
Creo yo que el fascista simplemente odia. Y trata de ocultar su odio. Aunque cada vez menos, porque el fascista ahora proclama que es malo tener posiciones políticas correctas -como proclamo ayer una parlamentaria del VVD, ese partido cuyas siglas significan Patria, Pueblo y Libertad, que es un conglomerado tan horrendo como el de los ´liberales´ rusos y austriacos, ahora dominado por la extrema derecha. Ser "políticamente correcto" significa en Holanda no incitar al odio contra los musulmanes u otros grupos. Y la parlamentaria rechazaba con cara de asco justamente la corrección política. Ahora el fascista reclama el derecho a mostrar públicamente su odio, y se escuda en lo que llama la libertad de expresión. (Su concepción de esta es también curiosa, porque excluye de este derecho a los musulmanes). Así, como digo, lo que inspira a la extrema derecha es el odio.

El Odio Y La Codicia Y La Incorrección Política
¿De dónde viene este odio? ¿Qué es? Dar respuesta a esta pregunta me atormenta. El odio como factor en la historia no es un asunto que se trate normalmente. Obviamente hay pasión en la historia. Pasión hubo en la historia antigua. También en la moderna. Por ejemplo, hay evidentemente pasión en la guerra de Bush hijo contra Saddam Hussein, el antiguo enemigo de su padre. Pero también el odio está asociado a la codicia. Por eso no es raro que estos programas de odio contra los extranjeros vayan acompañados de medidas cuyo fin es extraer recursos y medios de la población a la que se desprecia: así, los extranjeros deberán pagar impuestos más altos que los nativos y se les extraerá recursos de otros modos -por ejemplo, obligándoles a seguir un curso de integración de varios miles de euros que los cursistas mismos deberán pagar; obligándoles a pagar tarifas extras altísimas, e ilegales en gran parte, si quieren vivir con sus familias, u obtener un documento de residencia oficial. También intentarán los fascistas de disminuir los gastos del estado con esos grupos, tratando de excluirles -como es el caso en Holanda- de los servicios médicos, de vivienda y otros.
Muchas veces los comentaristas de asuntos políticos pasan por alto este punto: el odio. O lo desdeñan, como esa parlamentaria del VVD que predica la "incorrección política", o sea la inmoralidad. Quizás convenga pensar en la significación de los nazis, como la expresión de un odio transformando en una ideología xenófoba. Ese régimen persiguió, oprimió, robó, encarceló, torturó y mató a millones de seres humanos, niños y adultos, hombres y mujeres. Llegó al punto de querer explotar económicamente lo que quedaba de sus víctimas -extrayéndoles los dientes de oro, por ejemplo, y experimentando con su piel y carne para fabricar lámpara y jabones. Esto no es nada imaginario. No es una película. Esto es una imagen del infierno. Los seres humanos que hicieron esto son, en mi opinión, demonios. Ellos y sus jefes son demonios llegados a la Tierra para causar el mal y el dolor de los pueblos de Dios. Son lo que llamamos ´el Mal´ en la Tierra. Este odio -injustificado, innecesario, incomprensible- es el mal propiamente dicho. Y no tiene otro objetivo que causar el mal a otros porque sí -en el menor de los casos, por codicia-, simplemente porque necesita re-afirmarse. (Este mecanismo mental se ve en operación en el ´axioma´: bin Laden ordenó un atentado en Nueva York; bin Laden vive en Afganistán; por tanto, hay que atacar a Iraq). Y porque necesita re-afirmarse, no necesita mayor justificación ni racionalidad. Su odio mismo es su justificación -de ahí el desprecio por la corrección moral y política.
¿Cómo se hace frente al mal? El odio es persistente. Utiliza todos los medios. Su objetivo es implantarse en tanto que tal, en tanto que odio socialmente reconocido como un bien cultural. El fascista quiere que se le rinda tributo según su falta de criterio: porque es más fuerte, porque para el fascista ser fuerte es o debe ser un criterio válido en la vida política; porque quiere, porque querer e imponerse es el punto del fascista, es aquí donde se prueba y demuestra su dominio; porque es blanco -poco le importa en realidad: su definición de lo correcto es siempre arbitraria y cambia bruscamente a cada momento; porque habla su idioma -así castigará y humillará a los que no lo hablen. Será capaz incluso de declararse cristiano, aunque los cristianos son para él también enemigos. Por lo mismo, muchos de sus decretos son arbitrarios y descerebrados: así lo quiere el fascista, quiere demostrar a su víctima que tiene completo dominio sobre ella y obligarla a hacer actos ridículos y humillantes, como llevar una estrella de tela amarilla en la ropa, o cargar con una tarjeta donde se especifica su puntaje desde el punto de vista de la integración, o negar a la víctima el derecho a vestirse como quiera. Poco le importa. Lo que le importa es humillar, y demostrar así su poder y su fuerza. La impunidad, para él, es un logro. Cometer un crimen, y no pagar por ello, el símbolo máximo de su poder.

Para El Fascista El Diálogo Es Una Pérdida De Tiempo
Argumentar con la extrema derecha es así imposible, fundamentalmente porque no le interesa. En realidad, su objetivo es acabar con el diálogo. El diálogo, para el fascista, es un método más para identificar a los que serán sus enemigos. Así, el fascista considera enemigos a todo el que se opone a él. Considera enemigos a los partidarios de la Constitución. Enemigos a los que respetan las leyes -como criticaba un ministro del VVD holandés a otro, despreciándolo públicamente por "preferir el respeto de las leyes antes que la defensa del pueblo holandés" (Remkes, del Interior, a Donner, demócrata-cristiano del CDA). Son enemigos también los que defienden los derechos humanos. Y también son sus enemigos los que defienden la simple y sana lógica. El fascista re-definirá las leyes de modo tal que las mismas acciones sean consideradas delito dependiendo de quien los comete. Es delito, en una reciente ley holandesa "incitar al odio contra las sociedades occidentales". Incitar al odio contra un grupo de la población -los musulmanes, en este caso- no es delito, sino libertad de expresión. Para la extrema derecha, todos somos enemigos.
No hay una fórmula para acabar con el mal. Tendremos que ir tirando. Se pregunta uno cómo es posible que los demócratas hayan dejado que las cosas llegaran tan lejos. Tan lejos en realidad que algunos partidos políticos de centro y de derecha los han admitido en su seno -¿cómo, sino, explicar que haya personas como Verdonk, Remkes, Zalm, van Aartsen, en un partido supuestamente liberal? ¿Cómo es posible que partidos demócratas hayan pactado y gobernado con un partido claramente fascista, como el de Pim Fortuyn? Se piensa que esos partidos no los consideran fascistas, ni peligrosos. Pero es evidente que son ambas cosas, como ya lo tienen en claro -aunque no les llaman así- muchos prohombres de derechas, como el antiguo ministro holandés del Interior. Tan urgente era la necesidad de llegar o mantenerse en el poder, que fueron capaces de unirse con el demonio para ello. ¿Cómo pueden esos partidos haber perdido tanto el norte moral? ¿Es también por ansia de poder y codicia? ¿Por qué han hecho la vista gorda durante años sobre el peligro fascista, sobre los atentados contra mezquitas y extranjeros? ¿Por qué no han tratado, como en Bélgica, de poner trabas legales y otras al desarrollo del fascismo?

Reprimir Al Fascismo
Algunos analistas dicen que, fascistas o no, esos grupos tienen derecho a participar en la vida política porque representan obviamente a una parte de la ciudadanía. Pero este es un punto de vista viciado y carente de ética y de inteligencia. Es evidente que no es razonable permitir la participación en la vida política de grupos e individuos que tienen por fin terminar el sistema político que hace posible justamente su participación. No es inteligente permitir a partidos políticos que ven la democracia como una debilidad y apenas un método, entre otros, para hacerse con el poder. Estos partidos deben ser prohibidos y reprimidos severamente. La democracia como sistema político supone una cierta comunidad de principios morales. Hoy en día, no es posible pensar la democracia como un mero método sin relación alguna con los derechos humanos o con principios morales internacionales europeos que prohíben, por ejemplo, la discriminación. La democracia no es simplemente contar los votos de todos. Si un grupo de la población se manifiesta políticamente contra estos principios, debe ser razonablemente reprimido y excluido de su participación en la vida política. También para defender la democracia hay que tener coraje.
Me temo que aquí un problema grave es que muchos políticos y comentaristas consideran a los fascistas miembros de su propia población. El fascismo les parece una reacción de su propio pueblo. Así, a los ministros holandeses les ha dado con referirse a los grupos terroristas de extrema derecha como "jóvenes exaltados". Sí, son exaltados, como lo son los grupos terroristas musulmanes. Pero a estos últimos el gobierno llama "terroristas internacionales". Pareciera que no les parece grave el terrorismo blanco. ¿Por qué? Ese terrorismo y esa gente es igual o más peligrosa aun que los otros terroristas. ¿Por qué no se les reprime? Aquí llegamos a un terreno de la vida política donde hay cosas inconfesables. El gobierno holandés se sustenta, pero sin admitirlo, en que esos grupos son formados por gente de su misma raza. El gobierno entiende sus motivos. Si lo confesara, el gobierno se excluiría voluntariamente de todo lo que llamamos "valores occidentales". El mal, que nos desprecia, evitará mostrar su verdadera cara. Nos la mostrará cuando sienta seguro.

¿Hay Fascismo En Holanda?
¿Por qué Holanda? ¿Por qué se desarrollaría justamente en Holanda este fascismo moderno? Dar respuesta a esto es mucho más complicado. Un historiador norteamericano, James Kennedy, dice que Holanda sufre un problema de identidad desde julio de 1995, cuando tropas holandesas se rindieron ante los serbios y permitieron que estos asesinaran a sangre fría a 7.800 niños y hombres musulmanes. En esa matanza, las tropas holandesas facilitaron su labor a los serbios separando a hombres de mujeres en los campos. Holanda, supuestamente, no ha podido remontarse de ese golpe a la imagen que tenía de sí misma. Sus soldados eran cobardes. Se hicieron cómplices de un espantoso crimen. Sin embargo, no se les juzgó. El gabinete entonces, en 2002, renunció colectivamente. Así pagó Holanda ese crimen ante la comunidad internacional. Desde entonces tenemos una tiranía fascista en el país. De las elecciones que siguieron a la debacle, surgió el partido fascista LPF, con el que partidos políticos demócratas, pero irresponsables, llegaron incluso a gobernar. Luego, se hicieron con su programa.
Para este cambio de constelación política tiene ingredientes psico-sociales. Pareciera ser que el mecanismo para dar cuenta de ese increíble acto de cobardía y bajeza incluía presentar los acontecimientos de entonces como justificados de algún modo. Así, se dirá que el enclave de Sbrenica era un antro de terroristas. Por lo demás, se dijo también, los serbios eran cristianos; los bosnios, musulmanes. Y ahora los acontecimientos en el mundo, sobre todo los atentados del 11 de septiembre de 2001, vienen a demostrar que se tenía razón: las sociedades musulmanas generan terrorismo. Los holandeses no consideran que la matanza de Sbrenica haya sido un acto de terror. A pesar de ello, la comunidad internacional no tomó medidas contra Holanda. El mundo guardó silencio. Se contentó con la caída del gabinete, que, dicho sea de paso, nada tenía que ver con la inmoral conducta de sus tropas. Este acontecimiento puede considerarse como una capitulación moral. Es el momento en que Holanda empieza a alejarse de lo que llamamos la civilización occidental.
Muchos críticos me han reprochado que niego la historia de Holanda. Que, por ejemplo, Holanda resistió la ocupación nazi. Estoy muy lejos de negar que hubo muchos holandeses que lucharon contra la ocupación. Pero no me olvido que la población colaboró con los alemanes y que ello condujo a que Holanda exterminara, como en Alemania y Polonia, a casi toda su población judía. No conviene olvidar estos hechos. Cuando se instalaron tribunales, en Holanda se juzgó, si no me equivoco, a cinco funcionarios holandeses nazis. Es increíble. Veía hace unos días un documental en televisión sobre la policía de Amsterdam durante la ocupación. Y me entero que la policía colaboró enteramente, desde el primer día, con los alemanes; que participó en la expropiación y transporte de los judíos a campos de concentración en Alemania; que cuando llegaron las tropas aliadas, quemó sus archivos; y que no fue purgada. No se castigó a ninguno de los policías que participaron en esos horrendos crímenes.
Y esos mismos policías que colaboraron con los nazis, son los que al año siguiente y posteriores pusieron flores en el monumento a las víctimas del nazismo. Este es el pasado de Holanda. Un pasado que se oculta y reprime. Un crimen sobre el que no se puede hablar y sobre el que hay que pretender que los holandeses no lo cometieron. Es simplemente una imagen distorsionada de la realidad. Pero había que mentir, y mentirse. Un país se libra de sus propios demonios cuando se enfrenta a ellos. Cuando los niega, en realidad los protege. Los mantiene a resguardo para dejarlos salir cuando crea que ha llegado su nueva oportunidad de manifestarse en la historia. Es nuevamente el mal, suelto por la Tierra. Y creen que ese momento ha llegado. Amparándose en la amenaza terrorista musulmana, implantarán un régimen demoníaco en este país, con guetos y campos de concentración, con expropiaciones y expulsiones, con medialunas en lugar de estrellas amarillas colgando de la ropa. El mal no tiene límites. Y nada impide que vuelva a re-editar el odio de un modo que le es conocido.

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